«No dejé de ser peronista en el 76, sino en el 73»

Capítulo 3 de Vida de perro: Balance político de un país intenso, del 55 a Macri.

Por Diego Sztulwark

Las elecciones de marzo de 1973. La vuelta de Perón. La masacre de Ezeiza. Pase a la clandestinidad de Montoneros. Viaje a Perú. Vuelta a la Argentina en diciembre de 1975. Los jóvenes suelen saberlo todo hasta que descubren que no es así.

Promediando la medianoche del 23 de marzo de 2016, recibo un correo de Verbitsky: «Mañana lo hacemos». Ratificaba nuestra tercera jornada de grabación. Habíamos quedado en vernos los lunes y jueves, pero el jueves 24 era un día especial: se cumplían cuarenta años del golpe. Para ese mismo día, la Embajada de los Estados Unidos había cursado una invitación a los organismos de derechos humanos para participar de una ceremonia en el Parque de la Memoria presidida por Barack Obama –de visita en la Argentina– y cuyo invitado principal era el presidente Mauricio Macri. Los organismos habían decidido no concurrir y la Embajada como respuesta procedió a «desinvitarlos». Esta invitación había provocado en los organismos una discusión interna, en la cual Verbitsky y el CELS se habían manifestado a favor de asistir al acto. Interpretaban que, detrás del gesto de Obama y de Macri por la memoria de los desaparecidos, se revelaba la solidez y la irreversibilidad de la política de los derechos humanos en la sociedad argentina. Proponían asistir al acto, tomar la palabra y dejar un documento fijando la posición de los organismos con relación a la coyuntura local y global.

A las 8:30 horas del 24 recibo un nuevo mensaje suyo. Cambio de cita: me espera un poco más tarde de lo habitual, y ya no en su oficina sino en su casa. Estimo que esta será una reunión corta y afectada por el peso de este nuevo aniversario. No es seguro que podamos sostener el hilo cronológico de las conversaciones. De camino a su casa escucho que lo están entrevistando desde una radio. El día anterior, la Agencia Paco Urondo había difundido una entrevista a Verbitsky sobre las condiciones en que se daba este nuevo 24. Verbitsky concede, sin dudas, más entrevistas que antes.

Me recibe con extrema cordialidad. Viste camisa blanca, pantalones oscuros, crocs blancas. Nos acomodamos en el que parece ser el ambiente principal del departamento, dominado por un inmenso ventanal. Compró ese departamento, en un edificio que tiene ya algunas décadas, con el dinero de su exitoso libro Robo para la corona . Es bello, sin lujo ni ostentación alguna. En las paredes abundan los libros de ficción (distingo los de Borges), de jazz, de cine, de pintura. Esta historia de su departamento volverá en la conversación. Me ofrece un vaso con agua y nos sentamos a grabar.

Diego Sztulwark: ¿Es cierto que dejaste de ser peronista en 1973, después de Ezeiza, episodio sobre el que publicaste un libro?

Horacio Verbitsky: Ese es un período muy rico, complejo y trágico. La Argentina llega a las elecciones del 11 de marzo de 1973, que son las primeras elecciones libres desde 1955, con una movilización juvenil muy fuerte. Cuando digo movilización juvenil no es para velar la participación de Montoneros, sino para darle un contexto más significativo que la mera palabra. Sin duda, Montoneros tuvo un rol preponderante en eso, pero justamente era la expresión de una nueva generación que surgía a la vida política. Montoneros abarcaba mucho más que el aparato armado, aunque en realidad la expresión «aparato armado» podría aplicarse a algún momento posterior. En ese momento se trataba de una militancia masiva, toda gente muy joven, que había incluido el uso de las armas, pero no era de ningún modo el eje de la actividad.

Nuestro grupo dentro de Montoneros (Rodolfo, Paco, Pirí Lugones y su compañero, Carlos Collarini) tenía sus características propias. Como ya te conté, éramos los «viejos». Yo era el menor del grupo: tenía quince años menos que Rodolfo, pero diez más que el conjunto de la militancia que se expresó en esos años. Además, veníamos por el lado de las FAP, cuyo liderazgo estaba formado por obreros industriales que habían tenido participación en los primeros gobiernos de Perón y en la posterior resistencia, con un trayecto diferente al del resto de las organizaciones político-militares originadas en el marxismo, como las FAR, o en el cristianismo, como Descamisados y Montoneros.

Incluso había militancias provenientes del radicalismo, sobre todo en el ERP.

Se da así una confluencia de experiencias parecida a la de la CGT de los Argentinos. De algún modo, todo ese período es una continuidad de la CGT de los Argentinos y el resultado de la clausura de toda posibilidad de expresión política por la dictadura de Onganía y la represión a otros tipos de manifestaciones.

Un rasgo común a las organizaciones que mencioné, salvo las FAP, es que el núcleo central está conformado por los hijos del antiperonismo de la década de 1950. El sacerdote Hernán Benítez destaca muy bien este rasgo común en sus reflexiones sobre la época, tal como aparece en Cartas peligrosas, el libro de Marta Cichero. Es una característica muy llamativa y es evidente que tiene que ver con los componentes generacionales, que produce una revalorización del peronismo, incluso contra la generación de los padres.

