Tiempo de jaurías liberadas

La desmonopolización de la violencia

Por Esteban Rodríguez Alzueta*

Imagen: Ciervo acosado por una jauría de perros, Paul de Vos.

Como viene sucediendo en los veranos, otro hecho conmociona a la costa argentina y entretiene a la opinión pública: el asesinato del joven Tomás Tello. Un evento que algunos periodistas televisivos se apresuran a cargar a la cuenta de la «mafia de los vendedores ambulantes». No digo que no haya comerciantes callejeros involucrados en el asesinato, pero presentarlo de esa manera tiene, por lo menos, dos grandes problemas. Primero, porque contribuye a estigmatizar a los vendedores ambulantes en general, agregándoles nuevos aprietos a las dificultades que ya tienen estos emprendedores de la economía popular. La misma operación que se hizo con Fernando Báez Sosa cuando se cargó su asesinato a la cuenta de los rugbiers, ahora se hace con los vendedores ambulantes en el caso Tello: demonizar a un actor para convertirlo en chivo expiatorio.

Segundo, es un problema porque a través de categorías como «mafia» o «corrupción policial» (y digo también «corrupción policial» porque en este país se tiende dicho que donde hay mafia hay policía, está la corrupción policial, son dos palabras que llegan juntas, que casi siempre vienen en cadena y, de hecho, la pregunta que se hicieron algunos periodistas estos días fue «¿dónde estaba la policía cuando golpeaban al joven?», «¿por qué no estaba la policía?»), usadas desaprensivamente y con falta de rigor, se busca encapsular la violencia, evitar su onda expansiva. Son categorías que solemos usar para blindarnos, para impedir que el evento nos salpique a todos, para recortarlo o desacoplarlo de otros fenómenos, y pensarlo con lejanía y extrañamiento. Dicho en otras palabras: encapsular es una forma de seguir diciendo «yo no fui», «yo argentino», «en algo andaría». Encapsular los problemas para luego poner la paja en el ojo ajeno.

Algo que llama la atención es el giro patoteril de la violencia social. La violencia entra en juego cuando esta es desigual o se vuelve desigual, cuando son diez contra uno. Ya no hay uno contra uno, sino pirañaje, carancheada. Lo vimos en el caso Báez Sosa y también en el caso Tello, pero lo vemos todo el tiempo en los pabellones de las cárceles bonaerenses. De hecho, el término nativo que emplean los presos para nombrar estas nuevas formas de violencia, para designar las agresiones que diez presos le propinan a otro preso para rastrearlo o sacárselo de encima y luego dejarlo roto y tirado en la reja para que el Servicio lo saque de ese pabellón, es «caranchear», «lo caranchearon».

Quiero decir, la violencia interpersonal dejó de ser horizontal para volverse vertical. De hecho, la violencia interpersonal tiene lugar cuando se introduce un desequilibrio en la balanza de poder, una abierta disparidad en la relación entre las partes. Los conflictos entre pares son cada vez más dispares. Es decir, cuando una de las partes se transforma en una masa de acoso, cuando la violencia puede despersonalizarse o vivirse despersonalizadamente, cuando la violencia puede animalizarse y animalizarnos, esto es, cuando todos persiguen, todos cercan o rodean a la víctima, todos pegan, todos aportan su dosis de violencia letal, cuando todos alientan, festejan, avivan, filman, y todos matan.

Estamos, entonces, ante una transformación de la violencia interpersonal, donde las broncas, las picas y malentendidos se dirimen no solo a través de la violencia, sino a través de una violencia desequilibrada y desequilibrante, cuando aparece el grupo o, mejor dicho, cuando el grupo se vuelve patota (o puede volverse patota), y la patota se vuelve masa, una masa de caza, una jauría dispuesta a caranchear a la víctima.

El asesinato a Tomás Tello no es un hecho aislado, es otro signo de estos tiempos violentos, una época donde la violencia se ha liberado, donde la violencia se está desmonopolizando, donde el Estado ha perdido protagonismo para confiscar y dirigir la violencia social.

La transformación de la violencia interpersonal es la expresión de una transformación mayor: agresiones que ahora se organizan según otros rituales y otras reglas, que son las reglas de la selva, las reglas del más fuerte, las reglas que impone la época.

Para captar esta transformación de la agresión hay que leer esta violencia al lado de otras violencias. Al lado de los robos violentos, donde lo que se busca es lastimar, donde la violencia empleada tiene un plus de violencia que ya no puede cargarse a la cuenta de la instrumentalidad; al lado de las balaceras y sicariatos; al lado del gatillo fácil (que dicho sea de paso ya no es patrimonio de las policías, se ha «democratizado» o generalizado su uso). Pero también al lado de los linchamientos y tentativas de linchamientos; los escraches; las quemas o destrucciones intencionadas de vivienda con la posterior deportación de grupos familiares enteros de los barrios, y de todas aquellas acciones colectivas violentas y punitivas protagonizadas por grupos de vecinos que la señal de Crónica TV transmite todas las noches en vivo y en directo.

No son eventos espontáneos, sino procesos disruptivos de mediana duración que se han convertido en repertorios justicieros a través de los cuales los vecinos buscan reponer umbrales de tolerancia en los barrios fragmentados que, lejos de traer concordia y certidumbre, terminan desorganizando aún más a los barrios. La violencia es una manera de compensar la falta de reconocimiento en sus relaciones sociales, pero también la manera de suplir y reparar la protección del Estado.

Detrás de estas violencias está la crisis de representación, una crisis policial y judicial de largo aliento. Si los vecinos no se sienten cuidados por las policías y los operadores judiciales no toman los problemas de los vecinos, estos se sienten cada vez más tentados a derivar hacia formas de violencia expresiva y emotiva para tramitar sus conflictos. Más aún en una sociedad entrenada para no desactivar el odio, que ha decidido guardar los rencores, que invierte mucho tiempo en alimentarlos con prejuicios y estereotipos que disparan las pasiones bajas, que luego deberán movilizar para pasar a la acción por mano propia.

Pero detrás de estas violencias está el llamamiento que hizo Milei a los ciudadanos para responsabilizarlos por las cosas que antes eran de competencia exclusiva del Estado, incluso la seguridad y la justicia. Ya sabemos que los funcionarios pueden hacer cosas con palabras, de modo que conviene no subestimar las declaraciones de Milei y Bullrich. Estos funcionarios les pusieron un megáfono a aquellos grupos minoritarios que ahora se sienten interpelados y habilitados a tomar las cosas con sus propias manos. Está escrito en uno de los DNU. En otras palabras, en tiempos de tumulto, cuando el Estado no puede o no quiere asegurar la seguridad y llevar justicia, se exceptúa a los ciudadanos de rendir cuentas por el uso de la violencia. Este gobierno, lejos de traer tranquilidad, puede contribuir a exasperar los conflictos y disparar la violencia social hacia los extremos.

*Esteban Rodríguez Alzueta es docente e investigador de la Universidad Nacional de Quilmes y la Universidad Nacional de La Plata. Profesor de sociología del delito en la Especialización y Maestría en Criminología de la UNQ. Director del LESyC y la revista Cuestiones Criminales. Autor, entre otros libros, de «Temor y control; La máquina de la inseguridad»; «Vecinocracia: olfato social y linchamientos», «Yuta: el verdugueo policial desde la perspectiva juvenil», «Prudencialismo: el gobierno de la prevención»; «La vejez oculta», y «Desarmar al pibe chorro».

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