Memoria y crueldad

Por Conrado Yasenza*

Carlos Alonso, manos anónimas. Instalación, 1976/ reconstrucción, 2019.

El país que ha derramado su sangre no se recupera con facilidad de la pérdida de densidad histórica y política. Si se prefiere, la sangre que alimenta la vida se diluye en cada curva de la memoria. El poder sabe de la potencia liberadora de la memoria, por eso intenta dejarla atrás. Le quita dimensiones. Es una sombra que intenta explicarnos que el dolor es compartido, que siempre hay un Caín y un Abel. El discurso del poder reclama, bajo la fantasmagoría de la memoria completa, que no es otra cosa que la reactualización recargada de la teoría de los dos demonios, la potestad sobre la memoria.

Sin embargo, ese olvido retorna. Entra en la historia como una memoria política y sale como otra que esa réplica de la completud intenta envolver en algún recodo entre la violencia, la muerte y el dolor. La siniestra narración de la sangre traicionada se reconfigura en escenario y discurso que cuestiona la cifra abierta de nuestra democracia. Son dos efigies: una, la del poder. Juan Bautista «Tata» Yofre, secretario de Inteligencia del Estado entre 1989-1990, el hombre al que algunas voces señalan como quien habría utilizado los archivos de la ex SIDE para escribir alguno de sus libros. Yofre quizás haya sentido una profunda admiración por David John Moore Cornwell, más conocido como John Le Carré, quien utilizó como fachada sus cargos diplomáticos en Bonn y luego en Hamburgo durante la Guerra Fría – Le Carré fue miembro del servicio de inteligencia británico-, para escribir una de las piezas fundamentales de la literatura de espionaje, El espía que surgió del frío. La otra figura, que es más una aproximación a la sombra de un contorno, es un tal Luis Labraña, que dice haber sido montonero y haber inventado en Holanda la cifra cuestionada.

Así se construyó el spot de la memoria completa, que duró lo que un suspiro pero que se inscribe en la lógica presidencial diaria de la guerra relámpago. Todos los días un golpe distinto: movilidad y sorpresa para intentar ocultar las cifras de la miseria planificada. Sólo algunos datos: Pobreza: 57% en enero último, según proyecciones del Observatorio Social de la Universidad Católica. Medicamentos: enero (13,6%) y febrero (15%), valores por encima de la inflación mensual del 13,2%. Alimentos: Valorización mensual de la canasta básica alimentaria y de la canasta básica total a febrero de 2024: 15,8%, según el INDEC.

Notificaciones de despidos a diario y por miles, comunicados desde el goce oficial. La estatalidad al servicio del daño. Jardineros del poder que espesan los matorrales de este tiempo de crueldad y dolor. Jardineros consagrados por el capital. Un sistema profundamente desigual que ni siquiera iguala en la muerte.

El problema es complejo porque ante el daño surge una pregunta: Qué ocurre en una sociedad que se ha roto y se autoinflige el daño, que cree, o quiere creer, que la mortificación y la crueldad pueden ser esos lugares, que determinan acciones, en los que refugiarse ante este estado general de confusión, miedo y horror.

¿Qué hacer? Como urgente, evitar el abatimiento.

¿Cómo? Hay una vieja fórmula que por vieja no debe desdeñarse. Reza que la voz de los de abajo debe ser escuchada e interpretada para luego poder conducirla.

Lo contrario, y en este tiempo de guerra al sistema democrático y al pueblo en su conjunto, es la reproducción fallida de estructuras políticas de poder construidas de arriba hacia abajo.

Es tiempo de escuchar para interpretar y conducir.

Nos enfrentamos a un presidente que no cree en la democracia. La institucionalidad no es ni una preocupación ni un límite para Milei. El Estado, para el presidente, es un nido de ratas, es excremento. Qué se hace con esa institucionalidad deshumanizada: se la rompe, se la echa, se la destruye. Esto es central.

Una parte del pueblo movilizado se ha hecho presente cuando fue convocado, puso en acto su potencia ante el quietismo de una representación política degradada. Pasiones tristes de la mala rosca política. No tener en cuenta este dato de la realidad es convocar al desaliento.

El vamos viendo de la dirigencia que se manifiesta opositora al gobierno autoritario de Javier Milei, es una carta marcada no por los tiempos del jugador sino por el que reparte las cartas. Un burgués asustado se lanza hacia los brazos protectores del autoritarismo. Un sistema político que no tiene mediocampo se arroja al abismo del tiempo de las no respuestas. Eso explica, en parte, el temor a no exigir nuevas cartas (las que, dicen, los marca como golpistas)

El dolor social, colectivo y personal nos está destemplando el corazón. Y si ese dolor se instala, penetra con él la tristeza, y allí el cuerpo se derrumba.

El poeta Raúl González Tuñón escribió el poema La luna con gatillo. Estos versos de ese bello y extenso poema son reveladores de este tiempo de falacias libertarias:

No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.
No se puede, no.
Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.

Ojalá reaccionemos.

Avellaneda, 30 de marzo de 2024.

*Periodista. Docente en UNDAV.

Con información de La Tecl@ Eñe