Es un proceso turbulento, lleno de confusiones, y el gobierno de Cámpora dura un suspiro. En ese momento trabajaba en Clarín: había hecho la cobertura del regreso de Perón −los dos regresos, el de noviembre de 1972 y el de junio de 1973− y la campaña de Cámpora. El desarrollismo buscaba contacto con lo que se venía por todas las líneas posibles. De parte de ellos, la incorporación al diario de Luis Guagnini, Pablo Piacentini y yo tenía que ver con la búsqueda de ese contacto. Para nosotros se trataba de sacar provecho de un espacio de difusión que no teníamos, además de contar con un trabajo. Era una relación tensa y polémica, porque nosotros no éramos desarrollistas ni ellos eran camporistas, como Oscar Camilión, Octavio Frigerio o Carlos Zaffore, que hacían las veces de comisarios políticos del desarrollismo en Clarín. Cuando fue la masacre de Trelew, no nos permitieron publicar. Organizamos una comisión interna: la primera después de los despidos de la década anterior. Fue una tarea clandestina que llevamos adelante con el «Chino» Martínez Zemborain, Blanca Rébori, Jorge Azcárate. No fui delegado, pero participé en todas las reuniones para organizar la comisión interna. El propio regreso de Perón era escenario de esa disputa por el sentido.

Así como había una discusión en las organizaciones, la había también en el diario. Por ejemplo, Rogelio Frigerio había dado la línea general sobre el documento firmado por Perón: «La única verdad es la realidad». Se trataba de un proyecto distinto al de esta nueva generación que manifestaba el apoyo a Cámpora. Recuerdo el 21 de junio de 1973, cuando escuchamos el discurso de Perón en la redacción, al día siguiente de la masacre de Ezeiza, en el que apuntaba a la presencia de «infiltrados» en el movimiento. Perón tomaba partido. Nosotros habíamos escrito algunos de los discursos de Cámpora, yo había escrito el discurso de Righi –entonces ministro de Interior– a la Policía. Cuando Perón habla de la responsabilidad de los amanuenses, nosotros lo sentimos como un estilete. Y los frigeristas estaban eufóricos: Octavio Frigerio –hijo de un Rogelio y padre del otro– nos miraba sobrador. En ese contexto se produce la renuncia de Cámpora, forzada por Perón. Estuve ese día en Gaspar Campos. Había muy poca gente dando vueltas alrededor de la casa. Recuerdo que en la puerta, mirando todo, estaba el criminal croata Milosz de Bogetich, a quien yo había conocido durante el viaje con Perón de regreso a Madrid. Era uno de los más próximos a Perón. Charlaban todo el tiempo. Era un tipo alto, flaco, con unas manos imponentes.

Ignacio González Janzen, investigador de las corrientes de la derecha argentina que anticipan y convergen en la Triple A y autor del libro La Triple A, tuvo acceso a la información del Departamento de Seguimiento de la Migración Ustacha, del Ministerio de Defensa de Yugoslavia, en cuyas fuentes encuentra los datos de Mile Ravlic, la verdadera identidad de Bogetich. Este había sido un activo militante del Partido Campesino Croata, de extrema derecha. Cuando en 1941 las tropas de Hitler dividieron al país y crearon el Estado Independiente Croata, al mando del «führer» local Ante Pavelic, Ravlic se incorporó al Ministerio del Interior «a las órdenes del criminal de guerra Andrija Artukovic», quien fuera acusado de haber perpetrado un genocidio de setecientos mil civiles. Así fue como Ravlic ingresó al Servicio Secreto ustacha –formado por soldados del nacionalismo católico–, donde ascendió hasta el rango de capitán en el Departamento de «Inspección», que ayudaba a la SS alemana y a la Gestapo en sus tareas represivas. Luego de la derrota nazi ante el Ejército de Liberación Nacional Yugoslavo, Ravlic pasó a colaborar como traductor de la Policía Militar del Ejército de los Estados Unidos. Al amparo de la Comisión Pacificadora de Asistencia –una institución del Vaticano que protegía y reubicaba a emigrantes de la posguerra–, obtuvo pasaporte y visa para trasladarse a la Argentina, donde se abocó a la tarea de organizar a todos los ustachas residentes por entonces en el país. En su extensa carrera llegó a trabajar para el general Trujillo, dictador dominicano, y mantuvo, según González Jansen, buenos vínculos con la Embajada de los Estados Unidos y la CIA, quienes le presentaron a López Rega: «Así aparece en Puerta de Hierro el coronel de Bogetich», que en 1973 regresa con Perón a Buenos Aires, donde lo esperan «sus hombres»: Zdravko, Beno, Kouac, Brajkovic y Barisic, quienes se vanaglorian de haber «combatido» en Ezeiza. Con la muerte de Perón, y ya enfrentado con López Rega, Ravlic-Bogetich se va del país, y en España oficia de secretario privado de Isabel Martínez de Perón.

