Odiadores

Por Ricardo Ragendorfer
@Ragendorfer

Imagen: Fernando Sabag Montiel y Brenda Uliarte registrados por cámaras de seguridad del subte.

Desde el anochecer del 1º de septiembre –tras el fallido magnicidio de Cristina Fernández de Kirchner– se consolidó el concepto del discurso del odio, sobre cuya semiótica ya corrieron ríos de tinta, aunque sin considerar debidamente el aspecto medular del fenómeno: la aparición del fascismo en la Argentina o, por lo menos, el del siglo XXI. Algo que el sociólogo portugués Boaventura Sousa Santos denomina «fascismo societal».

Se trata de un fenómeno ideológico que, a diferencia de los procesos de extrema derecha en la Europa de la primera mitad del siglo XX, no resultó cincelado por un partido ni por el Estado, sino que surge en las entrañas del cuerpo social. Una oleada técnicamente pluralista, sin jefes, pero provista de objetivos disciplinantes y civilizatorios. Es el «fascismo de la antipolítica», el del «hombre común». Y también el de los «freaks». Es, incluso, el fascismo de los que ni siquiera saben lo que es el fascismo. Así funciona el negocio de los «haters» (odiadores), cuyas formas primarias de organización quedaron a la intemperie a raíz del atentado de la calle Juncal.

Bien vale entonces explorarlas, junto con los lazos que mantuvieron en relación al episodio mal ejecutado por Fernando Sabag Montiel.

Gastón Guerra

Ya se sabe que la presencia de su novia, Brenda Uliarte, en la escena del ataque al momento de ocurrir echó por tierra la hipótesis del «loquito suelto», y no sin involucrar a sus socios comerciales en la venta callejera de golosinas artesanales, ahora conocidos como «La Banda de los Copitos».

En las tareas de inteligencia efectuadas allí por Sabag Montiel durante los días 23, 27 y 28 de agosto ella también estuvo. Pero, además, en la última de esas jornadas fue detectado por las cámaras de seguridad nada menos que el «gerente» de tan empalagosa ONG, Gustavo Nicolás Carrizo.

Por cierto, ese domingo, en las inmediaciones del edificio habitado por CFK hubo otros dos infiltrados en la multitud que había acudido en su apoyo. Sus nombres: Leonardo Sosa y Gastón Guerra.

El primero lidera –junto a Jonathan Morel– el grupo Revolución Federal (RF) y el otro encabeza Nación de Despojados (ND).

Ambas cofradías aparecieron en los primeros días de mayo, habiendo sido concebidas para realizar provocaciones en actos políticos y escraches a personalidades adversas a sus apetencias. El día 25 de ese mes se presentaron en sociedad durante una marcha opositora sobre la avenida 9 de Julio.

Aquel día quedó la imagen imborrable de un energúmeno con la cabeza metida en una ventanilla del móvil de C5N, que bramaba: «¡Van a empezar a tener miedo, hijos de puta!». Y la de un tipo que lucía una remera con la cara de Videla y la consigna «Mi general, se lo necesita».

De sus hitos grupales se destacan los disturbios en la Quinta de Olivos durante una conferencia de prensa de la ministra Silvina Batakis (4 de julio). Y la guillotina instalada en Plaza de Mayo (9 de julio). Y al ataque al Instituto Patria (22 de julio). Y el escrache a Sergio Massa –con golpes a su vehículo–, al ingresar al Museo del Bicentenario para su asunción ministerial.

Aquella vez participaron los activistas de RF y ND junto con militantes de Jóvenes Republicanos (JR), el ala imberbe de la Unión Republicana (UR), la agrupación liderada por el diputado neuquino del PRO, Francisco Sánchez, nuestro Bolsonaro de entrecasa.

No está de más reparar en su figura.

Se trata de un cavernícola de manual que en las redes sociales resume su ideario con solo tres palabras: «Dios, Patria y Hogar». De oratoria algo rústica, el discurso provida que expresaba a los gritos en las sesiones parlamentarias sobre la Interrupción Voluntaria del Embarazo (IVE) no tuvo la vehemencia de los argumentos a favor de la pena de muerte que suele esgrimir cada tanto en ciertos programas de cable. También es un fanático de la «justicia por mano propia» y hasta agita un proyecto de ley para flexibilizar la portación de armas «en manos de ciudadanos decentes –aclaró– para enfrentar la inseguridad», una gesta enlazada a su admiración por el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro. A la vez, el feminismo es una fuente inagotable de mala sangre para él, ya que lo considera una forma de «adoctrinamiento marxista». Sí, ese es su lenguaje.

Gabriel Carrizo

Según algunos asistentes a la accidentada asunción de Massa, el bueno de Sánchez observaba los incidentes desde una esquina.

Y no es un hecho menor que también haya estado allí nada menos que Sabag Montiel.

Dos semanas después, la tríada formada por RF, ND y los JR arrojó las recordadas antorchas sobre la Casa Rosada. Esa vez Sabag Montiel no fue de la partida, Aunque sí su amada Brenda.

Pero volvamos al 28 de agosto. Fue un domingo inolvidable, ya que en la esquina de Juncal y Uruguay no faltaba nadie; a saber: Sabag Montiel en su puesto de copitos; Brenda pululando a su alrededor y Gabriel Carrizo no lejos de ellos. Ahora bien, allí también se encontraban Sosa y Guerra. Al principio, entre el gentío y, después, gozando del paisaje callejero desde el ventanal de un departamento situado en el último piso del edificio de CFK. La anfitriona: nada menos que su «vecina libertaria», doña Ximena de Tezanos Pinto.

Guerra documentó su presencia allí con dos tuits subidos aquel día.

¿Acaso esa mujer es un personaje clave de esta historia? De hecho, fue ella quien supo «marcar» el domicilio de la vicepresidenta durante las marchas opositoras iniciales, durante la pandemia.

Sin embargo, para la jueza federal Eugenia Capuchetti y el fiscal Carlos Rívolo, ella es apenas un personaje pintoresco. Por ahora.

Cabe destacar la prudencia de semejante dupla procesal. Por lo pronto, Sosa, Guerra y Pizarro siguen en libertad. Un milagro del «garantismo».

Tiempo Argentino