No hay patria sin pueblo

Por Ricardo Aronskind*

Ricardo Aronskind afirma en esta nota que en la decisión de ungir a Massa como precandidato a presidente, entraron en juego la correlación de fuerzas partidarias locales, las características políticas y sociológicas del poder económico local, la asertividad creciente de la potencia norteamericana, pero también la debilidad del campo nacional y popular. Y sostiene que si se constituye un gobierno de Unión por la Patria con vocación desarrollista, que convoque al capital nacional y extranjero a movilizar la riqueza potencial del país, el espacio de izquierda dentro del frente es imprescindible para que no se reitere otro festival irresponsable de rapiña y cortoplacismo.

Decisiones en estado de emergencia

¿Un segundo gobierno de Macri, en 2019, hubiera sido desastroso? Sí. Absolutamente.

No sólo porque hubiera continuado en una escalada de medidas anti nacionales y anti populares que luego cuesta muchísimo revertir, sino porque el sólo hecho de ser reconfirmado luego de su pésima gestión, hubiera mostrado que la mayoría del país está política e intelectualmente degradada. Un país alienado, con un gobierno que lo hundiría aún más.

El gobierno actual, en líneas generales, respondió a la visión y actitud de Alberto Fernández. Su tendencia a no confrontar con los poderes fácticos, y a postergar temas y decisiones marcaron lo central de su pobre gestión. Cristina por supuesto es responsable de haber concebido a la actual administración, pero es claro que no pudo intervenir en un conjunto de acciones o inacciones que caracterizaron al gobierno saliente.

Esta gestión tuvo algunos méritos, y también graves circunstancias externas a su poder, pero no estuvo a la altura de un gobierno que se planta fuerte con convicciones como las que esperaba la mayoría kirchnerista. No nos referimos a un espíritu confrontacionista mecánico, que la sociedad no toleraría. Pero tampoco es posible aceptar acomodarse al avance de la pobreza y la desigualdad por no pelearse con los ricos. No nos referimos a heroicas gestas antiimperialistas, pero sí a aprovechar todas las oportunidades que se tengan para recuperar espacios de soberanía nacional.

El kirchnerismo tironeó con el centrista Alberto, generando situaciones de gestión trabada. Una maraña de boicots mutuos y operaciones de poca monta terminaron en el colapso del diálogo entre CFK y AF. Probablemente ambos carecían de respuestas contundentes frente a la complejidad de los problemas que se enfrentaban. Prefirieron disimularlo, antes de acudir a la sociedad.

Los errores de Guzmán, que apostó equivocadamente a que con el arreglo de la deuda externa con los fondos privados y el FMI la situación económica interna se tranquilizaría y ordenaría, llevaron a una situación crítica a mediados del 2022, con riesgo de caos cambiario e inflacionario. Massa fue convocado de emergencia, para aprovechar sus atributos de buena relación con fracciones empresarias y con los norteamericanos, y CFK le dio mucho más aire y libertad para tomar decisiones que a Guzmán. En todo caso, ambos le podían echar la culpa al acuerdo con el FMI.

La colaboración CFK-Massa fue mucho más inteligente y resolutiva que con el confuso Alberto, aunque no exenta de desacuerdos que se fueron manejando en aras de la supervivencia mutua. Demostraron que en determinadas condiciones, rivales políticos pueden entenderse en lo básico. Esa colaboración que lleva más de un año, y que tiene sentido práctico, se da en un marco económico muy comprometido (reservas, inflación, pobreza) debido a la inercia generada por un estilo de gobierno albertista que acostumbró a los factores corporativos a que el Estado no ejerce su poder, ni aplica la Ley contra ellos. En ese sentido, se puede hablar de un gobierno conservador. No reaccionario como es esperable de la derecha cipaya, pero si claudicante frente a los poderes fácticos.

Así, en estas condiciones muy comprometidas y con un escenario electoral lúgubre, se llegó a la decisión de la fórmula, presionada por el calendario electoral. ¿Qué priorizar? ¿Qué defender? ¿Tenía sentido tratar de buscar una victoria, que el desánimo reinante hacía ver como casi imposible ante una derecha que sólo se ocupaba de vilipendiar al gobierno, ayudada con su gigantesca cadena comunicacional? ¿Qué quedaba del proyecto nacional y popular?

Algún día tendremos más claros los pormenores de la decisión de la fórmula.

