Ser diferentes, para cambiar el mundo

Por Raúl Zibechi

Todo el empeño de la clase dominante está puesto en eliminar o achatar las diferencias en los modos de vida, en las prácticas cotidianas de los pueblos, las clases y las personas, respecto de la cultura dominante. Para eso se militarizan regiones enteras, se producen genocidios y exterminios de poblaciones, desde hace cinco siglos.

La evangelización forzada promovida por los conquistadores se propuso destruir la autonomía política y cultural de los pueblos originarios, anclada en modos de vida comunitarios y en espiritualidades diversas pero irreductibles al despojo del naciente capitalismo. No se trataba de una cuestión de religiones, de dioses verdaderos o falsos, sino de que los pueblos no debían seguir viviendo a su modo, según sus costumbres.

La destrucción de los modos de vida de los campesinos ingleses fue clave para la implantación y expansión del capitalismo, como analiza Karl Polanyi en La gran transformación. Para eso se aplicó la violencia de arriba, despojando a los campesinos de las tierras comunales para convertirlos en vagabundos que terminarían como trabajadores encarcelados en los satanic mills (molinos del diablo), piezas claves de la revolución industrial.

La ofensiva contra las tabernas y otros espacios de los trabajadores a comienzos del siglo XX persiguió destruir los espacios donde los obreros utilizaban su tiempo libre para relacionarse de modos distintos a los que imponía la lógica capitalista, convirtiéndolos también en territorios de autonomía cultural y de organización de sus resistencias, como explica James Scott en Los dominados y el arte de la resistencia.

Podemos remontarnos a los días de la esclavitud (cuando quilombos y palenques eran espacios de libertad y revuelta), o aterrizar en nuestros días (cuando los estadios de futbol, que fueron espacios diferenciados de la clase obrera, se convierten en mecanismos de acumulación por despojo y de la especulación financiera), para comprobar que la historia de las luchas es, también, la de la destrucción y la reproducción de las diferencias de clase, color de piel, géneros y diversidades sexuales.

La guerra que hoy sufren los pueblos originarios y negros de todo el continente, los campesinos, las mujeres y los jóvenes que luchan, tiene por objetivo despojarlos de sus modos de vida y convertirlos en dependientes del capital. Para forzarnos a servir. Para convertirnos en esclavos asalariados, que por menos de un salario mínimo dedicamos nuestras vidas a lubricar la acumulación capitalista.

La brutal ofensiva contra los pueblos originarios, desde Chiapas y la sierra Tarahumara hasta el sur de Chile, se propone expulsarlos de sus tierras para convertirlas en mercancías, ciertamente; pero también porque en sus territorios los pueblos viven de modo heterogéneo respecto del capitalismo. En este caso, territorio y diferencia están anudados, y son los que permiten la continuidad de la resistencia.

En su último trabajo ( Ir más allá de la piel, Tinta Limón, p. 51), la feminista Silvia Federici destaca que durante la Gran Depresión «se esterilizaba a mujeres blancas de clase obrera cuando se las consideraba débiles mentales, categoría que empleaban los trabajadores sociales y los médicos para etiquetar a las mujeres consideradas promiscuas y propensas a tener hijos fuera del matrimonio». O sea, por ser diferentes respecto al modelo capitalista de mujer.

La diferencia, las diferencias, son potencialmente anticapitalistas, pero no de forma mecánica. En el mismo sentido, podemos asegurar que si no existen modos de vida, culturas y cosmovisiones diferentes a los hegemónicos, es imposible cualquier resistencia duradera, toda aspiración a cambiar el mundo y superar el capitalismo construyendo mundos-otros, nuevos y, sobre todo, diferentes. Este punto ha sido enfatizado suficientemente por el Ejército Zapatista de Liberación Nacional.

La segunda cuestión es que la diferencia no cae del cielo, no es un dato de la realidad, heredado o inamovible. Debe ser cultivada, defendida, profundizada, cada día, cada hora, en resistencia contra quienes quieren eliminarla. El sistema lo hace de varios modos. Uno de ellos es la violencia y el cerco, como el que sufren tantas comunidades y bases de apoyo, como pudimos comprobar en Nuevo San Gregorio, en territorio del caracol 10.

De modo más sutil, el capitalismo suele neutralizarnos con la tentación del consumo, que es una poderosa fuerza de atracción de los jóvenes. El impulso a la migración, a dejar que de ser quienes somos, es un modo de suprimir las diferencias de abajo, complementario de la violencia descarnada.

Por todo esto, la lucha se produce en múltiples frentes: en la defensa del territorio, en la afirmación de la cultura propia, en el empeño por no dejarnos arrastrar a modos de vida que nos quieren imponer para desfigurarnos como pueblos y como personas.

A mi modo de ver, la diferencia es el fuego sagrado que debemos proteger, cuidar, profundizar y multiplicar, cada día de nuestras vidas.

La Jornada

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