HV: Muchos de los viejos de la generación anterior también sentían una suerte de reivindicación al estilo de los frigeristas, si bien por razones distintas. No fue mi caso, pero recuerdo otros en que los padres decían: «Ahora van a descubrir quién es Perón». La relación con los nazis, con los croatas, con Ante Pavelic, eran cuestiones que habían quedado en el olvido, a pesar de que durante la campaña electoral, en la revista Las Bases, López Rega había publicado un elogio del nacionalsocialismo y decía: «El socialismo nacional es nacionalsocialismo». La pugna por el sentido caracterizó esos meses, esos años.

Es una expresión que se emparenta con lo que luego Chávez plantearía sobre el socialismo del siglo XXI, es decir, el reconocimiento de una matriz socialista que luego cada nación podría adaptar con sus propias características. Eso era lo que entendíamos nosotros. López Rega entendía nacionalsocialismo. Y Perón, cuando hablaba del socialismo nacional, hablaba de la socialdemocracia sueca, noruega, un divague que no tenía nada que ver.

La aparición del coronel Jorge Manuel Osinde en Ezeiza al frente del acto y de la masacre (Osinde había organizado el aparato represivo del primer gobierno de Perón, que, por supuesto, comparado con el que vino después se quedó chico, pero era un aparato represivo al fin), y todo lo que siguió a la renuncia de Cámpora –el interinato de Lastiri, la elección de Perón, la desdichada respuesta militar de Montoneros, la declaración de guerra por parte de Perón en respuesta al asesinato de Rucci– va deslizando al país dentro del pantano que termina en el golpe de 1976.

«A fines de 1972, el abogado Juan Carlos Ortiz, apoderado del Partido Justicialista durante la gestión de Paladino (y excluido con él del Movimiento Peronista), se jactaba entre sus amigos de los planes de José López Rega y José Ignacio Rucci para impedir que Héctor Cámpora y la izquierda asumieran la conducción del peronismo», dice el periodista Ignacio González Janzen en su libro La Triple A . Sostiene que, a pesar de sus diferencias, estaban de acuerdo en «unir a todos los grupos dispuestos a enfrentarse con el camporismo en una batalla decisiva». Juan Manuel Abal Medina, que había sido secretario del Movimiento Peronista, se lo confirmó en una entrevista. El 20 de junio de 1973 se inició la escalada de la derecha: los grupos «subordinados a López Rega y a la burocracia sindical desplegaron sus fuerzas para controlar la multitudinaria recepción de Perón». Junto a cuadros de la burocracia sindical como Lorenzo Miguel, de la UOM, y «provocadores» como Jorge M. Osinde y Norma Kennedy, constituían aquel «estado mayor» jefes e ideólogos de pequeñas bandas de la derecha, como Luis Rubeo, Alberto Brito Lima, Julio Yessi, Felipe Romeo y «un buen número de exoficiales del Ejército como Ciro Ahumada, Mario Franco, Fernando del Campo, Roberto Chavarri, Mariano Smith y el general Miguel Ángel Iñiguez».

Luego de la emboscada tendida por la guerrilla, que se cobró la vida de Rucci, López Rega quedó como «jefe supremo de los escuadrones de la muerte, a los que reforzó con una Unidad Especial formada por mercenarios, y el apoyo de nuevos jefes que impuso en la Policía Federal».

El nuevo hombre clave, dice Janzen, fue el comisario Alberto Villar, un «oficial especializado en contrainsurgencia de acuerdo al modelo de Interpol promovido por los Estados Unidos».

Janzen afirma que la Triple A comenzó a actuar públicamente como organización terrorista en noviembre de 1973 (y no luego de la muerte de Perón, como sostienen algunos investigadores), al asumir la responsabilidad en el atentado contra el senador radical Hipólito Solari Yrigoyen. Los organismos de inteligencia de las Fuerzas Armadas, agrega, estaban al tanto «al detalle de las estructuras de la Triple A», y si permitieron su accionar asesino fue porque «coincidía con sus previsiones en materia de contrainsurgencia». Los oficiales que se desempeñaban en la presidencia (Vicente Damasco, Alfredo Díaz, Roberto Bauzá y otros) guardaron un riguroso silencio sobre los crímenes, aun cuando se enteraron de algunas «operaciones con antelación». Y algunos altos oficiales, «como el general Carlos Suárez Mason y el almirante Emilio Massera, mantenían ya una estrecha relación con López Rega, como nuevos miembros de la Logia Propaganda Dos».

La Triple A, «que no logró paralizar a la clase obrera», sustituyó su nombre por Comando Libertadores de América y, luego del golpe de 1976, «fue adoptada por los militares. El general Otto Paladino, director del Servicio de Inteligencia del Estado (SIDE), incorporó al organismo a los elementos parapoliciales y derechistas que se quedaron sin empleo. El ejército llegó a otorgarles grados militares honorarios al reclutarlos para las fuerzas de tareas y del Batallón 601 de Inteligencia».

