Paraísos artificiales

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por José Ovejero

El hombre buscó el timbre sin encontrarlo. Llevaba pantalones de explorador, de color caqui, a los que había quitado la parte inferior de las perneras, lo que permitía ver sus piernas salpicadas de picaduras de mosquito, varias de ellas infectadas. Llevaba también un chaleco a juego, con numerosos bolsillos cerrados con cremallera, sin camisa ni camiseta debajo. En los brazos desnudos se veían más picaduras, alguna del tamaño de una moneda de dos euros. Las botas de trekking eran demasiado pesadas y gruesas para el clima de Madagascar, al menos para el de la costa. Levantó los cristales de sol que llevaba acoplados a sus gafas graduadas e inspeccionó los dos pilares de ladrillo amarillento que flanqueaban una verja de metal por la que se accedía a un jardín rodeado de un muro de dos metros de alto, también de ladrillo.

Se encogió de hombros en dirección a su mujer; ella llevaba un vestido muy ligero, probablemente de seda, con flores azules estampadas sobre fondo blanco, y sandalias anatómicas; se había quedado a unos pasos de distancia, vuelta hacia la carretera. Para ella viajar era eso: quedarse parada preferentemente en una carretera o un mercado y contemplar a la gente durante sus actividades cotidianas. No necesitaba más aventura que la de descubrir pequeñas diferencias en las formas de vida: la escasez de plástico, la costumbre de acarrear el agua en troncos seccionados de bambú, que en algunos poblados no tuviesen espejos —¿cómo te cambia no verte nunca a ti misma, salvo reflejada únicamente en la mirada, de aprobación o desagrado, de los demás? Probablemente las mujeres de esos poblados llevarían con más facilidad que ella los síntomas de envejecimiento, le había dicho unos días atrás a su marido, y a él le había entristecido la confesión—. Los medios de transporte también la fascinaban, cosa rara en una mujer; en ese momento examinaba con atención el motor de un camión que se había recalentado y estaba al borde del camino con el capó abierto, lo que le recordó los cocodrilos que habían visto días antes a la orilla de un río.

—No hay timbre. ¿Tú crees que será aquí?

La mujer se alejó del camión y se dirigió a unos niños vestidos con el uniforme rojo de colegiales que hacía rato los contemplaban cuchicheando. Habló con ellos en francés, con fuerte acento inglés.

—¿Sabéis si vive aquí un alemán? Se llama Werner.

Lo niños se rieron; eran un chico y una chica, debían de rondar los diez u once años. Tenían un ligero parecido, pero no el suficiente como para que el hombre extrajese conclusiones. La niña acercó la boca al oído del niño, tapándose con la mano para que los extranjeros no los escucharan o, quizá, para despertar su curiosidad. Se echaron a reír casi sin hacer ruido, una risa tan secreta como sus cuchicheos.

El hombre se volvió hacia la carretera y miró en las dos direcciones. Pasaban camiones y carros, todos ellos cargados de frutas, maderas, muebles viejos, pasajeros amontonados en la superficie de carga. Pero la mayoría de la gente circulaba a pie, al parecer sin ser conscientes del peligro que suponían los camiones, que avanzaban dando bandazos para evitar los numerosos baches del pavimento. Unos días antes, cuando iban en taxi a Mananjary, habían visto a una mujer muerta en el borde de la carretera, con la cabeza en un charco de sangre; un soldado medía con una cinta métrica la distancia entre el lugar del accidente y el lugar en el que se encontraba parado el camión que atropelló a la mujer; aún se veían las huellas del frenazo en el pavimento. El taxista condujo muy despacio al llegar a la altura del cadáver y les preguntó insistentemente si no querían detenerse a mirar; no entendía que no sintiesen deseos de hacerlo y se puso de mal humor cuando le obligaron a continuar el trayecto.

—Pues ahora a ver cómo volvemos.

—Andando —dijo ella.

Él sacudió la cabeza. Eran diez o doce kilómetros hasta Manakara y no tenía ganas de hacerlos a pie. Volvió a inspeccionar los alrededores de la puerta buscando un timbre, o al menos un nombre que le confirmase que se encontraban ante la casa que buscaban.

