Palestina: el Bien contra el Mal

Por Hugo Aboites*

Foto: El primer ministro israelí Benjamín Netanyahu estrecha la mano del presidente estadounidense Joe Biden. Jim Watson/AFP.

En septiembre de 1993, en el jardín de la Casa Blanca, el presidente Clinton miraba satisfecho cómo el presidente de Israel, Rabin, y el líder palestino, Arafat, firmaban un acuerdo de paz destinado a cambiar el curso de confrontación que hasta entonces había prevalecido en la región. El acuerdo, además de introducir un elemento pacificador, incluía la devolución a los palestinos de terrenos de la ribera occidental del río Jordán y apuntaba a la creación de dos estados, en seguimiento del acuerdo de la ONU. Sin embargo, dos años más tarde, la derecha (Likud, donde destacaba Netanyahu) denostaba a Rabin por su postura, y poco después (1995), el presidente israelí moría asesinado a manos de un extremista judío. Netanyahu se convirtió luego en primer ministro (1996), Israel retomó una actitud dura contra los palestinos y, por el otro lado, se fortalecieron las organizaciones más extremas.

Hoy los actores principales son otros, Biden y Netanyahu, sin palestinos, y a pesar de algunas diferencias superficiales por la radicalidad del segundo, los intereses comunes los han vuelto a acercar. Ahora, el primer ministro de Israel conversa varias veces con Biden (a quien llama «Joe»), pero más allá de la estructural alianza de Estados Unidos con Israel y la urgencia del momento, hay otras circunstancias vinculantes. Netanyahu vivió años –aunque con intermitencia– en Estados Unidos (preparatoria y estudios en el MIT y Harvard), judío secular y experimentado militar en acciones especiales del ejército israelí. A su vez, Biden es descrito por el diario New York Times como «un presidente que ha pasado toda su vida inmerso en rituales y prácticas cristianas… es el comandante en jefe más devoto a su religión que se ha visto en medio siglo, asiste con frecuencia a misa y habla sobre cómo su fe católica es la base de su vida y sus políticas.» Pero, además, se autonombra «sionista» y describe a Hamas como «el Mal en su forma más pura» (fuerte combinación medieval de religiosidad y belicismo (NYT, 27/01/2021), (www.trt.net.tr/espanol/mundo/2016/11/11/soy-sionista-pero-para-esto-no-hace-falta-ser-judio-609022) y (Portal NBC News, 11/10/2023).

Desde esta perspectiva se deshumaniza al contrincante, pues es el demonio, un «humano animal» y su erradicación total se convierte en la única opción para que impere el Bien. Las historias de buenos y malos pueden parecer un rasgo inocente de la cultura de Hollywood, donde los primeros siempre triunfan, pero desde esta visión no hay acuerdo posible; la única salida es aniquilar a la maldad. Sin embargo, los que inmediatamente resultan objeto de la venganza atroz son casi siempre inocentes. Así, en la actual hora de la venganza, el Mal a exterminar son personas, seres humanos, millones que absolutamente no tienen participación en la maldad ni culpa alguna, y ya comienzan a ser masacrados.

Pero más problemático aún, quienes combaten al Mal, educan. Con el ejemplo –visible ahora mundialmente– enseñan no sólo que la manera adecuada de proceder es la violencia indiscriminada de los buenos, sino transmiten también la visión religiosa de que, en último término, el mundo es el escenario donde fuerzas que no están a nuestro alcance, las del Bien y del Mal, se enfrentan. El mundo entonces es como es, porque hay personas que asumen el Mal, son malas, egoístas. Y se busca que el Bien triunfe sobre ellos. Esta visión, muy popular, además de que es sumamente bélica, tiene el enorme problema de que impide a niños y jóvenes pensar al mundo como un conjunto de estructuras, relaciones, conocimientos y visiones, todas creadas por otras personas iguales al observador y que todos estos dispositivos son susceptibles de modificación. Sin embargo, con frases contundentes como «siempre habrá pobres» se impide ver que la pobreza y la desigualdad, la subordinación y la marginación son productos concretos de relaciones que pueden ser transformadas por los propios actores sociales.

En eso consiste, de paso, el proyecto y el mandato de la educación laica. Ésta no debería ser sólo ausencia de enseñanza religiosa en las escuelas, sino una acción constante y colectiva de maestros y estudiantes para la construcción de visiones y prácticas que muestren al mundo, a la familia, la ciudad, el país, y a la escuela, la universidad como estructuras accesibles a modificaciones profundas, que pueden llevar a cabo sus propios actores para que los cambios se adecuen a las necesidades de emancipación de las y los estudiantes.

En países como el nuestro existen muy pocos espacios sociales abiertos al conocimiento sistemático de y para las mayorías: sólo las escuelas e instituciones de investigación y docencia avanzadas. Y prácticamente están estructuradas y funcionan de acuerdo con la visión jerárquico-religiosa del orden superior diseñado por los buenos para evitar sorpresas de potenciales malos. En la UNAM, el IPN, la UAM… y miles de escuelas.

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La Jornada