Plebiscito

Argentina vetó a Milei en las calles

Por Carlos A Villalba*

«¿Por qué esta intención manifiesta, por parte del gobierno, de menoscabar o suprimir
toda institución o medio de comunicación que favorezca o divulgue el conocimiento, el desarrollo científico,
la creación artística y la formación universitaria?

Liliana Hecker. Discurso inaugural de la 48° Feria del Libro

Solo se escuchaban rebencazos, silbidos en el aire estrellándose contra las espaldas de los que menos tienen, de los que tenían más o menos, incluso de quienes tenían bastante más. Rumor de motores de las naves del despojo, listas para llevarse minerales del Norte del país, granos del Centro, energía y oros del Sur… Hasta que la calle decidió gritar su rechazo.

El director del desastre lo controla todo desde una pieza emparedada de espejos, consumiendo con fruición «el algoritmo del Presi», que reemplaza al «diario de Yrigoyen», trajeado con una planilla Excel cepillada de todo vestigio humano y vociferando a través de las redes del insulto y las falsedades 1.

Satisfecho de haber aprovechado la belleza de los Alpes suizos para desvariar ante los dueños del planeta con un mundo que hace más de un siglo y medio vive bajo un «marco teórico equivocado», que el Estado, esa «asociación criminal», «es el enemigo», meses después avanzó desde otro escenario de picos nevados, con un nuevo ejemplo de su prédica de demolición. Condecoró como «héroes» a quiénes fugan divisas «no importa de dónde venga la plata», porque «lograron escaparse de las garras del Estado», es decir sacaron del país, de manera ilegal, 400 mil o muchos más millones de dólares. Les hablaba a los dueños de las corporaciones y las offshore que habían redactado el pliego de medidas de protección legal que deben eliminarse de las leyes argentinas e incorporado los beneficios sectoriales que contiene el decreto calificado «de necesidad y urgencia» y su espejo parlamentario con estética de ómnibus deforme.

Todo emana del palacio que, de algún modo, simboliza al aparato estatal, emite los decretos de aniquilamiento de salarios, con devaluación y libertad… para la carrera de precios que galopa con el vértigo inevitable de la lógica del mercado, la que iguala para arriba, capitalista al fin, para ganar más y ganar más y más, con la menor inversión y la menor cantidad de gente «adentro».

Traducido el libreto presidencial, eso implica ajustar, tanto, que asusta hasta a la máxima tijera de desigualar a los pueblos que es la del Fondo Monetario Internacional, y achicar hasta dibujar falsos «déficit 0», además de estropear vidas, sobre todo en sus extremos; consiste en clausurar todo «lo público», cancelar al Estado como equilibrador. Dentro de esa licuadora metieron a la Educación Pública, continente de la Universidad Pública, Gratuita y de Calidad que enorgullece a la argentinidad desde siempre, a sus usuarios y trabajadores directos y, tal vez sobre todo, a los indirectos, que son los asistidos en todas las áreas, desde sus partos o sus problemas de salud hasta la defensa de cualquiera de sus derechos o la construcción de puentes o carreteras o escuelas, desarrolladas por egresados de esas instituciones.

Tal vez sin darse cuenta (cuando los rayos de sol rebotan en las nieves dificultan mucho la visión), en ese escenario desesperanzado, con bolsillos llenos de boletas de servicios públicos impagables, caídos de prepagas, de colegios privados, plantó el tema que desencadenó un mecanismo de participación ciudadana, de consulta directa a los implicados en determinado asunto de excepcional importancia en la vida colectiva. Le llaman plebiscito, y no tiene revancha.

El martes 23 de abril, millones de personas decidieron expresarse. La participación fue de escándalo, en las calles del máximo símbolo de las protestas argentinas, en las plazas de cada ciudad y de cada pueblo, jóvenes, más jóvenes, y jubilados, y familias y el mundo del trabajo, profesionales y montones más que acompañaban desde sus casas, se pusieron en marcha. Con ellos, algo diferente empezó a moverse.

Fue un plebiscito y lo ganó el pueblo con la marcha de protesta más importante contra el gobierno ultra-antiestatal y sus políticas desde que arrancó el aquelarre. Porque el concepto «público», en ese caso destinado a la Educación, volvió a sonar con una potencia y una claridad que arroja luz sobre el conjunto de políticas no menos «públicas» que están siendo cercenadas, aplastadas, desenchufadas, y que las mayorías no resignan.

Durante los próximos meses (sucede desde diciembre mismo) los sectores victimizados reaccionarán, cada uno por su sufrimiento propio, salud, jubilación, trabajo, alquileres, alimentos… De a uno, con coincidencias de circunstancias… Y los votantes, los que se entusiasmaron con el discurso y la falsedad de las palabras «libertad», enarbolada por el zorro en el gallinero, y «casta», rellena de pobres y enfermos y desocupados y pasajeros y hambrientos y sin techo…, y los que no los votaron, de a poco, despacio, irán, ellas y ellos, sí «cayendo» en una misma bolsa, la de víctimas, la del 60…, el 70, el 80 por ciento de la población.

La marcha en defensa de la universidad y la educación públicas fue el reloj adelantado de ese aluvión que tarde o temprano lo arrasará todo, el fogonazo que iluminó lo que todavía no se ve. Sucede que a veces, cuando las aguas parecen secarse, no es otra cosa que el escenario de un tsunami que empieza a gestarse.

La movilización, imposible de ocultar hasta para los altoparlantes del liberalismo, adelantó todos los condimentos de ese futuro que los calendarios aún no pintan de color, no faltó nada ni nadie:

  • El conjunto de los sectores sociales de la Argentina, sin preguntarse por quién votaron.
  • Por supuesto, la comunidad educativa, en el más amplio de sus sentidos, que arranca con estudiantes, no docentes, docentes, investigadores, egresados, autoridades y llega a las familias, que es decir la comunidad toda, sobre todo la que ansía ver a hijos e hijas en la Universidad, esa que es pública y gratuita.
  • Jóvenes y jóvenes y más jóvenes.
  • Trabajadoras y trabajadores organizados en las distintas expresiones gremiales, los y las informales, jubiladas y jubilados.
  • Partidos políticos de todos los colores, hasta de los que creen que el otro es el pecado, la peste, la corrupción y el desatino y que en las bancas parlamentarias desdicen lo que dicen.
  • Los movimientos populares, los mismos que estiran las ollas en las que comen los que no tienen qué comer.
  • El territorio nacional en pleno, porque no hubo provincia, pueblo, ciudad sin una bandera, un cartelito, una columna callejera, que no gritase su entusiasmo por lo Público.

Un país entero, transversal, una sociedad parida, criada, formada, beneficiada por lo público, a veces decepcionada de sus administradores, pero siempre apostando a cosas mejores, como las que les prometieron los que, después, iban a enterrarla.

Fue apenas un fogonazo, un destello de luz en medio de la peor tormenta, pero fue la luz de un fósforo sostenido por millones, los que ganaron el plebiscito al que los sometió un palacio que confundió con «lágrimas de zurdos», al jugo vital de la movilización, primer paso de la organización que mueve montañas y derriba protocolos.

1 Carlos A. Villalba: Enemigo de Estado. La Argentina del desastre. (https://estrategia.la/2024/03/19/enemigo-de-estado-la-argentina-del-desastre)

*Periodista argentino. Investigador asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (http://estrategia.la/). Miembro de la Usina del Pensamiento Nacional y Popular.

Con información del Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)