HV: Mi actividad principal en ese tiempo estaba en el diario Noticias. Fue un producto excelente que no se puede analizar con independencia del proyecto político del que formaba parte. Ese proyecto político fue el que declaró el pase a la clandestinidad de Montoneros, que se produjo un mes después del cierre del diario. Era un diario a contramano de la línea que marcaba el gobierno que sucedió a Perón: Perón muere en julio, en agosto cierran el diario y en septiembre Montoneros pasa a la clandestinidad. Yo me fui a Perú ese mismo mes: el diario había cerrado, no me habían asignado de inmediato un nuevo encuadre y tenía la invitación de mis amigos peruanos para ir a escribir un libro sobre el proceso de Velasco Alvarado.

Me fui con la idea de volver muy rápidamente, en diciembre, pero me llamó el canciller Miguel Ángel de la Flor, uno de mis amigos peruanos, y me dijo: «No podés volver. El canciller Alberto Vignes estuvo en Perú y, desconociendo nuestra relación, muy divertido, me contó que están esperando tu regreso, y que cuando llegues a Ezeiza te van a secuestrar y te van a tirar en los bosques de Ezeiza. Así que no te podés ir». Yo estaba en Perú cuando los comienzos de la Triple A y el asesinato de Rodolfo Ortega Peña. Estaba preparando un suplemento sobre la expropiación de los diarios por parte del gobierno de Velasco Alvarado. Luego me propusieron que hiciera el libro y lo hice.

Invitado por amigos suyos que participaban de la experiencia peruana, Verbitsky escribe Prensa y poder en Perú , donde narra el proceso de expropiación y transferencia de la prensa tradicional peruana a los movimientos populares como parte de la aplicación del Plan Inca, que incluía la estatización de buena parte de la economía –seguros, banca, transportes marítimos, terrestres y navieros– y una nueva constitución política.

A diferencia de lo sucedido en el Chile de Allende, el velasquismo no se atenía a las reglas de una democracia formal. El general Velasco Alvarado concebía el proceso revolucionario bajo un estricto liderazgo militar y antiimperialista.

Escrito en 1974 y publicado en México en 1975 por la Editorial Extemporáneos, en la colección A pleno sol, el estudio se concentra en la expropiación del tradicional diario limeño El Comercio , fundado en 1839 por la familia Miró Quesada, y transferido por Velasco a los campesinos, «la clase revolucionaria del Perú». La ley de prensa venía a bloquear, en este contexto, las conspiraciones de los sectores despojados, que intentaban dividir a las fuerzas armadas para frenar el impulso transformador del proceso.

Según cuenta el libro, Velasco Alvarado llegó a reunir en una misma mesa al cubano Raúl Castro con el comandante general del ejército argentino Leandro Enrique Anaya, antes de invitarlos a presenciar un desfile de tanques soviéticos. Muchos años después, Galimberti se ocupó de señalar esta presencia de Verbitsky en Perú para involucrarlo judicialmente en el manejo de los fondos provenientes del secuestro de los hermanos Born.

La periodista María O’Donnell, interesada por investigar el problema de la financiación de la política, fue recibida por Jorge Born, quien le contó la historia del mítico secuestro de él y de su hermano. Born padre, por entonces líder de la empresa Bunge y Born, le entregó a Montoneros unos sesenta millones de dólares en pago por el rescate de sus hijos.

En la reconstrucción de la historia del cobro del dinero por parte de Montoneros y su posterior depósito en La Habana, María O’Donnell, en su libro Born (publicado en 2015), menciona a Perú como país de paso. En la misma fecha en que el dinero pudo haber pasado por allí y en la que un miembro de la Conducción Nacional visitara el país, Verbitsky escribía en Lima su trabajo sobre las políticas revolucionarias de los militares peruanos al mando de Velasco Alvarado.

Entrevisté a María O’Donnell para esclarecer este punto y declaró: «Yo no investigué específicamente qué rol tuvo Verbitsky, si es que tuvo alguno, en ese movimiento del dinero del secuestro de los Born. A Verbitsky le pregunté sobre la veracidad de las declaraciones de Galimberti, que lo acusaba de haber tenido un rol en eso, puesto que su presencia en Perú había coincidido con los tiempos en los cuales había salido el dinero de la Argentina. Me respondió que no, que había estado en Perú pero que no tenía nada que ver con ese dinero. Me dijo que Roberto Perdía había pasado por ahí, pero que nunca supo si su presencia se debía a la plata de los Born, y que en todo caso pudo haberlo hecho Perdía en coincidencia con el tiempo en el que él (por el Perro) estaba en Perú. Yo después, independientemente, hablé con fuentes de la conducción de Montoneros que tuvieron muy mala relación a posteriori con Verbitsky, es decir que no tenían motivos para cubrirlo, y me dijeron que ellos no tenían a Verbitsky como alguien involucrado en el movimiento del dinero en Perú. Hasta ahí llegué en lo que hacía a la plata de Born y Verbitsky».

