Nombres

Por Mario Goloboff*

Quienes visitan Leipzig, en la austera Sajonia, cuna del filósofo Gottfried Wilhelm Leibniz y del músico Richard Wagner, así como del teatro musical más antiguo del mundo, según sostienen repetidas guías, ciudad perteneciente otrora por ubicación a lo que era la República Democrática Alemana, encuentran, sorprendidos, calles que sin el menor filtro se llaman Karl Liebknecht y hasta Rosa Luxemburgo. Después de treinta y tantos años de «Reunificación», bajo la égida de la vieja Alemania occidental, a nadie en sus cabales se le ha ocurrido tocar esos nombres o sacarlos. Lo mismo en París donde, después de la victoria sobre el nazismo, mantienen una estación del Metro que se llama Stalingrad, tan naturalmente como Cardinal Lemoine o Jules Joffrin o Louis Blanc. No he verificado personalmente, pero es muy posible que algo similar ocurra en Gran Bretaña, donde en su cementerio de Highgate, cerca de Londres, la singular tumba de Karl Marx recibe por año miles de cuidadosos visitantes.

Cosas que solo ocurren, ciertamente, en lo que la derecha argentina llama «países serios» (Ricardo López Murphy dixit). Otros países no tan serios, como la Argentina por ejemplo, gozan de una verdadera obsesión, capitaneada por los antiperonistas más duros, quienes cada vez que pueden se dedican a borrar o prohibir nombres propios como si en ello les fuera su destino. Inicio de esta enfermedad dio la llamada Revolución Libertadora con su Decreto Ley 4161, que prohibió la mención de los líderes del Movimiento así como de cualquier alusión a ellos o al peronismo. Últimamente, dirigentes del macrismo bregaron infructuosamente por obtener (des)medidas similares, y ahora al fin, con este gobierno pródigo en ellas, las consiguieron, mediante el anuncio –por ahora– de hacer cesar el nombre del ex presidente Néstor Kirchner para el Centro Cultural que funciona en el antiguo Correo central.

Enorme problema éste de los nombres propios, que desde remotos tiempos inquieta a los científicos del lenguaje. Todas las lenguas que conozco los tienen, pero nadie alcanza a definir certera y unánimemente sus funciones ni su estatuto lingüístico. Empero, domina entre ellos la idea de que el nombre propio es, lingüísticamente hablando, no significativo. Para Peirce, el nombre propio es solo un «índice»; para Bertrand Russell, el modelo del nombre propio es el pronombre demostrativo; en ambos casos el nombre no significa sino que muestra. Para Lévi-Strauss, el nombre no nombraría sino que clasificaría a quien se nombra (en una clase o en un grupo social) y al mismo tiempo al que nombra; su experiencia y el relato de su experiencia con los Nambikwara, en el Amazonas (Tristes Tropiques), quienes prohíben el uso de los nombres propios, son fascinantes. Para Jacques Derrida, en cambio, todas estas son subjetividades, casi falacias, que se asientan en el menosprecio de la escritura.

El nombre propio sería, entonces, letra pura, mero y arbitrario significante, lo no representable ni representativo, lo no referencial, lo que «no quiere decir nada». El nombre propio, en consecuencia, no es analizable semióticamente; nada sé de un objeto o de una persona cuando solo sé su nombre; el nombre, de por sí, no vincula y no indica ningún rasgo de un individuo.

Tal vez por todo ello el nombre propio, tan ligado seguramente al pensamiento mágico, se carga de simbolismo. Ya el cíclope de Homero responde que su nombre es «Nadie», y los textos bíblicos consagran y esconden el verdadero nombre de Dios (que solo acerca el Tetragramaton), a quien ponen el falso nombre de Jehová sin dejar de subrayar que el verdadero es oculto y que no debe pronunciarse. La posesión en boca de un profano del nombre que contiene los secretos del universo puede acarrear perjuicios enormes y el subsiguiente escándalo celestial. Así, el insulto, que tantos pronuncian ignorándolo (au nom de Dieu! – ¡en nombre de Dios!) es una falta de respeto precisa y explícita a la norma y, como tantas palabras injuriosas e insultos, una transgresión religiosa.

La ausencia del nombre propio, como saben los narradores, a veces engrandece la figura del personaje: el nombre de Gaspar Rodríguez de Francia no aparece ni una sola vez en las 468 páginas de la magnífica novela de Augusto Roa Bastos Yo el Supremo; jamás se nombra a Eva Perón o a Evita en el cuento antológico de Rodolfo Walsh, que justamente por ello se titula «Esa mujer».

De aquí a unos años, o de un tiempo medido en años, gentes con más cabeza repondrán ese nombre que hoy sacan eufóricamente y olvidarán a quienes lo han quitado para no sentir la vergüenza de tamaña inconsciencia. Pueden borrarse todos los nombres que se quiera; lo que no se puede eliminar tan fácilmente (¡ay!) es la historia.

* Escritor, docente universitario.

Con información de Página/12