Prejuicios tenaces

Si la fórmula tampoco funciona esta vez, será culpa de la realidad que volvió a fallar.

Por Sebastián Fernández

“Alguien observará que la conclusión precedió a las ¨pruebas¨. ¿Quién se resigna a buscar pruebas de algo no creído por él o cuya prédica no le importa?”

J.L. Borges / Tres versiones de Judas

En su célebre paper La economía política de la sociedad rentista, Anne Krueger escribió: “En la medida en que puedan disminuirse el poder económico y las prerrogativas del Estado, las perspectivas para el crecimiento, la eficiencia y el bienestar crecerán”. El texto publicado en 1974 explica, al menos en parte, el exitoso derrotero de la hermana de Freddy como economista en jefe del Banco Mundial y, más tarde, como número dos del Fondo Monetario Internacional (FMI), organismo que luego llegó a presidir durante un breve período. El texto desarrolla el trabajo de campo que llevó a cabo Krueger en algunas economías emergentes como India, Turquía y Corea del Sur y tuvo una enorme influencia en el mundo de los economistas serios.

Según la autora, los ejemplos estudiados probaron -vaya casualidad- sus prejuicios tenaces contra las regulaciones estatales. De los citados, el ejemplo surcoreano es el más asombroso, teniendo en cuenta que el modelo de desarrollo de dicho país no sólo prescindió de ese mercado tan alabado por Krueger sino también de la democracia electoral, al menos hasta fines de los ’80, cuando bajo la presión de la ciudadanía, el régimen accedió a convocar a elecciones libres.

El milagro coreano no se explica por la disminución de las “prerrogativas del Estado” que la futura economista en jefe del Banco Mundial recomienda, sino todo lo contrario. En efecto, el padre del milagro fue el general Park Chung-hee, quien accedió al poder a través de un golpe de Estado en 1961 e impulsó un régimen autoritario, eliminando derechos civiles y ejerciendo un control discrecional sobre los grandes conglomerados industriales.

Park Chung-hee usó fondos norteamericanos (de las guerras de Corea y Vietnam y del conflicto con Corea del Norte), sustituyó importaciones, subvencionó alimentos, amenazó industriales, robó tecnología (ay, la seguridad jurídica) y no solo jamás creyó en las virtudes de ningún mercado sino que, por el contrario, aplicó planes quinquenales, como hacía en nuestro país Juan Domingo El Tirano Perón, cuando todavía no era prófugo. El general Presidente a través de una oficina de Planificación definía qué conglomerados industriales recibirían ayudas del Estado (con frecuencia préstamos a tasas negativas) y establecía qué debían exportar.

Así, Krueger llama “políticas de libre comercio” en Corea a lo que en realidad fueron regulaciones establecidas desde el Estado, con un alto grado de proteccionismo. Todos podemos caer en la misma trampa de la hermana de Freddy y atesorar conclusiones antes de encontrar las pruebas. Como escribió Borges, nuestras afinidades nos impulsan a buscar razones que las justifiquen, y no la inversa. Lo extraño en el caso de quienes profesan la doctrina neoliberal, como la breve titular del FMI y la mayoría de nuestros economistas serios -incluyendo a los entusiastas de la motosierra- es que carecen casi por completo de ejemplos reales que apoyen sus alucinaciones. No solo el desarrollo de una economía emergente como Corea del Sur nada tuvo que ver con el paraíso liberal del que nos hablan el Banco Mundial o el FMI, sino que los países desarrollados que controlan dichos organismos jamás cumplieron con los preceptos liberales que intentan imponer a las economías emergentes como la nuestra.

Los Estados Unidos cumplen con lo que estableció hace casi dos siglos y medio Alexander Hamilton, primer Secretario del Tesoro  y accesoriamente uno de los padres fundadores de aquel país, quien propuso fijar aranceles, subsidios y todo tipo de regulaciones para proteger la incipiente industria estadounidense. Nada muy diferente ocurrió y sigue ocurriendo con los países de la Unión Europea, que protegen sus industrias con todo tipo de normativas, a la par que subsidian su producción agrícola y la protegen de nuestro amenazante agro.

Hace unos días, en una de esas entrevistas sin concesiones en las que el entrevistado corre el riesgo de morir ahogado en la baba de su entrevistador, el ministro de Economía Luis Caputo, el Toto de la Champions, afirmó que ningún país rico “subsidia el transporte, la luz o el gas”. El periodista Jony Viale, tal vez azorado por no estar entrevistando una vez más al Presidente de los Pies de Ninfa, prefirió no importunar al funcionario preguntándole cuál era la fuente de una afirmación tan escandalosamente falsa.

El usuario del metro de Paris o el del subway de Nueva York no paga con su boleto ni siquiera los gastos operativos de dichos servicios, ni hablar de la inversión colosal que requieren. Lo mismo ocurre con los servicios públicos y con las industrias en esos países ricos que el Toto de la Champions dice querer imitar haciendo exactamente lo contrario.

En ese sentido, el modelo establecido durante los doce años de gobiernos kirchneristas tiene una afinidad mayor con el ejemplo de la Unión Europea que el frenesí industricida que buscan imponer quienes dicen querer imitar a los países europeos. Néstor Kirchner, quien inició ese ciclo de crecimiento con inclusión, en el que disminuyó la pobreza y el desempleo, a la par que aumentó el poder adquisitivo de sueldos y jubilaciones, no se equivocó de rival al criticar en 2004 a la por entonces número dos del FMI: “La señora Anne Krueger fue responsable directa de la instrumentación de las políticas del Fondo de los años 90. La Argentina debe el 150% del producto bruto interno, 170.000 millones, no hay país en el mundo con esta deuda, y con estas expresiones entonces trata de justificar lo dañosas que fueron las políticas para la Argentina; deberían decirle que venga a ver cómo nos dejó ese proyecto que ella tan bien explicó” .

Como Domingo Cavallo, Ricardo López Murphy el Breve, José Luis Espert, Federico Sturzenegger, el Toto de la Champions y tantos otros reaccionarios que se dicen liberales, el Presidente de los Pies de Ninfa tiene clara la receta: limitar la regulación del Estado, disminuir impuestos a los más ricos, recortar sueldos y jubilaciones, eliminar retenciones, enviar buenas señales al mercado, compensar el déficit generado por menores ingresos fiscales tomando deuda con los organismos internacionales y sentarse a esperar la llegada del inevitable círculo virtuoso y el famoso derrame. En síntesis, llevar a cabo una nueva y colosal transferencia de riqueza de las mayorías hacia el uno por ciento más rico.

Una fórmula que debe funcionar y no requiere “pruebas”, porque si tampoco funciona esta vez, no será culpa del modelo sino de la realidad que volvió a fallar.

El Cohete a la Luna