DS: Tuviste razones políticas y personales para volver, ¿no?

HV: Desde luego, las razones políticas estaban presentes, pero las personales dieron un grado de urgencia. Frente a esa situación, algunos compañeros preferían apurar el regreso y otros dilatarlo.

Cuando yo vuelvo, en diciembre de 1975, la organización estaba preparando la revista Información y Paco me urgía a regresar lo antes posible para trabajar ahí, pero cuando llegué ya habían armado el equipo, estaba Luis Guagnini, y tuve en consecuencia un encuadre distinto.

Hablamos mucho sobre lo que se prepararía, y a mí me parecía −como Rodolfo supo expresarlo después en una de sus cartas− que era absurdo armar un dispositivo para hacer una revista legal en el preciso momento en que se estaban cerrando las últimas brechas de legalidad y había que prepararse para otra cosa totalmente distinta. Había que prepararse para un aparato pequeño y clandestino, capaz de hacer contrainformación, y no para una redacción abierta formada por muchísima gente. El número 1 y único de Información apareció el mismo día del golpe. Lo pude leer hace algunos años, cuando Tiempo Argentino publicó un facsímil. Me sorprendió mucho verla, porque se presentaba como una revista neutra, que no explicitaba de ninguna manera el vínculo con la organización.

Además, intentaba disimular su adscripción a ese sector en términos más amplios. Había una columna que analizaba las líneas militares en relación con la lucha contra «la subversión». En esos términos está escrita la revista, lo cual confirma eso que había visto cuando llegué de Perú.

Por suerte, la publicación de esa revista −con todo el personal en blanco, con una redacción a la calle, ¡mientras se avecinaba el golpe!− no favoreció medidas represivas contra los compañeros, porque el plan represivo fue concebido de otro modo: no les interesaba agarrar a gente con nombre y apellido. Ellos operaban así: a partir del secuestro de algún compañero, obtenían bajo tortura la confesión de una cita, del tipo: «Un compañero al que llaman X, yo lo conozco como Pedro, y la contraseña es un buscapolos en el bolsillo del saco y una revista bajo el brazo». Entonces iban a ese lugar, agarraban a ese compañero y ahí le preguntaban: «¿Vos cómo te llamás?». Y así iban llenando su organigrama. La tortura era el instrumento, pero no era el método. El método era el análisis estructural, aprendido del esquema de guerra colonial de los franceses. Hay que ver la película dirigida por Gillo Pontecorvo, La batalla de Argel, para entender cómo funcionaba eso, porque esa fue la formación que tuvieron los militares argentinos.

Los organismos de derechos humanos decidieron no ir al acto con el presidente Obama, pero fueron de lo más tranquilos al encuentro con el presidente de Francia, François Hollande. Francia tiene una responsabilidad incluso mayor que los Estados Unidos: formó a los militares argentinos, a los cuadros de la represión, transfirió la tecnología, el método y la ideología. El CELS asistió, pero le entregó un documento a Hollande en el que señala la actual supresión de garantías constitucionales y las violaciones a los derechos humanos en la nueva guerra contra el terrorismo. La dogmática y la tecnología del golpe fueron francesas, no norteamericanas. Por ejemplo, uno de los coroneles de Inteligencia del ejército colonial francés, condenado y prófugo, llegó a la Argentina en la década de 1960, después de la independencia de Argelia, y aquí lo recibió un oficial de la Armada, de familia de origen francés, y le arregló los papeles migratorios a cambio del dictado de unos cursos en la Escuela de la Armada sobre la guerra contrarrevolucionaria.

El coronel francés Jean Gardes, especialista en Inteligencia y combatiente en Argelia, llegó a la Argentina el 3 de marzo de 1963. El principal experto francés en acción psicológica −que era a su vez la principal arma de su ejército− ingresó al país como turista junto con su mujer y sus hijos, afirmando ser comerciante y declarando su verdadero nombre.

Al llegar, lo esperaba en Ezeiza el colaborador de Vichy y de Cité Catholique Alberto Falcionelli. Gardes era militante de la organización integrista Cité Catholique, creada por Jean Ousset en 1946, que se desarrolló captando oficiales del ejército colonial francés con experiencia en África e Indochina y que publicó abundante material de auspicio teológico del uso de la tortura, en el contexto de la Tercera Guerra Mundial contra el marxismo, el progresismo y el comunismo, que, según sostenía, envenenan el cuerpo social.

Siguiendo la pista de Cité Catholique, Verbitsky reconstruye, en su libro La violencia evangélica.

De Lonardi al Cordobazo (1955-1969) , t. II de su Historia política de la Iglesia Católica , la enorme influencia de su prédica sobre la Iglesia y los militares argentinos, así como en la tarea de exportación de cuadros y doctrinas reaccionarios.

En 1960, Ousset había publicado en Francia Le marxisme-leninisme , y su primera edición extranjera se imprimió en Buenos Aires en 1963. Su traductor fue el coronel Juan Francisco Guevara, fundador de Cité Catholique en la Argentina y jefe de Inteligencia del Ejército, y su prólogo lleva la firma del cardenal Antonio Caggiano, «el garante de la organización en el país» y, según Verbitsky, el cuadro más relevante de la Iglesia argentina durante el siglo XX.

