Macri reconstruye el ideal de las clases dominantes: ¿habrá proyecto alternativo?

Por Edgardo Mocca

El Destape

«La sociedad argentina es la que más ha fracasado en los últimos setenta años», dijo en estos días el ex presidente Macri. La expresión es idéntica a la razón que esgrimieron los golpes militares que se sucedieron en el país entre 1930 y 1983. Fue ese el gran consenso que sostuvieron las clases dominantes argentinas, particularmente desde el golpe contra el peronismo en 1955. Es un tema muy trillado: en los últimos tiempos Mario Vargas Llosa ha sido uno de los más enconados sostenedores de esa «interpretación de la historia». En su caso, no se limitó a diagnosticar el fracaso argentino, sino que lo extendió a toda América Latina. El contenido del mensaje no es novedoso, se reconoce en las fuentes nacionales y mundiales de la política elitista: la chusma ignorante sigue a caudillos que la oprimen y la mantienen en la ignorancia. La política de masas en la Argentina nació con la «ley Sáenz Peña» que estableció el sufragio universal (para el universo masculino), secreto y obligatorio. Esa ley marcó el comienzo de nuestra «historia democrática», pero menos de dos décadas después de su sanción nació otra «ley». En este caso una ley no escrita, pero de efectividad indudable durante varias décadas. La que dice que los gobiernos electos deben abstenerse de aquellas iniciativas que afecten el sacrosanto derecho de propiedad. Las fuerzas armadas fueron el garante elegido para asegurar su aplicación a cómo de lugar.

El tema es tan viejo como la política. Desde los griegos socráticos se ha planteado el tema de cuál es el mejor de los regímenes políticos. Podría ser la democracia, porque es justo que sean los más los que dirijan el estado. Pero esa forma puede «corromperse» y degenerar en la «demagogia», o sea en la satisfacción de las demandas materiales del pueblo como modo de eternizar el dominio de los demagogos. Demagogia es el término clave de la politología creada por la minoría oligárquica. Es también clave en esta melancolía recurrente que recorre a los poderosos la añoranza de tiempos «democráticos» previos a la emergencia del populismo. El primer populismo violentamente expulsado del gobierno fue el de Yrigoyen y el sujeto de este origen se llamó «la chusma radical». Cuando el radicalismo fue aceptando -no sin contradicciones y resistencias- los límites que las grandes maquinarias ideológicas y materiales de la política argentina real imponían sobre cualquier gobierno popular, su lugar en la representación popular fue ocupado por el peronismo. Las fuerzas armadas, en representación del poder real, voltearon gobiernos sin distinción entre los peronistas y los radicales -alcanzados entre 1958 y 1973 bajo la proscripción y la persecución legal del peronismo. Lo hicieron siempre bajo el amparo de la «ley y la constitución» (que bajo los regímenes dictatoriales estaban siempre en un estatus jurídico inferior al de los «estatutos» militares).

La «novedosa idea» de Macri es, entonces, el lugar común del pensamiento de la derecha argentina desde tiempos inmemoriales. Pero lo que sí es novedoso es justamente el lugar que tiene el poderoso empresario que la enuncia. Macri es el cuerpo mismo de ese proyecto: pertenece por herencia familiar al mundo de la gran empresa, del «innovador exitoso». Ese es, como se sabe, el nombre que la literatura conservadora le ha asignado a la clase empresaria, a la que le asigna la posesión del nivel de formación y la honradez para «guiar los destinos de la nación». No importa mucho que el «hombre indicado» de la nueva Argentina luzca con frecuencia su escaso nivel cultural. Y tampoco importa que su apellido haya sido un símbolo de los negocios dudosos entre empresarios y estado. Se trata de otra cosa: se trata de que Macri es el hombre de confianza de los eternos ganadores de la economía argentina. Y se trata también del fundador del primer partido de la derecha argentina después de la decadencia del viejo partido conservador. Es, en suma, la garantía más plena para ejercer el poder (los dos, en realidad, el legal y el fáctico).