La niña pasó a su lado, haciendo como que desfilaba en una parada militar. Se detuvo a un lado de la puerta de hierro, metió la mano entre las rejas, y del otro lado hizo un movimiento hacia abajo y hacia arriba. Sonó una campanada.

El hombre se acercó a donde estaba la niña. Junto a la puerta, por dentro de la tapia, colgaba una cadena enganchada a una pequeña campana.

La niña volvió desfilando, a paso de ganso, hacia donde estaba el otro chico. De nuevo cuchichearon entre risas mirando a los extranjeros.

Una mujer apareció en el fondo del jardín y caminó hacia ellos con desgana. Era una malgache de rasgos asiáticos pero piel muy oscura, una de las múltiples mezclas posibles en la isla. Abrió la puerta y casi no les miró. Únicamente se dirigió a los niños haciendo con la boca ts, ts, y moviendo un brazo al mismo tiempo como para espantar gallinas. Se dio media vuelta e hizo una seña con la cabeza que podía interpretarse como dirigida a los extranjeros.

La inglesa se acercó a su marido, lo enlazó por el talle y lo empujó hacia el interior. Él volvió a encogerse de hombros. Guiñó un ojo a los niños: el chico se subió a la parte inferior de la puerta; una plancha metálica oxidada sobre la que apoyaban las rejas. La niña se puso a abrir y cerrar la puerta con su amigo encima. De pronto se habían quedado muy serios.

Siguieron a la malgache por un jardín descuidado. Tuvieron que sortear un gran charco causado por el agua que salía de una manguera tirada en el suelo; alguien debía de haber olvidado cerrar el grifo. Subieron unos escalones que llevaban a un cenador; en el centro había cuatro sillas y una mesa. Los visitantes se quedaron de pie, sin saber qué decir, ligeramente incómodos con la situación.

—Mi marido saldrá ahora mismo —dijo la malgache en francés, y desapareció en dirección a la casa. El hombre se fijó en que detrás de la casa había una gran antena de radiotransmisión.

La mujer fue a asomarse a una tapia que limitaba el cenador por un lado; se encontraban a tres o cuatro metros por encima de una playa desierta. El cielo estaba gris. Había marejada.

—Qué pena no poder bañarse uno nunca en este país, ¿verdad?

—Sí.

Lo dijo por decir. A él los tiburones no le molestaban. Al contrario, le ofrecían una buena excusa para no tener que meterse en el agua. No le gustaba nadar, pero ella siempre le insistía en que se bañase, aunque sólo fuese para acompañarla. ¿Para qué? Nada tú sola. Pero ella ponía un gesto infantil, tiraba de su mano, anda, que sola me aburro. En Madagascar pasaban horas muertas sentados en la playa, sin discusiones innecesarias.

—¿Has visto esto?

El hombre cogió del suelo una semilla del tamaño de un puño. Había decenas desparramadas en una esquina del cenador. Ella no se volvió. Siguió mirando el mar.

—Ach, Kinder[1].

Werner entró en el cenador. Se frotaba las manos como para eliminar alguna suciedad. Era bastante corpulento, al menos de cintura para arriba. Tenía un tronco ancho y pesado, que parecía no pertenecer al mismo cuerpo que unas piernas más bien cortas y algo arqueadas, piernas infantiles. Llevaba una camisa de flores, unos shorts verdes que le llegaban a la rodilla, sandalias de goma y calcetines blancos. Tenía las piernas y los calcetines salpicados de barro. Quizás era él quien había estado regando.

Se dieron la mano y también la mujer dejó su observatorio para ir a sentarse a la mesa.

—¿Qué queréis beber?

—Una cerveza —pidió el turista.

Ella le hizo un gesto mezcla de sorpresa y reconvención que le empujó a consultar el reloj; aún no eran las diez de la mañana.

—Yo un vaso de agua —dijo ella.

