Nunca y tampoco

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Marina Closs*

(María das Luzes)

La madre habı́a nacido en Brasil y sabı́a bailar y cantar la samba. El padre la trajo importada a su casa y le pidió que aprendiese a hablar como la gente. Para cuando tuvieron la hija, la madre estaba harta de hablar mal, y para mejorar, no tenı́a ninguna esperanza. Entonces le puso de nombre: Marı́a das Luzes. Y ası́ quedó. Das Luzes. Como si fuera hija de una macumbera.

Marı́a das Luzes creció brasilera como la tapioca, como la mandioca y como la guayaba. No era negra oscura, como le hubiese gustado, porque su pai era blanco. Habı́a surgido de la raza de los que van caminando.

Marı́a era morena y delgada, delicada en su tristeza. Exuberante en su calma. Se reı́a para hacer reı́r, porque de chica habı́a notado que todo el mundo reı́a con ella. Además, un dı́a, le habı́a dicho a su mamá, preocupada:

–Mai. Algunas veces… los hombres me obedecen.

Eso era por su belleza, dijo inquieta la madre.

Pero no era belleza exactamente. Marı́a das Luzes tenı́a los ojos amarillos de las mezclas. La cabeza rizada de una negra pura. La mamá

pensó que tal vez se trataba de algo común y barato en otra parte, pero allá, demasiado raro: casi sobrenatural. Y eso hacı́a a su hija distinta de las otras. Tenı́a: lo que tienen algunas.

Para que la hija no entrara a meterse en problemas, la mamá la querı́a ver pronto casada. Pero el papá era de los que obedecı́an cuando Marı́a hablaba. Entonces, Marı́a das Luzes dijo un dı́a que, antes de casarse, querı́a estudiar Magisterio.

–¿Para maestra? –el papá la miraba, maravillado.

Hasta la mamá no pudo decir que no a una cosa como esa.

Serı́a maestra de una escuela de colonia, saltó Marı́a das Luzes, entusiasmada. Se querı́a ir de su casa. No le gustaba viajar en el tractor del papá. Tampoco querı́a un tractor de marido. Se querı́a independizar.

Le gustaba la vida feliz y mudable. Todo lo mal guardado, lo quedado libre. A Marı́a das Luzes le gustaban los bailes, porque iba y bailaba tan bien que enseguida sentı́a lástima de todos. El mundo le parecı́a triste, si no estaba ella allá, bailando.

Estudió de maestra y, durante esos años, logró no casarse. Pero no ası́, no embarazarse. Tomó entre sus tripas el semen de un hombre, aunque luego la criatura bajó prematura y murió. Ese fue su primer alumbramiento. Algunos decı́an que lo perdió por ser imprudente en la danza. Otros, por hacer el amor demasiadas veces.

En in, no contó al papá. La mamá probablemente se enteró, pero no dijo nada, y como la criatura no fue nunca declarada, Marı́a das Luzes habı́a quedado aún como más adornada: recibida de maestra, soltera, linda y sola.

El papá quiso casarla, pero Marı́a se apresuró a encontrar una excusa para postergar una vez más el matrimonio.

–Me llegó un telegrama, meu pai. El gobierno me contrata. Voy a tener que mudarme a colonia Los Huesos, para trabajar.

–¿Dónde es eso? –El papá se rascó la cabeza.

–Allá, en El Soberbio.

–¡Ah, casi Brasil! –la mamá la miró, orgullosa.

–¿Cómo, Marı́a?, ¿cómo? –decı́a el papá. Pero enseguida no pudo resistirse más. Marı́a hablaba y era como si él se quedara conmovido y débil.

Ası́ se decidió la independencia de Marı́a: su mudanza. La mandaron a llevar con el camión de un hombre que, cuando se enteró de a quién transportarı́a, llenó todo el acoplado de foquitos: para que ella fuese como en una carroza.

Cuando Marı́a vio los foquitos, se quedó como ante el altar de la Virgen Nossa Senhora.

–¿Puedo ir atrás? –preguntó.

El hombre la ayudó a trepar. Le indicó que era necesario que, en todo caso, no mirase mucho las luces, porque podı́a marearse. Y que, durante todo el trayecto, no buscase asomarse ni, menos, bailase su samba sobre el acoplado.

