Ronda

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por María Moreno

Foto: Lisbeth Salas

«¿Dónde están mis compañeros?», decía en voz alta, para hacer palpable mi soledad en los fondos de la casa. Alguien, tal vez la dueña de la estación de servicio, había dicho que los cuises salían al atardecer, decenas de orejas tendidas que no se replegaban si uno permanecía inmóvil hasta fundirse en el paisaje. Pero, por más que me quedara inmóvil hasta entumecerme, los cuises no aparecían y yo salía a caminar con mi petaca en la mano. Gumier Maier se había alquilado una casa sobre un arroyo. Yo era su vecina. Si bordeaba la pequeña laguna del recreo Bora Bora, podía llegar por atrás a su terreno. Desde lejos veía la pequeña plantación de naranjos y, en el techo de la casa, una garza veleta que Gumier Maier había pintado de rosa.»¿Dónde están mis compañeros?» Daba unos sorbos como para aclararme la voz. Mi propia pregunta me hacía llorar, o lo que me hacía llorar era ese sedimento sentimental que los borrachos solemos desbordar aun con la sangre limpia, en forma de lágrimas fáciles. «¿Dónde están mis compañeros?», decía mientras marchaba y, después, lloraba más fuerte. Era patético porque en la escena de supuesto autotormento sobrevivía una burla a mí misma que me hacía gozar como si realmente pudiera contemplarme desde las miradas invisibles de aquellos a quienes llamaba, con sus mismos ojos, que imaginaba perversos.»¿Adónde están mis compañeros?» Ni siquiera los pájaros se callaban ante el exordio ya que no advertían su sentido dramático, ningún sentido, en realidad, aunque piaran enloquecidos como si me respondieran. Pronto me veía tentada de repetirme en tonos más agudos. Como una soprano. Desafinando. Sentía entonces la compulsión de ir deformando la voz de todas las maneras posibles. «¿Dónde están mis compañeros?» Hasta que la frase parecía desactivarse. Entonces ya no quería ir a lo de Gumier Maier. Retrocedía cabizbaja, ya sin fuerzas. De vuelta en mi casa, me ponía a escribir un artículo, volviéndome hacia otra impostura: la de hacer una tarea concienzudamente para darle fin.»¿Dónde están mis compañeros?» La frase me era opaca. Se me escapaba. El alcohol no podía explicarla. ¿Se refería a esos entre quienes no realicé nada? ¿O a esos otros de cuya reciprocidad también dudo?

Era como si no fuera yo quien hacía la pregunta, la recordaba de pronto como se recuerda la letra de una canción pegadiza.

No es verdad que el alcohol obnubile, no siempre: a veces plantea un enigma y permite intentar buscarle la vuelta. Sabía que en el fondo del río había cuerpos, que cada resaca era, en potencia, una confesión. Se trataba de una fantasía, pero cuando alguien me decía que no podía pisar el fondo del río, ese barro fino, hecho de quién sabe qué sustancias, lo juzgaba mal. En cambio, me parecía que, si me paraba con los ojos cerrados y los pies sumergidos en el barro, tomaba una especie de comunión. Pero ¿con quiénes?

Ninguno de nosotros, mejor dicho los que yo llamaba «los míos», había militado. ¿Nos habíamos arreglado para sobrevivir a través de no darles la razón a los que sí lo habían hecho? Ahora creo comprender cómo disintiendo con las acciones de esos cuerpos —a veces sin poder ponerlo en palabras—, estábamos, sabiéndolo o no, curiosamente atentos a ellos; a menudo en el mismo territorio, clandestinos los unos entre los otros, aunque nuestro archivo fuera común.

¿Qué hacíamos en esos años? Escribir pero no publicar, no poder escribir, escribir por rutina y paga, vivir como si se escribiera. Adheríamos al sacrificio de un deseo que imaginábamos entrañable —lo acariciábamos mientras tanto—, pero no de nosotros enteros. Entonces. ¿No era individual la intermitencia de la obra? ¿Enmascaraba la eterna marinada un duelo colectivo aunque sin concertar? ¿Nos comportábamos, en realidad, como «simpatizantes», no como neuróticos? ¿O se trataba de una coartada para ir tirando? Qué ingenuidad asumir sólo una puntita de sacrificio para gozar de la vida invirtiéndola en otros lances en los que, en principio, no se moría.»¿Dónde están mis compañeros?»

Cuando iniciaba mi marcha ritual con su estribillo repetido tenía la impresión de haber hecho una promesa pero no recordaba cuál. Yo sabía bien que esos que imaginaba entre los árboles, a lo largo del camino y durante el día, y a los que a veces me atrevía a lanzar con mi petaca en alto un brindis mudo, no eran mis compañeros. No lo habían sido, mejor dicho yo no había sido la compañera de ellos. No sentía ninguna culpa, pero soñaba. Por qué no hacerlos revivir de algún modo. Imaginar sus palabras, reconstruir sus probables derroteros en las encrucijadas que, debido a su temprana inmolación, no pudieron protagonizar. Los quería allí para poder detestarlos como entonces los detestaba: esa altivez despótica, esa vanidad de iniciados, esa prepotencia. O mejor, dejarlos quietos, en paz, abocarme a la lectura de sus textos —en eso todos ellos estarían de acuerdo— pero no leer allí la profecía política sino lo inútil para la alborada democrática, eso que para cada uno sigue siendo imposible de compartir: «Juan Antonio lo llamó su madre. Duda era su apellido. Su mejor amigo, Ansina, y su mujer, Teresa».

Que otros vociferaran en nombre de sus trayectorias revolucionarias, políticas de cualquier índole mayúscula y en las que habían sido asesinados, «los míos» y yo levantaríamos la bandera de sus sueños secretos, sus caprichos (llamaba «capricho» a eso que cada uno tiene y no podría ser de ningún otro). ¿Para eso los llamaba?»¿Dónde están mis compañeros?» Mi marcha era una improvisación filosófica que, poco a poco, se iba transformando en un retintín. Pero estaba segura de algo: lo imposible de unir las dos puntas de la frase «Ellos eligieron el sacrificio y fueron sacrificados». Que la gramática haga desaparecer a la conjunción copulativa por inadecuación radical. Qué fácil es pretender esto ahora, lejos de esas marchas a los tumbos, pertenecientes al catálogo menor del delirium tremens y a las que mis escrúpulos maquillaban de enigmático rito social.

Pasada la ocasión burguesa de la muerte en casa rodeados por sus criados y sus perros, eludida la pastilla de cianuro que permitía ganar de mano a la contaminación moral del campo de exterminio y su suplicio efectivo o la ráfaga de balazos que evitaba el peaje del verdugo y su dominio y anulaba el cuerpo sustrayéndolo a la violación, conservando, a cambio, su prestancia para el democrático gusano, aquellos a los que llamé «compañeros» sin serlo, de vivir, morirán como «los míos y yo» en el hospital y, al igual que los niños, en pañales: ahí sí habremos de alcanzar juntos un destino común.

Supongo que decía «compañeros» por «amigos». Recuerdo que dormía la mona pensando en la frase enigmática de Sócrates: «Amigos míos, no hay amigos». Y que, imaginando un posible sentido, me quedaba dormida.

(De: Black Out, 2016)