Rosas buenas

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Mariana Travacio

Todo lo que ella busca, en realidad, es alejarse del reproche de sus amigas, las que le dicen que está sola porque quiere, porque no sale de su casa, desde que enviudó; que ya basta de tanta soledad, le dicen; que se pasee un poco, que busque compañía, que deje de estarse sola, que basta ya, Blanca Nieves, le repiten; y ella, esa tarde, cuando recibe la invitación, por primera vez, no la desestima: contempla la posibilidad de asistir a ese cóctel. Lo organiza todos los años una mujer que no llega a ser su amiga, que es más bien una ex amiga, una mujer con la que alguna vez tuvo un vínculo parecido a la amistad pero que los años se encargaron de desdibujar hasta convertirlo en el simulacro que es hoy: un vínculo que apenas se sostiene en los saludos recíprocos que se prodigan para los cumpleaños y en esta invitación anual que ella soslaya indefectiblemente. Pero, en esta oportunidad, ya cansada no solo del reproche de sus amigas sino de ella misma y de su propia amargura, no descarta la posibilidad de asistir. Por el momento, solo sostiene en su mano la invitación que acaba de llegar por correo y pasea sus ojos marrones sobre las letras inclinadas que la invitan al cóctel del once de diciembre a las diecinueve horas y, mientras lee y relee las letras oblicuas de la tarjeta blanca que ahora sostiene más cerca de sus ojos, se dice: dale, no perdés nada, qué te cuesta salir un poco, dale, se repite, todavía con la invitación en la mano, y logra arrancarle al rictus de amargura de sus labios jubilados una mueca que no se parece en nada a una sonrisa pero que a ella le llega traducida en sonrisa y cree que, de verdad, está sonriendo de alegría, o de ilusión, o de ganas de buscar alguna ropa que le guste, para lucir esa noche, y verse bien, y tratar de agradar a algún otro que también se acerque al cóctel acaso con la misma expectativa de encontrar un poco de compañía, o de salir del ostracismo, o de dejar atrás tanta clausura. Apoya, después, la tarjeta blanca de letras inclinadas sobre la mesa del comedor y se dirige a su cuarto y abre el armario de cedro y se pone a analizar si todavía tiene alguna ropa que le pueda servir o si debería ir a comprarse algo nuevo, algo que fuera adecuado para la ocasión. Abre, con ojos renovados, el armario de su casona de San Isidro, esa casa que se le viene derrumbando, empedernida, refractaria a sus intentos por mantenerla como estaba cuando él vivía: sin humedades, sin grietas, con las ventanas limpias y los manteles aireados. Abre el armario con ojos frescos: con ganas de mirar. Y mira, entonces. Y se encuentra con vestidos comprados en viajes de hace décadas, cuando ella y él estaban bien, y se llevaban bien, y viajaban, y él la animaba: que se comprara más y más vestidos. Y ella lo complacía: se compraba vestidos, y zapatos, y carteras, y más vestidos. Y ahora los mira, esta tarde de soledades indeclinables, y los encuentra alicaídos, un poco antiguos, algo gastados, descoloridos. Pero, igual, como también es una tarde de deseos renovados, los mira con cariño y los va sacando, uno a uno, del armario, y los apoya, con toda parsimonia, sobre el edredón de su cama enviudada. Va eligiendo, esa tarde, algunos: los que le parecen más sensuales, más livianos, más cortos. Cuando termina la faena se encuentra con cinco vestidos, sobre la cama. Los mira bien: los ha usado hasta el hartazgo y recuerda perfectamente, ahora, cuándo los compró. Se acuerda especialmente del vestido rojo: comprado en Roma, estrenado en Roma, aquella noche: él que le regalaba un ramo de rosas amarillas y ella tan enojada. No hubo Cristo que remontara la noche. Y ahora mira ese vestido y un poco se arrepiente. Se arrepiente con el recuerdo dormido: no era para tanto, piensa ahora, bien podrías no haberte enojado de esa manera, así, de esa manera irremontable. Hace un chistido y lo recoge de la cama y se lo apoya sobre el cuerpo abandonado. Se mira en el espejo. Mira ese rojo carmín, furibundo, y se mira el rostro apático y se dice que no: vas a parecer un payaso, no vas a ir así. Lo tira sobre la cama, enojada, y recoge el vestido verde, ese que compró en París. Recuerda, también, que lo compró con cierta ilusión: esa noche iban a celebrar su aniversario de bodas, pero discutieron, camino al restaurante, por alguna razón que ya no recuerda, y terminaron cenando en silencio, con dagas en los ojos, atragantándose la comida en sus bocas crucificadas. Vuelve a pensar que no valía la pena tanta reyerta inconducente. Vuelve a chistar y deja el vestido verde sobre la cama. Repite la operación con el vestido gris perla, y el negro, y el azul. Chista y rechista, esa tarde, y los labios se le arrugan, se fruncen, se amargan. Soslaya el mal momento, los malos recuerdos, y vuelve a colgar la ropa en su armario de cedro. Se hace de noche. Ella elige no pensar. Va a la cocina, se prepara una ensalada, elude los rituales: no tiende la mesa: cena de pie y se va a dormir. Se despierta curiosamente alentada. No recuerda pesadillas ni sueños hostiles. Se despierta liviana y va, en esa duermevela agradable, hasta la cocina. Se prepara un café y piensa en su amiga, Ofelia. Es la amiga con la que siente más afinidad. Decide llamarla, a media mañana. Quiere contarle la idea que tuvo; quiere preguntarle si le parece apropiado alguno de sus vestidos o si cree, por el contrario, que debería comprarse uno nuevo. Es sábado y Ofelia acude, esa tarde, a dar su veredicto. Ella se prueba los vestidos, uno a uno, mientras Ofelia le pide que camine, que desfile, que gire, que baile. Terminan eligiendo un vestido negro, a la rodilla, sobrio, con mangas ajustadas, hasta el codo. Eligen un collar de perlas y unos zapatos en punta, de tacos finos, no muy altos. Las amigas conversan, se ríen, beben un té y, más tarde, con el alivio de la tarea cumplida, descorchan un vino y beben unas copas antes de despedirse. Esa noche, Blanca Nieves se va a dormir animada. Se acuesta contando los días que faltan para el evento: cuatro, apenas. En los días subsiguientes, se sorprende cantando, eligiendo el peinado, pidiéndole un turno a la manicura, cantando de nuevo, hablando con sus amigas, contándoles que, finalmente, ha decidido asistir al cóctel.