Werner pronunció en voz alta un nombre que no entendieron. Quizá no era un nombre sino una palabra en malgache. Apareció la mujer que les había guiado a través del jardín. Era, fácilmente, veinte años más joven que su marido. No era guapa; tenía un rostro vulgar y cuerpo más bien rechoncho, pero se notaba de todas maneras la diferencia de edad.

La turista hizo un gesto de entendimiento a su marido. Desde la llegada a Antananarivo, más bien, desde que la primera noche bajaron a cenar al restaurante del hotel Sakamanga, donde se alojaban, habían observado y comentado que casi todos los blancos iban acompañados de mujeres indígenas mucho más jóvenes. Incluso habían tenido una pequeña pelea porque a ella le parecía asqueroso que unos viejos se sirviesen de su dinero para comprar a las mujeres. La explotación sexual era para ella el crimen más repugnante. Pero su marido comentó que había otra manera de verlo: había que entenderlo como un contrato no escrito, en virtud del cual los dos contratantes obtenían lo que necesitaban; ellas seguridad y bienestar; ellos sexo y belleza. No era más inmoral casarse con alguien porque es joven y hermoso que hacerlo porque es rico. Ellos se deshacían de sus esposas cuando éstas envejecían y ellas abandonaban a sus maridos si quebraban o caían gravemente enfermos. «Es así —dijo—, un contrato como otro cualquiera.» «Eres un cínico, Jim. ¿Tú lo harías? ¿Estarías con una chiquilla que sabes que sólo se acuesta contigo porque te necesita?» «No, mujer, no lo haría.» Pero ella le miró con desconfianza y estuvo irritable todo el día siguiente.

Mientras tanto Werner había pedido a su esposa o compañera que les llevase la bebida. Ella no respondió, se dio la vuelta y regresó poco después con dos botellas de cerveza y una de agua mineral.

—¿Y los vasos? —Werner sacudió la cabeza contrariado y guiñó un ojo a los visitantes con una confianza algo sorprendente.

—Ach, Kinder —suspiró, como si la vida fuese realmente difícil de sobrellevar—. ¿Qué puedo hacer por vosotros?

La pareja de turistas pretendía atravesar la península de Masoala a pie, con porteadores que debía procurarles el alemán, dueño de una agencia de turismo de aventura. Eran cinco o seis días de marcha por la selva —quizá siete u ocho si llovía y se inundaban los caminos—. Sabían que sería duro, pero les apetecía mucho intentarlo. Aunque primero tenían que llegar hasta allí, quizá por el canal y después en taxi-brousse. La mujer escuchaba a su marido, pero no intervenía. Obviamente, era él quien había estudiado el trayecto.

Werner oyó sus explicaciones con la cabeza algo gacha, bebiendo cerveza. Otro de esos tipos, pensaba, que vienen a África para sentirse diferentes y se visten con ese ridículo atuendo de explorador pero que no sobrevivirían más de dos días solos en la selva; quieren ser aventureros intrépidos, correr algún riesgo, pero calculado, es decir, asomarse al riesgo sin correrlo verdaderamente, imaginar tan sólo cómo sería si…, y luego hincharán lo que hayan vivido, hablarán de la boa que se les metió en la tienda de campaña, pero no explicarán que las boas de Madagascar son inofensivas, contarán cocodrilos sin bajarse nunca de la lancha, inventarán peligros para justificar su aprensión.

—Eso es una tontería —dijo Werner bruscamente.

El turista interrumpió su discurso a media frase, preguntándose a qué se refería el alemán. La mujer dio un respingo, frunció las cejas. Pero ¿cómo se atrevía ese hombre?

—Ach, Kinder. —Werner levantó las manos mostrándoles las palmas como para detener la explicación; se golpeó con ellas los muslos—. Atravesar la península a pie en la estación lluviosa significa avanzar con el barro hasta las cejas mientras los mosquitos os comen vivos. Por no hablar de las sanguijuelas. Estaréis tan agotados que los porteadores tendrán que llevaros a hombros. De verdad, no podréis dar un paso. Y todo eso ¿para qué?

El hombre se revolvió incómodo en la silla. Fue ella quien respondió, en tono cortante.

—Para ver el país. La mejor forma es hacerlo a pie.

