Los planeros y sus planes

Por Juan Grabois

Fragmento de «Los Peores. Vagos, chorros, ocupas y violentos. Alegatos del humanismo cascoteado», libro presentado el 23 de febrero junto a Axel Kicillof en la ciudad de La Plata.

A fines de la brevedad, quiero ser esquemático con la siguiente explicación:

Algo menos de la mitad (13 M) de la clase trabajadora está excluida estructuralmente del mercado laboral “moderno” e institucionalizado, es decir, aquel donde el trabajador goza de manera efectiva de los derechos de la ley. Son los ni SIPA ni SINTyS.

Esa exclusión no responde a las cualidades subjetivas de los excluidos —como la vagancia o la falta de formación—, sino fundamentalmente a las características objetivas del sistema económico y a la restringida demanda de trabajo.

La población mencionada en el punto 1 sí trabaja: realiza actividades laborales de diversa índole, mal remuneradas, más o menos precarias, bajo distintas formas de inserción laboral, que van desde la relación de dependencia no registrada hasta las tareas de cuidados intrafamiliares. No es población desocupada o inactiva; suele estar mal caracterizada en la EPH.

Una parte considerable (3,3 M29) de esas actividades son equivalentes al empleo en tanto existe una relación de trabajo asalariado, pero dicha relación no está registrada, lo que vulgarmente se llama “trabajo en negro” o trabajo informal (con patrón).

Otra parte mayor aún (8 M + X30) realiza tareas por cuenta propia, de bajos ingresos, en formas de trabajo independientes o comunitarias que nosotros llamamos “economía popular” y que vulgarmente se conocen como “changas” (sin patrón).

Una pequeña porción del conjunto de las adultas sin ingresos laborales regulares recibe el derecho de la seguridad social denominado “Asignación Universal por Hijo” (14,7%). Se trata de 2,5 millones de mujeres que tienen entre uno y dos hijos promedio. La mayoría, además de sus tareas de cuidado, trabaja en economía popular fuera del hogar (punto 5).

Menos del 10% (1,2 M) de la población mencionada en el punto 5 recibe lo que se denomina erróneamente “plan social”, es decir, un salario social complementario en el marco de lo que hoy se llama “Programa Potenciar Trabajo” (ex Proyectos Productivos Comunitarios) por el equivalente al 50% de un Salario Mínimo Vital y Móvil. Este ingreso nunca representa más de un tercio de su ingreso familiar total.

Este segmento, el que corresponde al séptimo punto, son los llamados “planeros”. Hay una tremenda confusión entre qué es un plan social y qué no. ¿Las jubilaciones son un plan social? ¿Las pensiones por discapacidad? ¿La Asignación Universal por Hijo? ¿El Ingreso Familiar de Emergencia? ¿El programa Previaje? ¿El subsidio a la electricidad, al gas o a las naftas? Una lectura elemental diría que no, que se trata de derechos insertos en el sistema argentino de seguridad social o de medidas de control de precios o programas de incentivo al consumo; que solo se puede considerar un “plan social” el ingreso que reciben los trabajadores de la economía popular en el marco del programa Potenciar Trabajo. Depende con qué ojo y con qué intereses miremos.

Y efectivamente así es, porque cuando se discuten los planes sociales se discuten los piqueteros como el paradigma fundamental de la vagancia, y dentro de esa categoría entra cualquier pobre que se manifieste en el espacio público por una demanda vinculada a sus condiciones materiales de vida y trabajo.

Toda esta discusión tan dramática, todo ese sesudo debate que insume ríos de tinta en torno a la decadencia argentina y la holgazanería, en fin, toda la discusión de los “planes sociales”, su modo de atentar contra la cultura del trabajo, la malignidad de sus generantes, la ignorancia de sus beneficiarios, todo eso afecta solamente al segmento (7) de la caracterización de la población excluida realizada anteriormente, segmento que constituyen el 3,3% de la población adulta y en el que el Estado invierte apenas el 1,3% del Presupuesto Nacional para los tan aborrecibles planes sociales…

Querido lector, en este momento de mi vida y mi militancia, soy muy crítico de algunas prácticas de los movimientos sociales vinculadas a programas públicos de trabajo comunitario, y esta conciencia me lleva a una profunda crisis interna y fuertes replanteos políticos y personales… Pero, aun así, puedo asegurarles que, en términos de impacto y eficacia económica, el programa Potenciar Trabajo es de los más eficientes, menos burocráticos y mejor enfocados. Es el dinero mejor invertido de todo el gasto social argentino para abordar el llamado “núcleo duro de la pobreza” y generar condiciones para la creación de trabajo.

