Massera, no

Por Guido Leonardo Croxatto

. Imagen: Télam

La noche del sábado 2 de abril de 2011 fuimos con Eduardo Luis Duhalde (o Duhalde el Bueno, entonces secretario de Derechos Humanos de la Nación) y mi pareja de entonces, Julia, a cenar a Fulgor, en el barrio de Recoleta. En una mesa cercana estaba sentado Bono, de U2, que estaba cerrando en el país su gira (360 Tour), con presentaciones en el Estado único en La Plata.

Cuando salimos de esa cena los periodistas se acercaron a Eduardo y le preguntaron por Bono: Duhalde rió, mientras encendía un cigarrillo. Caminamos unos pocos metros y tomamos un café en el bar de la esquina de la calle Posadas, La Rambla, enfrente de la Procuración del Tesoro, al lado del hotel Alvear. Mientras tomábamos en una mesa redonda chiquita el café con Duhalde, la charla se interrumpió de modo abrupto. Pasaba caminando un hombre, para mi desconocido, pero con el cual se quedaron mirando fijo. Luego de que el hombre, que se había detenido, se fuera, Duhalde nos explicó: “El piensa cómo matarme, y yo cómo meterlo preso. Esa es la diferencia que hay entre nosotros“. No sé quién era. Tenía un bigote pronunciado y se miraron en silencio.

El video de Ivan Volante, militar retirado, con su falcon verde, en el que propone llevar siete personas secuestradas, como en la dictadura, a días de la elección, me hizo recordar inmediatamente esa anécdota. Estos días de negacionismo y reivindicación del genocidio en nuestro país, tengo más presente que nunca a Eduardo Luis, cuya falta siento todavía. El agujero que ha dejado su muerte es demasiado grande. Pocas veces lo tuve tan presente como en estos dias de oscuridad.

En 2011 vino Todorov de visita a la Argentina. Pasó unas pocas horas en la ESMA. Hizo unas críticas superficiales a las politicas de la memoria. Duhalde se había indignado con Todorov (Feierstein dice que la opinión de Todorov estaba condicionada por su anticomunismo). Llevó un bolso azul grande con libros a la secretaría de Derechos Humanos y empezó a sacar de a uno. Mientras los sacaba leía el título y luego los apoyaba. Me dio todos. Me dijo que los tenía que leer (Regine Robin, Halbwachs, Traverso, Norá) y responderle a Todorov por escrito. (dejé algunos, algo que luego Duhalde me reprochó por mail, «me toca defender los que has dejado injustamente olvidados»). Todorov cuestionaba la memoria «incompleta“ en Argentina. Duhalde me dijo «se equivoca, toda memoria es fatalmente incompleta, es hija del horror, la completitud no existe“. Todavía estoy escribiendo ese libro-respuesta a Todorov, que falleció, a ratos perdidos. Es increíble que alguien que conoce tan bien el horror, que escribió tanto sobre la otredad como problema de la conquista, se equivoque tanto en su visión sobre la Argentina. Pocos meses después de las columna de Todorov en el Diario El País (replicada por La Nación) vino Ban Ki Moon a la Argentina, y dijo -al revés que Todorov- en la ESMA «en la Argentina la era de la impunidad ha terminado. La era de la rendición de cuentas ha llegado“. Aplaudimos de pie al secretario de la ONU, que se llevó a la cabeza un pañuelo blanco de Estela Carlotto, en el acto en la ESMA.

Al día siguiente de ese acto estábamos juntos en el ascensor subiendo al piso 8. Cuando subíamos yo me mostré consternado porque en la tapa del diario –sábana todavia- de La Nación había aparecido no la foto del secretario general de la ONU en la ESMA tomando un pañuelo blanco de manos de Estela Carlotto, Presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo, en una ceremonia tan importante e histórica, sino una foto ridícula, trivial, de Ban Ki Moon sentado en una estación Am Pm de Córdoba comiendo un alfajor de chocolate : la foto ilustraba «el problema de los piquetes». ¿Ese era el criterio para «informar“ lo importante a la sociedad argentina? Duhalde, sin mirarme siquiera (miraba como cambiaba el color de los pisos del ascensor) me dijo «hasta cuándo vas a creer las mentiras que dice ese diario“ y me repitió la idea de David Viñas de que había que sacar un diario «cada día“ para terminar con las mentiras sobre el Proceso del diario de Mitre, que cada 24 de marzo pone en duda la valía de los juicios de lesa humanidad, calificados por algunos editores de “venganza” o de “odio”. El Terrorismo de Estado no está terminando. Tiene voceros y canales de televisión. Tiene periodistas. Viñas, Duhalde, Julio Maier, Osvaldo Bayer, Gelman. Son muchas las voces que uno extraña en este momento. A mi me toca extrañar a Duhalde, un tipo que se tomaba muy en serio la política de Derechos Humanos de Argentina.

Duhalde repetía mucho una frase (de Benjamin, que él le atribuía a Adorno): «La memoria es un rayo de luz que aparece en un instante de peligro». Ese instante ha llegado. Siempre pensé que ese «peligro» había pasado y que mi generación, nacida en democracia, no iba a sentir jamás el riesgo de la oscuridad. Hasta hoy.

Hemos sostenido muchas veces la importancia de discutir en serio una ley sobre negacionismo. No lo hemos hecho. Se están pagando las consecuencias con un candidato a presidente que abiertamente cita a Massera en un debate presidencial. Debería estar penado por ley. El negacionismo en Alemania no es materia de «debate». En Argentina no debería serlo. Un candidato que osa faltarle el respeto a Alfonsin.

Duhalde quería fundar en la Argentina una Academia Nacional de Derechos Humanos, que capitalizara la experiencia valiosa de nuestro pais. Para evitar retrocesos. Deberíamos haberlo hecho. La gestión del próximo presidente debería hacerlo. Esa Academia iba a ser una «benjamina“, para contrarrestar el resto de Academias conservadoras que existen, entre ellas la academia nacional de la historia.

Ricardo Piglia, gran escritor, reivindicaba no por casualidad el término «relato». El término «relato“ lo empezó a usar la prensa conservadora para cuestionar la politica de derechos humanos. Se decía que la memoria era un mero «relato“. Piglia sabía bien (y por eso Duhalde leía a Bajtin y a los formalistas rusos) que el «relato» en teoría literaria es parte de un concepto que implica la idea de justicia en la narración. Esto es: como toda «memoria“, una narración «consciente» (e «incompleta») que quiere que el lector no solo lea: quiere que abra los ojos. Necesitamos mucho a Piglia, a Gelman, a Horacio González, a Bayer, a Duhalde, a Maier, que quería quemar su título de abogado ante tanta injusticia. Tenemos que volver a generar una política firme de derechos humanos. Ya lo hicimos una vez. Hay que hacerlo de nuevo. Argentina es un ejemplo en el mundo. No podemos abandonar ese lugar protagónico. Milei no. Ivan Volante, no. Massera, no. 

14/11/23 P/12