Lo que sí sabemos es que Massa llegó al Ministerio de Economía no por sus conocimientos en ese rubro, sino por su peso político. Peso que no estaba dado por la cantidad de argentinxs que lo seguían, sino por su cartera de relaciones con sectores por lo general hostiles a Cristina. Por eso no duró Silvina Batakis: ella carecía de esas vinculaciones. Primó un enfoque político del manejo de la economía.

¿Cómo controlar una corrida cambiaria que ya se había desatado? ¿Quién frena y ordena al malón especulativo empresarial? ¿Cómo se habla con los formadores de precios, después de que le tomaron el tiempo a Alberto Fernández y a sus funcionarios económicos que no controlaban nada?

¿Qué peso tuvieron en esta coyuntura de decisión la fragilidad de la situación externa, heredada de Macri, pero también reforzada por la blandura albertista en el Banco Central, la Aduana y todas las áreas involucradas en la administración de las divisas? Porque es esa debilidad la que potenció la capacidad de injerencia actual del FMI.

¿Y cuánto hubo en esta designación de la enorme presión política y diplomática que está haciendo abiertamente Estados Unidos en toda nuestra región y en nuestro país para dejar en claro qué piensa sobre “sus” recursos estratégicos? Quienes estudian la actual confrontación política internacional entre EE.UU. y China, saben que si bien hay una situación de parcial bipolaridad, la influencia política e ideológica norteamericana en América Latina es muchísimo mayor que la de China, a pesar de que ésta se ha vuelto un socio comercial fundamental.

En el algoritmo de la decisión, entró la correlación de fuerzas partidarias locales, las características políticas y sociológicas del poder económico local, la asertividad creciente de la potencia norteamericana, pero también la debilidad del campo nacional y popular.

Debilidad que nunca se termina de abordar, que se disimula, pero que aparece cristalizada finalmente en esta decisión.

Y ante la debilidad, se opta por retroceder nuevamente, pero evitar quedar afuera de cualquier gobierno, aislados y expuestos. Ese aislamiento y destrucción del kirchnerismo es lo que intentó en su gestión el macrismo, y que se frustró por el contundente fracaso económico de esa gestión. Pero debe volver a repetirse que la liquidación del kirchnerismo –en la medida que encarna una fuerza popular que supo poner límites a los planes de negocios a costa del país- es el sueño estratégico de la derecha local. Y de sectores del peronismo.

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El kirchnerismo a la deriva

Hace falta reflexionar a fondo sobre el devenir kirchnerista.

En su momento se eligió a Scioli, en aras de generar una candidatura que agrupara a todo el peronismo para poder competir contra la creciente fuerza de la derecha macrista. No representaba el sentir kirchnerista, pero se trataba de atraer al peronismo externo, que evidentemente es más conservador y menos dado a la confrontación – así sea parcial- que el gobierno que protagonizaron Néstor y Cristina.

Ese peronismo externo es vasto y no se puede seguir ignorando que no coincide, salvo en cuestiones tan básicas como la reactivación económica, o creación de empleo, con el proyecto K. Son los peronismos provinciales, muchos de los grandes sindicatos, muchos de los intendentes de la provincia de Buenos Aires, que no reclaman ninguna épica, ni ninguna transformación relevante. Su programa es mínimo, básico. Mejoras en infraestructura, empleo, salarios que mejoren un poco, y punto.

Por peleas internas, que no pueden ser consideradas sino infames y dignas de gente que no tiene sentido de la historia, ni rumbo político, se perdió frente a Macri.

Ese período en el llano no fue utilizado para pensar, organizarse y fortalecerse. Nada de crear organización, redes, consciencia. Todo a la deriva.

Pero quiso el desastre macrista que se contara con una oportunidad para ganarle las elecciones a la derecha y ahí CFK tomó las decisiones que lo hicieron posible. Para lo cual convocó a otro personaje que no encarnaba al kirchnerismo, sino más bien al peronismo ¿conservador? ¿moderado? ¿domesticado? que la había denostado, abandonado y desconfiaba de ella y de su armado político.

¿Qué idea había sobre cómo se iba a gobernar? No lo sabemos.

Por lo visto posteriormente, los acuerdos no eran muy claros. Pero puede presumirse que había acuerdo en reactivar, que la economía creciera pero no en qué hacer, por ejemplo, con cuestiones estratégicas que hacían al fortalecimiento de un proyecto popular y a la consolidación en el poder.

El gobierno fue lo que fue, pero tuvo efectos políticos negativos importantes.

Por un lado defraudó las expectativas de mejorar las condiciones de vida de las mayorías. Nos preguntan, con saña ¿para qué querían gobernar?