Por otro lado, Macri ha ido ocupando el rol de «halcón» de la coalición de derecha. Lo hizo desde el día de la asunción del actual presidente, y sostuvo ese lugar, aún cuando en medio de la terrible pandemia, las «palomas» de Rodríguez Larreta aceptaban el diálogo con el peronismo. No hay, en realidad halcones y palomas. Ante lo que estamos es el juego de las disputas internas, en nombre de supuestos matices y diferencias que, desgraciadamente para la convivencia política argentina, no existen. En realidad, Macri ya fue «paloma», en el tiempo en que consideró que eso lo impulsaba hacia el poder, en el tiempo en que las advertencias de Scioli respecto de sus verdaderas intenciones fueran condenadas al agravio supremo: al de parecer un panelista de 6,7,8.

No habrá ninguna paloma en el futuro inmediato de la derecha argentina. El consenso del poder respecto del rumbo que debe asumir la república es muy marcado: es el que discuten las grandes reuniones empresarias, el del rechazo a cualquier acuerdo político con el oficialismo, el del fuego incesante contra los derechos laborales, el de las jubilaciones como fuente de recursos extraordinarios para los grupos más concentrados del capital (como era antes de la estatización de los fondos de pensión), el del reemplazo de las políticas de inclusión por «intervenciones focalizadas», es decir la contención social indispensable para evitar desbordes sociales. Y no en último lugar, hay otro universo en el que la figura de Macri descuella: como el personaje que asegura una ubicación «correcta» del país en el capítulo geopolítico que se está abriendo en el mundo, una garantía de pertenencia al «mundo libre», es decir a Estados Unidos y su radio de influencia.

En el mundillo cercano a Rodríguez Larreta parece haber confianza en que la performance de Macri no mejorará en las encuestas. No es solamente un reflejo de conservación de su base electoral, es una creencia profunda y equivocada, la de que el marketing puede subordinar de modo absoluto a la política. Es un mundo idealizado en el que los focus groups y los pronósticos de las encuestadoras son como oráculos posmodernos que determinan los comportamientos. Algunos políticos -y no todos ellos militan en la derecha- se han enamorado de las encuestas, al punto de considerarlas el alfa y el omega de la política, la verdad que subordina a todas las verdades. Sin embargo, la verdad política existe más allá de las encuestas. Es, claro, una verdad bastante particular la política. Está en los sueños, en las aspiraciones de millones de personas que son sujetos de la política, aun cuando no ejerzan esa condición más que cuando ponen un sobre en una urna.

¿Qué sería lo mejor que podría pasar en el otro campo, el campo popular? Todo lo que ha venido ocurriendo desde la crisis de la renuncia de Guzmán en adelante transmite la sensación de que el liderazgo de Cristina Kirchner es lo único que podría, en principio, ordenar el campo propio para la próxima batalla electoral. Claro que el ascenso espectacular de la estrella política de Massa podría crear cierta expectativa del tigrense en los próximos movimientos electorales del frente de todos. Ahora bien, se sabe ya a esta altura que ningún movimiento interno del espacio oficialista que no tenga el consenso de Cristina tiene demasiado futuro a su favor. ¿Podría la vicepresidenta auspiciar la candidatura de Massa? Más allá de la voluntad de los actores, eso solamente podría ser concebible si las medidas del «superministro» tienen éxito. Ahí parece estar el problema político principal del espacio peronista; ¿el éxito de Massa podría circunscribirse a la defensa contra una maxidevaluación, o a la «normalización» de la situación económica? El problema es que si lo que se «normaliza» es la Argentina resultante de la caída de todos los indicadores sociales populares durante el gobierno de Macri, la demanda popular alternativa sufrirá un largo invierno.

La única campaña electoral que puede hacer el frente de todos con alguna probabilidad de éxito tiene que apoyarse en la expresión real de la alternativa política al país de los grandes grupos económicos. Una alternativa política de ese porte no se construye en un par de meses de campaña electoral: tiene que dialogar con la historia política de este país de los últimos veinte años. Si lo que se insinúa sigue su curso, los argentinos y argentinas tendremos pronto en nuestras manos una definición de alcance histórico.

El Destape