Viajaron unas horas y, en algún momento, Marı́a hizo el amor con el chofer como en un acto de agradecimiento. Con paciencia y con esfuerzo. El de los foquitos tampoco le disgustaba tanto. Pero él hasta preguntó para casarse y ella dijo:

–No. Tengo trabajo. Quiero soledad. Además, respondı́ un telegrama del Gobierno.

Y volvieron a arrancar el motor.

Ella, ardiente y feliz, habı́a contestado al telegrama: Tengo a bien comunicar al Señor Inspector que parto cuanto antes a tomar posesión de mi cargo.

Sin embargo, cuando Marı́a llegó a Los Huesos y entró a la escuela, vio que nadie sabı́a nada, que ella era maestra, pero nadie la escuchaba y que la mitad del alumnado hablaba portugués, la otra mitad únicamente algo entre el ucraniano y el polaco.

–Pero tienen que hablar el idioma patrio –habı́a especi icado la Directora.

Marı́a das Luzes escribió muy grande en el pizarrón la palabra: mariposa. Leyó, junto a los alumnos que se reı́an:

–Ma-ri-po… –recitaron ellos.

Hasta que Marı́a preguntó:

–Entonces, ¿qué dice acá?

Un alumno se levantó, riéndose como un loco:

–¡Barboleta! –saltó sobre su silla.

Marı́a se dio por vencida y llamó a recreo, para ver si la ferocidad del aula se les deshacı́a y el juego al aire libre lograba amansarlos. En el recreo, ellos venı́an a preguntarle cosas desa iantes en portugués, como si quisieran demostrarle que ella también hablaba. Ella contestaba en castellano, porque la Directora aún la estaba vigilando. Cuando la mujer se fue, Marı́a das Luzes llamó a los niños a que volvieran al aula y ellos le dijeron:

–Não, não, não.

–Senhora… –le roncaban ellos.

–¡Maestra Barboleta! –se reı́an todos.

Pero no entraban al aula y Marı́a das Luzes empezaba a pensar que, ası́ como una parte de la humanidad feroz y adulta caı́a a sus pies de rodillas, Dios habı́a decidido que otra humanidad alegre y débil ahora se le rebelase. A los niños no les gustaba el tono en que ella les hablaba.

Parecı́a una hermana mayor angustiada. De esas que nunca consiguen lo que quieren.

Mientras Marı́a seguı́a insistiendo en que los niños entrasen al aula, todos juntos se pusieron a saltar la soga y, por in, uno se volvió hacia ella a preguntarle:

–Eh, usted, ahı́. ¿Para qué no se endivierte?

Marı́a das Luzes se puso tan contenta de que al menos le hablara en algo parecido a castellano, que se sacó los zapatos y se fue a la tierra, a saltar con ellos. La Directora no estaba mirando y Marı́a pensó que aquello era, al menos, un modo de empezar a ganarse, entre los niños, un poco de afecto. Pero ellos la pusieron en el centro del juego y la hicieron saltar sola. Mientras ella surcaba los aires como una boba, los niños contaban como si, con los números, la pinchasen y la hiriesen.

Llegaron hasta el cien y Marı́a das Luzes seguı́a saltando, toda despeinada y bondadosa.

–¡Basta! –les pedı́a a gritos.

Ellos contestaban:

–Não, não, não.

Al otro dı́a, las rodillas le ardı́an y, por haber saltado tanto y descalza, los pies se le habı́an llenado de piques. Ası́ que Marı́a estuvo muchas horas mirando ijamente las uñas de sus pies y extrayéndose los piques con una aguja. Por la tarde, tuvo además una pérdida de sangre, ante la que se quedó circunspecta y callada: ¿otra vez se embarazó? No entendı́a más nada. Pero no fue problema, porque ya para la noche, el hijo se habı́a escapado. Es decir, se deshizo, y mientras Marı́a se quitaba los piques, salió convertido en sangre y otras cosas inocentes.

Marı́a terminó de perder, aliviada, esa misma noche. Iba a ir al médico, por si le habı́a quedado algo. Pero mañana. Por hoy, curada de los piques, ya se sentı́a bien.

El de los foquitos vino a visitarla y dijo que la amaba. Marı́a das Luzes, que habı́a tenido un dı́a largo y que, entre los niños, se sentı́a un poco sola, preguntó si, para poder olvidar, él no querı́a ir a tomar con ella una copa por ahı́ en el pueblo.

–¿Una copa de qué? –decı́a Foquito–. En medio del monte, para tomar de una copa… habrá que esperar, por lo menos, un casorio.