Llega el día. Algo nerviosa, con tiempo de sobra, se baña, se viste, recibe a la peinadora: le pide ese peinado a medio recoger que había visto en una revista de modas. Despide a la peinadora, se perfuma y se sienta en el comedor. Decide esperar un poco, no quiere llegar primera. Deja pasar diez minutos. Pide un taxi.

El cóctel se sigue haciendo en el Club Francés, como todos los años. Apenas llega, la detiene el fotógrafo. A su ex amiga, ahora anfitriona, le gusta sacarse una foto con cada invitado y, en ese momento, ella se siente acogida, recibida, bienvenida: se siente importante. Pero apenas el fotógrafo dispara las tres fotos de rigor, como lo hace con cada invitado, ya la anfitriona clava la vista en el siguiente, extiende sus manos, lo invita a fotografiarse con ella, lo abraza, como si fuera el único, el más importante: le toma la mano, se la acaricia, la palmea un rato, y lo mira a los ojos y le sonríe y balbucea unas palabras gastadas de agradecimiento mientras el fotógrafo capta el instante y asiente y, entonces, ella deja desvanecer el saludo, y mira al siguiente, y le extiende sus manos, y lo acoge, y recomienza la ceremonia de la recepción. Y así, unos tras otros, van ingresando al inmenso salón del Club Francés: se amontonan bajo esos techos altísimos de molduras replicadas, se pavonean entre las columnas redondas, blancas, rodeadas de mozos que sostienen bandejas de copas, y de canapés. Blanca Nieves ingresa al salón y se atolondra un poco. Ahora se da cuenta: no ha llevado compañía y no está segura de encontrar un solo rostro conocido. Le ofrecen una copa de champagne. Ella la acepta y se encuentra de pie, sola, con esa copa, en ese recinto, recriminándose. Se siente en la periferia de una colmena. Se reprocha. Para qué vine, se pregunta, mientras no sabe si caminar con la copa en la mano, como pretendiendo que se dirige a saludar a alguien que cree reconocer a la distancia, o si quedarse quieta, en algún rincón, apoyada en alguna columna, y dedicarse a mirar los atuendos de los demás o a escuchar el murmullo incesante que ahora va en aumento, minuto a minuto, con la llegada de más y más invitados que zumban y zumban. Se dedica a contarlos: calcula más de doscientos. Mira hacia la puerta y ve que su ex amiga sigue allí, de pie, recibiendo a los rezagados, fotografiándolos, sonriéndoles. Blanca Nieves no puede dejar de reprocharse la mala idea de haber ido: siente unas ganas irrefrenables de abandonar ese sitio insensato. Primero piensa que no es educado retirarse tan pronto, pero enseguida se le ocurre que nadie lo notará: hay tanta gente, acá, quién lo va a notar, se dice. Decide ir al baño, primero. Apoya la copa vacía en una mesa repleta de copas vacías y le pregunta a un mozo dónde quedan los baños. El mozo le responde con una amabilidad desmedida y una sonrisa de dientes violentos, recién estrenados. Ella se reprocha su mal humor, sus indecisiones, su quietud. Se dirige al baño, que está en la otra punta, mientras atraviesa enjambres de abogados, de contadores, de actrices y de artistas que ríen, y hablan, y solo acrecientan el murmullo uniforme que se replica contra los techos altísimos del Club Francés. Se promete que sale del baño y bebe otra copa y pide un taxi y se va. Y eso hace. Sale del baño y busca, con la vista, una de las mesas de bebidas. Identifica una, contra el ventanal que da a las escalinatas del jardín. Hacia allí se dirige. Llega resuelta a agarrar, de la mesa, una