No se votó esto

El triunfo del proyecto equivale al hundimiento de los sectores populares

Por Ricardo Aronskind

La mayor parte de los seguidores de Milei no votaron el salto inflacionario, ni la destrucción salarial, ni la recesión profunda. Foto: AFP.

La argumentación en uso, en defensa de lo que el gobierno nacional está haciendo en materia económica y social, se basa en dos supuestos:

  • Se votó esto; y
  • Es la única forma de hacerlo.

Ambas afirmaciones retuercen la realidad y la acomodan a las necesidades de los reales dueños del proyecto económico del gobierno.

Además de que hay un 45% de los votantes que no votaron a Javier Milei , quienes sí lo hicieron –salvo muy pequeñas minorías– tampoco apoyaron esto. Recordemos que parte del público mileísta esperaba una dolarización mágica y salvadora, otra esperaba que echara a la “casta” que nos robaba y entonces se acabarían los males y la miseria, otra gente lo votó porque odiaba al peronismo y le habían dicho que “si Massa gana, estos se quedan 20 años” (sic).

Confundir el rechazo difuso y variopinto al gobierno saliente con un voto consciente por un programa liberal extremista es una operación de falsificación de la realidad.

Salvo los grupitos ideologizados extremistas y los grandes empresarios y sectores de altos ingresos que tenían fuertes apuestas hechas a las medidas libertarias, la gran mayoría del voto a LLA tenía una expectativa de mejora porque “peor no se puede estar”.

Cuando se les advertía sobre la peligrosidad del candidato y sus propuestas, preferían creer que “no lo va a hacer”, es decir que las cosas malas que hoy están ocurriendo no iban a ocurrir, porque por alguna razón (mágica) Milei no las iba a concretar.

Las ganas de creer que había algo mejor que el gobierno del Frente de Todos eran más fuertes que todo razonamiento. Pero esa necesidad de tener ilusiones no es lo mismo que adherir a las ideas de Murray Rothbard, el delirante ideólogo extremista norteamericano admirado por el actual Presidente.

Es decir: no se votó ni el salto inflacionario, ni la destrucción salarial, ni la recesión profunda que se viene, ni la quiebra de pequeñas empresas, ni la duplicación del desempleo, ni el remate de las empresas del Estado que dan ganancias, ni la licuación de los ahorros de los sectores medios, ni la extranjerización del país en su conjunto. Todo eso es, en síntesis, el plan real del gobierno de Milei y de Macri.

El argumento de que “dijo todo lo que iba a hacer” supone que el público tiene una escucha lo suficientemente afinada, y cuenta con una información y formación histórica que le permite decodificar con precisión lo que los medios y redes le tiran por la cabeza. Pero eso no es así.

Dentro del mensaje extravagante que emitía el candidato, que incluía venta de órganos, privatización de calles, voladuras de bancos centrales, entre otras imágenes violentas y perversas, era muy difícil discernir cuál era el verdadero y concreto plan de ataque económico a las conquistas y derechos sociales de las mayorías.

La verdad es que el núcleo del DNU anticonstitucional fue redactado hace rato, mucho antes de que Milei soñara con llegar al Poder Ejecutivo de la Nación, en estudios jurídicos asociados a grandes empresas e intereses locales y extranjeros. Hoy ese pliego de negocios empresariales se está tratando de implementar como sea, pero es políticamente fundamental entender que no fue votado como tal por la población.

Ahora se intenta que “los representantes del pueblo” aprueben lo que el poder corporativo necesita para maximizar sus ganancias.

No es la única forma

Por supuesto que una de las debilidades del candidato Sergio Massa fue no ser claro en cómo pensaba combatir a la inflación. Esa era una respuesta políticamente muy importante, y debía ser clara y creíble, como lo fue la mentira de Milei en cuanto a la dolarización inminente: la estafa fue creíble y despertó fantasías de mejora instantánea. Massa no pudo enunciar algo similar, en parte por sus propios límites políticos, y también porque cargaba con el lastre de la gestión derrotista de Alberto Fernández, que fue un muestrario de impotencia anti-inflacionaria.

Lo hemos advertido en otras oportunidades: la niebla inflacionaria oculta el fenómeno redistributivo. Si la recesión que va a generar Milei fuera de tal magnitud y profundidad que llevara a que los precios de los bienes y servicios –por derrumbe de la demanda– se detuvieran por completo en algún momento del segundo semestre, los salarios reales mostrarían niveles muy por debajo del promedio de la gestión de Fernández, y del último año de la gestión de Massa.

¿Eso quería la gente? ¿Que se terminara la inflación pero con la mitad de poder adquisitivo del que tenía cuando “no se podía estar peor”? Preguntas que sólo la propia sociedad contestará durante 2024.

