Poder y pueblo

Por Luis Linares Zapata

Terminó el largo, penoso, enredado proceso para tomar posesión del cargo presidencial guatemalteco. Hoy, Bernardo Arévalo de León ocupa esa alta función junto con su vicepresidenta, Karin Larissa Herrera. Transitaron por un espinoso trayecto encarando un atrincherado núcleo de mandones y delincuentes que se niega a renunciar a sus numerosas prerrogativas. Grupo dispuesto a ir hasta las últimas consecuencias en defensa de sus turbios intereses. No temen al ridículo que han mostrado a escala mundial. Tampoco claudicarán en su primitivo conservadurismo, racismo a ultranza.

El pueblo de ese golpeado país se mantuvo firme, entero y con claridad de metas. Aparcan su voluntad de respaldar, sin duda alguna en las urnas, a los dos políticos y a su naciente partido (Semilla). Fue su activa y continua movilización lo que los hizo ganar hasta con 60 por ciento de los votos, en la segunda vuelta. Y también fue su entrega y respaldo lo que forzó e hizo posible la llegada de esa dupla al Poder Ejecutivo.

Evadieron, con su masiva y repetida presencia callejera, los numerosos escollos que surgían. Su aguerrida presencia se oyó entusiasta y por doquier. Los sobresaltos y chicanas de tinterillos enquistados en el Poder Judicial y apoyados por fuerzas represoras salieron a relucir a cada paso; pero, también, a cada paso no sólo fueron exhibidos, sino derrotados. Ahí quedan los rostros de la fiscala y sus adláteres para la posteridad evitable.

Se debe empezar por reconocer el componente indígena de esta reconocible, encomiable tarea, casi rebelión, que escenificaron los pueblos desde la mera base. La prolongada lucha que por años han escenificado los capacita para lo que ahora han logrado. El inicio de un rescate ciudadano de libertades, justicia y derechos está a las puertas de sus tambaleantes instituciones. Con ese mismo coraje y soltura pueden emprender el largo y penoso camino de las reivindicaciones populares. Al parecer, liderazgo no habrá de faltarles. Arévalo ha sido congruente en la campaña y en la pelea por hacerse de los signos del puesto anhelado. Pero deben, pueblo y mandatarios, estar conscientes de la difícil trayectoria que espera por delante. Mantenerse en la ruta escogida es la parte que exigirá apego irrestricto al cometido justiciero.

Guatemala viene de una larga, turbia, trágica y dolorosa noche de centurias. Violencia desatada y genocida, silenciada obra de matones y no pocos ladrones de la riqueza nacional.

La defensa indígena de su amplio reducto para sobrevivir –son clara mayoría– ha sido llevada hasta las últimas y no pocas veces cruentas consecuencias. No escatimaron valentía y solidaria enjundia para resistir, tal como lo han hecho por décadas, siglos en realidad. El ejército de esa nación, en especial sus dirigentes, debe entrar en un proceso de examen y revisión de su irresponsable papel, no pocas veces criminal. Se ha prestado, con sus instrumentos de fuerza, a respaldar, a ultranza y sin escrúpulos, a la plutocracia que lo mangonea y ha usado para acallar cualquier reclamo. Más todavía, su papel ha versado, sobre todo, en permitir el despojo y la represión cómplice tras incontables desventuras. En verdad, desde el golpe de Estado contra el presidente Jacobo Árbenz, patrocinado por lo peor de la política local y la connivencia con los intereses estadunidenses. Tal parece que, ahora, el imperio se ha puesto del lado del pueblo, una oportunidad que le exigirá radical cambio de postura.

No está claro que tanto demócratas como republicanos, que se disputan el poder en su país, vean con ojos justicieros lo que pasa y lo que vendrá. Lo cierto es que varias de las naciones que fueron representadas en la toma de posesión de Árevalo mantienen amplios y atrincherados intereses en Guatemala. Algunos, si no es que muchos de esos mismos, opondrán fiera resistencia a lo que se promete conseguir. Por delante espera un periodo de penosas y dilatadas negociaciones y nuevos arreglos, para compaginarlas con las reivindicaciones que se prometen llevar a término. Lo trascendente del cambio alumbrado estriba en la determinación de su presidente, para trabajar en favor de los que han sido dejados de lado a lo largo de la historia de ese país. No se podrá ceder ningún terreno, oportunidad o momento. Detenerse o hacer pausas puede insertar peligrosas dudas y desembocar en el fracaso de tan acariciada transformación. Las reacciones de la estructura implantada actuarán sin descanso para descarrilar lo que el pueblo quiere y necesita con urgencia. Guatemala, y su actualidad, está circundada por naciones que viajan en contrario a ese su acariciado proyecto. Sería recomendable unir fuerzas con México para trabajar en conjunto.

La Jornada