Mi estado físico

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Martín Rejtman

Dejo el taller mecánico y abandono ahí mi coche. Ya no me queda nada. Hay que tener coraje para hacer algo así, dejar lo único que uno tiene. El perro lo regalé cuando me mudé al departamento, que es alquilado, y mi novia me dejó hace tres semanas por mi mejor amigo.

Cuando llegó al departamento abro la agenda buscando alguien a quien llamar para pasar la noche.

Primero dudo, pero me dejo vencer por mi debilidad y decido finalmente llamar a mi ex mejor amigo. Seguramente está con mi ex novia. Le pregunto si está con ella. Me dice que no. No nos vemos desde las peleas. Quedamos en encontrarnos más tarde; le pido que me lleve el cassette en el que graba las clases de gimnasia que pasan por cable.

Mientras hablamos por teléfono me acuerdo de que en mi bolsillo está el recibo que simboliza mi coche. Lo saco y lo pongo en un portarretratos, sobre la foto de mi ex novia.

Yo me preparo la cena, como lo mismo todos los días desde que Laura me dejó: pescado al vapor con esta de soja y arroz integral No bebo ningún líquido. Leí que el líquido hace mal durante las comidas. A pesar de todo siento que esta alimentación me enferma. Le falta sustancia, algo que cortar con un cuchillo y después morder. Me estoy dejando morir al no hacer trabajar mi estómago.

Mi ex mejor amigo se llama Leandro. Nos encontramos en un video-bar de Flores.

Eso es lo que él quiere y yo soy el que está solo. Lo primero que hace es darme el videocassette con las clases de gimnasia. Después me cuenta sobre su nuevo trabajo y sobre las películas que vio en el cine. Habla él todo el tiempo y no me animo a preguntarle por Laura, aunque siento curiosidad por saber si todavía están juntos.

En los monitores del video-bar pasan temas de Génesis y Dire Straits, los dos grupos que más odio en el mundo, y como estoy a punto de vomitar, le digo a Leandro que preferiría ir a un McDonalds.

Leandro se sorprende. «Se dice que te hiciste vegetariano.» Al principio la idea no le gusta en lo más mínimo, pero se convence cuando el mozo le dice que lo único que sirven es pizza de muzzarella y anchoas. Leandro odia las anchoas desde el verano en que nos fuimos juntos de campamento y escalamos un cerro. Habíamos llevado sólo latas de anchoas Y tabletas de chocolate. Terminamos los cuatro vomitando. Leandro ya no puede ver las anchoas; yo odio el chocolate.

En el McDonald’s me pido un sundae de frutilla, Leandro pide un Big Mac y un Mac Chicken y pone la hamburguesa de pollo adentro del Big Mac.

Yo, voraz como me encuentro, pienso que cuando vuelva del baño me voy a comer el pan que dejo Leandro.

En el baño del McDonald’s hay una chica que me habla. Pienso por un segundo que me equivoqué de puerta. Pero no, estoy bien. Sin justificarse ella me cuenta una historia muy rara. Me dice: «La última vez que vi a mi novio fue en este McDonald’s, hace un mes. Vinimos a cenar y mientras yo fui a comprar la comida, él se metió en este baño; no lo vi salir nunca más». Le pregunto si lo vio entrar. «Sí», me dice. «Pero no salió. No tengo su teléfono ni sé adónde vive. Nos conocimos en una discoteca y después él siempre me llamaba y nos veíamos en la calle o en mi casa.»

Al baño entra un empleado de limpieza. Como todos los demás empleados, usa gorro con visera y nos mira con mala cara; los baños no son un lugar para perder el tiempo.

Hago como que me lavo las manos pero la chica no hace nada.

Le digo que se siente con nosotros; desde nuestra mesa se puede vigilar la puerta del baño de hombres.

Se la presento a Leandro que anula con sus ojos de siempre. Ella dice «Permiso», en lugar de «Hola, y se come el pan de la hamburguesa de Leandro. Yo la mirro con avidez, en mí cabeza había reservado ese pan para mí. La chica se llama Lisa, vive sola a cuatro cuadras del McDonald’s y nos invita a ver un video a su casa. Yo digo que prefiero ir a una discoteca.

Leandro me mira como si estuviera loco; me dice que creía que las discotecas eran algo que ya habíamos superado. Lisa comenta que su hermano trabaja de barman en una que queda sobre Rivadavia.

Cuando nos vamos del McDonald’s veo un cartel con una foto enorme del hombre de limpieza que nos echó del baño a Lisa y a mí: es el empleado del mes. Miro mi reloj y veo que todavía es muy temprano, apenas las doce.

