Masacre en Gaza y comparaciones que salvan vidas

Por Maciek Wisniewski

Imagen: Un niño palestino recoge pequeños trozos de escombros tras el bombardeo israelí en Rafah, en el sur de la Franja de Gaza / AFP.

Ya muchos lo han dicho muchas veces: las comparaciones son la manera en que conocemos el mundo. Llegamos a comprender algo nuevo y desconocido al relacionarlo con algo viejo y familiar y ante lo que sabemos actuar. Desde hace 11 semanas los civiles palestinos en Gaza no sólo han estado sufriendo ataques indiscriminados de la máquina militar israelí (bit.ly/4aoz99c) alimentada sin cesar por Estados Unidos –con saldo de más 20 mil muertos, en su mayoría niños y mujeres, decenas de miles de heridos y 2 millones de desplazados–, sino también la «máquina cognitiva global» que hace todo para deshumanizar e invisibilizarlos. Sobre sus cabezas no sólo caen bombas, también palabras –al ser comparados por Israel, por ejemplo, con los «nazis» (bit.ly/3SfQiLx)– y algo incluso más letal que ellas: sus prohibiciones a rebours (bit.ly/486JXHH). Igual ha sido durante las masacres anteriores (bit.ly/3RFLZrk).

Mientras Israel goza de privilegios derivados del sufrimiento del pueblo judío (véase: Norman Finkelstein, The Holocaust Industry, 2000), pudiendo hacer, decir y comparar literalmente todo a todo (que «Palestina libre» es el “nuevo Heil Hitler”, que el lema «desde el río hasta el mar» es «genocidio» (bit.ly/47bZx3e), etcétera), buena parte del mundo está atado por un «manual de buena conducta», según el cual, hay comparaciones «prohibidas». Prohibidas porque su aplicación en caso de los palestinos los humanizaría y al mundo lo dotaría de un lenguaje útil para comprender lo que está pasando y de una base firme para llevar a cabo acciones efectivas para detenerlo (el «¡Nunca Más!» aplicado a todos).

Mientras Israel ha ido comunicando sus intenciones en Gaza –hacer inhabitable el enclave, causar el máximo número de muertes sea directa o indirectamente por hambre y enfermedades y expulsar a su población restante al desierto en Sinaí en Egipto, disfrazando todo de «transfer humanitario» (bit.ly/3vhnSr4)–, mezclándolas con mentiras para tapar su limpieza étnica y/o genocidio, comparable a su vez, si bien no con el propio Holocausto, pero sí con otros genocidios coloniales (bit.ly/3ShQ3jq), nosotros, seguimos condenados a ir desglosándolas una y otra vez.

Pero, ¿qué hacer si las «prohibidas» son precisamente las comparaciones adecuadas? Apropiárselas. Usarlas como herramientas de crítica y vías para salvar vidas, porque de lo contrario formarán parte –como eran originalmente– de la máquina de muerte y opresión.

He aquí dos ejemplos:

1. «Campo de concentración». Cuando Giorgio Agamben comparó a Palestina ocupada con un «campo de concentración», en referencia a cómo los soldados israelíes, «los guardias en él», atacaron barcos que iban hacia a Gaza para romper su cerco, las críticas no cesaban. Cuando Norman Finkelstein –cuyos padres sobrevivieron guetos y campos nazis en Polonia–, preguntó, después de que Hamas traspasara la valla del «campo Gaza», si los guardias en los campos de concentración «tenían el derecho a defenderse» –en alusión a la principal justificación de la operación punitiva israelí–, las críticas no cesaban. Cuando José Saramago comparaba Gaza con «Auschwitz», las críticas no cesaban. Pero cuando un político israelí propuso hoy que Gaza quedara «permanentemente vaciada y arrasada», «convertida en museo como Auschwitz» y que los refugiados de allí fueran enviados por la marina israelí a los campos en Líbano (bit.ly/48eFTVW), nadie dijo nada.

2. «Gueto». Cuando Zygmunt Bauman comparaba el muro de apartheid en Cisjordania con el «muro de gueto de Varsovia», las críticas no cesaban. Cuando Masha Gessen –cuyo bisabuelo contrabandeó armas para levantamiento en el gueto de Białystok (cualquier analogía con Gaza es, desde luego, prohibida)–, acaba de comparar a Gaza con los «guetos nazis», escribiendo que, hoy, el gueto allí, tal como en su momento los guetos de Varsovia o Białystok «estaba siendo liquidado» (bit.ly/3TCUCFG), las críticas no cesaban. Casi se canceló la entrega del Premio Hannah Arendt que Gessen ganó hace unos meses; la misma Arendt que –una comparación que hoy causaría un Armagedón–, después de la masacre de palestinos en Deir Yassin (1948) por milicianos sionistas pertenecientes a un predecesor del partido Likud de Netanyahu −que, de hecho, en su estatuto de los 70 sí habla de “establecer la supremacía judía ‘desde el río hasta el mar’”−, los comparó con los «nazis».

Gessen no ha inventado nada (y así lo ha reconocido). En el mismo contexto, la misma comparación hizo, por ejemplo, Ilan Pappé (bit.ly/3v3N5VU), pero no era «provocación», sino afán de encontrar analogía más apropiada, ya que la metáfora de «cárcel al aire abierto» le parecía insuficiente; y «gueto» (espacio asilado, sobrepoblado por gente empobrecida, controlada, pero no gobernada por los que construyeron la valla alrededor de él), mucho más adecuada. En efecto, es lo que han construido los israelíes (o «gueto-campo», si aceptamos a Agamben). Y en efecto, es lo que están liquidando cuando se vieron incapaces de controlarlo (tal como pensaban Netanyahu et al.).

    La mayor diferencia entre Gaza y los guetos judíos en Europa ocupada –añadía Gessen– es que la mayoría de los habitantes de Gaza todavía está viva y el mundo aún puede hacer algo al respecto (bit.ly/3RTKOpi). Por eso, para salvar vidas, a pesar de las críticas y prohibiciones, comparemos. Tal como la misma Gessen y otros hace unos años comparaban los centros de detención estadunidenses para migrantes con «campos de concentración». Para entender. Para llevar a cabo acción, para detener lo que ya está pasando y evitar lo que aún puede pasar.

    La Jornada