Por otra parte, la ambigüedad sobre si esto era lo que Cristina quería, confundía y desmoralizaba. Ella no rompía y criticaba cada tanto. Pero no se tomaban medidas efectivas. El tiempo pasaba, los precios subían –que era la forma de que la distribución del ingreso empeorara-, y no se hacía nada.

Cristina convocaba cada tanto a un gran pacto nacional, con todos los sectores, que no sólo caía en oídos impermeables, sino que sus enemigos se encrespaban en un discurso de odio desde los principales medios de comunicación, que creaban las condiciones de contexto para que alguien cometiera un atentado. Que finalmente ocurrió. Continuó la inacción completa y la reducción de la política al charlatanismo.

El período 2019-2023 es para el movimiento popular un período de debilitamiento, desmoralización y desconcierto. No sólo continuó la rutina de no organización de los años de gobierno macrista, sino que no se encararon las tareas necesarias para afrontar la batalla cultural y comunicacional. El kirchnerismo, sin el impulso y las iniciativas de Cristina –que no abundaban- no tenía vida política. Y el albertismo era la resignación, el posibilismo institucional y las tendencias neo menemistas en relación al orden neoliberal que seguía vigente en la vida práctica de lxs argentinxs.
Foto: Archivo.

Y ahora Massa

Si se proyecta la película –ya larga- Scioli, Alberto, Massa, da la impresión que el kirchnerismo, por diversas circunstancias, no presenta candidatos propios. Porque se ubica en un entorno peronista con el que se cuenta en materia electoral, que no coincide con la impronta K. ¿Es posible, era posible cambiar ese entorno? ¿Hacer crecer ambiciones más importantes, objetivos estratégicos más amplios, una visión internacional propia, en sectores peronistas y no peronistas ajenos?

Porque lo que se observa en la película Scioli, Alberto, Massa… es que en lugar de expandirse, el kirchnerismo no cesa de contraerse desde que abandonó el Estado. Dicho en forma simple: no sabe bien qué hacer en el llano, además que actividades legislativas y actos públicos, cada tanto.

Alguien podría decir que lo que ocurre es que en cada circunstancia se justificaba, dada la emergencia en la que se vivía, presentar candidatos de centro o centro derecha. Pero ¿qué significa que se está siempre en emergencia? Más allá del destino político del kirchnerismo ¿qué significa para el movimiento popular estar siempre en emergencia, estar siempre acosado, a la defensiva, amenazado como hoy también lo está por un eventual gobierno brutal de la derecha?

Si siempre se está en emergencia, pareciera que la emergencia es la regla permanente…

Nos asemejamos a un ejército que ha decidido retroceder para evitar una confrontación que puede ser muy destructiva. Está bien hacerlo, tiene sentido sobrevivir y no inmolarse estúpidamente. Pero se espera de sus generales alguna visión estratégica que permita revertir la retirada y transformarla, más tarde o más temprano, en el comienzo de una ofensiva. Sin embargo, estamos embarcados en una dinámica que ya es de largo plazo, de retroceso sin día de finalización, y sin saber en qué se está pensando para el futuro.

Para decirlo en términos más políticos ¿qué se debe hacer para revertir una dinámica de debilitamiento permanente del movimiento popular? ¿Se piensa en alguna estrategia en algún lugar de la conducción de este ejército debilitado y en retirada, o la rutina indica continuar indefinidamente así?

Porque nada de lo que se hace contribuye a fortalecer al movimiento popular, sino a licuarlo organizativamente, políticamente, y lo peor, intelectualmente. El efecto es ir subordinando la minoría kirchnerista a la mayoría “de centro” del peronismo, que tiene un proyecto de país bastante parecido al actual, pero con algún retoque de aumento salarial. Las expectativas y los deseos están por el piso.

El kirchnerismo no ha querido organizarse, y no está mostrando capacidad para contestarle a una derecha que juega en varios campos diferentes. Con el gobierno de Alberto ocurrió el colmo: cesó el debate, la contestación pública, sobre la catarata de mentiras y ficciones del discurso de la derecha. Ya nadie, salvo honrosas excepciones, les contesta con la potencia comunicacional que corresponde. El kirchnerismo parece haberse restringido al campo legal, parlamentario y declarativo.

No desplegó otras capacidades, que potencialmente tenía y que son fundamentales para poder entablar una disputa en condiciones aceptables. No supo qué hacer fuera del Estado. El kirchnerismo no pudo crecer más allá de Cristina, y no supo construir un relato que no sea una repetición de las intervenciones de Cristina.