Si tan solo se cumpliera la resolución que lo crea, si tuviera un esquema serio de supervisión, si los trabajadores fueran claramente informados de sus derechos y obligaciones, si los abusos e incumplimientos fueran severamente sancionados y las obras realizadas por las Unidades de Gestión fuesen auditadas y visibilizadas, sería una política revolucionaria y ejemplar a escala mundial.

Para mí este tema —el funcionamiento del programa Potenciar Trabajo… de lo que llaman despectivamente “los planes”— es casi una obsesión, porque al menos diez años de mi militancia han estado vinculados a la agremiación de trabajadores de la economía popular organizada, que con la movilización, a través de una ley votada por unanimidad y con el empoderamiento de sus cuadros político-sociales, conquistaron un programa como el Potenciar Trabajo, basado en la teoría elaborada durante muchos años de praxis organizativa y en cuya creación participamos miles de laburantes, militantes y dirigentes de distintos movimientos sociales.

Es una obsesión porque en ese programa están comprendidos el 80% de los compañeros de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular, que obtienen de él su salario social complementario y, en muchos casos, el fortalecimiento de los medios de trabajo que utilizan en sus actividades laborales. Es una obsesión también porque a través de este programa se producen muchos de los abusos que debemos erradicar.

Es lógico que sea así: nosotros dedicamos nuestra vida a esto. Seríamos insensibles y estúpidos si no intentáramos enderezar lo que está torcido, reconocer nuestros propios errores y desviaciones, neutralizar a las personas y grupos que abusan de su poder y potenciar a los que muestran el camino correcto. Debe ser nuestra obsesión. Insisto, soy crítico y tengo la voluntad puesta en resolver nuestras miserias.

Ahora, me resulta llamativa la obsesión de tantos políticos y comunicadores en contar las costillas y mostrar la hilacha de lo que sucede en el mundo de la economía popular organizada, que abarca al 3,3% de la población (los planeros) cuando más del 40% está bajo la línea de pobreza sin recibir nada de nada; un 3,3% que insume apenas el 1,3% del presupuesto nacional cuando el otro 98,7% no se revisa. ¿No sería bueno empezar por visitar y comprender las tareas que realizan? ¿No sería más constructivo conocer la parte positiva de su obra antes que regodearse con sus errores y miserias?

Mi hipótesis es que a nadie le importa demasiado la objetividad de los acontecimientos… Los aliados elogian, los enemigos insultan, los que se ven amenazados desconfían, los que se sienten interpelados romantizan, los que somos parte de su dirección defendemos corporativamente el sector, los que no son parte critican porque no son ellos quienes los dirigen, y la mayoría dice lo que queda bien decir en el momento y las circunstancias. Lamentablemente, se piensa poco en los problemas de fondo y sus posibles soluciones.

La receta mágica: “Pasar de los planes al trabajo”

Cíclicamente, el debate público se acuerda de los planeros y empieza a contarles las costillas a este millón de laburantes que reciben el salario social complementario, casi como si los otros ocho que están fuera de todo no existieran. Pero bueno, cuando los planeros protestan porque no les alcanza, cuando los ni-planeros ni-SIPA ni SINTyS protestan porque quieren ser planeros, cuando se acercan las elecciones, en el coliseo mediático argentino piden la sangre de los planeros. La solución consiste en decir que hay que “pasar de los planes al trabajo”, la receta mágica de la pelotudez política que todo focus group solicita repetir y que de tanto repetir los políticos se creen, aunque una y otra vez haya fracasado.

La máxima expresión de esta mezcla de estupidez y marketing de la crueldad fue un bizarro spot de un tipo que no es ningún tonto, Florencio Randazzo. El spot data de septiembre de 2021, cuando era precandidato a diputado nacional por su partido, donde proponía un “Tinder de los planes” mientras jugaba con una pelota de básquet. Sin embargo, la cosa tiene antecedentes en todo el espectro político, aunque ninguno de los mecanismos de “empalme” haya funcionado nunca.

El primer error conceptual de “pasar de los planes al trabajo”, como dijimos, es que los planeros, mal que les pese a aquellos que proponen la receta, trabajan. En pésimas condiciones, pero trabajan. Igual que los otros doce millones de potenciales planeros sin planes. Entonces, amigos, no les falten el respeto.

El segundo error conceptual es que, como diría el camarada Javier Milei, la casta, los políticos, los jueces, los periodistas subsidiados, muchos empleados públicos agorilados, se han acostumbrado demasiado a vivir de los planes VIP que cobran ellos, que son sus dietas… Les cuesta entender cómo funciona ese mercado que tanto ponderan. ¿Se piensan que algún empresario, para ahorrarse una décima parte del costo laboral, va a salir corriendo a bajarse el “Tinder de los planes” y pescar empleados en la pequeña pecera del millón de planeros a los que les vienen haciendo tanta mala fama?

