Malvinas, imperialismo y el nuevo ALCA

El 2 de abril de 1982, luego de décadas de ocupación ilegitima por parte de Gran Bretaña, estallo la guerra entre Argentina y el Reino Unido disputando la soberanía de las Islas Malvinas. A 41 años de la guerra, una análisis situado desde el punto de vista latinoamericano sobre la actualidad de la cuestión Malvinas.

Por Juan Grabois, Gonzalo Armua

Imagen satelital de las islas Malvinas

Las Malvinas y su reivindicación soberana contra el colonialismo británico no sólo tiene que entenderse como una causa nacional argentina que surge cada tanto en el folklore de los de abajo – en un necesario ejercicio de antiimperialismo popular – sino que debe reactualizarse como una causa latinoamericana de las generaciones presentes y futuras. Por su ubicación geoestratégica, la posesión ilegitima actual de Malvinas convierte a las islas en un nodo de gran importancia dentro del sistema militar del imperio. Su ocupación permite garantizar el control sobre los bienes comunes marítimos del Atlántico sur, así como de los pasos interoceánicos y, sobretodo, habilitarle al Reino Unido una ubicación privilegiada para la carrera por Antártida, que ya está en marcha.

Por eso Malvinas no es solo un resabio del colonialismo del siglo XIX, sino que es parte del entramado actual del imperialismo y su búsqueda por garantizar el control de los bienes comunes de la región como parte de la disputa geopolítica en un mundo que ya es, de hecho, multipolar.

Bases militares y colonialismo en América Latina

Actualmente existen setenta y dos bases militares en toda América Latina y el Caribe controladas por fuerzas militares estadounidenses. A estas se le suman las bases británicas de Port Stanley, Mount Pleasant y Mare Harbour ubicadas en las Islas Malvinas. Todas estas bases militares se articulan dentro del sistema de defensa de la OTAN (Organización del Tratado del Atlántico Norte), que en el último tiempo se ha reactivado como plataforma de reagrupamiento del bloque occidental para frenar el declive relativo de EE.UU., cuya contracara es el ascenso de China como nuevo polo de poder mundial.

No es un dato menor que la OTAN en 2010 haya modificado algunos de sus objetivos estratégicos, agregando el del “uso militar para la defensa energética y climática”. Es decir, el uso de la fuerza para el control de los recursos naturales en regiones que el imperialismo no controla directamente. Esta cuestión tiene y tendrá un rol central en la proyección bélica para este siglo XXI, sobre todo en la región sudamericana que -además de ser un reservorio de biodiversidad, minerales, agua, litio, combustibles y alimentos- se ha convertido en las últimas décadas en el laboratorio de proyectos contrahegemónicos al imperialismo.

Por eso hay que pensar en las bases militares ubicadas en Malvinas como parte de un mecanismo integral de dominación. Solo como ejemplo, la La RAF Mount Pleasant (base militar de la Real Fuerza Aérea) es la mayor base militar permanente que existe en el extremo sur del mundo: cuenta con dos mil militares estables y una flota de submarinos nucleares con armamento misilístico capaz de alcanzar blancos a 2500 kilómetros. Es decir, posee la capacidad de bombardear Buenos Aires, Asunción, La Paz, Brasilia e incluso Quito. En este sentido, la ocupación colonial de Malvinas se articula con la red de bases militares de la OTAN a lo largo y ancho del continente. Esta característica se reitera en otros territorios insulares ubicados en el Mar Caribe.

En lo que respecta a la dominación territorial directa en América Latina y el Caribe, se lleva el primer puesto el Reino Unido que -además de las Islas Malvinas, Sándwich y Georgias del Sur- posee los territorios de Ultramar de Anguila, Islas Caimán, Bermudas, Turcas y Caicas, Monserrate e Islas Vírgenes. Lo sigue Francia, con casi cuatro islas más del Caribe, a las que se suma el territorio continental de Guyana Francesa, donde también se asienta una base militar. Por su parte, Países Bajos posee otras tres islas y “media” (San Martín es compartida con Francia) y en dos de ellas se asientan bases militares norteamericanas: Aruba y Curazao, casualmente a pocos kilómetros de las costas bolivarianas de Venezuela.

No queremos olvidarnos de EE.UU., que cuenta con dos territorios coloniales en pleno siglo XXI: las Islas Vírgenes y Puerto Rico, ocupado en 1898 luego de la guerra con España. Bajo el concepto de Estado Libre Asociado los puertorriqueños son ciudadanos de segunda, padeciendo todos las desgracias del capitalismo norteamericano sin ninguna de sus ventajas. Puerto Rico también cuenta con una base militar similar a la que el ejército norteamericano aún posee en Guantánamo, territorio que siguen ocupando en suelo cubano.