Marı́a das Luzes se quedó en el umbral de su rancho, sin que se le ocurriese ninguna otra respuesta.

–Ta bom–dijo, vencida y aceptando.

Ella vivı́a sola y lo invitó a pasar. Enseguida se notó que él venı́a a enamorarse, como si no quedara otra cosa que hacer en este mundo.

–Pero estoy mala de madre –no le contó lo del hijo perdido, pero se señaló el vientre y le dijo que también le dolı́a mucho la cabeza.

El contestó:

–No importa –y se quedó besándole las plantas de los pies, toda la noche.

Aquel chofer vino de visita algunas veces más y ella lo recibió, pacı́ ica y sin quejas. Un tiempo después, Marı́a volvió a vomitar y supuso con horror que otro hijo se le estaba formando:

–¡Tantos! –decı́a, ofuscada.

Pero no pasó demasiado rato, que el hijo solo se le habı́a roto y ella otra vez volvió a echar sangre, a vaciarse y expulsarlo.

En esta ocasión, decidió que sı́ o sı́ iba al doctor, por si allá arriba le habı́a quedado algún resto de algo. Un vecino se ofreció a llevarla en su tractor. Marı́a iba tambaleándose, y a sus pies, se hinchaba una nube de polvo.

–¿Está bien la maestra? –preguntaba el vecino, para hacerse el interesante.

Marı́a se sentı́a perfecta. Miraba el camino de árboles altos y ya comenzaba a alegrarse. Hasta habı́a dejado de tener sus vómitos.

El doctor la revisó y le dijo:

–Fue un aborto espontáneo. Tan completo y tan temprano que no quedó nada.

–¡Gracias! –dijo Marı́a das Luzes–. No sé, es la tercera vez que pasa –

se quedó en la camilla–. ¿Hay algo malo en mı́, doctor?

El comenzó a explicarle algunos posibles motivos. Pero, con certeza, no lo sabı́a nadie. No podı́a averiguarse, hasta que ella no volviese a quedar embarazada.

–¿Y entonces?

–Entonces ¿qué? –dijo el doctor–. ¡Ah! Que tiene que encontrar un tipo… –se rio un poquito.

Marı́a salió del doctor esa tarde, con irmando una cita para la semana siguiente. El doctor la dejó partir. Por el camino, Marı́a se preguntaba qué era lo malo de ella, que los hijos se le resbalaban como lágrimas:

–¿Será a causa de gustar tanto a los hombres?

Se volvı́a menuda y sentı́a en sı́ misma una especie de brutalidad del alma.

–¿Será que soy demasiado puta? –se quedaba preguntándose.

Por la mañana, unos niños del colegio vinieron tras las paredes de su casa a molestarla. La estaban espiando entre las tablas, y gritaron:

–¡Maestra Barboleta! ¡Maestra Barboleta!

Se rieron hasta que la despertaron.

–¡Mostranos tus tetas! –dijeron después.

¿Qué tetas? Marı́a se miró.

–¡Déjenme dormir!

Pero sabı́a que los niños no tenı́an lástima.

–¿Quieren ver mis tetas? –les dijo sabia, ruda. Y irme–. Está bien.

Y se sentó en la cama y se levantó el camisón y las dos tetas aparecieron en el medio de todo, como dos miradas salvajes, fijas e inocentes. Dios mı́o, que los niños corrieron. Llevaban, en su velocidad, el nerviosismo y la alegrı́a de haber visto unas tetas como esas.

Sentada en la cama y con el camisón ya bajo, Marı́a das Luzes pensó en que los niños no eran buenos, ni tontos, ni santos. No eran fáciles de tratar y, en general, se retobaban y eran desobedientes. Pero desde que ella se dio cuenta que no le nacı́an, ¡cómo habı́an empezado a gustarle!

Los amaba con un amor bobo. Tan bobo que ni siquiera podı́a ser el de una madre. Los amaba con una especie de obediencia asustadiza.

Saltaba con ellos la soga, hasta quedarse azul. Les hablaba en portugués cuando la Directora no oı́a. Y cuando ellos se perdı́an o no escuchaban, ella simplemente se volvı́a humilde y les dejaba decidir qué hacer a ellos.

Era mala maestra, se decı́a, ausente. Una niña se habı́a subido sobre un pupitre e iba saltando de un lado a otro:

–¡Maestra Barboleta! ¡Maestra Barboleta! –se cayó justo frente al escritorio de Marı́a, como para con irmar su impresión.