Nuestra propuesta es lograr que los nueve millones de trabajadores y trabajadoras de la economía popular dispersa se integren a alguna de las tres formas organizadas de trabajo: el empleo público, el empleo privado y la economía popular. Es un sistema mixto en el que cabemos todos y se pueden encontrar formas diversas de construir un proyecto de vida.

El modelo de pleno empleo está muerto. Para que aumente el empleo privado, tiene que darse una serie de variables económicas en el marco de un mundo caracterizado por la inestabilidad. Eso no quiere decir que no vaya a haber crecimiento económico pero, por una multiplicidad de motivos en la que la reconversión tecnológica y la cuarta revolución industrial se llevan una parte importante, el crecimiento no se va a traducir en empleo para todos. La evidencia estadística marca claramente que la oferta de empleo no va a cubrir la totalidad de la demanda. Los propios “planes productivos” del gobierno indican que en diez años, si todo sale viento en popa, se van a crear dos millones de empleos privados nuevos… Básicamente, se absorbe el crecimiento vegetativo de la población, ¿y con el resto qué hacemos? ¿A la basura?

Entonces, la economía popular organizada no se presenta como la alternativa deseable, sino como la única. Aquí la dificultad es doble: la restricción presupuestaria y la capacidad organizativa de los movimientos populares. La transición desde la economía popular dispersa hacia la economía popular organizada requiere, entonces, plata y organización. No puede ser un proceso improvisado, sino que hace falta una planificación cogestionada entre el Estado y las organizaciones. Asumiendo que se hacen las cosas bien y el mundo ayuda, este proceso, al igual que la recuperación del empleo privado, lleva tiempo.

Mientras tanto, ¿qué hacer? Desde nuestra visión, corresponde la implementación urgente de un Salario Básico Universal, que permita a estos nueve millones de argentinos que sí trabajan, pero no tienen derechos ni ingresos suficientes, un piso salarial que al menos supere la línea de indigencia. No es tanta plata. Son menos de dos puntos del gasto primario actual.

La moralización de la pobreza

La idea del vago tiene una larga tradición. Ya Karl Marx decía en El capital: “Se nos explica su origen contándolo como una anécdota del pasado. En tiempos muy remotos había, por un lado, una elite diligente, y por el otro una pandilla de vagos y holgazanes. Ocurrió así que los primeros acumularon riqueza y los últimos terminaron por no tener nada que vender excepto su pellejo. Y de este pecado original arranca la pobreza de la gran masa”.

Nuestro país tiene su versión folclórica del mito que adquirió estatus legal con la ley de vagancia. Eran tiempos donde el naciente Estado-Nación necesitaba sangre para pelear sus guerras y cuidar sus vacas. Los gauchos oscilaban entre el trabajo estacional como peones rurales y formas de economía popular rural muy características de nuestro país. Algunos poseían parcelas de tierra que trabajaban de manera independiente. Sin embargo, fueron degradados a la categoría de vagos porque no tenían ni patrón ni título de propiedad ni aceptaban dócilmente la condición servil del peonaje o la soldadesca.

Dice el historiador Javier Sanz que “tanto los funcionarios coloniales como los estancieros se caracterizaron por perseguir a estos hombres libres y a sus familias dando facultades para eso a los alcaldes de la Santa Hermandad (que tenían funciones de policía y de justicia en las áreas rurales) y los jueces comisionados (por lo general, funcionaban como auxiliares de los primeros). Para fundamentar su accionar, los grupos poderosos de la sociedad colonial se encargaron de elaborar un estereotipo de vagos, vagabundos o malentretenidos, según el cual los campesinos eran mostrados como personas que no respetaban las leyes ni a las autoridades, que vivían del ocio, los vicios y el robo de ganado de las estancias. Las persecuciones, juzgamientos y condenas que se llevaron a la práctica respondían a intereses de las autoridades locales y estancieros: mantener bajo control a las poblaciones rurales y, dentro de lo posible, como trabajadores asalariados o dependientes de los establecimientos productivos”.

Aunque las condiciones cambiaron y nadie persigue a los gauchos modernos para “darles trabajo” ni existe una pasión sarmientina por educar al soberano, la idea del vago sigue vigente. Tal vez por eso nuestros vagos actuales veneran al Gauchito Gil, un “difunto venerable” —según creo haberle escuchado a Jorge Bergoglio alguna vez— que fue asesinado por negarse a participar de la guerra fratricida de la Triple Alianza.

