«¡No se conviertan en burócratas!»

Comunista, personalista, peronista: alquimia Hebe

Hebe luchó para que nuestro paso por este mundo no sea defenderse de la muerte sino disfrutar de la vida. Fue una política rabiosa, siempre prefirió rodearse de pueblo. Admirada por su entrega y compromiso, homenajearla es discutir con ella para hacer mejor, para no empezar desde cero. Cuando el dolor amaine un poco, dice Raquel Robles, con Hebe tenemos que tener la paciencia que ella no tuvo para construir con todes y llevar todavía más lejos la radicalidad de lo incómodo.

Por: Raquel Robles*

Hebe fue una política rabiosa. Por eso fue la más comunista de todes les activistas de la escena política argentina. Pero también fue la más personalista, y eso la hizo la más peronista de todas. Esa alquimia tan buscada por la generación de mis xadres, y la de sus hijes. La rabia de Hebe no siempre estaba dirigida al enemigo como nos enseñó a odiar el Che. Muchas veces nos arrojó bolas de esa rabia y nos dejó la piel quemada. El peronismo de Hebe tampoco se quedó sólo en personalismo. También fue una terca buscadora de lo popular. Siempre prefirió rodearse de pueblo y le daba una cierta tirria la intelectualidad bien pensante. 

En uno de los muchos videos que circulan en las redes desde ayer, cuando supimos de su muerte, se la ve con un pulover rojo pidiendo que cuando se muriera se la celebrara con una fiesta en la Plaza y diciendo que no debe haber lágrimas en esa fiesta porque tuvo una vida en la que siempre dijo lo que quiso. Y vaya si dijo lo que quiso. Ojalá la muchachada que va a ir a presentarle sus respetos, dando vueltas a la pirámide o en su funeral, pueda escuchar lo que dijo una y otra vez: la revolución no es un cargo, no se conviertan en burócratas, sufran con el dolor de cada pibe que tiene hambre, no hagan cada uno su ranchito.


Hace ya un montón de años, cuando H.I.J.O.S acababa de nacer, me tocó llevar adelante junto con les compañeres de Prensa la revista de la agrupación. Cada mes publicábamos una entrevista a un Organismo de Derechos Humanos. Hacía calor cuando le llegó el turno a «las Madres de Hebe». Recuerdo ese encuentro un poco tenso. La pregunta picante era sobre cómo se tomaban las decisiones. En nuestra organización ese había sido el tema más discutido. Habíamos llegado a la conclusión de que todo tenía que ser decidido por consenso. Ni siquiera la votación en asamblea nos parecía democrática. Había que incluir a todes en cada paso que dábamos. Eso era lo que más nos distanciaba de ella. Hebe me respondió que decidían entre todas, que tenían una reunión semanal en la que no faltaba ninguna y que ahí se decidía el camino. 

Me acuerdo que cuando estaba a punto de profundizar en el tema, apareció en la puerta una Madre muy bajita para mostrarle un pañuelo que iban a replicar por cientos para colgar en la Plaza en la Marcha de la Resistencia. «¿Te parece bien el tamaño, Hebe?». Ese gesto me pareció una respuesta a cualquier pregunta sobre la toma de decisiones. Hebe decidía hasta el tamaño del pañuelo. Tal vez la Madre en cuestión estaba pasando por todas las habitaciones consultando esa trivialidad, pero para mí fue una escena decisiva. Antes de irme me dijo «Raquel, vos tenés que ser la presidenta de HIJOS». Yo me reí y le dije que nosotres no teníamos presidentes, que nuestra organización era horizontal. Ella se exasperó, le parecía una tremenda pelotudez esa manera de dilatar las decisiones más simples hasta cualquier hora, o durante semanas incluso. «Alguien tiene que mandar, Raquel, y vos tenés las condiciones». Yo me fui ofendida y confirmando que iba a ser muy difícil construir con ella. Días después, en la madrugada de la Marcha de la Resistencia, Sergio Schoklender, todo vestido de negro, nos sacó del lugar que habíamos elegido en la Plaza. Nos sacó con amenazas, con actitud de matón. Por qué, entre todas las personas que podría haber elegido para adoptar, había adoptado a ese hombre que daba miedo. No entendíamos. Nos dolía. Pero en ese momento todo dolor se transformaba en enojo. 