de las copas ya servidas, cuando ve que un hombre, que está a su lado, ya tiene dos copas en la mano y le entrega una, ágil: la invita a brindar. Ella corrige, rápido, el movimiento que había iniciado para tomar su propia copa de la mesa: detiene el brazo, en el aire, y lo gira, y la mano se acerca a la copa que ese hombre viene de ofrecerle, y la agarra, y sonríe, atónita, todavía reponiéndose de su propia conmoción, y choca su copa con la del desconocido que ahora le sonríe desde unos labios rojísimos. El hombre tiene ojos negros y viste un traje costoso, de seda, pero ella no repara en el traje: queda prendada de la sonrisa roja y del gesto, sobre todo del gesto: ese gesto de acercarle una copa. Y en ese estupor se encuentra cuando escucha que él la invita a salir del recinto, a cruzar el ventanal, a sentarse en las escalinatas que dan al jardín. Ella acepta. Encantada, le dice, y salen, y se sientan en las escalinatas, y beben. Él le pregunta que de dónde conoce a la anfitriona y ella exagera: que son amigas, le dice, de la secundaria. Él le cuenta que es abogado, que conoce a la anfitriona de algunos asuntos que llevaron juntos. Blanca Nieves le cree: sabe que su amiga invita al cóctel a todo el que haya compartido con ella una actividad cualquiera, social o laboral. Esa noche, ellos comparten dos copas más y luego ella se excusa y él le pide el teléfono y a ella se le escapa una risita nerviosa y revolea los ojos al cielo y él le entrega una tarjeta personal, con su nombre, y ella lee: Dr. Joaquín Laplacette, y se ruboriza y lo mira y le da, entonces, su teléfono, y él promete llamarla: que le gustaría invitarla a cenar, le dice.

Blanca Nieves vuelve a su casa caminando entre nubes, estremecida. Apenas llega, mira el reloj: las diez de la noche, pasadas. Le parece que no es tarde y decide llamar a Ofelia: le cuenta. Le cuenta que ya se iba, en realidad, que se sentía perdida entre esa muchedumbre de desconocidos, cuando sucede el imprevisto: ese hombre, las copas, el brindis, la charla, la promesa de una invitación. La amiga la escucha, atenta, y se ríe con ella: viste, tonta, que estabas preciosa con ese vestido negro; qué alegría, le dice. Después cortan y Blanca Nieves se desviste y pone música mientras elige un camisón: busca uno que tenía al fondo de un cajón: un camisón de seda blanco, largo. Lo encuentra y decide que sí, que es el camisón adecuado para ese momento, y se pone a bailar un jazz, primero, y un blues, después, y levanta los pies, los arrastra, los acompasa, se ríe sola, y le cuesta, esa noche, el alma alborozada, conciliar el sueño. Da vueltas, en la cama, la sonrisa inamovible: la boca no se le cierra con nada. Toma un ansiolítico, finalmente, y se duerme.

Él demora varios días en llamarla. Ella atraviesa distintos estados de ánimo durante esos días: a ratos se piensa ingenua por haber creído que él iba a llamarla; a ratos se consuela y piensa que no debe impacientarse, que ya la llamará. Va por el cuarto día de espera. A veces se sienta con la tarjeta del Dr. Laplacette en las manos. Se sienta en el sillón y le dan ganas de llamarlo, pero se aguanta. Resiste, sentada, mientras juega con la tarjeta, la huele, la apoya en la mesa, la vuelve a agarrar. A veces repite su nombre en voz alta, Dr. Laplacette, repite, sílaba a sílaba, como si ese gesto lo invocara: lo alentara a llamarla más pronto, lo antes posible, para hacerle saber cuánto se había estremecido al conocerla.