¡Era muy mala maestra!, se tapó Marı́a los ojos. A la niña tuvo que llevarla al médico, a que le dieran los puntos. Entonces habló ahı́ mismo para adelantar su turno y no tener que viajar dos veces.

Marı́a das Luzes acudió a su cita con el doctor esa misma tarde y se quedó allı́ hasta la noche. Trató de explicarle que tal vez lo mejor era ya retirarse, volver a su familia y a su pueblo:

–Lo que pasa es que acá no tengo a nadie con quien vale la pena…

Escuche bien, doctor: no le digo casarse. Porque podrı́a no dar fruto…

La conversación se extendı́a y se hacı́a profunda. El doctor la miraba, mitad sorprendido, mitad circunspecto. De pronto, decidió que con ella no se tenı́a que ser un cobarde. Y empezó a acariciarle la mano, como si no quedase otro remedio:

–Está bien –dijo a Marı́a, dando su consentimiento, como si fuese para él que ella estuviese argumentando. Y la ayudó a desnudarse, mirándola a los ojos.

El doctor salió y puso en la puerta de su consultorio un cartel que decı́a:

Fechado por divertimento

Se quedó con Marı́a das Luzes encerrado un buen tiempo. Probaron muchas cosas. Una vez que ambos se ocuparon, Marı́a se quedó en la camilla, diciendo sus oraciones con esperanza:

–Nossa Senhora purı́sima: no mezquines para mı́…

Y el doctor le decı́a pı́caro, desde el escritorio,

–Marı́a das Luzes, quédese tranquila: el daño ya está hecho.

–¡Virgen Marı́a, dame lo que das! –decı́a Marı́a a los cielos, saliendo del consultorio.

Pensó que salió aquella vez del doctor por in totalmente curada. Y soñaba con un hijo viniendo hacia ella, con un hijo entrándole al seno y brotando rosado y llorón. Se imaginaba a ella misma sosteniéndolo, acurrucado entre sus brazos como en una taza. Medio blanco o medio negro. Se imaginaba compartir con el doctor el amor que se siente por un niño: esa tentación de siempre sonreı́r y perdonar.

Cuando comenzó a vomitar, viajó emocionada a lo de sus padres, para darles la noticia del embarazo. Si todo salı́a bien, también iba a casarse.

La mamá se dobló de rodillas. El papá dijo que por qué vino ası́ y dejó al esposo allá:

–¡Una mujer no tiene que descuidarse tanto!

A Marı́a le daba lo mismo y solo vivı́a en la esperanza de que se cumpliera lo del hijo. Pero, ese mismo in de semana, empezó a sentirse enferma y erizada: comenzó el dolor del vientre, poderoso, la sangre que bajaba. El vómito que, sin aviso, subió. Marı́a querı́a volver corriendo a El Soberbio, para que el doctor tratara de aplicarle algún remedio.

La mamá la guardaba en la cama:

–Não, mı́a ilia. Quédese acostada. Ya se está perdiendo todo.

–Mai –decı́a Marı́a, furiosa–. ¿Qué me pasa que no puedo?, ¿que se suelta?, ¿que se cae? ¡Yo estuve apretando todo el tiempo!

–Marı́a…

–Quizá el doctor podrá…

–No. Un doctor no llega a tanto. Eso… –dijo la mamá, misteriosa–.

Solo con macumba –y se quedó callada.

–Con macumba, mai. ¡Haga macumba!, ¿por qué esperó tanto?

Bueno, pero la mamá dijo:

–No puedo.

La mamá hacı́a la señal de la cruz y rezaba para no tener que volver a hablar de eso.

–Yo pido a san Xavier, Cultivador de Azúcar –decı́a la mamá para que Marı́a se olvidase.

Pero la hija estaba intrépida. Querı́a aprender, querı́a empezar a entender. No querı́a esperar a volver a probar. Lo que hubiera que saber, no era hora de estar postergando. Lo que se rumoreaba, habı́a que ir a buscarlo, habı́a que tomar a la gallina por el pico y por lo bajo, para conocerla bien por dentro.

Marı́a das Luzes alumbró por cuarta vez un hijo frustrado y se fue de casa de sus padres, desanunciando natalicio y matrimonio.

En El Soberbio habló con el doctor:

–Otra vez perdı́ todo. Pero ahora sé: hay algo brasilero de lo que se puede usar…

–¿Macum…? –dijo el médico. Y se tragó la voz.

