Los que vienen de la noche

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Guillermo Saccomano & Fernanda García Lao

Red

El culo encajado en la silla ergonómica. Pantuflas de peluche. Comentaristas embrujados sueltan frases con pretensión de inteligencia como quien mea de parado y salpica los bordes. Terroristas de andar por casa, abusadores de la metáfora y el dulce de leche, culpan al destino con la soberbia del negador que quiere matar y no puede. La noche se hace insulto frente a la pantalla, en modo incógnito.

Misticismo

Se le seca la boca cuando piensa en ella. Sed de amor, según algunos. Pero no sólo. Es también hambre. Si la piensa hambre entonces se le hace agua la boca. Ella representa esa sed.Cuando ella abre sus piernas, él se tiende, devoto. Mordisquea. Hambre de meteoros, sed de lava. También el perfume que no es fragancia sino olor. La busca como si al devorarla, él fuera a. Cierra los ojos, los entreabre, observa su jadeo, se relame. Por un rato habrá calmado el temblor que precede a la espera de una nueva pulsación de la urgencia que, ahora, mientras camina esta calle, sólo son cuadras, minutos, la ansiedad que recién se aplacará cuando ella se le, y él la, los dos en, abierta a, consagrados por, ambos en un. Solo acto y don, esa sacudida de dos mendigos de lo mismo, quién recibe y quién entrega.

Desquite

En el shopping no existe el día. Iluminados por el exceso, las familias, los apurados, las parejitas con tarjeta, los aspirantes y las tetudas, parecen extras de una fantasía zombi. El patio de comidas, un cementerio. Los imagino devorados, caídos sobre la grasa de sus porciones, con el cerebro a medio masticar. Los estómagos expuestos. Baba y sangre bañando las mesas. Hace un año que espero. Pero no pasa. Y yo, detrás del mostrador, sin otra satisfacción que mi pequeña venganza. Con la excusa de que no hay servilletas, me oculto un instante tras la heladera. Meo cada pedido. Apenas unas gotas. El kétchup oculta mi ph amargo.

Melancolía

Entre las copas vacías, unas cuantas con los bordes sucios de labial, otras tiradas y las que se hicieron añicos en el linóleo del salón alquilado, entre las botellas bebidas, algunas volcadas y otras en baldes ya tibios, entre los últimos acordes del final, cuando casi no quedan conversaciones y una pareja todavía prueba los pasos de un baile ebrio, están esos dos que vuelven a ir al baño a empolvarse la nariz y están también esos otros que, acodados en el mostrador, piden algo más fuerte, uno de resurrección y remate, mientras los derrotados se abrazan, cantan y los que no saben la letra tararean, y están esos que levantan los brazos esgrimiendo sus copas y aquellos otros que se refriegan detrás de una cortina como si no los viéramos, y pronto no habrán de faltar quienes se agarren a trompadas erráticas. Pero nosotros no nos quedamos a ver y caminamos hacia la salida, la escalinata, los jardines y nos perdemos en las calles sorteando los cuerpos envueltos en alfombras mugrientas, tapados por diarios, encharcados en su meada y, sin embargo, nos perdura en la memoria esa canción como un talismán contra lo que nos espera. La luz fúnebre que se va adueñando del cielo, entre las torres.

Ángeles

Si en la noche profunda del bosque escuchan un batir de alas, un revoloteo, no piensen en los murciélagos. Cuando las mamás les dicen a sus criaturas que sueñen con nosotros, sobrevolamos los techos a dos aguas en las noches estrelladas y nos empapamos en las de lluvia con tal de cumplir nuestra misión y no dejar los sueños de ningún nene, ninguna nena, librado al azar. Sabemos lo que les conviene soñar. Tanto al que tiene fiebre como al que le duele la barriga, al que tiene una urticaria. Y lo mismo a las nenas, especialmente a las que se ponen inquietas. Es cierto que alguno de nosotros hace que un nene, una nena, tenga un sueño húmedo. No piensen mal. No es feliz nuestra suerte. Los papis y las mamis no piensan en nosotros, que nos parta un rayo, que más de uno murió de electricidad con las alas carbonizadas en el fulgor letal de una tormenta. Que el patrón nos condenó al tener un pito. Que tenemos sentimientos y estamos cansados de hacerlo entre nosotros.

(De: Los que vienen de la noche, Guillermo Saccomano & Fernanda García Lao)