Paradojas de la política

Un premier abstemio en Gran Bretaña y una señora que es todo un señor en Italia

Por José Fernández Vega

Liz «La Breve» Truss y su ministro Kwasi Kwarteng.

Con ínfulas de revivir los viejos buenos tiempos de la Dama de Hierro Margaret Thatcher, la ex premier tory Liz Truss aceleró a fondo y chocó frontalmente contra el muro de la City de Londres en menos de un suspiro. Debe haber pocos antecedentes de un gobierno que de inmediato les ofrenda todo a los ricos y estos le bajan el pulgar automáticamente. Nacida en Oxford, educada en la universidad de ese pueblo, ministra de las tres últimas administraciones conservadoras (en la del simpático Boris Johnson estuvo a cargo de la cartera de Mujer e Igualdad, nada menos), Liz convocó a un economista negro para proponer una drástica reducción de impuestos a los privilegiados. Pasó a la historia como «la breve», puesto que en la historia del Reino Unido no se registra otro gobierno que hubiera durado apenas 45 días.

La pretenciosa segunda Dama de Hierro se reveló de un material más endeble que la hojalata. El descalabro financiero que saludó sus concesiones es apenas concebible; el Banco de Inglaterra tuvo que intervenir con decisión para evitar el colapso. Los italianos susceptibles se ofendieron, el orgullo nacional ante todo, por una irónica portada en la que The Economist retrataba a la primera ministra con una contundente lanza de cuatro puntas plasmada en un tenedor con spaghetti; su escudo de gladiadora es una pizza que evoca la bandera, pero a la que le falta una porción.

La italianización del régimen británico puede interpretarse de muchas maneras. En algún sentido es más grave que las sucesivas comedias que se representan, a velocidades variables, en el bel paese. Si en Italia la inestabilidad de los gobiernos y el conflicto entre el norte y el sur forman parte del folklore político tradicional, en Gran Bretaña la desintegración estatal está en la agenda y se agudiza con el tiempo. Escocia volvió a reclamar un referéndum para abandonar la Unión. En Gales se agitan los demonios secesionistas. Irlanda del Norte, tras el Brexit, tiene problemas para definir sus relaciones fronterizas con el país del sur, que permanece en la Unión Europea. Pocas semanas atrás recrudecieron las huelgas y las protestas por el aumento de los alimentos y de la energía en Gran Bretaña.

Un bronceado especial

A la señora Truss le sucede otro conservador, Rishi Sunak, quien encarna una serie de excepciones al poder blanco y cristiano que controla el régimen británico y desde luego no solo ese. Muchos progresistas celebran el hecho de que un hijo de una familia de la India, con un bonito bronceado según un comentario racista de un elector de su antiguo distrito parlamentario, haya logrado alquilar un turno en Nº 10 de Downing Street, la sede londinense del primer ministro.

Su adinerada familia se asentó en Inglaterra y antes vivió en África; él se formó en los mejores colegios y contrajo matrimonio con la heredera de una fortuna india que supera a la del monarca Charles III, lo que es un decir. Sunak reúne otras dos particularidades excepcionales. En primer lugar, es el primer gobernante abiertamente abstemio de Gran Bretaña. Si los marxistas no valoraran suficientemente ese dato material, un columnista subrayó en The Guardian otro detalle singular que los compensará: Sunak es el primer jefe de gobierno que ha sido banquero de inversión. En eso se equipara al republicano francés Macron, quien forjó su mentalidad con los Rothschild. Menos tradicional, Sunak trabajó para Goldman Sachs durante 14 años.

De la mano del premier de raigambre asiática, la City fijó domicilio en el Nº 10 de Downing Street por primera vez sin mediaciones. Sunak no tendrá un latín fluido como el lumpen exquisito de Johnson ni proviene de una familia de comerciantes como la buena de Thatcher, tan aficionada al whisky como Galtieri, pero sitúa al Reino Unido al tope de la diversidad noratlántica.

La señora es todo un señor

Los vendedores de diccionarios agrupados en la organización que lleva el ostentoso título de Real Academia Española, cuyos dictámenes dejan sin cuidado a 400 millones de hablantes, tendrán problemas en interpretar una resolución de la Presidencia de Ministros de Italia ahora a cargo de Giorgia Meloni, primera mujer en acceder al cargo en el país. Como parte de sus posiciones antifeministas, decidió que la llamaran «Señor Presidente del Consejo de Ministros». Fue una de sus inaugurales medidas de gobierno.

Antes de que Macron la abrazara en ocasión de su asunción como primera ministra (o Señor Presidente del Consejo de Ministros según se autopercibe), la onoverole Meloni fulminó al ex banquero de inversión Macron cuando este le reprochó su política anti-inmigratoria acusándolo de colonialista.

El reproche evoca aquel de la última dictadura argentina que respondía a las críticas sobre los derechos humanos del gobierno de Estados Unidos arguyendo que harían mejor en preocuparse por el racismo vigente en ese país. Ambas partes tenían razón, solo que la posición moral de cada una no inspiraba mucho respeto. Meloni tampoco tiene ningún interés en acabar con el colonialismo ni en asistir a África, como propone, para que se vuelva un continente vivible y deje de expulsar población. Pero identifica bien el problema ajeno tal como los jerarcas argentinos de la dictadura o sus contemporáneos del Departamento de Estado.

