Slim

Por José Blanco

Carlos Slim dio una conferencia en el ITAM. Palabras campechanas, a veces deshilachadas, de sal, de dulce y de manteca. Habló del desarrollo insatisfactorio de México, de unidad política, de historia política, de qué no.

Slim es tan grande que le fue indiferente el hecho de asistir a una casa académica; él se expresa así: «Lo que se debe buscar es un nivel mínimo de bienestar, e igualdad de oportunidades y de seguridades.

Que todas las personas tengan igualdad de oportunidades, la educación, la formación, no sé qué, y de seguridades de salud, de jubilación, pas, pas, pas».

Algunos ociosos del mundo del dinero calculan que Slim gana unos 10 millones de dólares por hora. Como hace millones sin parar, se siente autorizado para hablar de economía, de historia política, de historia humana remota…

Dijo: «Voy a hacer aquí una crítica a muchos conceptos cuando se habla de igualdad, pues, perdón que lo diga, pero es una tontería, no se trata de igualdad.

Se trata de que haya un nivel mínimo de bienestar». Si alguien esperaba que se desplegara la crítica a «los muchos conceptos» acerca de la igualdad, debió quedarse esperando porque la crítica no apareció. Aunque es posible que Slim piense que decir «es una tontería», es una crítica conceptual. «Se habla de distribución de la riqueza, pues imagínate que mañana distribuyan Pemex, además es del pueblo según dicen, ¿qué crees que va a pasar?, pues van a vender las acciones…»

Tocó así Slim, tangencialmente, dos asuntos neurálgicos interrelacionados de la historia de las sociedades humanas: la desigualdad y la propiedad. Según el pensamiento de la clase dominante, ambas son realidades naturales. La izquierda sabe que son construcciones sociales. El fundamento último de la desigualdad es la propiedad privada.

En Derecho, legislación y libertad, Friedrich Hayek argumentó: «Ya no caben dudas de que el reconocimiento de la propiedad precedió al desarrollo de todas las culturas, incluso de las más primitivas y de que ciertamente todo lo que denominamos civilización se desarrolló sobre la base de ese orden espontáneo de acciones que es posible gracias a la delimitación de dominios protegidos de individuos o de grupos».

El padre intelectual de Hayek fue John Locke, quien creía que la propiedad precedía a los estados y estaba sujeta a derechos naturales. La organización social debía fundarse en esos derechos, o, como dijo sucintamente Locke, «la conservación de la propiedad es el fin del gobierno». En general, el pensamiento de la derecha tiene la concepción de Locke sobre la propiedad: una realidad que acompañó a toda sociedad humana y que antecede a toda forma de organización social.

El argumento de Hayek y Locke es falso. Conforme los estudios antropológicos avanzan, se verifica la idea de Rousseau: «El primer hombre al que, cercando un terreno, se le ocurrió decir esto es mío y halló gentes bastante simples para creerle, fue el verdadero fundador de la sociedad civil. Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de la cerca o cubriendo el foso: ¡No escuchen a este impostor; estarán perdidos si olvidan que los frutos son de todos y la tierra de nadie!» Para la clase dominante estas ideas son la amenaza del horror.

La propiedad privada de los medios para producir, que es a la que aquí aludimos (no a la propiedad de los bienes personales), surgió a la vida de los hombres con la esclavitud. Después surgieron los dominios de reyes y emperadores, el cercamiento de tierras comunitarias y la desposesión de los pueblos colonizados. En ese trayecto la humanidad se dividió entre los que viven de la riqueza y los que viven del trabajo. Es el fundamento de la desigualdad. Esa, es una construcción social, no un hecho de la naturaleza. La propiedad nació de la desposesión.

Edmund Burke, filósofo y político, padre del liberalismo conservador británico, escribió en el siglo XVIII: «Créame, señor, los que intentan nivelar, jamás igualan. En todas las sociedades constituidas por distintas clases de ciudadanos, una u otra debe ser la principal. Los niveladores, por consiguiente, solamente cambian y pervierten el curso natural de las cosas; sobrecargan el edificio de la sociedad poniendo en el aire lo que la solidez de la construcción requiere que esté en el suelo». Este pensamiento no ha variado. Burke subrayó así un punto crucial respecto a los sistemas clasistas: la división entre los que tienen propiedad y los que no la tienen.

Una realidad que no es para la clase dominante un sistema de injusticia y opresión, sino un orden natural. Así ha pensado esa clase su propio estatus: natural y fundado en «méritos». Es menester volver a escribir sobre méritos, una falsa apreciación de los de arriba sobre sí mismos.

En la izquierda continuará por mucho tiempo el estudio y el debate de cómo la humanidad puede superar el capitalismo, el último sistema histórico fundado sobre la propiedad y la desigualdad.

La Jornada