Werner sacudió la cabeza. Se rió cordialmente.

—¿Ver el país? Lo único que vais a ver es el suelo, porque tenéis que estar todo el rato pendientes de dónde pisáis. Mirad; os ofrezco algo más interesante: un billete de avión a Tamatave…

—En avión no se disfruta el paisaje.

—Ach, el paisaje. En África todo es paisaje.

Ella hizo un gesto de auténtica indignación, pero calló.

—Si yo entiendo lo que queréis; queréis salir de las rutas turísticas, viajar a rincones apartados, alejaros del rebaño. Yo haría lo mismo. Os hago una oferta que os va a gustar: compráis un billete de avión a Tamatave; desde allí, pongo a vuestra disposición un todoterreno para que no tengáis que pasar dos días como animales en la trasera de un camión, que es como se viaja en este país; después, con un guía, os adentráis en la selva, camináis unas horas por allí, viendo —sonrió— el paisaje, y los días que os habéis ahorrado los pasáis en una casa que tengo justo al borde del mar, en una playa increíble a la que sólo se puede llegar en barca, totalmente solos los dos, como Robinson Crusoe y Viernes, ¿eh? —Werner se rió—. ¿Qué os parece?

—No sé… —dijo él, consultando a su mujer con la mirada.

Ella negó con la cabeza, obviamente ofendida. Cuando iba a hablar, se escucharon unos chasquidos, luego una voz casi inaudible por las interferencias y la electricidad estática. Werner se levantó de la silla y descolgó de la pared un micrófono.

Mientras hablaba por radio, la pareja de turistas discutía en voz baja. No iban a aceptar su oferta de ninguna manera. «Todo es paisaje —se burló ella—; lo que quiere decir es que a él le da igual el paisaje; si pudiese nos llevaría de hotel a hotel en avioneta.» «Así ganaría más», respondió él.

—Adiós, cariño —dijo Werner, y colgó el micrófono en la pared; volvió a sentarse—. Mi hija. Lleva la agencia en el norte; uno de los helicópteros está estropeado y hay que ver cómo recogemos a unos viajeros que dejamos en una cabaña en medio del monte. Ya veis, en este país cualquier viaje es una aventura. Bueno, supongo que habéis discutido mi propuesta.

—Nos lo vamos a pensar.

Ella miró por encima de la valla otra vez hacia el mar. Él cogió una semilla del suelo. Preguntó a Werner alzando las cejas.

—De algo hay que vivir —respondió Werner, y dio un suspiro algo teatral—. Las exporto a Holanda. No me hago rico, pero mantengo mi paraíso.

—¿Me permite una pregunta? —dijo la mujer.

—Claro.

—¿Por qué se vino a vivir a Madagascar?

—Por el mismo motivo por el que vosotros queréis ir a la selva, pero yo adopté una solución radical. —Se rió, al parecer satisfecho de sí mismo—. Probablemente yo estaba más harto.

—Yo no estoy harta de nada.

—Ach, las mujeres es distinto.

El turista supo, sin necesidad de ver su cara, que el comentario no le había gustado a su mujer.

—¿Y qué es eso tan distinto? ¿Que sólo los hombres tienen espíritu de aventura? —Sonrió retadora mientras aguardaba la respuesta.

Werner buscó complicidad en el otro hombre, pero sólo se encontró una expresión vacía. ¿Cómo explicarles a esos dos que estaba harto de vivir en Alemania, de que su vida estuviese regulada por leyes que él no había aprobado ni aprobaba, de que inspectores fiscales metiesen la nariz en sus cuentas y le preguntasen en qué se había gastado tal o cual cantidad de dinero, de tener que rellenar formularios en los que le preguntaban si estaba casado o soltero, si era católico o protestante, de pelearse con disposiciones absurdas que frenan la creatividad, la iniciativa, que te quitan el derecho a vivir como tú quisieras?

—No dormía por las noches —resumió, como si con eso lo explicase todo.

—¿Y las mujeres sí duermen?

Werner se dirigió al otro hombre.

—¿Sabes cuántos empleados tenía?

El hombre negó con la cabeza.