El llamado llega, finalmente. Llega al séptimo día: es jueves, otra vez. Ella atiende, nerviosa, se hace la distraída, lo escucha. Él le dice unas palabras amables: que no ha podido dejar de pensar en ella, que ha tenido que viajar, por negocios, pero que ha vuelto y que se sentiría muy afortunado si ella le concediese la dicha de cenar con él. Ella emite unos gorjeos nerviosos, meras interjecciones, al otro lado de la línea, mientras sigue escuchando la voz melosa que la invita, el sábado, a cenar. En Puerto Madero. Que la puede pasar a buscar a las nueve, si le parece bien. Y así quedan. Y, apenas se despiden, ella se pone de pie y hace como que baila, se agarra la pollera, y la agita, como en estreno de algo, y vuelve a girar, y gira, y gira, y un poco se marea y entonces se detiene y no duda en llamar a su amiga. Quiere contarle que él la llamó, que la invitó. Quiere pedirle que le haga el favor de venir, otra vez, a asesorarla con el vestuario: una manera de pedirle que venga a acompañarla, a alentarla. Viene, Ofelia, al día siguiente. Es viernes, hace calor, son las cinco de una tarde que parece verano. Blanca Nieves la recibe con una limonada y se sientan, las dos, a conversar. Ofelia le pregunta cada detalle con fervor adolescente: quién es, cómo es, a qué se dedica. Blanca Nieves le va contestando, a puro júbilo, y al rato baja la vista, como si quisiera ocultar una parte de su alegría, como si le diera un poco de pudor tanta festividad. Pero al cabo se levantan, las amigas, de la mesa, y van al dormitorio, a que Blanca Nieves se pruebe, otra vez, los vestidos. Ofelia quiere convencerla: el mejor, sin dudas, es el verde. Es elegante, le dice, realza tu silueta: es el vestido perfecto para una cena a la vera del río. Pero Blanca Nieves duda: no sé si cambiar de color, le dice, a él le gustó mi vestido negro; mirá si cambio y dejo de gustarle. Ofelia le discute: no seas ridícula, no le gustaste por el color del vestido, solo a vos se te ocurre eso, estás loca. Ese vestido es el mejor, le insiste, y acaba por convencerla. Después se dedican a elegir los zapatos, la cartera, los accesorios. Cuando tienen el vestuario resuelto, Ofelia se excusa y Blanca Nieves la despide, agradecida, en la puerta, la mano en alto, la sonrisa a medio camino entre la alegría y el cansancio.

Dedica el sábado entero a replicar los ejercicios previos al cóctel: va a la manicura, se baña, se viste, recibe a la peinadora, se perfuma, se sienta, espera. Son las ocho y cincuenta y ella está lista. Faltan diez minutos para que el Dr. Laplacette pase a buscarla.

Son las nueve. Las nueve y uno. Las nueve y dos. Las nueve y tres. Suena el timbre. Ella sonríe agradecida, o aliviada: había empezado a recordar las impuntualidades consuetudinarias de su esposo. Va hasta la puerta, abre, lo ve de pie, con un interminable ramo de rosas en las manos. Se sonríen, a la distancia, y él enseguida se acerca, y le entrega las rosas, y le ofrece el brazo, y la lleva hasta el auto, y espera a que ella se acomode, y le cierra la puerta, y da la vuelta, sin quitarle los ojos de encima y, cuando él entra, ella siente ese perfume seco, viril, y le mira las manos decididas, y la camisa tan blanca, y los labios carmín que se vuelven rojo oscuro en la noche del auto, y cree que se le va a saltar el corazón del vestido verde que le hizo poner la amiga.

Apenas llegan, un joven se ocupa de estacionar el auto; él le da el brazo, otra vez, y la lleva hasta la mesa que pidió. Cruzan el salón de luces tenues, lleno de velas y de flores, y salen al jardín que está a la vera del río. Allí hay una mesa reservada a nombre del Dr. Laplacette. La mesa tiene velas y pétalos de rosas rojas esparcidos sobre el mantel blanco. Así la pidió, el Dr. Laplacette, para esa noche. Ella mira los pétalos y le agradece el gesto, los ojos ilusionados, y se acuerda del ramo de rosas. Le pregunta si no es conveniente ir a buscar las flores: quedaron en el auto, habría que ponerlas en agua. Él le contesta que no es necesario: son rosas buenas, van a sobrevivir. Ella se relaja, le sonríe, balbucea algo; él le devuelve la sonrisa, la mira a los ojos, le acerca la silla.