No se desarrolló una dirigencia kirchnerista potente por debajo de CFK después de 20 años de existencia de la fuerza. El caso de Axel Kicillof, un gran cuadro con identidad propia, es tan escaso que se dudaba en si enviarlo a competir por la Presidencia de la Nación o dejarlo a defender la Gobernación de la Provincia de Buenos Aires. ¡No había 2 Kicillof! Y no es porque no haya mucha gente capaz. Wado de Pedro es sólo una muestra de lo que hay y que no se desarrolla salvo emergencias.

Lo cierto es que sin construcción política territorial no hay poder político. Más para una fuerza popular, que no reposa en grandes recursos, fuertes apoyos empresariales, grandes grupos de medios masivos o la conducción de alguna embajada.

No se puede decir que estas deficiencias hayan sido un descuido. Se trata de estilo, de una forma de organización que se está revelando ineficaz para potenciar al movimiento popular y revertir el estado de retroceso permanente.

Cristina y el poder económico

Los llamados de CFK al pacto mínimo, al acuerdo nacional, al diálogo sobre temas estratégicos para el país, sólo reciben el rechazo de la derecha, a pesar de que encierran la búsqueda de alguna forma de equilibrio político. Ese equilibrio político, para Cristina no reside en acuerdos con los políticos autómatas de la oposición neoliberal, sino básicamente con el poder que los controla y dirige.

Cristina sabe dónde está el poder, pero en vez de someterse completamente como el peronismo menemista, intenta la negociación, que le rechazan sistemáticamente. El dialogante Alberto fue maltratado por sus “amigos” empresarios, quienes demostraron por la negativa que CFK acierta con su autonomía para gobernar.

¿Cómo acercarse al gran empresariado sin ser esclavizado? ¿Es posible reducir esa brecha sin ser completamente fagocitado por el cortoplacismo y la angurria empresarial? ¿Todos los empresarios prefieren perder antes que dejar que funcione un gobierno que atienda también a otras dimensiones de la vida social? Ahora, si gana Massa, se va a ver.

Porque si Massa quiere gobernabilidad, y lograr algún grado de cumplimiento con demandas sociales mínimas, va a tener que lograr cierta disciplina de una burguesía muy acostumbrada a operar por fuera de la Ley y las normas establecidas (vender en negro, evadir impuestos, contrabandear, falsificar declaraciones, fugar, etc. etc.), para incrementar sus súper ganancias.

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La cuestión electoral y el reformateo autoritario de la Argentina

La derecha es Jujuy. Juntos por el Cambio es Jujuy. Los moderados de JxC, Larreta y Morales, son Jujuy.

El apoyo masivo y completo de ese espacio al experimento anti democrático y anti republicano de Morales, son suficientes para develar la ausencia completa de principios de una fuerza política cuyo único objetivo es generar negocios para el capital nacional asociado al capital extranjero.

No cabe duda que no deben ganar. Una convalidación en las urnas de una derecha cipaya, antipopular y violenta sería otro retroceso mayúsculo para la vida de las mayorías.

La derecha cipaya debe ser derrotada. Debe haber una demostración, que vale para todo el espectro político, y para los norteamericanos y europeos, que la mayoría del país rechaza ajustes criminales y la entrega fácil de los recursos naturales.

Los planes de la derecha son siniestros, no sólo porque incluyen retrocesos adicionales en los derechos y el nivel de vida de vastos sectores populares, sino porque asumen además la inevitabilidad de la represión y las muertes.

Además, la represión no puede venir sino acompañada con un vuelco fascistizante en el discurso bajado por los medios y JxC. Va a ser un discurso más radicalizado, reaccionario y enfermo que el que conocemos.

Sería importantísimo que el resultado electoral expresara un rechazo a esos planes violentos y criminales para que ganen minorías ínfimas.

Además, es importante que pierda el país gorila, el país racista, el país que se cree blanco y del norte, y que basa su status en el desprecio por los otros, a los que desconoce pero rechaza.

Tienen que perder los medios masivos de adoctrinamiento reaccionario, los predicadores pagos anti cristinistas, la falsedad guionada que encarna Larreta, el chetaje bruto y cipayo que encarna Macri, la pequeño burguesía resentida y fascista que encarna Bullrich.

Pero si ese espectro es derrotado, quienes esperen un gobierno nacional y popular como el vivido hasta hace 8 años, se equivocarán.

No será así el gobierno de Massa, que además tendrá la lapicera, y la usará.