El éxito de la exportación de la doctrina francesa se debe, en buena medida, a que hacía de las Fuerzas Armadas un decisivo actor político. «Junto con las técnicas de interrogatorio y adoctrinamiento, los franceses integristas profundizaron en el concepto de subversión » (equivalente al de revolución) del orden católico o natural.

HV: Incluso pude consultar el legajo del oficial que lo recibió. Y en esos años de la década de 1960, y en los primeros años de 1970, la instrucción de los oficiales argentinos se hacía con La batalla de Argel, una película que se hizo para denunciar los métodos del ejército colonial francés y que sirvió para entrenar a militares de otros países en los mismos métodos. Volvió a usarse después del nine eleven en los Estados Unidos. Es notable, una película de denuncia que está tan bien hecha que sirve para los efectos contrarios. Y las proyecciones eran precedidas por un discurso del capellán. Eso lo cuentan algunos guardiamarinas de aquella época, como Aníbal Acosta y Julio César Urien.

DS: ¿Cómo vas elaborando, en ese año 73, tu relación con el peronismo?

HV: El 20 de junio de 1973, dije una frase a propósito de Ezeiza que quedó muy marcada, pero después aclaré algunas cosas: si pongo en riesgo la vida quiero que me maten de frente, no por la espalda. Y en Ezeiza te matan por la espalda: «Dentro del peronismo te matan por la espalda». Esa es la frase completa. Sin quitarle nada… no por eso me voy a hacer trotskista [se ríe]. Está claro para mí que el peronismo sigue siendo la posibilidad de transformación de la sociedad argentina y, al mismo tiempo, vemos cómo una y otra vez actúa desarmando esas mismas transformaciones, esas mismas posibilidades. Yo no puedo formar parte, no me siento de ningún modo en condiciones después de esa experiencia. Lo vimos cuando el gobierno de Macrì votó el pago a los fondos buitre, la claudicación ante lo más perverso del sistema financiero internacional,[11] con apoyo de parte del peronismo en el Congreso: estuvieron a tres votos de los dos tercios, por más que el Frente para la Victoria es el bloque mayoritario. Puedo entender muchas cosas, pero no justificarlas ni consentirlas.

Al mismo tiempo, no sé si Montoneros tuvo tan claro todo esto como lo tuve yo, porque no dejé de ser peronista en el 76, sino en el 73.

DS: Perón diría que «no eran peronistas».

HV: No creo tampoco que la lectura de Perón −que eran infiltrados que se ponían la camiseta peronista− fuera cierta. Había una convicción auténtica. Lo que estaba en juego era cómo cada quien interpretaba al peronismo y el rol de Perón. Montoneros cometió errores. Uno de ellos fue la idea de que podía compartir la conducción con Perón. Cuando van a Madrid, le llevan una lista de funcionarios para el gobierno. Había mucha ingenuidad y mucha prepotencia, una combinación terrible. Eso se vio claramente en Ezeiza. La idea de una gran movilización para que Perón viera… Y nos recagaron a tiros. Nadie se había preparado para eso. Eso es ser prepotente e ingenuo al mismo tiempo.

Los jóvenes suelen saberlo todo hasta que descubren que no es así. En ese momento, Rodolfo plantea con total claridad que el pueblo se repliega hacia lo conocido, hacia el peronismo. Aunque él no dejó de ser peronista en ese momento, porque nunca lo fue.

Cuando Raimundo Villaflor le propone integrarse a las FAP, Rodolfo le dice: «Pero yo no puedo, no soy peronista». Y Raimundo le dice: «No importa». «¿Cómo que no importa?», replica Rodolfo. Y Raimundo le explica: «Bueno, mirá: los comunistas son así» [puño izquierdo en alto], «los fascistas son así» [brazo derecho extendido, rígido], «y los peronistas… mmm» [con la mano hace un más o menos]. Es el costado cualunquista. De «cualunque». El cualunquista viene de Italia, de la posguerra: había un partido posfascista que se llamó dell’Uomo Qualunque, que fue muy fuerte unos pocos meses después de la caída del fascismo, hasta que el Vaticano y los Estados Unidos deciden apoyar a la Democracia Cristiana como salida, y allí desaparece. Era un partido de tinte poujadista, de clase media, de denuncia contra el Estado por la voracidad de los impuestos. Y uno de sus fundadores es Giorgio Macrì, el padre de Franco y abuelo del actual presidente. Muy interesante esa historia.

El 13 de junio de 1972, Primera Plana publicó una breve entrevista a Rodolfo Walsh:[12] «¿Te considerás incluido en el movimiento peronista?». El escritor: «Si se admite que la antinomia básica del régimen, antiperonismo-peronismo, traduce la contradicción principal del sistema, opresores-oprimidos, yo no me voy a anotar en el bando de los opresores ni de los neutrales». Su peronismo, explica, es estrictamente el de la CGT de los Argentinos y no el de la burocracia sindical. Y explica: «Mi actitud frente a la burocracia sindical, tal como ha sido expuesta en ¿Quién mató a Rosendo? , no ha variado». Pregunta: «¿Eso significa estar fuera del movimiento?».