El gaucho urbano de hoy sufre la trágica condición del vago al que nadie quiere educar ni explotar, que no goza de campos de pastoreo ni puede carnear vacas salvajes. Se las rebusca con el cartón, la venta ambulante y ese heterogéneo conjunto de actividades denominadas “changas”. Nuestros vagos contemporáneos son también, como se decía entonces, malentretenidos. La moralización de la exclusión sigue siendo moneda vigente tanto en el campo conservador como en el progresista. Su música, sus festividades, su cultura son atrasadas, violentas, supersticiosas. Su propia vagancia es un producto cultural. “No trabajan porque no quieren”.

Tanto es así que el sistema necesita del “buen salvaje” para justificar su actitud de marcada aporofobia (odio a los pobres), entonces tenés desde Galperin abrazándose al emprendedor que usa Mercado Pago hasta la señora que salió adelante haciendo macramé, el deportista genial que salvó a la familia a base de esfuerzo, la señorita TED que superó la marginalidad porque encontró gente buena que le enseñó la pobreza digna y el camino de la superación, ¡viste! No son todos vagos al final: también están los que usan Mercado Pago.

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El militante como vago

Mi primer trabajo fue a los dieciocho años. Plena crisis de 2001. Profesor particular. Tenía tres alumnos de la ORT. Me acuerdo de que uno me quedó debiendo tres clases. ¡Qué bronca!

El chiste fácil de los trolls en mis redes es “CUIL Virgen” … pero lo cierto es que estrené el CUIL a los diecinueve años. Fue en un call center de garaje. En aquellos tiempos, cualquier inversor disponía de sangre joven y barata para exportar servicios de televentas o atención al cliente. Dos factores macroeconómicos coadyuvaban al florecimiento de esta lamentable industria: alto desempleo y moneda débil.

Duré un par de meses hasta que terminé internado, por exceso de Cafiaspirinas y el estrés acumulado de un pibe que iba a ser padre, laburaba, estudiaba y militaba. El telemarketing es, ciertamente, un laburo insalubre. Después trabajé varios años como vendedor técnico de sistemas informáticos, llegué a gerente de ventas, también vendí celulares a clientes norteamericanos desde Colegiales, hice reseñas de hoteles europeos, inspecciones de accidentes de tránsito para empresas de seguro y un montón de cosas más, todo siempre en el sector privado.

Con el correr de los años me recibí de abogado, ejercí la profesión y la actividad docente en terciarios, también en la Universidad Católica y la de Buenos Aires, labor esta última que mantengo hasta la actualidad, y combino los ingresos de algunas tareas en el exterior, mis libros y artículos periodísticos.

Mientras yo desempeñaba esas actividades, otros de mi edad, menores y mayores, masificaban industrias que dependían de las mismas dos variables macroeconómicas que el call center: el reciclado. Mano de obra desesperada y sustitución de importaciones. La diferencia, sin embargo, no era cuantitativa, sino cualitativa. Los cartoneros, los costureros, los vendedores ambulantes están excluidos del primer derecho que debe tener cualquier trabajador: el salario. Ninguno se esforzaba menos que el más esforzado de nosotros, militantes de la clase media precarizada; pero ninguno era vago, ni ellos ni nosotros.

Mi historia como estudiante-laburante-militante-padre es la de miles de jóvenes, hombres y mujeres, que decidieron unir su destino al de los humillados y ofendidos de nuestro tiempo. La acusación de “vagos” es falsa. Muchos combinamos trabajos en el sector privado con trabajos no remunerados en la economía popular; otros, trabajos mal remunerados en la economía popular con tareas militantes gratuitas; ni qué hablar de las mujeres, que además cargan con la mayor parte de las tareas de cuidado. Dudo que alguno de nosotros destine menos de catorce horas de su día entre trabajo y militancia… Nadie, ni siquiera los diputados y funcionarios que salieron de nuestras filas, cobran más que el salario promedio y la mayoría tiene ingresos por debajo de la línea de pobreza. No hay horario para las urgencias. Estamos todos para uno.

Tenemos muchos defectos, pero vagos no somos

En la autojustificación hay algo indigno, y contar mi currículo probablemente sea un pecado de vanidad, porque, en definitiva, frente a la difamación uno quiere mostrar que es “bueno” y pierde el centro; creo que un poco puedo repararla diciendo algo en lo que creo sinceramente… Si en mi vida pude entregar gratuitamente una parte de mi tiempo, mi mente y mi corazón por una causa, por la más noble causa: la de los pobres, en mi caso es porque nunca pasé ninguna necesidad, y eso se debe exclusivamente al azar de haber nacido en un hogar medianamente acomodado, con acceso a lecturas y ambientes intelectualmente desarrollados. Siempre supe que tenía una red para apoyarme en una caída y que a los míos nada iba a faltarles. La seguridad que te da eso es un privilegio del que no se puede ser inconsciente.