En todo caso, es oportuno dejar en claro que la economía heterodoxa dispone de una larga batería de medidas de toda índole para abordar los principales problemas económicos argentinos, sin necesidad de dañar más a la población y destruir fuerzas productivas, como en este momento se está haciendo.

La frase thatcherista “esta es la única forma de hacer las cosas”, utilizada por los adherentes al gobierno, debería ser completada con el agregado “la única forma de hacer las cosas para que los ricos ganen mucho más y el resto se joda y se quede en el molde”.

El FMI a la izquierda del gobierno

Se anunció el miércoles 10 un acuerdo transitorio con el FMI para cubrir vencimientos de deuda con el organismo en diciembre, enero y abril. El comunicado del Fondo le regala varios argumentos a Milei sobre lo complicada que estaba la situación previa, aunque nunca con el tremendismo y la fantasiosidad apocalíptica que practican los actuales funcionarios oficialistas, encabezados por el Presidente.

Un elemento interesante de este mini-acuerdo con el FMI, que es continuidad de lo ya establecido durante el gobierno de Alberto Fernández, es que el organismo reclama para cumplir la meta de superávit fiscal del 2% del PBI para el presente año una combinación entre reducción del gasto público y mayor recaudación tributaria.

Es este segundo aspecto el que puede promover un amplio frente de tormenta. A diferencia del gobierno de Milei, que vuelve a repetir la fórmula macrista de ofrecer una piñata de negocios para diversas fracciones del capital sin importar lo que pase con los equilibrios macroeconómicos ni con el humor social, el FMI no pone miras en si los señores empresarios se enojan o no porque se incrementen algunos tributos por necesidades fiscales, y tiene incorporado que en estas regiones subdesarrolladas no se debe tirar demasiado de la cuerda con los más sumergidos, porque puede haber desestabilizaciones sociales.

La cúpula de este gobierno parece completamente impermeable a estas prudentes visiones fondomonetaristas. La evolución macroeconómica previsible en los próximos meses muestra que se va a golpear a los grandes agregados del consumo y la inversión, contrayéndolos en forma significativa. El hundimiento de la actividad económica interna arrastrará para abajo a la recaudación tributaria, poniendo en riesgo la meta acordada con el Fondo.

Ese escenario previsible deja pocos caminos para tratar de lograr el superávit fiscal: o serruchar más el gasto público, agrediendo más al mercado interno y a los sectores más desfavorecidos, o incrementar impuestos a los únicos que pueden pagarlos, que son los ganadores del modelo, que precisamente apoyan a este gobierno para –entre otras cosas– pagar menos impuestos.

Para los analistas que acostumbraban a explicar los baches de la gestión económica del Frente de Todos debido a la influencia maléfica y todopoderosa del FMI, el cuadro cambió, y no hay forma ya de disimular que las amarguras económicas colectivas que aquejan a los argentinos ocurren por voluntad del poder económico local, expresado como nadie en las medidas económicas, cambiarias, financieras y en paquetes legales que está enviando el gobierno actual al Parlamento nacional.

Hoy tenés el mate lleno de infelices ilusiones

Dos ideas predominan entre los votantes de Milei, ante la hecatombe de precios que están sufriendo. Una, es que el ajuste personal que deberán afrontar no va a ser muy grave ni muy doloroso. La otra es que va a ser por unos meses, un ratito.

“Un ajuste suave y por poco tiempo” parece ser una segunda línea de defensa psicológica –suministrada generosamente por los medios masivos de la derecha– para seguir sosteniendo que la idea de votar al libertario –a pesar de que no haya ocurrido la mejora instantánea esperada– fue buena.

Sin embargo, el proceso de salvajismo económico que se ha puesto en marcha desmiente esas expectativas de sufrimiento light. Sólo para el verano, se espera una caída del salario real promedio del 10%. Pero luego comienza el año verdadero, con su tsunami de precios, tarifas, cuotas y gastos imparables.

La mega-inflación, con posterior estancamiento en el fondo del pozo por tiempo indefinido, contradice brutalmente esas expectativas, que permiten estirar la esperanza un tiempo más porque “ya se ve la luz al final del túnel”.

Una de las explicaciones de la “paciencia” que tiene la gente que sufre estos proyectos tan regresivos es la difundida idea, también repetida dentro de sectores del peronismo, de que “si a Milei le va bien, nos va bien a todos”. Según esta idea, habría que guardarse la impaciencia personal para otro momento, en aras del bien del país.

Lo que tiene de base ese razonamiento ingenuo es que “todos tiramos para el mismo lado”, cosa que sólo podría pensarse en el contexto de un gran proyecto de desarrollo nacional con equidad social, que contemple desde el vamos la mejora de todos los estratos de la sociedad, especialmente los más sumergidos.