—Ciento setenta.

—¿De qué era su empresa?

—Ciento setenta empleados. Y tenía que pagar seguridad social…

—Pobre —comentó ella sin ocultar el sarcasmo.

—… IVA, impuesto de sociedades. A mí me daba igual. Yo había ganado suficiente para no tener que trabajar más. —De pronto se interrumpió, pareció recordar la pregunta que le acababan de hacer—. Calderas, fabricaba calderas de bajo consumo energético. No dormía; porque tenía que hacer equilibrios para mantener la rentabilidad de la empresa, porque me obligaban a despedir empleados para que los demás no perdiesen también su trabajo.

Ignoró el gesto seco de incredulidad de la mujer.

—Y porque estaba harto de un Estado que se mete donde no le llaman, y al que tiene uno que dar explicaciones hasta de con quién vives y por qué. Por eso —se volvió a la mujer— decía que con las mujeres es distinto. A vosotras os gusta que la vida esté reglamentada, eso os inspira confianza, sí, sí, lo entiendo, queréis un marco seguro para educar a vuestros hijos…

—No tengo hijos.

—… que el Estado vele para que haya guarderías, que se vacune a los críos y…

No siguió hablando. Hizo con la mano un gesto que significaba vamos a dejarlo. Pero el otro hombre intervino.

—También en Madagascar hay leyes. Serán diferentes, pero al cabo de un tiempo es lo mismo.

—Ach, leyes. ¿Sabes cuál es la ley? Que hay que pagar dinero para todo.

—¿Lo ve? Es igual en todas partes —dijo el hombre jovialmente.

—No, porque aquí es ésa la única ley. Y si la cumples, las demás dan igual. Pagas un soborno al policía o al inspector de turno y ya está. Si la policía te para en tu país en un control de carretera, ¿tú qué haces?

El hombre titubeó. La mujer se había desentendido de la conversación. En ese momento se levantó y volvió junto a la tapia, a contemplar el mar.

—Enseñar el carnet de conducir…

—Aquí la policía se caga en tu carnet de conducir.

—… preguntar si he cometido una infracción.

—¿Quién no ha cometido una infracción? Todos cometemos infracciones.

Werner se echó la mano al bolsillo, sacó un fajo de billetes y los puso sobre la mesa.

—Esto es lo único que quiere ver el policía. Le da igual incluso si tienes carnet de conducir. ¿Estás conduciendo, no? Además, los que tienen carnet también provocan accidentes. Aquí a nadie le interesa lo que haces, ni tus razones, ni siquiera tus negocios… siempre que pagues por realizarlos.

—Y eso a usted le parece bien, que quien tenga dinero pueda permitirse lo que le dé la gana —dijo la mujer, aún mirando hacia el mar.

—Ahora duermo tranquilo por las noches.

Werner se dio una palmada en las piernas. Se agachó a coger una semilla. Se la dio al hombre.

—Está prohibido exportarlas. También aquí hay leyes absurdas. La diferencia es que no se aplican.

—Tenemos que irnos, Jim —dijo la mujer. Ambos hombres se levantaron.

—Kinder, Kinder, qué mundo más complicado. De verdad, cuando os hartéis de aquello, venid a Madagascar. Esto es el edén. Toma —le dio la semilla a la mujer—, para que la plantes en tu casa y te acuerdes de Madagascar.

—Está prohibido exportarlas —respondió ella con una mueca y tiró la semilla al montón.

Werner palmeó la espalda del hombre. Soltó una breve carcajada.

—Tienes una mujer de cuidado. Espléndido. Espléndido.

Los acompañó hasta la puerta del jardín. Los dos niños seguían allí; el niño había pasado el brazo por encima de los hombros de la niña y paseaban de un extremo a otro de la valla, canturreando.

Cuando los extranjeros salieron, ellos volvieron a desfilar a su lado, soldaditos burlones. La mujer acarició los rizos de la niña y ésta le devolvió una mirada provocadora. Enseguida dijo algo al oído al chico y los dos rieron nuevamente.

