Sofía, un desecho más para una sociedad que descarta y olvida

Sofía Belén Vicente carecía de todo valor a ojos de sus victimarios. Pero también a ojos de una parte de la sociedad bien que suele calificar con palabras de desprecio a pibas que encarnan «lo desechable». El estado de excepción en el que vivimos es la regla, decía Walter Benjamin.

Por Claudia Rafael

Foto: El Popular, Olavarría.

(APe).- Tenía 23 años. Una vez más, una piba fue estragada en Olavarría. Como un objeto, como una bolsa de basura, fue tirada y hace unas horas encontrada, con sus pies amarrados y en ropa interior en un sumidero. Mientras se la buscaba aquí y allá, mientras pistas falsas hacían creer que «por propia voluntad» estaba en Mar del Plata. Sofía Belén Vicente tenía apenas 23 años y gente real, de carne y hueso, no monstruos –como suele pensarse- la destrozaron y la arrojaron a un pozo séptico. Y, por tanto, se la coloca en el mismo lugar que las heces de la sociedad.

Como hace algunos años hicieron en la misma ciudad con Andrea Trinchero, como en 2002 hicieron también con Karina Mairani y su bebé. A Mara Navarro la encontraron en un baldío. A Magalí Giangreco, entre los pastizales de una estación de servicio abandonada. A Mairel Mora, en una casa en construcción olvidada. Todas historias ocurridas en la misma ciudad cimentada en cárceles y cemento.

Decenas y decenas. Nombres. Demasiados. Con una sistematicidad de espanto, pibas son devoradas y transformadas en estiércol. Desechadas y con el tiempo olvidadas como si jamás hubieran existido. Y no se trata ya de pensar qué hace la Justicia (que, por cierto, suele hundir demasiadas historias en una impunidad perversa) porque, después de todo, interviene cuando ya todo ocurrió. Las dirigencias políticas, mientras el horror de pibas acribilladas a pura crueldad se desnuda, siguen danzando en discusiones banales, con los ojos en sus respectivos ombligos.

Se trata de poner patas arriba una sociedad que cada vez más se edifica en la desigualdad, en el desprecio de clase que convierte en pieza de descarte a las vidas en los márgenes, que vulnera las fragilidades y las pisotea, las destruye, las entierra, las hostiga.

Sofía Belén Vicente carecía de todo valor a ojos de sus victimarios. Pero también a ojos de una parte de la sociedad bien que suele calificar con palabras de desprecio a pibas que encarnan «lo desechable». El estado de excepción en el que vivimos es la regla, decía Walter Benjamin. Un estado de excepción que hace que ciertas vidas puedan ser ultrajadas y no se derrumbe estructura alguna de los edificios simbólicos y éticos de una comunidad.

Sofía tenía un niño de cinco años. Un chiquito más que como cientos y cientos cada año, crecerá sin su mamá. Con la marca de la perversidad y el desprecio en su psiquis y en su historia.

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