Respuesta: «Fuera de la coyuntura, de la ficción electoral, que tiene plazo fijo y corto. Por lo demás, yo no compito por títulos».

DS: Rodolfo no era peronista, ¿qué era entonces?

HV: Su identificación más profunda era con la Revolución Cubana, pero al mismo tiempo con un margen de reserva significativo por la experiencia que había tenido allí. Cuando llega la ola gris soviética a La Habana, él se va. La agencia donde había trabajado en la Operación Verdad se convierte en una oficina de propaganda. Él se vuelve, porque no se lo banca. Y no se lo bancan a él.

Las mejores cosas que él pudo hacer allí no hubieran sido posibles en ese período. Todo el trabajo de desciframiento de la invasión no hubiera sido posible después, con el grado de centralización, de control y de disciplina que rigió a partir de entonces. Yo busqué allí, en los archivos, algunos artículos de Rodolfo y no había nada. Le pregunté a Gabriel García Márquez sobre esto y dijo:

«Vaciaron todo, quemaron todo, había una versión oficial y había que disciplinarse».

DS: ¿Cómo fue el período de investigar y escribir lo que una década después fue el libro Ezeiza?

HV: Respecto de los episodios de Ezeiza, nosotros hicimos escuchas de las comunicaciones del 20 de junio, con Rodolfo y Pirí. Yo vivía en un edificio muy alto, en el piso catorce de un edificio antiguo, con techos altos, era como un piso treinta. Un edificio en ruinas que es donde ahora está el hotel Sofitel, en la calle Arroyo. Lo alquilé muy barato porque estaba abandonado y a menudo había que subir los catorce pisos por escalera. Lo usábamos para las escuchas por la altura que tenía. Ese fue el punto de partida de la investigación. A raíz de eso, quedó claro desde el primer día cómo había sido la operación, y el rol de Osinde, de Iñiguez y del COR.

Preparé un informe sobre ese tema a Esteban Righi, entonces ministro de Interior, que se llamó «El Putsch del 20 de junio». Eran unas quince fojas, más o menos, en las que narraba todas esas cosas.

Esa fue la base, el punto de partida. Después, cuando Righi tiene que irse y cuando también se va Cámpora, Righi y su segundo, Tito Mercante, me pasan una cantidad de archivos que estaban en el Ministerio del Interior, un paquete de documentación muy importante. También identifiqué a un fotógrafo de fiestas que filmó el palco, con el arsenal que habían montado. Tenía un negocio en Lavalle y Uruguay. Fui, le compré el material y se lo di a Righi. Hubo una discusión sobre qué hacer.

Yo le planteé a Righi que no podía dejar que lo pusieran a la defensiva por lo que había pasado.

Todo el material que yo le estaba mostrando era un aval para ir al frente y no a la defensiva. Él me decía: «¿Ponerme al frente cómo? ¿Qué puedo hacer, ir y arrestarlo a Osinde cuando a Osinde lo banca Perón?». Yo le decía que sí y él contestaba que era imposible. Esa fue la discusión. La elección de él no fue buena, pero no sé si la mía hubiera sido mejor.

¿Cuándo comenzó el terrorismo de Estado? Desde la Campaña del Desierto a la Semana Trágica, nuestra historia está plagada de antecedentes. Cada uno de estos episodios trágicos permite de por sí alterar las periodizaciones comúnmente aceptadas. En Un enemigo para la Nación. Orden interno, violencia y «subversión», 1973-1976 , la historiadora Marina Franco rastrea en el período abierto tras la elección de Juan Domingo Perón, en 1973, los componentes esenciales del terrorismo de Estado, que habitualmente se fechan a partir del 24 de marzo de 1976, como si ese año fuera la fecha que nombra una ruptura sin profundas continuidades. Por el contrario, estas últimas se encuentran tanto en términos de «prácticas estatales represivas que configuran, desde 1973 y tras un breve intervalo, un estado de excepción creciente que se integró, con diferencias, en el ciclo autoritario conformado por la dictadura», como en la «circulación de representaciones sociales» sobre cuestiones referidas a la violencia. En lo esencial, su estudio apunta a explicitar «el compromiso de Juan Domingo Perón con las políticas tendientes a eliminar la guerrilla».

Horas después de la masacre de Ezeiza, Perón –que regresaba al país luego de dieciocho años de exilio– pronuncia un discurso que, si bien pasó a la historia por su supuesta voluntad pacificadora, contiene los «lineamientos ideológicos de la política estatal e intraperonista de los meses siguientes: llamó a la inclusión de ‘una sola clase de argentinos, los que luchan por la salvación de la patria’ y a la exclusión de ‘los enemigos’; convocó al orden, a volver ‘de la casa al trabajo y del trabajo a casa’ y denunció a quienes pretenden ‘copar nuestro movimiento’».