La vida no fue difícil para mí, no tuve una existencia dura ni sufrida, nunca me faltó nada ni debí hacer demasiado esfuerzo, al menos si se lo compara que lo que otros sufrieron, apenas algunos problemas de salud; de toda mi vida laboral, solo cuatro años tuve que cumplir jornada completa de oficina por un salario de mera subsistencia en el centro (el infierno); recién casado ya tenía una casa propia como regalo de nuestros padres, mi esposa e hijos son de una bondad y paciencia providencial, tengo buenos amigos y puedo verlos cada tanto, una vivienda con patio en un barrio común con buenos vecinos. Por eso, es mi deber no juzgar a La Mitad que Mantiene a la Otra con dureza ni ironía ni sorna, porque seguramente muchos —no todos, pero sí muchos— tuvieron que hacer muchísimo más esfuerzo que yo para tener lo que tienen, aunque ello no justifica ni su desprecio ni su fobia por los de abajo.

No soy un vago, pero gocé en mi infancia y juventud de privilegios económicos; hoy no le falta nada a mi familia y tengo a quienes recurrir en caso de necesidad. Esta seguridad de la que disfrutamos quienes tuvimos la subsistencia resuelta desde que nacimos nos ha hecho más fácil todo, nos saca algunos miedos que son totalmente naturales en los demás, nos da cierta soltura para “emprender”. No entenderlo puede llevarte a cometer errores graves en la vida, seas un dirigente político, un militante social o un empresario que quiere creer que se hizo de abajo porque empezó un negocio en el garaje de la curtiembre multinacional del papá. Se trata solo de comprender algo tan sencillo como lo que cantaba Silvio Rodríguez:

Tener no es signo de malvado
y no tener tampoco es prueba
de que acompañe la virtud;
pero el que nace bien parado
en procurarse lo que anhela
no tiene que invertir salud.

Desde luego, me he enriquecido espiritual e intelectualmente en la militancia junto a los más pobres y excluidos, el vínculo con mis compañeros y compañeras de lucha, la pertenencia a los movimientos populares; sin duda he recibido más de lo que di, y eso es una parte que nos hace vivir a todos nosotros. Seguramente mis detractores no se refieren a eso cuando dicen que vivo “de los pobres”. No estoy cargando bolsas como los compañeros changarines del Mercado Central, pero supongo que nuestros detractores tampoco.

Alguna vez, con Nacho Levy, de La Poderosa, reflexionamos con amarga ironía que al pueblo le va mal, a la Argentina le va mal, pero a las organizaciones y los dirigentes no nos fue tan mal. Eso es triste y nos tiene que hacer pensar mucho. Dejando a un lado cualquier cuestión de corrupción, es la lógica del agrupacionismo, de la corporación social exitosa, de la tribu, que de alguna manera es un corsé que limita el potencial de las organizaciones populares para transformar la vida, no digo de todo un pueblo, pero al menos de un sector importante de la sociedad, que sufre las peores formas de exclusión e injusticia.

Entre mis compañeros existen personas que tienen méritos descomunales; historias desgarradoras de vida familiar cruzadas por la dictadura militar o por la miseria económica o por graves enfermedades; compañeros que tuvieron que hacerse cargo de la propia existencia desde muy chicos con la red deshilachada, a veces con los hermanos a cuestas; compañeros que desarrollaron una alta conciencia política desde una condición de precariedad laboral absoluta; otros que abandonaron estudios y perspectivas profesionales para abrazar la lucha de los pobres; curas y no curas que se fueron a ofrecer su corazón a las villas más castigadas por el narco y la violencia, y ni qué hablar de los trabajadores de la economía popular, de los vecinos de barrios populares, de los productores de la agricultura familiar que adoptaron la condición de militantes habiendo pasado por el trabajo infantil, contextos de encierro, incluso situaciones de trata de personas o esclavitud laboral, como Elsa, nuestra referente rural. O Agustín de Luján, que nació el mismo día que yo, albañil, militante piquetero desde los quince años, que me ayudó a reconstruir la historia de los planes sociales, es otro ejemplo de trabajo, militancia y capacidad intelectual.

Nuestros militantes, nuestros compañeros laburantes… Vagos… Qué cararrota tenés que ser para decirles “vagos”.

Marzo 2023.