Nueva sede de COPAJU en Buenos Aires

Saludamos la inauguración de la nueva sede del Comité Panamericano de Juezas y Jueces por los Derechos Sociales y la Doctrina Franciscana (COPAJU), en Buenos Aires. Argentina y felicitamos a dicho Comité por la iniciativa, en el marco de una fraterna reunión.

Nos une con dicha organización misiones y objetivos, principios y valores, anhelos y sueños, y en especial, compartimos la presencia de mujeres y hombres que se empeñan cada día en llevar a cabo la difícil tarea de defender y garantizar los derechos humanos.

Por eso, acompañamos a la presente las oportunas reflexiones pronunciadas por el Dr. Eugenio Raúl Zaffaroni en el marco del encuentro.

Saludo fraterno,

Prensa
Asociación Americana de Juristas (AAJ) – Rama Argentina.

Discurso del Dr. Eugenio Raúl Zaffaroni

Estamos aquí reunidos por la esperanzadora generosidad del Papa Francisco.

Lo primero que debo señalar es el profundo agradecimiento por la confianza que nos dispensa al crear este Instituto, a la que solo podemos responder asumiendo plenamente la enorme responsabilidad del caso: no se trata solo de un honor –que por supuesto agradecemos- pero poco importan los honores en esta hora de Nuestra América y del mundo, lo que importa es que nos encomienda una difícil tarea: llevar adelante un Instituto para la investigación y promoción de los Derechos Sociales. No nos deja sin brújula, porque decide que este Instituto lleve el nombre de Fray Bartolomé de las Casas. Con eso nos dice: prosigan, avancen por el camino de medio milenio, actualicen la senda lascasiana.

Por esa senda es que debemos marchar, o sea, por la del respeto a la dignidad de todos los seres humanos por el solo hecho de ser humanos, tal como lo exigía ante la deshumanización de nuestros semejantes por parte de los criminales europeos.

Ese fue el objetivo de Fray Bartolomé denunciando como herejes a los ladrones de oro y plata y asesinos de nuestros hermanos originarios. El discurso y la acción de Fray Bartolomé nos lo señala como el pionero –hace quinientos años-de la concepción y defensa de lo que ahora llamamos «derechos humanos».

La idea de los «derechos humanos», es decir, de una suerte de elemental ciudadanía mundial, planetaria, enunciada justamente cuando una Europa debilitada se ensañaba impiedosa para explotar a la población de nuestra América.

Esa idea fue concebida como reacción contra el crimen del colonialismo y del esclavismo. Se alzó precisamente con la voz y la acción de Fray Bartolomé.

Como «leyenda negra» pretendieron descalificar su palabra, su acción y su testimonio los psicópatas de sucia conciencia beneficiarios del crimen cuya magnitud no lograron ocultar ante la historia.

En cuanto al objetivo del Instituto, puede no llamar la atención que Francisco quiera centrar su acción en los derechos sociales, como correspondería a la Doctrina Social de la Iglesia y a su larga tradición de justicia social, pero creo que también lo mueve otra consideración, acerca de lo cual no creo equivocarme.

En efecto: en tiempos en que se quiere glorificar la meritocracia conforme a un imaginario homúnculo emanado de la retorta ideológica que quiere dominar nuestra época, llamado «homo economicus», no faltará alguna voz que quiera señalar la ausencia de referencia a los derechos individuales, renovando la falacia de la incompatibilidad entre ambos órdenes de derechos.

De esta falacia se abusó tanto en el siglo pasado, especialmente para estigmatizar a los defensores de derechos sociales como enemigos de los derechos individuales, que hoy podemos considerarla pasada de moda.

Pese a eso, si alguien pretendiese esgrimirla, bueno será advertirle que no hay derechos sociales sin los individuales y viceversa.

Esta necesaria imbricación se debe a que no es posible garantizar la libertad sin pan, porque quienes sienten hambre la usarán para reclamar el pan y, por ende, se deberá atender el reclamo o privarlos de la libertad; tampoco se puede dar pan sin libertad, porque no se podría controlar su distribución y alguien acabaría quedándose con todo el pan.

En este sentido, la insistencia de Francisco en los derechos sociales no pasa por alto la inevitable conglobación de los derechos humanos, impuesta simplemente por la naturaleza de las cosas, sino subrayar la significación de los derechos que, con demasiada frecuencia, se pretende degradar de su condición de tales a meras declaraciones declamatorias de buena voluntad, cuya eficacia no sería exigible ante los estrados judiciales.

Este Instituto deberá «investigar» y «promover». Con lo primero se adquieren conocimientos; con lo segundo se impulsa algo. ¿Qué es en ese «algo» en este caso? Creo que nada más ni nada menos que la propia eficacia del derecho, o sea, que el «deber ser» pase a «ser». De este modo, Francisco nos encarga conocimiento y acción: un hermoso desafío.

Pero, en definitiva, no nos insta más que a asumir el desafío de todo jurista de buena conciencia. El saber jurídico no puede agotarse en lógica normativa: la lógica es imprescindible, pero no puede reemplazar a la ontología.

Tampoco es posible quedarse en la mera vigencia normativa sin atender a su grado de eficacia en la realidad, para lo cual la construcción jurídica no puede prescindir de los datos de la realidad social, so pena de incurrir en delirios y paradojas y, lo que es peor, dar por ciertos los objetivos manifiestos de las normas y despreciar sus reales funciones latentes.

De incurrir en esta ceguera ante la realidad social, posibilitaría que, declamando los objetivos más excelsos, se legitimasen las normas más aberrantes.

En síntesis: ¿A qué nos convoca Francisco? Creo que es a movernos en serio por la esencia del derecho, que no se agota en un montón de normas escritas en Constituciones y tratados, sino en la lucha por su eficacia, por su observancia en la realidad social.

En Nuestra América, hoy casi está todo previsto y normado en el plano del «deber ser», solo que nos movemos en el terreno de la paradoja, pues cada día lo que «es» se distancia más de lo que «debe ser». Con asombro y alarma vemos que el «ser» es cada vez menos como «debe ser». La esencia del derecho consiste en la reducción de esta distancia, es decir, en la lucha por el derecho.

Al impulsar la eficacia del derecho, será inevitable que topemos con nuevos encomenderos y conquistadores y, por cierto, no será nada nuevo, porque toda lucha por la justicia debe enfrentar los intereses de los beneficiarios de las injusticias.

Y, por cierto, nuestros pueblos tienen el respaldo de la experiencia de cinco siglos de resistencia, o sea, de lucha por el derecho. Es a esa lucha a la que debemos sumarnos, para que les garantice a los pueblos el espacio de libertad social necesario para decidir democráticamente sus propias dinámicas.

Que Dios nos ilumine para ser dignos de semejante encargo.

28/02/24