Los buenos padres

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Tamara Tenenbaum

En casa faltaba de todo pero no sentí miedo. O sea, lo sentí por unos minutos: esos pedazos de pared que siempre están tapados, nuevas porciones del piso, una mesita que me había olvidado que existía porque siempre tiene la tele encima y solo veo eso, la tele. Me pareció que se veían bien, todos esos espacios vacíos: más de uno, cuando entra a su casa desvalijada, debe pensar cuántas cosas inútiles tiene. Pero al toque me acordé.

Una vez por año recibimos la visita de la asistente social del colegio caro al que van mis hermanas más chicas. Todo el edificio se entera porque todos nos ayudan. En la casa de la vecina de al lado, del octavo 52, guardamos el plasma, la compu, la guitarra y los dos celulares de mi mamá. Uno es el común, el que usa para todo. El otro es uno que le compró un grupo de pacientes delirantes, lo pagan ellos. Es una flota, así se llama: es un plan empresarial. Ellos llaman gratis a mi mamá y mi mamá los llama gratis a ellos. Si quisieran, también, podrían llamarse gratis entre ellos. Hasta que la asistente social se va la vecina atiende los dos teléfonos y toma los mensajes. Es una psicóloga jubilada que también nos presta sillas cuando viene toda la familia para Pesaj. Ella a veces también nos pide sillas para su noche de Pesaj pero la mayoría de las veces en realidad nos pide que guardemos las suyas, para despejar el living y armar una noche más descontracturada.

La señora que trabaja en casa se va a pasar la tarde con la que trabaja en el segundo 23, que es su amiga. Yo despejo su cuarto: desarmo la cama, tiro ropa y libros míos en el colchón, lo disfrazo de depósito. Siempre le digo a mi mamá que es una exageración: nunca pasó al cuarto de servicio la asistente social, en los cuatro años que lleva viniendo. Pero por las dudas.

El portero está instruido de todo lo que tiene que contestar si la mujer le hace preguntas: las chicas no tienen actividades extracurriculares. Van de casa al colegio y del colegio a casa. Cuando la mamá hace guardia las cuidan los abuelos y una tía. En esa casa nadie se va de vacaciones. Con mucho esfuerzo sé que se arreglan para participar en los viajes de estudio del colegio, pero nada más. Hablan hebreo entre ellas a veces porque lo aprendieron en la primaria; inglés poquito, lo que tuvieron en el colegio. Cuando el padre de las chicas se murió los ayudamos entre todos, el verdulero no les cobró un mes entero. La madre era muy joven, pero nunca se volvió a casar ni a formar pareja estable. Trabaja demasiado, supongo que es por eso.

Algunas partes de ese texto son verdad.


Conozco la rutina: alguna vez la vi y muchas más veces mi mamá me la contó. Esta noche me la va a contar de nuevo y me va a dar el mismo fastidio.

No quiero saber que todos los años es la misma mujer la que viene, una rubia polaca que es como una versión envejecida de las compañeras pecosas de mis hermanas. No quiero saber que todos los años mi mamá finge olvidar su nombre, o lo olvida y finge recordarlo: un pasito de comedia inentendible. No quiero saber que nos olvidamos de sacar el equipo de música pero por suerte mi mamá se dio cuenta a tiempo y lo tapó con un mantel. No quiero saber que mi mamá le habló con ese tono de pobreza digna que pone, esa voz de tragedia atragantada como si papá se hubiera muerto ayer y no hace más de diez años, como si todavía estuviéramos de luto. No quiero saber que mi mamá está súper orgullosa de lo bien que nos salió el teatro a todos, bueno, a todos menos a mí, que sabe que no se puede confiar en mi voluntad de cooperar así que en general no me asigna ninguna tarea. No quiero saber que la asistente social lagrimeó cuando mi vieja le contó la misma historia que le cuenta todos los años porque ella también, como nosotras nos olvidamos de su nombre, se olvida del nuestro cada vez, o finge olvidarse, y finge emocionarse de nuevo.

Mi papá murió en un atentado que la gente sabe y recuerda. Una de esas muertes que alcanza con decir la fecha para indicar la causa: 18 de julio de 1994. ¿La historia sería menos interesante si le hubiera dado un ataque al corazón o si lo hubiera pisado un auto? Un detalle que me pica: mi papá murió una muerte que nadie piensa que le puede tocar. No es de esas que cuando te las cuentan te da miedo que te pase a vos. Yo lo sé: la he contado tantas veces que ya tengo catalogado todo lo que te puede pasar cuando te la cuentan. Y otro detalle: solo dejó mujeres, cuatro. Mi mamá, mis dos hermanas y yo. Pienso en la alquimia de todo esto: la fórmula de un relato perfecto, el que mi mamá le cuenta a la asistente social para que le dé la media beca. El relato que yo escribo no es perfecto; no hace falta decirlo. Le sobran cosas y le falta algo.

El año pasado conocimos Nueva York, y este año vamos a ir a España: Barcelona, Madrid y Sevilla, como mínimo. A mi mamá le gusta viajar. Nunca lo hizo de chica, empezó a hacerlo tímidamente con mi papá y ahora con nosotras se da el gusto, a lugares que no le dan miedo: de este lado de Greenwich y preferentemente del otro del Ecuador. Somos viudas pero no somos pobres.

Para ser justos con mi mamá: si pagáramos la cuota completa del colegio de mis hermanas, seríamos bastante pobres.