Colonialismo tierra adentro

Volviendo a Argentina, es necesario resaltar que no solo padecemos el colonialismo offshore; también tierra adentro en las últimas décadas el territorio de la Patagonia (sur del país) no solo se ha privatizado, sino que además se ha concentrado en pocas manos de holdings y empresarios. Según el Registro Nacional de Tierras Rurales (RNTR), Argentina posee 266.711.077 hectáreas, de las cuales el 5,02% se encuentran en propiedad de extranjeros. Como si esto no fuera un gran problema, con la llegada de Macri, se flexibilizaron las reglamentaciones para la adquisición de tierras en manos extranjeras (mediante el polémico Decreto 820/2016), así mismo se empezó a registrar a empresas extranjeras como nacionales -por la cantidad de accionistas que poseían-. Este fue el caso de Roemmers, Techint, Bulgheroni o la Fundación Tompkins, dueña de tierras rurales ubicadas estratégicamente en reservas de agua dulce y acceso directo a plataformas marítimas en América del Sur.

Según un informe, realizado en 2021, del Instituto de Estudios y Formación (IEF) de la CTA Autónoma los grandes terratenientes extranjeros de la Patagonia son: el Grupo Benetton (Italia) con 900 mil hectáreas, en Neuquén, Río Negro, Chubut y Santa Cruz; el Grupo Heilongjiang Beidahuang (China) con 330 mil; Somuncura Patagonia SA (Francia), con 155 mil; Rabino Elimeir Libersohn (EE UU) con 140 mil; Gold Corp (Canadá) con 130 mil; Trillum Corporation (EE UU) con 125 mil; Roberto Hiriart (Chile) con 100 mil; Anglo Ashanti Gold (Sudáfrica) con 50 mil; Grupo Burco (Bélgica) con 85 mil; Ted Turner (EE UU) con 56 mil y el magnate ingles Joe Lewis con 38 mil. Este último, famoso por apropiarse del Lago Escondido y apalear a quienes intenten ingresar al espejo de agua en su justo derecho. No tan conocida como su mansión es la pista de aterrizaje del tamaño de la de Aeroparque que construyo sobre el margen atlántico, donde aturden las denuncias de vuelos clandestinos desde y hacia Malvinas.

Bienes comunes, puntos estratégicos y disputa de la Antártida

La importancia estratégica de contar con una base militar en el extremo sur de América, no solo se debe al control y amenaza latente actual, hay que tener en cuenta el rol que cobrará el continente antártico en las futuras disputas por el acceso a bienes naturales, cada vez más escasos y necesarios para el sistema económico mundial: petróleo, uranio y agua potable. El 70% de las reservas de agua potable se encuentran en la Antártida.

La posesión de las Islas Malvinas permite a Gran Bretaña reclamar derechos soberanos sobre más de un millón de kilómetros cuadrados de la Antártida. Territorio que se superpone con la superficie reclamada por Argentina y Chile en la zona polar. Esto convierte la disputa en una cuestión estratégica por la soberanía, no solo para estos dos países sino para toda América latina en los décadas venideras. Si bien el Protocolo sobre Protección Ambiental prohíbe toda actividad no científica relacionada con la explotación de recursos de la Antártida, en 2048 se iniciará un período durante el cual el Tratado Antártico (con todo su sistema normativo) podría ser objeto de revisión a solicitud de cualquiera de sus Partes Consultivas, entre las cuales se encuentran las principales potencias actuales.

“La posesión de las Islas Malvinas permite a Gran Bretaña reclamar derechos soberanos sobre más de un millón de kilómetros cuadrados de la Antártida. Un territorio que se superpone con la superficie reclamada por Argentina y Chile en la zona polar”

Ademas, existen dos zonas que permiten el paso entre el océano Atlántico y el Pacífico a lo largo del continente americano: el canal de Panamá -hubicado en centroamérica- y al sur, los pasos naturales del Estrecho de Magallanes, el canal de Beagle y el Paso de Drake – este último permite conectar no dos, sino las tres principales cuencas oceánicas (Atlántico, Pacífico e Índico) a través de la corriente Circumpolar Antártica- . Esta zona de gran importancia estratégica para el transporte de mercancías y navegación militar tendrá cada vez más importancia en la medida en que China y Eurasía aumenten su peso como polo económico y de poder mundial. Ante este escenario, Malvinas es fundamental para el control efectivo de estos pasos interoceánicos.

De esta manera el “nuevo ALCA”, como estrategia imperialista que tiene por objetivo quedarse con nuestra Agua, Litio, Combustibles y Alimentos, deberíamos sumarle una “A” de Antártida. Por eso, la recuperación plena, legítima e imprescriptible soberanía sobre las Islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur y los espacios marítimos e insulares correspondientes es una cuestión estratégica para el pueblo argentino y los pueblos de América Latina en pos de un proyecto soberano de la Patria Grande, con control pleno sobre sus océanos y una proyección hacia la Antártida en el corto y mediano plazo. De no entenderlo con urgencia, ese 1% del norte gozará de los bienes que les corresponden a las mayorías, sin ningún equilibrio ni respeto por la casa común ni de los pocos reservorios naturales, como la Antártida, que aún nos quedan en el planeta.

La causa de Malvinas es una bandera que las nuevas generaciones debemos levantar. Por esos pibes que dieron su vida. Pero también, por los que vendrán y merecen una patria, justa, libre y soberana.

Agencia Latinoamericana de Información