¿Sabes qué, neandertal?

Por José Blanco

Imagen: Svante Pääbo posa con la réplica de un cráneo de neandertal en el Instituto Max Planck de Leipzig. Matthias Schrader (AP)

En una foto muy difundida, el Nobel paleogenetista Svante Pääbo levanta la calavera de un neandertal con su amplia, un tanto tétrica y enigmática sonrisa. Pääbo la mira cara a cara y sonríe también: dímelo todo, revélame tu vida y tu historia. Ya sé que llegaste a lo que habría de ser el inmenso territorio de Eurasia antes que nosotros; que cazabas y comías mamíferos pequeños, que te gustaban las almejas, los langostinos, los peces y una gran variedad de vegetales; ya había de todo eso, o cosas semejantes. Ya sé que fuiste precursor del muralismo con tu arte rupestre en cuevas de Cantabria, Extremadura y Andalucía. Con pigmentos negros y sobre todo rojos, te diste vuelo pintando animales; también figuras geométricas: la abstracción de la forma. Y enterraste a tus muertos, porque alcanzaste autoconciencia y conciencia de la finitud de la vida. E hiciste ritos de canibalismo en pos de la trascendencia.

Seguimos los pasos de ustedes por Europa, Oriente Próximo, Oriente Medio y Asia Central. Vimos sus huellas en la tierra y en la hierba, las olimos, nos las aprendimos. Las primeras veces que nos encontramos, nos vimos con extrañeza, casi con espanto. Nos acercábamos, lanzábamos aullidos estridentes, corríamos a escondernos y volvíamos a acercarnos temblando de miedo. Nos parecíamos, pero ustedes olían diferente; y qué enorme cabeza tenían. Nosotros éramos más altos, pero ustedes, más fuertes. Los ruidos raros que ustedes emitían no se parecían a nuestros gruñidos. Pero seguro que aprendimos algunos de sus berridos y bufidos que apuntaban a cosas de aquel mundo que apenas estábamos descubriendo. Y seguro que ustedes también aprendieron de algunos de nuestros gruñidos. Pero no están ustedes aquí para contarlo. Muchos de aquellos entrañables sonidos sin duda perviven en nuestras lenguas.

Los de entonces formábamos grupos más grandes que los de ustedes; cuando combatíamos por cosas de comer, ustedes terminaban corriendo. Aunque los carambazos que ustedes nos propinaban con sus puños eran más rudos que los nuestros; ustedes tenían más fuerza, pero nosotros éramos más, así que, aunque nuestras armas para golpear eran iguales a las suyas, casi siempre, no siempre, ¡qué va!, ganábamos.

¿Sabes qué, neandertal?, convivimos como 200 mil años. Ahora ya no es así. Es triste que ustedes ya no existan. Pero vivimos mucho más tiempo juntos que el tiempo que hemos estado sin ustedes. Debo confesártelo: llevamos muy poquitito tiempo de haber caído en la cuenta de que ustedes existieron, así de ciegos hemos sido. Cuando nos enteramos de ustedes, por más de un siglo muchos nos sentíamos muy afligidos de pensar que tuvimos abuelos comunes; los abuelos de ustedes fueron también nuestros abuelos, en África. También era deplorable, aún lo es, que no tengamos unos primos de especie. Es de verse cómo otros mamíferos como nosotros, hoy, tienen muchísimos primos. Los perros tienen: lobos, coyotes, hienas, chacales. No se diga los gatos: tigres, leones, guepardos, linces, leopardos, pumas, cerca de 40 especies, cuántos primos.

Pero no sólo los guardamos a ustedes en la memoria. Los llevamos en nuestra sangre, más precisamente en nuestro ADN. Cada vez parece más cierto que, de cierta forma, nosotros y ustedes desaparecimos, porque dicen los estudiosos que fue por hibridación, una de las hipótesis que gana más adeptos. Aunque eso suena como a probeta: «La hibridación, en relación con la genómica, es el proceso en que dos moléculas complementarias de una sola hebra de ADN y/o ARN se unen y forman una molécula de doble cadena. La unión depende del apareamiento apropiado de las bases entre las dos moléculas de una sola hebra». ¿Sabes qué, neandertal? Ese «apareamiento apropiado» no pudo ocurrir sin el que ustedes y nosotros cumplimos quién sabe cuántos cientos de miles o, mejor aún, millones de veces. Una de ustedes y uno de nosotros, y al revés, nos miramos con lujuria, nos olimos, nos ensalivamos lamiéndonos, nos compenetramos más o menos «por las bases», apropiadamente, como dicen del ADN y del ARN los que saben. Hay algunos de nosotros a quienes no les tocó nada de aquellos romances tan compulsivamente lascivos. Son nuestros hermanos nacidos en África. Ni modo, queridos, el mundo no es perfecto.

Después de aquel afortunado encuentro concupiscente, nosotros ya no volvimos a ser los mismos porque, aunque fuere en una medida pequeña, nuestro ADN ya no era el mismo. Desaparecimos los que fuimos y aparecimos nosotros los de hoy. Ustedes desafortunadamente no resistieron el encontronazo de los amores hibridantes. Lo dicho, el mundo no es perfecto. Pero los llevamos con nosotros porque, ¿sabes qué, neandertal?, los genes son inmortales. Morimos las personas, pero nuestros genes siguen en la prole humana, indefinidamente. Así que si nosotros los acabamos a ustedes, por hibridación o como fuere, también los hemos hecho inmortales. No es poca cosa.

La Jornada