Esa noche cenarán a la luz de las velas y mirarán las luces blancas, a veces azules, que el río calmo de esa noche reflejará sobre su superficie. Hablarán, y se reirán, y sonreirán más y más. Beberán champagne. Cenarán como reyes. Pedirán el postre. Él se excusará, entonces: dirá que va un minuto al baño, que ya vuelve. Ella se quedará mirando el río y las luces trémulas que el agua seguirá reflejando y mirará, también, todavía admirada, los pétalos de rosas esparcidos sobre el mantel. Unos minutos después, llegará el postre: unas frutillas a la crema, para ella; una copa helada, para él. Pasarán algunos minutos más. Ella se inquietará, dudará. No sabrá si empezar el postre o si esperarlo. Decidirá esperar. Esperará. Dos minutos. Tres. Cinco. Desviará su mirada del río y de los pétalos que yacen sobre la mesa y la detendrá sobre la copa helada. Advertirá que se está derritiendo, lentamente, mientras el Dr. Laplacette sigue en el baño.

Llamará al mozo. Le hará notar el postre derretido. Le pedirá que tenga la amabilidad de ir a fijarse si el Dr. Laplacette se ha descompuesto. El mozo acudirá, solícito. Ingresará al recinto revestido de mármoles, repleto de mingitorios y de lavabos y de espejos biselados. Interrogará al aire: Dr. Laplacette, ¿se encuentra usted acá?, Dr. Laplacette, ¿se siente bien? Nadie responderá. Regresará, desconcertado, a la mesa. Advertirá que la señora no ha tocado una frutilla y que la copa luce completamente derretida. La mirará con ojos afligidos: que el doctor no se encuentra en los baños del establecimiento. Lamentablemente, agregará. Los labios de ella se cerrarán, otra vez, en ese rictus de amargura que se le instala con la familiaridad del hábito. Ella se limitará a pedirle la cuenta, lo más estoicamente que pueda, mirándolo como si fuera lo más natural del mundo estar allí sentada, a la vera del dique, entre pétalos y velas, esperando que un hombre salga del baño. El mozo, otra vez solícito, le dirá que ya mismo, que ya se la trae, enseguida. Mientras espera, ella se morderá los labios, los fruncirá, los moverá imperceptiblemente, a un lado y al otro, y revoleará los ojos, arriba y abajo, sin detenerlos en ninguna parte. Siete minutos más tarde, el mozo regresará con la cuenta. Ella manoteará la cartera, para pagar. Manoteará una y otra vez el respaldo de su silla. Manoteará en vano: la cartera ya no estará allí, donde la había dejado. Se pondrá de pie, confundida. El mozo acompasará sus movimientos a los de ella. Mirarán debajo del asiento, y debajo de la mesa, y constatarán, juntos, que la cartera, en efecto, no está allí. El mozo advertirá que Blanca Nieves está a punto de desvanecerse. Correrá, comedido. La abanicará, le traerá un vaso con agua fresca. Ella pedirá retirarse: que si le pueden llamar un taxi, por favor. El mozo irá a hablar con el encargado del establecimiento. El encargado se acercará a la mesa. Le explicará que lo siente, pero que ella no puede retirarse sin pagar la cuenta. Ella lo mirará azorada y le pedirá, entonces, que tenga a bien llamar a su hermana. La acompañarán a la caja. Le prestarán un teléfono. Ella balbuceará la situación, avergonzada. La hermana tardará en comprender que debe retirarse de la cena en la que se encuentra, que debe subirse al auto y manejar hasta Puerto Madero. Tardará una hora en llegar. Pagará la cuenta. Manejará, muda, como si ese silencio pudiese soslayar el infortunio de su hermana, su propio fastidio, la situación toda. Discutirán, a ratos, en el auto. Blanca Nieves le pedirá que la lleve a su casa. La hermana le preguntará con cuáles llaves tiene pensado entrar si le han robado todo. Le sugerirá hacer la denuncia, buscar una cerrajería abierta. Blanca Nieves le dirá que ella tiene una llave de repuesto, en la maceta de la entrada: que ya no quiere molestarla, que ya hizo suficiente, que ella se ocupará de todo, mañana.

Las hermanas se despedirán cuando el auto llegue a la puerta de la casona desabrida de San Isidro.

Serán las dos de la mañana. Blanca Nieves retirará las llaves de la maceta. Solo le falta entrar a su casa. Apenas lo haga, encontrará un interminable ramo de rosas sobre la mesa del comedor, reconocerá el perfume viril, le tomará meses descubrir todo lo que le falta.

(De: Me verás caer, Tusquets, Buenos Aires, 2023)