Diez años después del día de la última visita de la asistente social mi mamá me contó algo al pasar. Era una de esas conversaciones sobre lugares del conurbano a los que una fue y otros que solo escuchó nombrar. Estábamos comiendo con mis amigas y cada una estaba contando el lugar más picante en el que había estado y cómo había llegado ahí. Yo me pasé con el colectivo yendo a la casa de una amiga que vivía en Paternal y me desperté en Liniers. Mi amiga Lucía entendió mal la dirección de un ensayo y terminó sola con su guitarra en el medio de San Justo. Mi mamá, en cambio, conoce el conurbano por sus hospitales: hospitales a los que fue a trabajar. En una época hacía guardias en el hospital de Ciudadela. A los médicos nos re cuidaban: del colectivo te bajabas y te estaba esperando un patrullero que te llevaba al hospital, y a la vuelta lo mismo. El tipo no se iba hasta que yo me subía. Pero una noche se armó. En general los residentes y los practicantes dormíamos en la guardia de adelante y los médicos grandes en las habitaciones del fondo; esa vez nos dimos cuenta de que pasaba algo porque uno de los cirujanos de planta vino corriendo y nos gritó a todos que nos fuéramos para atrás. Después supimos: la policía se había agarrado a los tiros en la guardia con unos villeros que traían a uno de ellos, herido, para que lo ayudaran. Herido, supusimos, por la policía. El cirujano que nos mandó para el fondo no dejó salir a nadie más pero se quedó firme en la guardia, escondido detrás de una pared, esperando que lo dejaran operar. Ni bien la policía se fue procedió. Mi mamá no se acuerda si el tipo sobrevivió.

No sé si realmente éramos tan pobres o si a mi mamá le gustaba trabajar en el hospital de Ciudadela. Tampoco sé por qué tardó tantos años en contarme esta historia. Y una última cosa que no sé: por qué me indignaba tanto la mentira con la asistente social, por qué yo no cooperaba, por qué estaba siempre la amenaza tácita de que yo me saliera del libreto y le arruinara todo a ella, como si le tuviera bronca.


Es el mediodía: salgo del colegio pero sé que no puedo volver a casa. Un dato absurdo: yo voy a un colegio más barato que el de mis hermanas pero que tiene uniforme de escuela cheta, pollera gris, camisa blanca, zapatos, blazer. Llamo a mi mamá para ver si ya se fue la asistente social; me atiende la vecina. Tu mamá todavía está con la señora, me susurra, como si se pudiera escuchar la conversación desde el departamento de al lado. Dice que vengas a esperar a mi casa si no tenés dónde estar, no quiere que andes sola por la calle.

Escucho que algunas compañeras de la división van a ir al McDonalds de la 9 de julio a comer porque se quedan en la biblioteca a hacer un trabajo. Eso me compra un rato, así que voy con ellas. Les digo que en mi casa están pintando. Por supuesto es una mentira que solo me importa a mí: nadie más la necesita. Una de las chicas, Romina se llamaba, me pregunta por qué tengo los dientes separados; no lo pregunta de mala, ella tiene brackets. Lo que quiere saber es por qué si tengo los dientes separados no tengo aparatos como ella. Le digo que uso unos aparatos movibles pero solo para dormir, a la noche, desde hace unos años. Romina niega con la cabeza y me dice algo que en ese momento no entiendo, pero que en algún lugar de mi cabeza sé que es una genialidad y por eso diez años después todavía me lo acuerdo. «A los buenos padres se los ve en dos cosas: te ponen aparatos fijos y te mandan a inglés particular». Levanto los hombros y termino mi hamburguesa. Romina come la suya en pedacitos y con cubiertos porque no puede morderla con los dientes de adelante.

Me vuelvo caminando a casa y me siento en la vereda. Mi departamento es el único de la cuadra: todo lo demás son negocios. A esta hora en el barrio en el que yo vivo, en el Once, se cargan y se descargan rollos de tela. Nunca había prestado atención a lo silencioso que es todo ese proceso. Los rollos de tela no hacen nada de ruido al ir del piso al camión y del camión al piso, y los cadetes no hablan entre ellos. Coordinan los pases y los movimientos entre sí sin decirse nada, mirando para abajo con los ojos apagados como si fueran peones rurales en una pintura de esas realistas del siglo XIX sobre lo opaco que es trabajar. No quiero llamar de vuelta al teléfono de mi mamá porque no quiero ir a lo de la vecina. Supongo que me van a avisar cuando se vaya la señora. Mientras tanto, estoy acá. Apoyo la cabeza en la mochila y me acomodo la pollera para que no se me vea tanto la bombacha. Nada me puede pasar. En este barrio del infierno todo el mundo me conoce. Todo el mundo conoce a mi mamá. Todo el mundo sabe nuestra historia y todo el mundo sabe quiénes somos. Somos las viudas más queridas del Once. Tanto nos quieren que por un día, además de viudas, podemos ser pobres.

Me estoy quedando dormida pero un ruido distinto me despierta. Siento que alguien corre cerca mío, abro los ojos y me muevo para ceder el paso. Una nena de unos diez años anda en bici en la vereda; un nene más chiquito, quizás su hermano, la sigue al lado. Ya vas a ver, le dice ella, ahora cuando lleguemos. ¿Adónde?, le pregunta él, y ella le contesta: adonde todos los vidrios están rotos. Los veo extasiados y es como que me salpican. Ella temblando sobre la bicicleta que pronto va a traquetear sobre el piso y le va a dar el terremoto en el cuerpo; él tratando de robarse algo del momento desde afuera, como estoy haciendo yo, que estoy más afuera todavía. Pero llegan a la esquina y ella frena decepcionada. Era acá, le dice. Alguien debe haber limpiado.

(De: Nadie vive tan cerca de nadie)