¿Qué une a Juan Román Riquelme con Cristina Kirchner?

El modus operandi de las operaciones mafiosas

En Boca, Mauricio Macri puso a funcionar la misma maquinaria que usó contra Cristina Kirchner. Juntos por el Cambio se encamina a una especie de oficialismo crítico, con lo cual le daría a Milei los votos que necesita.

Por Luis Bruschtein

Imagen: Juan Román Riquelme y Cristina Kirchner bajo la mira del macrismo judicial.

Boca Juniors se convirtió en teatro de operaciones de acciones mafiosas que tienen un parecido notable a lo que en la jerga policial denominan «modus operandi». Se supone que un asesino serial tiende a repetir sus movimientos. Deja su firma. En el caso de Boca, se trata de un club que resiste la privatización, de un presidente del club que no quiere ser títere del poder económico, se trata de la manipulación de funcionarios judiciales para inventar causas, y del ataque judicial a los familiares del candidato opositor en el club. Cuando el poder económico toma conciencia de que a pesar de sus trampas judiciales y mediáticas, perderá las elecciones, empuja una decisión judicial que las impiden.

El esquema, o modus operandi, es igual al dispositivo perverso o antidemocrático que funcionó contra la presidenta Cristina Kirchner, que fue difamada en campañas mediáticas, sufrió el acoso cruel contra su familia, ella misma fue acusada de cientos de delitos que nunca pudieron probar, pese a que desbarataron su domicilio en allanamientos sobreactuados para los medios y al final jueces la condenaron sin pruebas. Y si todo esto pareciera poco, también intentaron asesinarla.

Mauricio Macri fue el titiritero de esa operación contra Cristina Kirchner y ahora es el que quiere desbancar a Juan Román Riquelme en Boca Juniors. El crack provocó el ataque furibundo cuando no quiso someterse a las órdenes de Macri. La forma como atacaron a Riquelme constituyó un calco de la forma como fue hostigada Cristina Kirchner. En 2019 Riquelme se negó a enrolarse con Macri, quien había perdido por varias cabezas en las PASO y tanteaba su retorno a Boca para preparar la revancha. Riquelme acusó a Macri de interesarse en el club sólo para hacer política. Dos años después, en 2022, un particular involucró sin pruebas al hermano de Riquelme en una causa por falsificación de entradas.

Ya en pleno proceso electoral, el juez Juan Pablo Casas allanó la casa del hermano y lo detuvo en una operación exagerada en plena calle. Otro juez porteño alegó haber recibido la denuncia de ocho socios integrantes de la colectividad judía, porque se consideraban discriminados al establecer un sábado como día de votación.

Riquelme dijo que el juez decidió postergar las elecciones para el domingo sin hacer ninguna averiguación, porque seis de esas ocho personas rechazaron ante escribano público haber participado en la denuncia. Igual se aceptó votar el domingo y entonces apareció la jueza Alejandra Abrevaya, familiar del exdiputado macrista Sergio Abrevaya, y las suspendió. Son públicos los posteos antikirchneristas de la jueza que ordenó lo que quería Macri.

Hay una matriz de corrupción de los poderes del Estado y la complicidad de medios hegemónicos, que aparecen como los instrumentos preferidos de Macri. La persecución judicial, los ataques a la familia, las denuncias múltiples sin pruebas, la complicidad de funcionarios judiciales, ámbitos judiciales colonizados, como la justicia porteña, o el fuero federal son elementos al que ya están familiarizados los que se han opuesto a Macri. A lo que habría que agregar el espionaje.

Una parte del mundo de la política es consciente de estas prácticas de corrupción del juego democrático. Pero el mundo Boca es una ventana al mundo del fútbol. Los futboleros de cualquier camiseta conocen la madera de Riquelme. Pueden ver con claridad los manejos de sus adversarios y sacar conclusiones sobre la forma como esos mecanismos despreciables fueron aplicados en la política, por los mismos que los practican en Boca.

Mientras Macri debe jugar a fondo para organizar su retaguardia en Boca, se le complica también su alianza de hecho con Javier Milei. Hasta ahora los resultados de su exministro Luis Caputo recaudando en Estados Unidos para Milei no han sido muy fructíferos. Milei corroboró los contactos que tiene Caputo, por lo pronto, de allí no salió ni un dólar partido por la mitad y los 1500 millones que cedió el FMI constituyen apenas una migaja de los 20 mil que pensaba obtener Caputo para desensillar las Leliqs.

Cuando se conoció la nueva alianza de gobierno forjada por Juan Schiaretti, Macri y Milei, hubo descontento en todas las fuerzas. Los ultras del presidente electo protestaron porque fueron relegados. Pero también hubo quejas en Juntos por el Cambio y la alianza macrista entró en una zona de neblina, en la que no se sabe si se mantiene o ya no existe.

La primera idea de sumar los 40 diputados del PRO, llevados por Macri y Bullrich al bando ultraneoliberal tampoco cierra en el Congreso, donde quedan muy lejos de los números que necesita. La mayoría de los radicales hubiera pasado a la oposición, al igual que el sector de Horacio Rodríguez Larreta del PRO, y sólo una minoría hubiera seguido a Bullrich. Si se mantienen unidos en un supuesto lugar de independencia, esa minoría puede incidir sobre la mayoría de los radicales y sobre el larretismo. En esa suma estarían más cerca de los números que necesitan para aprobar la mayoría de las medidas drásticas que propondrá el nuevo gobierno.

Para Milei es más importante asegurarse el voto de los radicales en las decisiones estratégicas, aunque en otras cuestiones menores voten en contra. Ahora dicen que Caputo no llegó de la mano de Macri, que estaría enojado con Milei porque no aceptó a Cristian Ritondo como presidente de la Cámara de Diputados. Es obvio que esa decisión tiene que provenir del mandatario. El enojo de Macri parece sobreactuado para contener a su tropa.

Bullrich está disputando espacios en el gabinete y, si tiene que hacerlo, se convertirá en fuerza propia de Milei y dejará Juntos por el Cambio de hecho. En las últimas negociaciones se había asegurado el ministerio de Seguridad y había pedido el de Defensa, lo que reafirmó los rumores de su relación con la industria armamentística israelí, una cuestión a la que Milei le otorga mucha importancia y que no le puede ofrecer Victoria Villarruel, que también disputa esos ministerios, pero que aparece relegada al Senado.

El cuadro de situación no es el de un interbloque de Juntos por el Cambio que hará una «oposición razonable», sino un agrupamiento que hará un «oficialismo razonable» junto a la verticalidad más clara del bloque oficialista. La danza de peleítas y empujones se produce en un escenario donde a los distintos agrupamientos de derecha sean ultraneoliberales o de Juntos por el Cambio, no les conviene pelearse del todo ni amigarse del todo. Por lo menos por ahora.

Es un esquema que le puede dar los votos que necesite en las cuestiones más importantes y destrabar así una relación de fuerzas totalmente desfavorable al gobierno de Milei. Pero al mismo tiempo será una ecuación con muchas tensiones con las provincias y los diputados de otras extracciones.

Lo que le importa a Milei es que esa oposición blanda, u oficialismo crítico, esté dispuesta a votarle lo más importante y que le alcance para aprobar las medidas más polémicas que enviará en los primeros cien días, el período de gracia de los gobiernos. Cien días es lo que puede demorar un amplio sector en desilusionarse de lo que votó. Milei ha dicho que necesita hasta dos años de estanflación y a todo el mundo le pareció normal, menos a Cristina Kirchner que hizo circular un video con sus críticas. Este país no aguanta dos años de estanflación.

02/12/23