Oscuridad vencida

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por José Lezama Lima

Diario de la Marina, 23 agosto 1958.

Los más antiguos aquietamientos sabios se impregnaban de lo oscuro al ir cortando los fragmentos de sus metamorfosis. En el mundo católico la dormitionem recibía lo oscuro para hacer más asombroso el parto sobrenatural. Cuando la desconocida razón celeste le quería hablar a un pastor, para enviar el dictado de lo oscuro, lo mandaba con poderoso sueño a los pies de un árbol de amistosa pesadumbre. Los jugos de las raíces, proporcionalmente extendidos, pasaban al sueño del pastor. Al descargarse el terrible lenguaje de lo oscuro, encontraba en aquellas prestadas raíces, hilos conductores de la nueva energía que se desplazaba, carretes donde lo melodioso de nuevo aguardaba.

El hombre actual olvida que si no tiene oscuro, no puede tener iluminaciones. La terra aliena, la extraña tierra, que aparece en uno de los salmos de David, tiene sus derruidas torres enceguecidas por presagios oscuros, de pronto una fulguración, y escribe una tiza invisible, fosforan sentencias de frente hendida. Se recoge entonces una claridad que tiembla. Su temblor lo lleva a ocultarse, y entonces, desaparece. Si en el valle abierto a la mañana regalada, se soltase un cometa escriturario, los ojos encandilados en la grasa de la luz, pudiéramos decir, no percibiría la desigualdad creadora de las dos densidades. El hombre de hoy suelta su razón en un valle demasiado encandilado, pero lo oscuro viene a nuestro sueño, el sueño camina hacia el árbol, y el árbol cuadra su mágica ración de nocturno estelar.

Algunos burlados creen que lo sencillo se enemista con lo oscuro. Salgámosle al paso con una fabulilla. El ruiseñor y el cuclillo decidieron remontar su canto en competencia de agudas delicias. Sea el asno el mejor árbitro —dijeron ambos, esperando el laudo sin malignidad protestataria—. «El ruiseñor, dijo el asno, canta bien, pero para una canción sencilla prefiero al cuclillo». El asno, como siempre, aumentando la confusión con su alianza con la sencillez, publicando su fallo contra el ruiseñor. Malintencionado que en sí mismo se enreda y decae, pues el canto del ruiseñor comprende al del cuclillo; las notas graves comprenden las agudas, nada iguala un divertimento bachiano sobre el café o sobre el tiempo de la alegre incorporación. La cabezota del Polifemo, o la totalidad de los sentidos en las grandes fiestas de las Soledades, entrañan las letrillas zumbantes, que como abejas regordetas escupen miel rosada.

Si unimos a Guido Cavalcanti, Ausias March, Maurice Scéve, John Donne, en lo que pueden ser motejados de oscuros, con distintos grados de densidad, precisamos que sus lectores, pueden ser los más distinguidos cortesanos, o estudiantes que versifican cuando la hija del tabernero inaugura unos zarcillos, los distingos de un silogismo de Duns Scotus sobre «la razón desarreglada». Con una apresurada lectura de la Metafísica de Aristóteles, sobre todo su genial concepto del tiempo que pasa a Hegel y a Heidegger, con cuatro diálogos platónicos, donde desde luego no faltará el Parménides. Con algunas añadiduras de Plotino sobre la sustancia y el uno; con los símbolos de Homero pasados después a la tragedia griega. Con el Livre du tresor, de Brunetto Latini, unido al Speculum historiale, ya está el afanoso de la voluptuosidad métrica, en placentera potencialidad para saborear una canción medieval, un soneto del renacimiento florentino, o una ingenua aglomeración escolástica que se quiere sensibilizar, o una súmula de saber infantil, regida por un pulso que no se abandona a la placidez oficiosa, en Maurice Scéve. Nuestro catador de poesía medieval o renacentista, podrá saborear esos aparentes calembour, porque estaba en posesión de veinte librillos, incorporados a una memoria creadora, que acompañaba las sílabas misteriosas, como el diseño de un perro en una constelación.

Esos tesoros que acompañaban al buen lector de aquel buen tiempo, en el nuestro se han sumergido en un lector impetuoso, imantado por una densidad que lo burla, con una variable corriente nerviosa, que le impide seguir la línea del vuelo de un punto conceptual. Se abandona ese lector a una curiosidad desacorde, donde la arrogancia de la variación no se acompaña de un mirador, de una perspectiva central que le permita integrarse en las interrogantes espirales de la perdiz. El pequeño arsenal de erudición voluptuosa poseído por aquel lector prerrenacentista, en el hombre de nuestros días se ha perdido en lo extenso sin signos, y las extrañas emanaciones de su saber tienden a volatizarse tan pronto se enfrenta con la sentencia poética.

Si acudimos a un texto contemporáneo de poesía, peculiarmente señalado por los vulgares como oscuro, los Cuartetos, de Eliot, lo primero que nos preguntamos es a qué se debe la quejumbre de los lectores que le acuden, pues aun sus copiosos glosadores, señalan que con alguna lectura de Bergson, de San Agustín, de la «Noche Oscura», o de «La subida al monte Carmelo», de San Juan de la Cruz, el Bhagavad Gita, y la simbólica de la tabla del Tarot, y todas las demás curiosidades y disciplinas que cualquier debe conocer, amar y repasar, aunque no sea particularmente un letrado en total, con los mismos veinte libros, que aquel donoso catador de versos prerrenacentistas disfrutaba de un soneto amoroso, porque había leído en su adolescencia el Fedro. Si un lector apresurado de nuestros días, no quiere demorarse dignamente en esas pruebas, que no son muchas, pero sí tal vez imprescindibles, puede dedicarse entonces a las excrecencias dejadas por un treno de profético individualismo, o a los más benignos y arcádicos disfrutes de la inocencia o de otros productos naturales.

(De: Vuelvan crepúsculos y flautas)