Palestina y las palabras prohibidas

Por Maciek Wisniewski

Imagen: Un niño palestino mira a una mujer llorando por las muertes de su familia, durante bombardeos israelíes en Gaza | AFP

Los malpensados que siempre sospechábamos que The New York Times (NYT), uno de los principales periódicos de Estados Unidos y del mundo, debía tener alguna directiva interna respecto a la manera con que desinforma y tuerce la realidad sobre Palestina y su lucha, acabamos de ser, pongámoslo de este modo, «reivindicados». La semana pasada se filtró el memorando interno de NYT que instruye a sus periodistas evitar ciertos términos y les enseña explícitamente cómo describir la violencia de Israel contra los palestinos. Algo que desde hace décadas estaba en plena vista (bit.ly/3UADald) se volvió aún más explícito con la guerra en curso.

Redactado para la supuesta «claridad» y «para mantener principios periodísticos objetivos» (sic), el memorando prohíbe el uso de ciertas palabras y terminologías que describen con precisión la suerte de Palestina. A pesar de que, desde el punto de vista del derecho internacional, desde 1967 Israel ocupa brutal e ilegalmente el territorio palestino: Gaza, Cisjordania y Jerusalén Oriental, el «territorio ocupado» está prohibido (así, por ejemplo, NYT habla de cómo Israel «‘supervisa’ a Ribera Occidental»). A pesar de que como país Israel fue fundado en la limpieza étnica (Nakba) o después de la invasión a Gaza ésta se volvió un objetivo explícito, la «limpieza étnica» está prohibida. A pesar de que los políticos israelíes una y otra vez declararon sus intenciones genocidas y la Corte Internacional de Justicia dictaminó que existe «plausibilidad del genocidio en Gaza», el «genocidio» está prohibido (bit.ly/3wcZRlZ).

La guía prohíbe también hablar de «campos de refugiados» en Gaza, donde estos son de larga data, al punto de que toda la franja es, en efecto, un gran campo de refugiados y sus ascendientes expulsados por los asentamientos israelíes, todo con el fin de desdibujar su origen y negar su derecho de retorno. Aconseja también –desde luego–, usar la palabra «terrorista» a todo –no «combatiente» y no «militante», términos que… «pueden confundir a los lectores» (sic)–, aunque permite «ciertas variaciones», menos respecto –desde luego– de los repetidos ataques de Israel contra civiles palestinos u objetos civiles, como hospitales, escuelas o refugios de la ONU. Así, el control lingüístico al servicio de la «claridad» y «equidad» según NYT.

Pero la máxima muestra del inequívoco abrazamiento de la narrativa y la propaganda israelí (hasbara) preocupada tradicionalmente por borrar cualquier vestigio de Palestina, es la explícita prohibición del uso del propio término «Palestina», sea respecto al territorio o al Estado, «excepto en casos muy raros, como cuando la Asamblea General de las ONU elevó a Palestina a la categoría de Estado observador no miembro o en referencia a la Palestina histórica».

¿Cui bono?, uno podría preguntar, aunque a estas alturas la pregunta es bastante retórica.

Toda la prohibición de las palabras que describen de manera verídica la realidad de Palestina (ocupación, limpieza étnica, desplazamiento, segregación etcétera) está calculada a oscurecer el origen y distorsionar la naturaleza del conflicto a fin de asegurar el apoyo unificado a una parte (Israel). Además, el control y el «rebajamiento» del lenguaje están pensados para tener consecuencias reales en la aplicabilidad del reconocimiento y del derecho internacional. El reciente veto de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad de la ONU para admitir a Palestina como miembro pleno o la negativa de Washington a reconocer la aplicabilidad de las convenciones de Ginebra a Gaza (para que no se persiga a los políticos israelíes por crímenes de guerra y/o lesa humanidad) son buenos ejemplos.

Todos los, característicos para NYT, titulares (mal)redactados en voz pasiva torciendo las reglas gramaticales, frutos también del dicho memorando, en los que los palestinos «mueren» (solitos) y de los que nunca se sabe quién los mató −mientras, por ejemplo, los israelíes siempre son «asesinados» y/o «masacrados horriblemente» (bit.ly/3y0TsL3)−, están puestos igualmente al servicio de la deshumanización y de la devaluación rutinaria de las vidas palestinas. En una ocasión la revista satírica The Onion, había bromeado que «NYT inventó todo un nuevo sistema numérico para (no) hablar de las muertes palestinas en Gaza» –hasta hoy, 34 mil, incluidos 14 mil niños–, aparentemente inventó también una nueva sintaxis. En noviembre, el editor de poesía de ese diario dimitió de hecho en protesta contra este tipo de torceduras del lenguaje respecto a Gaza.

Hace unos años Frédéric Lordon criticó con razón los medios mainstream por su falsa obsesión con el fact-checking, las fake news y la «posverdad», viéndola como una manera de tapar su propia responsabilidad en el auge de las fuerzas de la extrema derecha que las diseminaban (bit.ly/3UgeUDB). Como demostró la guerra en Gaza, la situación de hoy es mucho más radical, pero a la vez mucho más parecida a lo que ocurría hace 20 años, cuando los principales medios estadunidenses, con el NYT a la cabeza, mentían descaradamente sobre las «armas de la destrucción masiva» para justificar la invasión a Irak. Hoy hacen lo mismo –los «reportajes» de NYT sobre las «violaciones masivas de Hamas» son un buen ejemplo (bit.ly/3WiDczs)–, moldeando la realidad e ignorando las «verdades fácticas» que hace poco tanto aseguraban defender, con una mezcla de prohibiciones y narrativas falsas, demostrando que el apego a la verdad –las fake news israelíes sobre los «bebés decapitados» o «niños en microondas» repetidos hasta hoy día por los políticos estadunidenses (bit.ly/3wlvxpc, bit.ly/4bgRFA9) jamás fueron verificados por NYT– nunca ha estado en su agenda.

Con información de La Jornada (México)