En la discoteca nos dejan entrar sin pagar y el hermano de Lisa nos da whiskies gratis. Yo me tomo cinco, Lisa dos, Leandro siete. Después vamos a lo de Leandro y fumamos marihuana hasta quedar mareados. Busco por toda la casa fotos de Laura pero no encuentro; ni siquiera una. Abro todos los cajones: no hay ropa suya. Escucho que Leandro y Lisa hablan de cosas íntimas. Lisa le cuenta la historia de su novio y le muestra una foto que tiene en la billetera Leandro lo reconoce: es Aníbal, un chico con el que jugábamos al fútbol.

-Ese no es -digo.

Sí, es Aníbal -dice Lisa.

Tengo su número -dice Leandro.

Leandro y yo decidimos llamar a Aníbal por teléfono. Lisa dice: «Llamen si quieren; estoy segura de que no va a estar en la casa». Atiende Aníbal, con voz de dormido.

Leandro le pasa el teléfono a Lisa. Lisa se queda helada; no abre la boca. Me dan ganas de besarla.

Quedamos en volver a encontrarnos los tres el sábado a la noche. Hacemos una cita en Rivadavia y José María Moreno. Caballito. Yo vengo de cenar con mis padres en un restaurante de Parque Centenario que se llama Los Chanchitos. Tuvimos que esperar cuarenta y cinco minutos para conseguir mesa y mi papá discutió por el turno con una mujer que venía con sus dos hijas. Mis padres pidieron una parrillada para cuatro con la esperanza de que yo también picara algo, pero tuvieron que comérsela entre los dos. Yo pedí una provoleta con ensalada.

No usé el cuchillo en toda la cena.

En la esquina de Rivadavia y José María Moreno

Lisa me espera. Mira la vidriera de un negocio de ropa. Está vestida igual que la vez pasada. La miro desde la vereda de enfrente y pienso que no se parece en nada a Laura.

Me dice que no va más al McDonalds, pero que ayer se lo volvió a encontrar a Aníbal en el cine Fue a ver La lección de piano; le pareció horrible con vomita Aníbal estaba sentado justo adelante suyo.

En el momento en que a la protagonista le cortan e dedo, Aníbal se dio vuelta horrorizado por la escena y la vio a ella, que no tenía los ojos en la pantalla sino en su nuca. Aníbal le dijo «Hola». Lisa creyó que era un fantasma y sintió el impulso de cortarse un dedo.

El cine no estaba muy lleno y le pareció que corría sangre por los pasillos de la sala.

Aníbal estaba con un amigo, y Lisa con Leandro.

Leandro no viene a la cita y Lisa y yo vamos a un pub con luces de color naranja.

Tomamos cerveza los dos, hablamos de música y pintura. Yo soy pintor y mi ex novia es música. Lisa recién termina la secundaria y todavía es egresada. Me pregunta qué pinto. Le digo que soy conceptual. Ya no me pregunta más nada. La acompañó a la casa.

Vive justo en el límite entre Caballito y Flores, sola, en una casa antigua, que parece llena de fantasmas. Lisa cierra la puerta y yo me quedo pensando: me doy cuenta de que a veces ella habla como si estuviera loca, dice cosas que no me gustan, pero en esos momentos yo trato de no prestar atención.

Vuelvo a casa. Me duermo pensando en Lisa, que se hace transparente.

Tocan el timbre. Yo estoy en medio de mi sesión de gimnasia. Pongo pausa y corro a abrir, porque intuyo que es Laura. Un tipo de sobretodo, traje y cara grande me entrega un sobre.

-Tomá, mirálo, paso a buscarlo mañana a la mañana.

Lo abro, agitado. Veo que es de una obra social.

-Dejá, gracias, ya tengo -le devuelvo el sobre.

-¿Qué obra social tenés?

-Programa de Salud.

-¡Programa de Saaluud! -grita, y su cara se hace el triple de grande.

-¿Qué, qué te pasa? -le pregunto desafiante, y le cierro la puerta. El tipo mete el pie justo a tiempo y me vuelve a pasar el sobre.

-Mirálo y compará.

-No lo quiero.

-Sin compromiso.

-Andáte o llamo a la policía.

Empujo la puerta con todas mis fuerzas y le agarro el pie. El hombre grita. Yo sigo haciendo presión.

-¿Te vas a ir?

-Sííí -me dice el hombre. Ahora su cara se achica hasta casi parecer normal ejercicios.

Lo dejo ir, rebobino el cassette, y sigo. Después de la gimnasia me siento más fuerte y ácido pasar por la puerta de la casa de Laura. camino con paso rápido y miro de reojo la ventana con las cortinas corridas. Llego a la esquina, compro golosinas en el quiosco, y cruzo la calle. Vuelvo a pasar por la puerta esta vez de la vereda de enfrente. Me quedo un par de minutos parado a una distancia prudente. Entro a un supermercado coreano pero no compro nada. Doy una vuelta a la manzana.