La Plaza estaba llena de carteles con palabras que nos dolían. Que nos enojaban. Las fotos no podían tener nombres. Cobrar la reparación económica era ser un traidor y un mercenario. Buscar los huesos de les desaparecides era ser egoísta y conformarse. 

Dos meses más tarde, en la represión que se desató en la ciudad de La Plata, ella terminó con un cascotazo en la cabeza y yo con un brazo lleno de balas de goma. En la conferencia de prensa mostró su pañuelo lleno de sangre y me sentó a su lado. Cuando terminó me mandó al hospital. Yo no quería ir, en mi soberbia de juventud y con el cuerpo todavía lleno de la adrenalina de una noche de terror, me parecía que no era para tanto. «Con la salud no se juega, te vas al hospital y se terminó.» Toda la distancia que había construido con los desacuerdos, con los desencuentros, todo el enojo o el dolor, se derritió en un instante. Ese cuidado de mamá mandona, de abuela poderosa, me llenó los ojos de lágrimas. A mí, que por no ser débil no lloraba ni a mis muertos. 

Después los años fueron pasando y ella se fue poniendo cada vez más intensa, más urticante. Hebe con el Sub Comandante Marcos en la selva, Hebe con Fidel, Hebe con guerrilleros colombianos, Hebe con combatientes del ETA, del IRA. Hebe hablando de Revolución sin tapujos, sin medias tintas. Hebe con la rabia cada vez más afilada. Pero cuando parecía que iba a convertirse en una referencia de la izquierda más radical, hizo un giro inesperado: se enamoró de Néstor y abrazó las banderas del kircherismo. Con la misma pasión, la misma rabia, la misma claridad. Un giro que no es nuevo. Ese mismo camino hicieron cientos de jóvenes en los años sesenta y setenta. 

Hay quienes dicen que Hebe «se ablandó». No creo. Hebe tomó la decisión política que tomaron muchos partidos de izquierda en toda Latinoamérica. La revolución por la vía de los votos. El gobierno popular. Resistir desde el Estado el avance de la derecha. Darle a la gente la posibilidad de vivir mejor aquí y ahora, sin esperar a que estén dadas las condiciones para cambiar el orden de las cosas. La revolución con su violencia se lleva la vida de mucha gente, además. Y ya perdimos bastante. Por otro lado, claramente, esas condiciones objetivas y subjetivas que son necesarias para juntar las voluntades y para romper todo para después construir un mundo nuevo soportando el asedio constante del enemigo, están cada vez más lejos. 

Hebe siempre tuvo una honestidad brutal. Nunca impostó nada. Usó los métodos que encontraba a la mano para conseguir lo que quería. Tal vez sentía que no tenía tiempo de construir una organización propia con herramientas democráticas. La verdadera democracia requiere de paciencia y de ir «al ritmo del más lento», como mandaba el Che. Su sentido de la lealtad no soportaba ninguna agachada. Aunque para ser leal tuviera que agacharse ella misma. Porque ella fue la representante más fiel al precepto de la generación de sus hijes, de mis xadres: Todo o nada. 

Homenajear a Hebe, entonces, no puede ser hacer un panegírico lleno de frases útiles para flyers. 

Un verdadero homenaje es tomar su bandera de lo incómodo, de lo brutal, del estilete al hueso. Ella no quería que nadie le reparara nada. Ninguna compensación ni económica, ni simbólica por el desastre que nos hicieron. Todo o nada. O vuelven vivos o que no vuelvan de ninguna manera. O vivimos para hacer la revolución o nuestra vida no sirve para un carajo. Y, como dijo sin ningún pelo en la lengua cada jueves en su momento de micrófono: si no se es gobierno para resolver la vida de la gente, se es traidor. 

Cuando se murió Néstor, en esa primera tarde que nos reunimos espontáneamente en la Plaza, me acuerdo que alguien, ya no sé quién, me dijo que lo único que lo consolaba era que los medios de comunicación no iban a poder evitar que se hiciera un recorrido por su vida y se lo mostrara como lo que él había sido. «A lo mejor así la gente se acuerda de todo lo que hizo Néstor». 

