Milei no es un loco, es un peligro

Por Miguel Urban

El economista argentino con estilo roquero Javier Milei, autodenominado «anarcocapitalista» y que saltó a la fama hace unos años desde talk shows televisivos por sus propuestas y maneras histriónicas, se ha convertido en un firme candidato a ganar las próximas elecciones presidenciales en Argentina. Contra todo pronóstico, consiguió en agosto pasado imponerse en las Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias (PASO), consiguiendo ser el candidato individual más votado en 17 provincias y sumando más de 7 millones de votos a nivel nacional. Así, ha pasado de ser casi un desconocido en 2019 a conseguir 30.2 por ciento de los votos y dejar en segundo y tercer lugar a quienes han hegemonizado el campo político argentino en la última década, tanto el peronismo como su contrincante agrupado en Juntos por el Cambio.

El fenómeno Milei lleva al menos cuatro años avisando de su potencial disruptivo, pero hasta ahora pocos analistas lo tomaban en serio menospreciando sus posibilidades. Pero la realidad es que su popularidad ha ido in crescendo al cuestionar el poder del bipartidismo argentino que ha gobernado en la última década. En un primer momento, Milei se centró fundamentalmente en sus propuestas económicas paleolibertarias y poco a poco ha adoptado gran parte de la agenda neoconservadora de la ultraderecha latinoamericana (el nuevo anticomunismo, la obsesión con el Foro de Sao Paulo, el rechazo a la «corrección política», la recuperación de la memoria de las dictaduras patrias, la lucha contra la supuesta ideología de género, el rechazo al aborto, etcétera).

Quizás el gran secreto del éxito Milei es su imagen popular como un excéntrico provocador, un outsider. Si bien para muchos analistas esto parecía ser su gran debilidad, incluso llegando a catalogarle de «loco», ha sido su gran baza para poder rentabilizar las simpatías granjeadas en la televisión y aprovechar el momento global de rabia, aderezado por un contexto argentino particular de desencanto tanto con el peronismo como con la centroderecha. De esta forma, Milei ha conseguido convertirse en el vehículo del voto de protesta de una Argentina que vive una crisis que recuerda demasiado a la de 2001, con la salvedad que esta vez la desafección está siendo canalizada por la reacción en forma de terremoto electoral, la cual parece que se lleva por delante a los dos principales partidos que hasta ahora han gestionado la vida política en el país.

Un auténtico y genuino voto de protesta originado desde la crisis del corralito y que ha eclosionado en la figura de un histriónico economista telegénico, no como solución a los problemas del país, sino más bien como protesta ante el sistema político. Su gran virtud es representar la antipolítica y al antipolítico consiguiendo la metabolización reaccionaria del malestar que sacude la crisis argentina. El mismo grito de guerra de Milei, «la casta tiene miedo», parece una reformulación de la impugnación al sistema político de 2001, que se concretó en el «¡que se vayan todos!»

Pero esta vez, la impugnación no es al neoliberalismo, sino al progresismo gubernamental. El ascenso de Milei responde no sólo a una declinación argentina de la ola reaccionaria global que se ha asentado con fuerza en América Latina, sino también a un contexto muy particular de crisis del modelo progresista-peronista nacido de la misma crisis de 2001 y, por ende, una impugnación de los valores e ideas que se le asocian, como la redistribución progresiva de los ingresos, el papel activo del Estado, los derechos humanos y la movilización social.

La candidatura de Milei, pero también la de Patricia Bullrich de la coalición Juntos por el Cambio, suponen un giro brusco de Argentina hacia la derecha, hacia las políticas de mano dura y de recorte de gasto social que anticipan ambas candidaturas. Un auténtico revival reaccionario de la crisis «de 2001 sin masas en las calles, pero con mucha frustración social» (nuso.org/articulo/el-paleolibertario-que-agita-la-politica-argentina/) y que desprende la emergencia de un «individualismo neoliberal autoritario», que no hará más que expandirse si el avance del capitalismo continúa sumando amarguras y la impotencia del voto sigue exacerbando frustraciones (www.revistaanfibia.com/circulo-sin-molestar/). Esas amarguras y frustraciones a las que el ciclo progresista argentino no ha respondido, y en muchos casos ha incubado, son la gasolina electoral del voto de protesta que representa Milei en Argentina.

La imagen histriónica y propuestas extravagantes de Milei han hecho que muchas veces se le catalogue como un loco, intentando «siquiatrizar» el fenómeno disruptivo que representa para no afrontar la dura tarea de analizar el trasfondo político del fenómeno, sus responsables y también, en cierta medida, para menospreciar su peligro. El peligro, como escribió Martín Mosquera en la revista Jacobin (23/9/23), es «que se materialice lo que las relaciones de fuerza sociales del periodo anterior habían logrado hacer fracasar: una terapia de choque neoliberal que quiebre de forma duradera el bloqueo social al ajuste que se impuso luego de 2001». Porque Milei no está loco, sino más bien representa el peligro de poder declinar el desencanto popular hacia el apoyo a un neoliberalismo cada vez más autoritario y reaccionario.

La Jornada