Después de un rato veo a la madre de Laura que viene caminando y hace como que no me conoce.

Entra a la casa y enseguida sale la hermana con una amiga. Me ven parado en la vereda de enfrente y me dicen «Hola», y mientras se alejan se dan vuelta varias veces a mirarme. En la esquina se quedan charlando un rato y todavía me miran. Camino hasta donde están ellas. Me vuelven a decir «Hola». Me quedo ahí. Las miró; hablan de cosas del colegio. La amiga de la hermana de Laura de pronto me pregunta si tengo fuego.

Saco el encendedor y le digo que sí. Busca cigarrillos en la cartera pero no encuentra. La mira a la hermana de Laura, que con un gesto le hace entender que ella tampoco tiene.

En ese momento Laura estaciona su moto al lado de nosotros.

Parece enojada conmigo. Su hermana y una amiga nos miden con la mirada; están a punto de sonreír. Laura me dice que si quiero la puedo acompañar a la casa. Entramos y me ofrece café. «Por mí no te molestes», le digo. «Hay hecho, lo tengo que calentar.»

«Dámelo así frío, como está». «Como quieras.»

Laura me dice que tiene que hacer escalas y que podemos charlar mientras ella practica. Enseña música en dos colegios y quiere ser concertista de piano. Pidió una beca para estudiar en Alemania; está esperando los resultados.

Pone la tacita de café frío en una bandeja junto con una azucarera y unos amarettis y vamos al living.

Ella se sienta al piano y me cuenta que su hermana decidió que va a estudiar psicología. Ya hizo varias lecturas. Incluso escribió un artículo y lo mandó a una revista que se llama Zona Erógena. «¿Y tu mamá qué dice?», le pregunto.

«Ya está resignada. Una hija pianista y la otra psicóloga. Yo la consuelo diciéndole que somos mujeres.»

Entra el padre de Laura. Viene del trabajo. «Hola, ¿cómo estás, resucitado?», me dice.

«No seas cínico», le dice Laura.

La miro a Laura con odio y le contesto a su padre que estoy bien. El padre de Laura saca un cigarrillo, no me ofrece, y me pide fuego. Laura sigue haciendo escalas. Yo todavía no junté coraje para preguntarle por Leandro; sigo sin saber si siguen juntos y las escalas de Laura ya me están volviendo loco. Me acuerdo de que Esa era la parte más molesta de nuestra relación.

La conversación con escalas. Le digo a Laura que ya no tengo que ir, me despido de su padre, y dejo saludos para la madre y la hermana.

Voy a lo de Lisa. Está haciendo gimnasia. Leandro le pasó un cassette. Lisa me mira en su malla de baile. Me invita a hacer gimnasia con ella. Le digo que no tengo ropa de deportes. Me trae unos shorts de Aníbal, son justo mi medida. Los reconozco; son los que usaba para jugar al fútbol. Cuando vamos por la segunda serie de flexiones de pierna me doy cuenta de que esa serie ya la hice, es la clase anterior.

Eso me perturba. Puedo notar las repeticiones del trainer cuando dice, «y uno y dos arriba hop». Es la misma secuencia, el mismo intervalo entre una flexión y otra. El problema no es tanto el tiempo que se repite sino que yo me di cuenta y ahora estoy demasiado pendiente.

Cuando estamos por terminar con los abdominales le digo a Lisa que no puedo más.

Ese video me vuelve loco. Ella acepta apagar la máquina pero me advierte que nos faltan las elongaciones, y para no quedarnos los dos tan tensos, enciende un cigarrillo de marihuana.

A la noche, en casa, me doy cuenta de que hice dos sesiones de gimnasia en un solo día. Tengo los músculos tan duros que me doy golpes con el martillo de aplastar milanesas y no siento nada. Cuando apoyó el martillo sobre la mesa, miro de reojo el teléfono un segundo antes de que empiece a sonar.

Estoy seguro de que es mi madre. «Hola», digo. Es ella; quiere que vaya a cenar porque viene una amiga de la familia que yo no conozco.

-Si no la conozco no hace falta que vaya -le digo.

-No podés hacernos esto. Sos lo único que tenemos.

Mi madre preparó albóndigas de primer plato y después bifes de hígado con ajo y cebollas y arroz blanco. Yo como sólo las cebollas saltadas en vino blanco y apenas pruebo el arroz. A pesar de que me muero por morder un pedazo de carne estoy decidido a no darles el gusto.