En un documento posterior, escrito por el Consejo Superior del Movimiento Nacional Justicialista tras la caída de Rucci a manos de la guerrilla, la historiadora identifica el inicio de la tarea de depuración del enemigo: «Los grupos o sectores que en cada lugar actúen invocando adhesión al peronismo y al general Perón deberán definirse públicamente en esta situación de guerra contra los grupos marxistas y deberán participar activamente en las acciones que se planifiquen para llevar adelante esta lucha» (cita extraída del diario La Opinión , 2 de octubre de 1973).

Luego de la toma del cuartel de Azul por parte del ERP (19 de enero de 1974), en momentos en que el Congreso nacional discutía el endurecimiento del Código Penal, Perón, vestido de riguroso uniforme militar, afirma: «Estamos en presencia de verdaderos enemigos de la patria organizados para luchar [sic] contra el Estado, al que a la vez infiltran con fines insurreccionales. […] Pido asimismo, a todas las fuerzas políticas y al pueblo en general, que tomen partido activo en la defensa de la república, que es la afectada por las actuales circunstancias. Ya no se trata de contiendas políticas partidarias, sino de poner coto a la acción disolvente y criminal que atenta contra la existencia misma de la patria, sus instituciones, que es preciso destruir antes de que nuestra debilidad produzca males que pueden llegar a ser irreparables en el futuro. Pido igualmente a los compañeros trabajadores una participación activa en la labor defensiva de sus organizaciones, que tanto ha costado llevar al clima magnífico de su actual funcionamiento. Esas organizaciones son también objeto de la mirada codiciosa de estos elementos muchas veces disfrazados de dirigentes. Cada trabajador tiene un poco la responsabilidad en esa defensa, y espero confiado, porque los conozco, que las sabrán defender como lo han hecho en todas las ocasiones. El aniquilar cuanto antes este terrorismo criminal es una tarea que compete a todos los que anhelamos una patria justa, libre y soberana, lo que nos obliga perentoriamente a movilizarnos en su defensa y empeñarnos decididamente en la lucha a que dé lugar. […] Ha pasado la hora de gritar Perón; ha llegado la hora de defenderlo» (cita extraída de Clarín , 2 de enero de 1974).

Un tiempo después, Perón dirige las siguientes palabras a un grupo de diputados peronistas en rebeldía con el endurecimiento represivo de las leyes penales: «A la lucha, yo soy técnico en eso, no hay nada que hacerle, más que imponerle y enfrentarle con la lucha. […] Porque nosotros desgraciadamente tenemos que actuar dentro de la ley, porque si en este momento no tuviéramos que actuar dentro de la ley ya habríamos terminado en una semana. […] Con todas las implicancias del cuerpo de la ley, nosotros estamos con las manos atadas dentro de la ley. Y si además estamos atados por la debilidad de nuestras leyes, entonces ya sabemos cuál va a ser el final y el resultado de eso […]. Hemos pedido esta ley al Congreso para que este nos dé el derecho a sancionar frente a esta clase de delincuentes. Si no tenemos ley, el camino será otro; y les aseguro que puestos a enfrentar la violencia, nosotros tenemos más medios posibles para aplastarla y lo hacemos a cualquier precio, porque no estamos aquí de monigotes. […] Nosotros vamos a proceder de acuerdo con la necesidad, cualesquiera sean los medios. Si no hay ley, fuera de la ley también [lo] vamos a hacer y lo vamos a hacer violentamente. Porque [a] la violencia no se le puede oponer otra cosa que la propia violencia» (cita extraída de Clarín , 23 de enero de 1974).

De modo simultáneo a estos discursos, se intervenía la universidad pública, eran expulsados del gobierno todos los funcionarios próximos a la Juventud Peronista, se hacía renunciar a gobernadores vinculados a la izquierda, se censuraban y cerraban periódicos y, en el ámbito laboral, el Congreso aprobó, en noviembre de 1973, una ley que intentaba frenar el estado de rebeldía y autonomización de la clase obrera respecto de las burocracias sindicales, la Ley de Asociaciones Profesionales propuesta por el gobierno, ley que «aseguraba la lealtad de los jefes sindicales al reforzar notablemente el poder de la CGT y de sus dirigentes, en detrimento de la acción de los sindicatos ‘combativos’ y del clima de movilización que funcionaba al margen de esas estructuras».

Hacia fines de 1975, se intensificaba la coordinación de acciones clandestinas, como secuestros, desapariciones y campos de concentración, entre las Fuerzas Armadas y las fuerzas policiales, lo que dio lugar a los rasgos esenciales de lo que Eduardo Luis Duhalde llamó «el Estado Terrorista».

[11] El 31 de marzo de 2016 el Senado dio la media sanción que restaba –luego de la votación en Diputados– para convertir en ley el proyecto.

[12] «Habrá proscripción; habrá continuismo», Primera Plana, 489/10, 13 de junio de 1972.