Meloni también caracterizó correctamente el problema propio, y por eso ganó su puesto. El historiador inglés Perry Anderson reprochó a las nuevas izquierdas europeas por levantar un programa menos radical que los que agitan las derechas. Eso explicaría que las segundas superen a las primeras en todas partes. Pero las críticas contra el neoliberalismo que mutila a las poblaciones y que permitió que un personaje como Meloni pasara súbitamente de la marginalidad al centro del poder italiano tienen sus límites. Ella (o él, después de todo parece la primera activista trans que opera desde la cúpula de un Estado) desplazó a otro banquero, Mario Draghi –el hombre que salvó al euro, la estrella del capitalismo europeo–, pero está constreñida a aplicar las mismas políticas porque depende del dinero de Bruselas y de los programas que adjunta. Más temprano que tarde caerá víctima de aquello que criticó y la llevó a la cima. Si Draghi terminó rápidamente fulminado, ¿qué futuro le espera a Meloni, cuyo sustento es apenas demagogia?

¿Para qué?

Las tribulaciones europeas tienen un reflejo local. El empresario de negocios con el Estado Mauricio Macri anunció en un libro escrito por sus ayudantes de cámara un plan de guerra civil. Sus divagaciones extremistas asustaron a la clase dominante, que no quiere saber nada más de un meritocrático hijo de papá que los empobreció. Coinciden en su propósito general aunque se alarman sobre las dificultades de llevarlo a cabo sin que la estabilidad de sus negocios peligre. Además, saben por experiencia que el escritor fonoaudológicamente sostenido solo benefició a su rojísimo círculo íntimo durante su gobierno.

Este ejemplo vernáculo resulta significativo porque combina aspectos europeos. Macri resulta un personaje tan serio como Johnson, pero apenas habla castellano y hace menos gracia. Aplicó de inmediato políticas de shock que beneficiaron al establishment aunque consiguió durar más que la breve señora Truss, detenida en seco por una clase dominante con cierta conciencia de clase. Es un niño rico como Sunak, si bien su educación fue inútil. Lanza propuestas maximalistas de derecha como Meloni sin llegar a conectar con el comprensible resentimiento de las clases más bajas contra la política y la izquierda caviar que las ignora.

Las distorsiones inauditas de la política contemporánea quizá se cifran en este informe de la BBC sobre las publicidades de los partidos para las elecciones de medio término en Estados Unidos. Pareciera que la alternativa es «armas o aborto». La violencia y la agresividad constituyen el tema explícito, así con el individualismo extremo que subyace. En las producciones, según se nos informa en este video, se gastaron 6.000 millones de dólares, lo que da una idea de la importancia que revisten los aportantes y la insignificancia de los votantes en la democracia más antigua del planeta.

(El audio está en inglés, pero las imágenes, sobre todo las de los spots republicanos, son visualmente elocuentes; los demócratas, por su parte, ponen a una señora madura que sostiene que las mujeres son dueñas de su cuerpo y en otro video unos policías van a detener a una pareja «muy normal» porque ella se realizó un aborto.)

Vida y muerte

Armas y aborto, vida y muerte: la política parece haber llegado a su grado cero, a su esencia misma. Ya no se discute sobre inflación, salarios, condiciones de trabajo, impuestos, asuntos materiales, problemas de gran envergadura en Estados Unidos, el país desarrollado más desigual del planeta. El gran tema de la igualdad tomó otro cariz, vinculado al enorme capítulo de las libertades. En el siglo XVII el gran teórico inglés Thomas Hobbes explicó que en ausencia del Estado reinaba una especie de igualdad bestial derivada de la posibilidad de que cualquiera podía matar a cualquier otro; en ese sentido todos somos iguales puesto que podíamos liquidar y ser liquidados. Los republicanos de extrema derecha quieren esa libertad, esa igualdad, y ninguna otra. Por otro lado, en el siglo XX la cuestión del aborto contrapuso los efectos de una relación sexual para hombres y mujeres: estas podían quedar involuntariamente embarazadas mientras aquellos no sufrían mayores consecuencias. No había igualdad en ese vínculo. Las mujeres quieren igualdad para sus vidas; los conservadores les reprochan que quieren matar otra vida.

Se podría pensar que situar al aborto en el centro de una campaña política mientras cruje la economía por la inflación y el empobrecimiento popular era una pésima idea, propia de una clase media acomodada y autocentrada. Lo que arrojan los resultados electorales de Estados Unidos de esta semana es algo distinto. Hasta el momento parece que hubo dos motivos centrales en la desilusión republicana por destruir al gobierno del demócrata Biden (o lo que queda de él). En primer término, el susto que provocó en el electorado moderado el radicalismo delirante de los republicanos MAGA (el acrónimo del lema de Trump: Make America Great Again). En segundo lugar, la repulsa popular a las políticas antipopulares de lo que podríamos llamar la «clase judicial» (así como se habla de «clase política») con sus intentos de eliminar el derecho al aborto adquirido por las mujeres en los años ‘70.

Debemos esperar todavía datos cruciales para comprender mejor los resultados de esta elección de medio término en Estados Unidos: el porcentaje de participación, la discriminación del voto femenino, del masculino y de la juventud, las inclinaciones de las minorías, etc. Biden quedó tocado, sin duda, pero no hundido. Es una buena noticia interna, dadas las circunstancias y la ofensiva antipopular que se avecinaba, pero no necesariamente es estimulante en el plano internacional. Del mismo modo, la victoria de Lula en Brasil implica un efecto internacional considerable, pero genera muchas dudas sobre sus beneficios locales en vista de las constricciones institucionales que deberá enfrentar en los poderes estaduales, municipales y parlamentarios, que le son adversos.

La política siempre estuvo lleno de paradojas. Posiblemente vivamos en un tiempo saturado de ellas. El contexto la vuelve compleja, confusa; pero las opciones se simplifican: la vida o la muerte.

El Cohete a la Luna

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