—Ya sabéis dónde estoy. Cuando os lo hayáis pensado… —En lugar de concluir la frase, empuñó la cadena de la campana y la hizo sonar. Llamó a los chiquillos con la mano. Entraron desfilando en el jardín.

Los dos turistas echaron a caminar en dirección a Manakara. No les había hecho falta ni mirarse para saber que a ninguno de los dos le apetecía pedir a Werner que los llevase en su coche. Ya se las arreglarían.

Werner cerró la puerta y se quedó con los niños mirando a los dos extranjeros, que se alejaban caminando por el borde de la carretera y que tropezaron y casi perdieron el equilibrio cuando un camión cargado de gente pasó a toda velocidad tocando el claxon para que se apartasen.

—Estos vazahas…[2]—dijo Werner y chasqueó la lengua. Los tres se rieron a carcajadas.

—Venid.

Los niños le siguieron de la mano por el jardín. Cuando llegaron a la zona encharcada, el niño se soltó de la mano de Werner y empezó a dar saltos, salpicando a los demás.

—Ach, Pierre, deja eso —y le dio un manotazo cariñoso, que volvió a hacer reír a la niña.

Junto a la casa, bajo el porche, había una nevera con manchas de óxido de la que salían extraños ruidos de líquidos vertiéndose y un zumbido que hacía vibrar los objetos cercanos. Werner rebuscó en su interior y sacó una jarra; sirvió dos vasos de zumo de papaya a los niños, que jugaron a bebérselos sin respirar.

La mujer de Werner asomó su cara malhumorada por la puerta de la casa.

—¿Ya están aquí estos dos otra vez?

—Ach, déjalos tranquilos. ¿Verdad, niños? Vete a buscar el pescado a casa de Jean Luc. Le he encargado tres pargos. Y ábreles las agallas para asegurarte de que son frescos: tienen que estar rojas y húmedas, como lo que tú sabes.

La mujer le miró con odio, se ciñó con dos tirones la lamba a la cintura y echó a andar sin decir palabra.

Werner se volvió a los niños y puso una cara exagerada de miedo. Ellos le rieron la gracia, aunque esta vez sin muchas ganas. Werner les volvió a llenar el vaso y, mientras lo bebían, se preguntó si los extranjeros aceptarían su oferta.

—A esos no los vemos más por aquí; me juego el cuello —comentó, mientras intentaba rascarse la espalda, justo en un punto de la columna vertebral al que no llegaba con ninguna de las dos manos. La niña se subió a una silla y le rascó. Werner suspiró exageradamente de placer.

—Venga, venid para adentro.

Los niños depositaron los vasos sobre la mesa a un tiempo y, como si lo hubiesen ensayado, se limpiaron a la vez la boca con el dorso de la mano. Apoyaron una frente contra la otra.

—Vamos, niños.

Fue el chico el primero en irse hacia él y darle la mano. La chica hizo lo mismo enseguida. Atravesaron la cocina, en cuyo fregadero se amontonaban los cacharros sucios. Los cubiertos del desayuno también se encontraban aún sin fregar encima de una mesa de madera sobre la que moscas y hormigas competían por desechos de comida.

—No sé para qué me sirve esta mujer.

Entraron al salón y Werner se soltó de los niños para echar el pestillo de la puerta e ir a bajar las persianas de bambú. El sol entraba por las rendijas, cortando la penumbra con rayos delgados sobre los que flotaba lentamente el polvo. Regresó junto a los niños, que se habían enlazado por la cintura y se empujaban con las caderas, jugando a hacerse perder mutuamente el equilibrio. El suelo de tarima chirriaba bajo sus pies.

—Venga, dejadlo ya —dijo Werner, aunque sin irritación aparente.

Estaba distraído. No sabía por qué, los dos turistas no se le iban de la cabeza. Haciendo un esfuerzo para no pensar en ellos, tomó a la niña por una muñeca, la atrajo hacia sí y tiró de ella suavemente hacia el sofá mientras le hacía cosquillas en la palma de la mano. Ella soltó una risita cohibida sin dejar de mirar al chico, que a su vez miraba a Werner en silencio.

(De: Mujeres que viajan solas)