Pero no es este el caso, como no lo fue en cada una de las ocasiones en que arribó al poder una elite rapaz, preocupada exclusivamente por maximizar su propia rentabilidad a costa de lo que sea. En este tipo de proyectos, de suma sub-cero, la economía se achica, pero además las mayorías les transfieren ingresos a las elites económicas. Ese es precisamente el perfil de la gestión de Milei y su entorno de empresarios, políticos y economistas.

Por lo tanto, es imposible que si a Milei le va bien le vaya bien a lxs argentinxs de a pie. Eso no va a pasar, porque como ya se vio en el Proceso de Reorganización Nacional, en el menemismo y en el macrismo, el triunfo del proyecto equivale indefectiblemente al hundimiento de los sectores populares.

Pero, ¿por qué el ciudadano de a pie debería tener expectativas realistas en cuanto a los resultados de la desastrosa política económica actual, si en el comunicado del propio FMI, redactado por capacitadísimos tecnócratas, se incluye el siguiente párrafo: “A medida que se implementan las políticas y se reconstruye la credibilidad, debería iniciarse un proceso gradual de desinflación, acompañado de un fortalecimiento adicional en las reservas y una eventual recuperación en la producción, la demanda y los salarios reales”?

¿Por qué habría de mejorar la situación económica luego de llegar al fondo del precipicio donde nos están enviando?

La clave de la recuperación que se inició en 2002, después del prolongado desplome de la convertibilidad, fue una combinación de sustitución de importaciones –debido a que la mega-devaluación de los primeros meses del año casi clausuró las compras en el exterior y la escasa demanda local se volcó hacia el mercado interno– y la política expansiva llevada por el ministro Roberto Lavagna y el Presidente Néstor Kirchner, que utilizaron los ingresos superavitarios del Estado para ir inyectando sistemáticamente recursos en todas las áreas imprescindibles, poniendo en marcha lo que en economía se llaman los “multiplicadores” del consumo y la inversión, con sus consiguientes impactos positivos en el empleo y la mejora salarial.

Precisamente esas dos herramientas económicas están hoy descartadas, tanto por razones ideológicas como pragmáticas.

El gobierno es súper aperturista, no quiere proteger ninguna actividad nacional y odia por principios ideológicos extremistas la política sustitutiva de importaciones (incluso de aquellas producciones que pueden ser encaradas con criterios de plena eficiencia económica).

Además,  es indisimulablemente anti-obrero, como está reflejado en los cambios legislativos incluidos en el DNU, y apunta a desestructurar todo el sistema de defensa de los trabajadores frente a las patronales. ¿Cómo, en esas condiciones, se daría la “recuperación de la producción, la demanda y los salarios reales” que reclaman los simpáticos soñadores del FMI?

Las razones pragmáticas por las cuales nadie en el gobierno está preocupado para que se recupere nada de la economía real es que quieren juntar un gran superávit comercial externo para quizás crear las bases cambiarias de la dolarización fantaseada por el Presidente. Una condición necesaria para tal balanza comercial muy superavitaria es promover un mercado interno raquítico, que consuma la menor cantidad posible de dólares. La estanflación es un paso necesario, y no es por dos meses.

¿Qué se está negociando?

La única explicación de que un intento tan desmesurado y radical de degradación social –además del mamarracho constitucional que el DNU y la Ley Ómnibus implican– siga adelante es por el enorme poder de las corporaciones que hay detrás del paquete, no de Javier Milei, que es sólo un ejecutor transitorio que lograron colar en la casa Rosada.

El tema es qué está pasando en la arena política, y específicamente en los partidos menos alineados con el poder económico, en relación a este asalto corporativo.

Al plegarse cada vez más estrechamente a fracciones del capital –cada una con su propio proyecto cortoplacista específico–, el sistema político argentino fue abandonando su lugar de contención y moderación de las aristas más brutales de los proyectos empresariales, así como su rol de canal de transmisión hacia los centros de toma de decisiones de las reales necesidades que existen en la sociedad.

La política hoy está siendo empujada por el poder corporativo a abdicar de su papel central en la democracia burguesa, que es la mediación entre clases para cuidar equilibrios sociales básicos.

Pero estos equilibrios sociales básicos no son inventos de ideólogos trasnochados. Si fuera así bastaría con quemar unos cuantos libros para que la realidad desapareciera. Pero no ocurre.

Son los cuerpos y las mentes de los habitantes de un país los que se ponen en juego en estos procesos de saqueo y desposesión, y está en duda si la democracia parlamentaria es capaz de evitar estos fenómenos.

Los niveles de vida alcanzados por una sociedad no pueden ser severamente violentados por las minorías corporativas, usando como ariete a personajes pintorescos, sin que el cuerpo social reaccione con razonable enojo.

La tendencia imparable de la sociedad argentina va en esa dirección, la del rechazo a un experimento inhumano e innecesario, y mejor que la política tome nota si quiere recuperar el protagonismo perdido.

El Cohete a la Luna