Los oficios del Negro Eusebio

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Pedro Orgambide

EL BUFÓN

Todos saben que fue el Restaurador quien le otorgó los títulos: Don Eusebio de la Santa Federación, Gobernador de la Provincia, Majestad en la Tierra, Conde de Martín García, Señor de las islas Malvinas, General de las Californias, Conde de la quinta de Palermo de San Benito y Gran Mariscal de la América de Buenos Aires.

Era broma, claro: motes de bufón que el negro Eusebio festejó en la mesa del Restaurador de las Leyes y que nadie, ni los enemigos, podían tomar en serio. Solo algún tilingo de los que nunca faltan puso el grito en el cielo porque ese negro, hijo de esclavos, se pavoneara con sus títulos, su casaca militar, su bonete tricornio y el gran bastón de mando. El negro Eusebio se paseaba así por la quinta y se cruzaba con su dueño, que caminaba, taciturno, con las manos a la espalda, pensando en los negocios del país, en las intrigas de la política. Él no usaba uniforme; prefería el traje de paisano y, a lo sumo, vestimenta de navegante, de marino normando. Pero… ¿qué importan las apariencias si todo es apariencia? Esa podía ser una pregunta del negro Eusebio a la hora de los postres, del arroz con leche, cuando bastaba con tirarle la lengua para que él empezara con sus acertijos, sus reflexiones de loco, de bufón, que su amo oía con deleite. Porque el negro Eusebio supo ser tan distinguido como esos bufones de Europa, que mostraban a los reyes la otra cara de la realidad y que, entre broma y broma, susurraban las verdades que los cortesanos no se atrevían a decir. Y cuando los adulones festejaban sus chistes (después que el amo los aprobara, naturalmente) el negro Eusebio miraba con lástima a esos hombres, a los que iban a desertar, apenas soplara el viento de otro rumbo.

EL PINTOR

El negro Eusebio cultivó otro arte, el de la pintura. Hay un retrato de Manuelita hecho por él, en el que se ve a una muchacha de perfil y unos árboles al fondo y un pañuelo blanco en primer plano. Se llama El adiós, creo. Hay otro, mucho más conocido, que algunos señalan como la obra de la devoción y otros de la picardía del negro: se trata de un retrato de rosas. Mejor dicho: de muchos retratos que vendió a buen precio y cuyos detalles figuran en un aviso de La Gaceta Mercantil: “En la calle de la Universidad nº 150, se han recibido retratos de S. E. en busto de cuerpo entero, gran uniforme y banda punzó, las sienes ceñidas con una corona de laurel”. Con todo, Eusebio no fue un aprovechado, como otros que él vio sentados a la mesa. No; él no cambió de divisa, como esos señores. No estuvo, como ellos, siempre en el mejor lugar, donde calienta el sol. Cuando las cosas se pusieron feas, el negro Eusebio dejó su uniforme de mariscal, vistió sus pilchas de gaucho pobre y se fue, como otros federales, a pelear a Caseros. Algunos creyeron que había muerto allí.

EL SOLDADO

Pero no, el hombre seguía vivo, aunque ahora sin título ni plata. Por eso, quizá, tomó plaza de soldado. Fue asistente de un capitán al que llamaban Matraca por su vozarrón y su risa estentórea. Hombre muy fuerte, capaz de voltear un toro. Buen hombre, aunque algo chiflado, muy peleador. El negro Eusebio, acostumbrado a servir, a obedecer, se aficion a ese capitán. Cuando este dejó el ejército en 1857, después de un duelo desprolijo con un oficial mitrista, lo siguió como escudero, como si el otro, el Capitán Matraca fuera un Quijote robusto y él un Sancho esmirriado. Así se los vio juntos por Entre Ríos y en todas las revoluciones del Litoral en las que el capitán participó. Él iba al frente, a los gritos y los sablazos. Cuidando sus espaldas, al galope también, marchaba el negro Eusebio, martillando su trabuco, con la guitarra a sus espaldas.

EL PAYADOR

En 1859, su capitán sirvió como ayudante del general Urquiza y peleó en la batalla de Cepeda. El negro, no. Prefirió rumbear para Buenos Aires antes que tomar las armas a las órdenes de ese general que había derrotado al restaurador. Él recordaba haberlo visto por Santos Lugares, después de la batalla de Caseros. El general estaba junto a Mitre y Sarmiento, muy conversadores, muy contentos los tres.

–Esa partida no es para mí, mi capitán.
–iSi serás loco, negro! ¿Qué vas a hacer en Buenos Aires?
–Ya se verá, mi capitán. De algo se muere el hombre. Pero esta no es mi guerra. Aquí le dejo el trabuco. Me basta la guitarra.
–Sos insolente, negro.
–Como usted diga…
–Pero antes de irte, vas a contestar unas preguntas.

Ahí empezó todo. El capitán comenzó el interrogatorio. Hablaron de política, de guerras, pero después del origen del mundo, del peso, la medida, la eternidad.

–Decime, negro, ¿qué es el tiempo?

–El tiempo es la tardanza de lo que está por venir…

Así, toda la noche. El negro no solo contestaba sino que pedía una explicación. Él también quería saber y exigía el derecho a una respuesta. Creyó oír, al principio, cierto tono provocativo en Matraca, alardes de gaucho, el menosprecio del ignorante ante lo desconocido. El negro, que venía del Africa, de otros combates y otras sangres, contuvo las ganas de pelear, de terminar allí la discusión, como era frecuente entonces: a punta de cuchillo.

–Ya nos volveremos a ver –prometió el negro.

Y salió de la tienda del capitán, sin responder a una última provocación, sin darle importancia. Porque ahora prefería el riesgo de pensar, la incertidumbre del canto.

Durante años anduvo por las pulperías entonando sus versos. Así vivió. no fue mucha su fama, aunque se entreveró con los grandes. Muy modesto, omitía su pasada grandeza y sus títulos en la quinta de San Benito de Palermo. tampoco dijo que Matraca tenía otro nombre, que se llamaba, en verdad, José Hernández y era el autor de ese libro que circulaba por los almacenes de Buenos Aires hacia 1872.

“Suerte que no lo maté esa noche”, pensó Eusebio mientras templaba la guitarra, al recordar que él y el capitán Hernández, al que le decían Matraca, ya no eran los mismos sino otros que estaban condenados a seguir juntos por la eternidad, en la payada de Martín Fierro y El Moreno. “Suerte que no me desgracié”… murmuró el hombre.

(De: Historias imaginarias de la Argentina, Buenos Aires, Ediciones Atril, 2000)