Tengo esa misma esperanza con la muerte de Hebe. Que se vuelva a escuchar lo que dijo. No solamente lo que dijo cada vez que se enfrentó con los milicos. Cada vez que puso el cuerpo para defendernos en la calle. Lo que NOS dijo. Lo que dijo a los militantes cada vez que tuvo un micrófono. Ella quería una juventud que no creyera que la radicalidad estaba sólo en tomar las armas. Que entendiera que todo lo que se hace, hay que hacerlo hasta el fondo. Que no se puede creer que se está militando cuando se está peleando por un puesto. Que, si cada día «desde que te levantás» no estás haciendo algo por «el otro», no podés llamarte patriota. 

«Estamos en el medio del río», dijo hace no mucho, «sin salvavidas, atacados por un montón de hijos de puta». Ojalá «los chicos», como los llamaba ella, esos a los que ella les dijo una y otra vez «¡no se conviertan en burócratas!», la escuchen de verdad. Ojalá les duela, como ella les pedía, cada vez que un pibe revuelve la basura que dejan los ricos para llevarse algo a la boca. Les duela tanto que puedan dejar de juntar pajas para «sus ranchitos» y se planten frente a los dueños de todo y no permitan que toda esa gran masa del pueblo que los votó siga padeciendo hambre, frío, dolor. 

Ojalá podamos escuchar lo que dijo una y otra vez: la revolución no es un cargo, no se conviertan en burócratas, sufran con el dolor de cada pibe que tiene hambre, no hagan cada uno su ranchito.

Hebe integra desde ayer el altar de nuestros muertos. Su alma forma parte de la inmensa trenza de seres que lucharon para que nuestro paso por este mundo no sea defenderse de la muerte sino disfrutar de la vida. Como a todas esas almas a las que vamos a pedir cobijo, consejo, amor, cuando el agua nos llega al cuello, sería bueno aprender de su vida. Cuando pensamos en nuestres xadres, quienes tuvimos la suerte de hacer alguna elaboración posible con compañeres, en algún colectivo, no los vemos como dioses sin mácula. Los admiramos por la entrega, por el compromiso, por la capacidad de amar. Y discutimos con elles para poder hacer mejor, para no empezar desde cero. Con Hebe, cuando el dolor amaine un poco, tenemos que hacer lo mismo: tener la paciencia que ella no tuvo para construir con todes y llevar todavía más lejos la radicalidad de lo incómodo. 

Hasta hace poco no creía mucho en el poder de la invocación, del rezo. Pero tuve el privilegio de leer parte del trabajo de la compañera Mariana Tello Weiss sobre la relación con los fantasmas de nuestres desaparecides y entonces resignifiqué la comunicación con los muertos. Por eso, hoy la invoco. Le pido que nos ayude a ser mejores. Le pido que nos de ese cachetazo moral que sabía dar cada vez que desde el campo popular se sostengan machirulos, malas prácticas, modos deshonrosos de ocupar el privilegio de haber sido elegido por mandato popular. Pero también le pido que me perdone por no haber aprovechado cuando estaba viva para ser débil en sus brazos. Por no haberle dicho que la quería. Por no haberme animado a discutir con ella a los gritos. Por no haber entendido que de verdad todos eran sus hijos y que entonces ella era mi abuela.

Hebe, si de algún modo estás por acá, quiero decirte que aun con todo lo segura que estaba de no estar de acuerdo con vos, yo tampoco quería nada que no fuera que volvieran con vida. A mí también me insultó la reparación económica, aunque la cobré. Yo también quise vengar la sangre de nuestros muertos. Y sigo queriendo que se sientan vengados cuando nuestro pueblo sea feliz. 

*Raquel Robles nació en Santa Fe en 1971. Escritora, periodista y docente, es conocida tanto por su labor como profesora de literatura para jóvenes marginales, siendo responsable de varios proyectos de integración, como por su novela Perder, por la que ganó del Premio Clarín en 2008. 
Es autora también de los libros Pequeños combatientes, un libro en el que se explora el universo infantil de los hijos de desaparecidos a partir de una reelaboración del lenguaje de la militancia. También publicó La dieta de las malas noticias, una comedia negra sobre la familia, las relaciones familiares y los espinosos caminos del amor.
Militó diez años en la agrupación H.I.J.O.S.
Ha colaborado en el diario Página/12 y las revistas Tres puntos y El Planeta Urbano.

Revista Anfibia

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