Milei se rinde a China

Por Raúl Zibechi

Lo mismo le sucedió a Jair Bolsonaro durante su presidencia. Tuvo que tragarse sus insultos a China y reconocer que Brasil depende de sus exportaciones al país asiático, que es el principal socio comercial desde hace más de una década.

Antes de su ascenso al poder, Bolsonaro criticó a China y visitó Taiwán, como evidente provocación a Pekín. Pronto tuvo que dar marcha atrás, recibir a ejecutivos de Huawei en el mismo palacio presidencial y aceptar su participación en la red 5G de Brasil.

«¿Comerciarías con un asesino?», disparó Milei en el tramo más irracional de su desbocada campaña electoral. Ahora dice que las relaciones con el dragón no se tocan y que no moverá «un ápice» los acuerdos comerciales.

«Siempre hemos dicho que somos libertarios, si la gente quiere hacer negocios con China, pueden», dijo el presidente argentino al editor en jefe de Bloomberg News el 4 de abril (https://goo.su/eMsi).

Según Bloomberg, Argentina depende financieramente de China, «más que ninguno de sus vecinos latinoamericanos». Agrega que los intercambios comerciales y la inversión china «impulsan ahora grandes sectores de la economía Argentina, desde las materias primas y la energía hasta los bancos».

Lo cierto es que China «tiene proyectos incluso en las zonas más remotas del país: desde minas de litio en la árida frontera boliviana en el norte, hasta planes para construir un puerto a 2 mil 500 millas de distancia, en el extremo sur del país, a sólo un corto viaje en barco de la Antártida». Ese es el punto en que quiere intervenir el Pentágono, para controlar los pasos de su principal adversario y, llegado el momento, poder bloquearlo.

Estamos ante movimientos de avance y retroceso simultáneos. En 2022, Argentina se unió formalmente a la Franja y Ruta de China bajo el gobierno progresista de Alberto Fernández. Milei no pretende sacar a su país de esa alianza, pero decidió no ingresar al BRICS como gesto hacia Estados Unidos.

En rigor, no deberíamos decir que Milei cambió su posición o que se rindió ante China. Lo que hizo, fue ser fiel a su apego a los intereses del capital, de los negocios y las ganancias. O sea, a la clase social a la que sirve. En este punto, ha sido coherente, aunque no nos guste nada de lo que hace.

El presidente argentino, como antes el brasileño, reconocen una realidad geopolítica estructural: hoy los negocios más lucrativos se hacen con China, país que además tiene capacidad par invertir en proyectos de infraestructura (represas hidroeléctricas, centrales nucleares, carreteras y puertos, entre otros), siempre en defensa de sus intereses estratégicos.

La potencia en declive, Estados Unidos, debe acotar las iniciativas chinas porque le están «comiendo» su patio trasero. Muy clara es la cuestión del litio: desea impedir que China controle los yacimientos y la explotación, aunque no está en condiciones de ocupar ese lugar. Es parte de la dura competencia geopolítica por la hegemonía, ya que ambas luchan por lo mismo con armas parcialmente diferentes.

Hasta ahora, algunos gobiernos de la región se han volcado completamente hacia China. Es el caso de Venezuela y de Nicaragua. Muchos otros mantienen buenas relaciones con el dragón, sobre todo los progresistas, aunque en este sector hay muchos matices. El gobierno colombiano de Gustavo Petro está en proceso de instalar tres bases militares de Estados Unidos, en Gorgona, Pereira y Leticia, plasmando procesos iniciados bajo administraciones anteriores (https://goo.su/lw8CI).

Hay casos como el de Chile, en el que las adhesiones a la política de China se iniciaron bajo gobiernos conservadores, como la integración a la Ruta de la Seda en 2019 bajo el gobierno derechista de Sebastián Piñera. Perú y Panamá son casos similares. Colombia aún no la integra, lo que permite decir que las relaciones con China no se rigen por las coordenadas izquierda-derecha, sino por meras conveniencias ­económicas.

Luego están las confusiones, que no son pocas, en particular las que afectan al campo antisistémico y antiextractivista. Sería bueno repasar aunque sea algunas de ellas.

No pocos movimientos sostienen que China es un aliado en la resistencia al imperialismo estadunidense y que su ascenso es, de algún modo, el del socialismo.

Nada más lejos de la realidad. China es profundamente extractivista y capitalista. Hasta ahora no se comporta del mismo modo que los viejos colonialismos y los imperialismos, no invade países para imponer sus políticas e intereses. Exporta capitales y utiliza su poder económico para imponerse, que son algunas de las facetas del imperialismo desde fines del siglo XIX.

Del mismo modo que ahora no se necesita sacar tanques a la calle para dar un golpe de Estado, tampoco hace falta enviar tropas a una nación para configurar una invasión. El imperialismo actual debe ser analizado según los nuevos modos de dominación.

Sería un grave error difundir la creencia de que las potencias emergentes juegan algún papel a favor de los pueblos.

Con información de La Jornada (México)