Marı́a das Luzes partió más allá de los lı́mites de su paı́s natal, porque se iba al Brasil a instruirse y a preñarse. A aprender cómo se podı́a sujetar lo que no habı́a nacido. Lo tan tibio y blando que aún no se podı́a aferrar. Se fue al Brasil sin pedir permiso a nadie, porque tenı́a una cara agradable, y un chofer la alzó, la alojó y la alimentó como a un perro. Otro la intimó y casi la llevó a vivir con él a São Paulo.

Pero ella no necesitaba tanto. No se veı́a bien en un casorio. Preferı́a entregarse, como una carroza que se destruye y se reparte. Con estar en Brasil, ella pensaba:

–Tengo posibilidad de llegar a una macumba y que alguien se apiade.

Después de algún tiempo, volvió del Brasil a la escuela en Los Huesos.

Noticias de hijos suyos no trajo. Andaba con ropa distinta, polleras de gasa, collares con dijes colgantes, a veces, turbantes que le daban un aire grotesco. Sin embargo, la gente mayor siempre se dirigı́a a ella con respeto. Incluso los hombres no dejaban de mirarla con un cierto afecto, a veces hasta sincero.

Marı́a das Luzes tenı́a en su casa un altar chiquitito con un santo niño al que llamaba São João Xangó Menino. Le prendı́a velas y le hacı́a oraciones estrafalarias. Sobre el techito del altar, colocaba un choclo verde y, sobre el piso, encendı́a unas velas que eran en honor al brillo negro de São João. Un dı́a, un viento furioso pasó por las grietas entre las tablas y Marı́a vio cómo todas las velas se apagaban y dejaban, en la oscuridad, el rostro ijo de Xangó riendo.

Lo demás sucedió entero un martes. Marı́a recibió a un vecino que venı́a a quejarse de un niño endemoniado que andaba corriendo los perros y espiando en las ventanas.

–Este niño mea entre las plantas–dijo el vecino–. No se sabe quiénes son sus padres y como no habla nada, no se le puede preguntar. Venga a ver qué puede hacer por él, Marı́a, llévelo al menos a la escuela, para que deje de molestar un rato.

Marı́a se quedó como alcanzada por un rayo e inmediatamente se ató a la cabeza su turbante. Iba un poco temblando, como bajo un cielo negro y sus estrellas. Debajo de su turbante, se habı́a atado también un choclo verde, para hacer la ofrenda. El hombre la condujo hasta su patio y le mostró que el crı́o era peligroso y que lo habı́a encerrado en un gallinero porque querı́a morder y arañar.

–Levántese –dijo Marı́a acercándose al niño y estirando hacia él su mano.

–Não vou –contestó él, bajando la cabeza entre los brazos.

–Vai, vai –decı́a Marı́a sacudiendo su mano en el aire.

En el fondo, estaba aterrada. Los niños aún la intimidaban. Creı́a que conocı́an su secreto: cuando ella daba a luz, la vida se apagaba. Los niños se quedaban en la oscuridad.

Al inal, se sentó en el piso y estiró otra vez hacia él su mano negra y buena, como si la mano fuese un objeto que ella le regalase. Entonces, ası́ como estaba, el niño la miró más enojado aún, estiró el cuello y la mordió. Bien fuerte, hasta que él solo pegó un grito por el gusto a sangre y carne que empezaba a soltarse.

Marı́a no gritó, no sabı́a bien porqué, pero dejó ahı́ su mano sabia, como si tuviese la esperanza de no seguir sintiendo.

Y luego, cuando el niño dejó de morder, Marı́a respondió aliviada:

–Muitu prazer.

Ese dı́a, sin ningún papel, y con la mano latiéndole como un corazón amante, Marı́a das Luzes se llevó a ese hijo de Xangó a su casa.

(De: Pombero, Páginas de Espuma, 2023)

*Nacida en Misiones en 1990, Closs es licenciada en Letras por la Universidad de Buenos Aires y publicó entre otros libros «Tres truenos», Premio Fondo Nacional de las Artes, finalista del español Finestres; «Álvar Nuñez: trabajos de sed y de hambre», Premio Angélica Gorodischer; «Monchi mesa»; «Tascá Skromeda» y «La despoblación», Con «Pombero» fue finalista del reconocido premio narrativa breve Ribera del Duero.