Al final resulta que la amiga de la familia trae a su hija con el novio, que quiere ser pintor y quiere conocerme. Vio mi última muestra y, dice, lo que hago le parece «interesante». Habla muy poco y su novia me pregunta por un buen taller para él. Tengo ganas de mandarlo al taller mecánico adonde dejé mi auto.

«No quiero algo académico, yo con modelo vivo ya trabajé», dice por fin. Le digo de buena manera que estoy muy desconectado de todo ese medio. Los tres invitados me miran incrédulos. «Además yo soy conceptual», me defiendo. Y repito sin parar «Soy conceptual, soy conceptual, soy conceptual hasta que me levanto de la mesa y me encierro en el cuarto de mis padres a mirar televisión. Cambio los canales con el control remoto de la videocassetera, pero a pesar de que tienen cable no hay nada: sólo películas dobladas. Aprieto el botón de play para ver si hay algún cassette puesto y aparece mi trainer favorito en medio de una sesión de elongaciones. Apago la máquina horrorizado en el mismo momento en que entra mi padre para pedirme por favor que vuelva a la mesa.

Lisa desaparece. En realidad no desaparece: falta a una cita, no me vuelve a llamar, y cuando toco el timbre en su casa, o llamo por teléfono, nadie contesta. La busco por Caballito, Primera Junta y Flores Camino por todo el Oeste como si la ciudad fuera un pueblo fantasma. Al 300 de la calle Campichuelo veo la motito de Laura atada a un árbol; sé que en esa misma cuadra vive una de sus alumnas partirculares de piano porque varias veces la pasé a busca para ir al cine Me imagino que de pronto aparece la alumna de Laura del brazo de su madre. Me presenta como el novio de la profesora de piano. La madre me invita a tomar el te y yo no puedo negarme. El departamento está decorado a la francesa, con pisos de roble lustrado y resbaladizo. Cuando la madre me trae el té, la chica anuncia que va a tocar el primer movimiento de la sonata en do menor de Schubert.

Se sienta en el banquito, abre el piano, y antes de empezar a tocar me mira y dice, con la pronunciación y el énfasis más correctos: «Allegro». Pero la chica toca tan lento que me dan ganas de ponerme a llorar. En ese momento me doy cuenta de que la motito que estuve mirando todo este tiempo es amarillo de cadmio, mientras que la de Laura es azul cobalto. «Su hija tiene un talento increíble», me imagino que le digo a la, señora, y sigo mi camino.

No voy a llamar a Leandro, pienso, mientras espero que termine de cocinarse mi pescado al vapor, no voy a dejarme vencer otra vez por mi debilidad.

Un rato más tarde suena el teléfono y Leandro y yo quedamos en vernos directamente en el McDonald’s, Sin pasar antes por el video-bar.

En la cola de la caja alguien me toca la espalda es Aníbal. Nos saludo a Leandro y a mí con más efusividad que nosotros a él. Hay bastantes personas adelante de nosotros a le digo a Leandro que me pida papas fritas y un milk shake de vainil mientras voy al baño. Entro directamente al de mujeres Lie No está Me doy cuenta de que tendría que haber entrado al de hombres, pero ya no quiero buscara no quiero encontrarla ahí adentro.

Aníbal pasa toda la noche con nosotros y no encuentro el momento de preguntarle a Leandro si sabe algo de Lisa. Tampoco puedo decirle a Aníbal que hace unos días usé sus shorcitos. Apenas puedo devolverle a Leandro el videocassette de las clases de gimnasia. Él me agradece; dice que ya lo tenía pedido.

Cuando vuelvo al taller mecánico a buscar el auto me doy cuenta de que me olvidé el recibo en el portarretratos, cubriendo la foto de Laura, pero el mecánico me entrega el coche igual. «Es un papelito sin ningún valor», me dice.

Doy vueltas por la ciudad; paso por delante de la casa de Lisa. Decido hacer el último intento, bajo y toco timbre. Me abre Lisa y me pregunta si quiero pasar. Le contesto si no prefiere dar una vuelta.

Estamos llegando al río cuando le digo:

-Cuando tu novio entró al baño del McDonalds tendrías que haberle pedido un papelito.

-¿Qué?

-Un recibo.

Bajamos del auto y nos sentamos sobre la baranda a mirar el río. Pronto siento que se me ablandan los hombros. Todo cambia de color; es el atardecer. Antes de que pase más nada, siento la obligación de advertirle a Lisa:

-Lo único que tengo es un coche. Mi novia me dejó por mi mejor amigo y el departamento en el que vivo es alquilado.

De a poco se hace de noche y empiezo a tener hambre.

(De: Velcro y yo, 1996)