Milei, la ira de Dios

«Para él, cualquier obstáculo es una herejía. De allí su ofuscación cuando se le cruza algo fuera de sus planes».

Por: Ricardo Ragendorfer
@Ragendorfer

Foto: AFP

El ingrato recuerdo de su etapa ministerial, durante la presidencia de Mauricio Macri, hizo que Luis “Toto” Caputo le jurara a su esposa, doña Ximena Ruiz Hangling, que no incurriría otra vez en la función pública.
Sin embargo, Javier Milei supo disuadirlo con un argumento inapelable:

–Toto, vos sos parte de la misión. Sos un elegido.

Ya se sabe que tanto el líder libertario como su hermana, Karina, creen que sus vidas son parte de un plan profético diseñado por una fuerza superior, algo que él cuenta una y otra vez como si fuera la cosa más natural del mundo.

Pues bien, la historia registra ciertas analogías al respecto. Una de ellas nos sitúa en una tarde del remoto verano madrileño de 1971.

La escena transcurría en la mítica quinta del barrio Puerta de Hierro. A esa hora, Juan Domingo Perón dormía la siesta.

–Soy gran maestre masón en grado 33. Yo soy Mahoma, Moisés, Buda y Cristo. Vos en este momento estás teniendo el gran privilegio de hablar con un hombre excepcional –susurró José López Rega, con voz aflautada, antes de realizar un pase de magia negra. Luego, dijo:

–Ya está. Ahora, todas tus energías estáticas se convertirán en poderes dinámicos. Vos también vas a tener el poder.

Entonces sonrió, mientras su interlocutor, incómodo en su asombro, se hundía cada vez más en el sillón.

El empresario Carlos Spadone jamás olvidaría semejante circunstancia.

Una década antes. “Lopecito” –cómo lo llamaba el General– supo tener la certeza de ser un nominado en el casting del Altísimo.

Tanto es así que, ya a fines de 1962, consignó aquella creencia en su libro Astrología esotérica, un mamotreto –hoy inhallable– de 756 páginas (DESCARGAR AQUÍ), donde establece su principal objetivo: valerse de la sabiduría secreta que le fue concedida para impedir que alguna fuerza demoníaca se apodere del destino de la Argentina. Y sin escatimar recursos para ello.

Por caso, en la misma época en que «bautizó» al bueno de Spadone, él se encontraba inmerso en una tarea clave: transferir el espíritu de Evita (cuyos restos yacían sin ataúd en una pequeña habitación de Puerta de Hierro) hacia el cuerpo de Isabelita.

El resto de esta trama es conocido.

Más de medio siglo después, dos hermanos de distinto sexo creerían que Dios los eligió. A partir de ello todos sus actos pasaron a depender de esa idea.

Ya corrieron ríos de tinta sobre ese «canal de luz» que lanzó a Javier y Karina Milei hacia la convicción mística de sus responsabilidades en la Tierra. Un asunto del cual –como también es público– no fue ajeno el difunto perro Conan, ya convertido por el culto libertario en el guía espiritual de la Nación.

Así, aquellos dos seres –un oscuro licenciado en Economía que adquirió cierta fama como panelista de TV y una aficionada al tarot que subsistía con la venta de tortas a domicilio– pasaron a ser los timoneles de la República hacia un venturoso porvenir. Pero, bien al estilo bíblico, con devastadoras penurias y sufrimientos intermedios a granel.

En suma, un “milagro” muy difícil de explicar en términos hegelianos.

Tal es el escenario del presente, marcado súbitamente por una teocracia pagana. Y ellos no lo disimulan. Todos sus actos, medidas y proyectos están salpicados por la tozudez que sólo puede causar la fe en lo sobrenatural.

De allí la nula tolerancia del presidente ante los contratiempos. Es que, para él, cualquier obstáculo es una herejía. De allí su ofuscación cuando se le cruza algo fuera de sus planes. Es que ese enojo es la ira de Dios.
Claro que su Guerra Santa es contra un poderoso enemigo: la realidad. Y tal vez esta semana haya sido crucial para que él lo comprendiera.

En tal sentido, no está de más ceñirnos a ciertos hechos y circunstancias ocurridos solamente en el transcurso del pasado 25 de enero.

Lo cierto es que la multitudinaria manifestación del día anterior, junto al escándalo por el dictamen incompleto y corregido sobre la Ley Ómnibus que había sido votado a ojos cerrados por las comisiones parlamentarias, sumada a su desafortunada pulseada con los gobernadores, hicieron que el jueves él no amaneciera con el mejor talante.

Fue durante esa mañana cuando, en una reunión de gabinete convocada con suma urgencia, escupió su ya célebre frase: “Los voy a dejar sin plata; los voy a fundir a todos”. Se refería a los gobernadores.

Aquellas palabras no tardaron en ser reproducidas por el diario Clarín, lo cual desató en él otra oleada de furia.

Su chivo emisario resultó ser el ministro de Infraestructura, Guillermo Ferraro, quien se habría “ido de boca” ante un cronista de ese medio.

De modo que su cabeza rodó horas después, transformándose así en el primer funcionario de relevancia en ser eyectado del elenco gobernante.

El tipo, en rigor, tomó su expulsión con alivio. Es que sin obra pública a su cargo y con escaso presupuesto, su gestión se circunscribió a una serie de reuniones protocolares carentes de importancia.

Sin embargo, no fue el único funcionario en caer ese día.

Clareaba cuando el titular de la Superintendencia de Servicios de Salud, Enrique Rodríguez Chiantore, despertó sacudido por la chicharra del celular. Y grande fue su asombro ante las condolencias en su cuenta de WhatsApp. No daba crédito a sus ojos. Entonces, sin perder un solo minuto, pasó a chequear la información en el Boletín Oficial. Así supo que Milei lo había echado del cargo. Cosas que pasan al calor de las “fuerzas del cielo”.

Recién al día siguiente el gobierno oficializó su estrepitosa capitulación frente al Congreso y los gobernadores, cuando, de mala gana, Caputo anunció el retiro del paquete fiscal de la Ley Ómnibus, con cambios en la letra original de las jubilaciones, Ganancias, moratoria, retenciones y Bienes Personales, no sin proclamar, con visible desgano, la mística meta del “déficit cero”.

Tal vez entonces recordara aquella hermosa frase de Milei:

–Toto, vos sos parte de la misión. Vos sos un elegido. «

Tiempo Argentino