Pero es muy probable que sea un gobierno bastante más complejo que el de la derecha previsible.

Lo hemos planteado en otras oportunidades: un gobierno de la derecha argentina sólo sería perdurable si es capaz de:

1) construir una situación macroeconómica equilibrada, o sea, que no estalle por el lado fiscal, ni monetario, ni cambiario, ni inflacionario, ni genere un súper endeudamiento público explosivo

2) crear una dinámica económica tolerable en términos de ingresos y empleo para los sectores populares, que muestre una perspectiva (modesta pero real) de mejora.

Para poder generar estas dos condiciones básicas de estabilidad, tiene que ser capaz de disciplinar el comportamiento de los grandes actores económicos para que su máxima rentabilidad pase por producir, y a su vez hacer que funcione el Estado para que administre con credibilidad un sistema de incentivos en esa dirección. Premios y castigos. No sólo premios. Y menos por no hacer nada.

Esas dos grandes condiciones jamás las pudieron cumplir los gobiernos de la derecha argentina realmente existente. Contando con un enorme poder inicial, ni la dictadura cívico militar, ni el menemismo, ni el macrismo fueron capaces de disciplinar a sectores concentrados, que no encontraron jamás el momento para ponerse a invertir en serio, pero sí para fugar. Menos aún fueron capaces esos gobiernos de construir un sistema impositivo sólido, ni un Estado que funcione.

Por lo tanto, derivaron más allá de los discursos refundacionales y las charlatanerías de manual de un “capitalismo de verdad” que no existe en ningún lado, en situaciones de caos económico y social que les impidieron prolongar sus períodos gubernamentales.

¿Puede Sergio Massa y un gobierno en el que participarán parcialmente sectores ajenos a la clase dominante, acometer esa tarea y crear un capitalismo que tome un sendero distinto al de caer en la rapacidad inmediatista y la depredación social?

Izquierda

El dilema para la gente de izquierda en el kirchnerismo, que no quiere meramente un capitalismo en expansión, sino un país soberano, industrializado y socialmente cohesionado, es qué hacer frente a un eventual gobierno de Massa, encabezando a Unión por la Patria.

Ya son muchos años en los que venimos navegando hacia esta situación, que supuestamente no es la que deseábamos. ¿Es achacable a CFK este resultado? Sería muy injusto cargarle a ella cuestiones que tienen que ver con la evolución del capitalismo neoliberal global, con el dominio imperialista en la región latinoamericana, con un entorno de débil densidad nacional. Sería absurdo pedirle que subsane la deriva dependiente de la burguesía argentina, ni que revierta la degradación ideológica y cultural de nuestra sociedad de las últimas décadas.

Pero sí es válido demandar que una fuerza con un potencial tan grande como ha sido el kirchnerismo, no sea transformada en una vertiente menor de un partido –el justicialista- que hace rato perdió el rumbo y abandonó las tres banderas fundacionales –que hoy, dada la deriva global, son completamente de izquierda-.

Ese partido ya no tiene cómo ocultar que le importan muy poco las banderas, pero sí los cargos. El escándalo del hambre en la Argentina, y el escándalo aún mayor de un “gobierno popular” que dice no saber cómo enfrentar el hambre, constituyen una marca histórica demasiado baja como para ser ignorada. No se puede seguir conviviendo con esa resignación y esa impotencia.

Es fundamental hacer sentir que la izquierda adentro del kirchnerismo existe, y que está cada vez menos representada en el espacio frentista.

Porque el kirchnerismo disuelto, escondido, parapetado en un espacio frentista donde no hay ningún acuerdo verdadero, borronea cada vez su propio discurso, que siempre tuvo una perspectiva igualitaria.

El próximo gobierno tiene que saber que ese espacio existe. Todo el espectro político debe saberlo.

La previsión de represión, palos y balas a los manifestantes, es el horizonte de la derecha cipaya en las próximas elecciones. No debe ver sólo a cómplices de la entrega del país, como el peronismo jujeño, en la vereda de enfrente.

Pero si se constituye un gobierno de Unión por la Patria con vocación desarrollista, que convoca al capital nacional y extranjero a movilizar la riqueza potencial del país, esa izquierda es imprescindible para que no se reitere otro festival irresponsable de rapiña y cortoplacismo.

Buenos Aires, 26 de junio de 2023.

*Economista y magister en Relaciones Internacionales, investigador docente en la Universidad Nacional de General Sarmiento.

La Tecl@ Eñe. Revista Digital de Cultura y Política. Editor/Director: Conrado Yasenza