Tiempos de barbarie: entre el mono sapiente y el mono demente

Por Víctor M. Toledo

El mundo está de cabeza. Vivimos ya tiempos de barbarie. ¿Cómo explicar la multiplicación indetenible de la demencia humana? Los tiempos de demencia que hoy vivimos tienen que ver con una tendencia insana del ser humano hacia la autodestrucción. Y esto no se expresa en los casos identificados claramente como patológicos, sino en los «individuos sanos» que hoy dirigen los destinos del mundo.

Contra el autoengaño alimentado durante siglos, la ciencia terminó por develar la verdad. El cerebro humano, festejado por ser el «sistema con la mayor densidad conectiva conocida del universo» por sus 10 mil millones de células nerviosas (neuronas), contenidas en solamente mil 300 gramos de peso y un consumo energético mínimo, y capaz de desarrollar un millón de sinapsis (conexiones entre neuronas) por segundo, padece, sin embargo, de «un defecto de fabricación». Como lo señalé en un artículo anterior (15/11/22: https://acortar.link/xXUiTP), tres gigantes del pensamiento crítico nos lo advirtieron con antelación de décadas. Tres autores coincideron en que el ser humano es un «animal dotado de sinrazón» y que su cerebro presenta una frágil dicotomía que conlleva una contradicción: Arthur Koestler (1905-83) con su obra The Ghost in the Machine, aún sin traducción al español, publicado en 1967; Erich Fromm (1900-80), quien en 1974 publicó su Anatomía de la destructividad humana, y Edgar Morin (1921) en su libro El paradigma perdido (1973). Cada uno desde su tradición intelectual nos advierte, conjugando evidencias de diferentes campos (genética, evolución, paleontología, antropología, neurosiquiatría, etología, etcétera), que la crisis que hoy padecemos depende de esa fragilidad o volatibilidad del cerebro humano. Morin señala: «con todo en esta complejidad policéntrica uno de sus elementos ocupa una posición particular, a saber, el cerebro humano. Este no debe ser considerrado como un órgano, ni aun como el más noble de todos ellos, sino como el epicentro organizativo de todo el complejo bio-antropo-sociológico. El cerebro es la plataforma giratoria en que se comunican el individuo, el sistema genético, el medio ambiente y el sistema sociocultural» (1973: 232-233).

En las condiciones actuales de altísima complejidad y una población de 7.5 mil millones de cerebros humanos, ello determina buena parte de la política que se ha convertido en un juego despiadadamente absurdo. Por ejemplo: «Trump que cimbró los cimientos de la democracia en Estados Unidos, embistió sin pudor la división de poderes, la transparencia, los medios de comunicación, la ciencia, el sentido común… castigó a los aliados, se puso del lado de los déspotas, demagogo, polarizador, xenófobo, misógino, admirador de dictadores, enemigo de la ciencia, negacionista del cambio climático» (Vidal, O. El Universal: https://acortar.link/H9UAqZ), recibió 78 millones de votos en 2016. Por su parte en Brasil, Jair Bolsonaro, racista, negador de la emergencia climática y destructor de la selva Amazónica, recibió 58 millones de votos. El último fenómeno, ocurrido hace unas horas en Argentina, es el de Javier Milei, quien recibió 14 millones de votos y de cuya biografía ( El loco, por Juan Luis Gonzalez, editorial Planeta, 2023) reproducimos el siguente extracto: «Los secretos místicos de Milei fueron la primera revelación que obligaron a cambiar los planes. Las tres veces que ‘vio’ la resurrección de Cristo, la muerte de su ‘perro hijo’, los clones del can que mandó a hacer, sus charlas con el animal muerto a través de una médium y de su hermana telépata y las conversaciones con seres muertos y con ‘el número uno’, como llama a Dios, el que le encargó ‘la misión’ de ser presidente».

La humanidad toda está(mos) en una encrucijada. No tenemos ya control como especie de los actos que se realizan día con día como sociedad, y que siguen abonando el camino hacia el caos. Cada día más ciudadanos presentan una obvia incapacidad para distinguir entre lo verdadero y lo falso, entre lo profundo y lo superficial, entre lo real y lo fantasioso. Lejos de las lamentaciones infructuosas, debemos aceptar la doble naturaleza del cerebro humano, no para la resignación y la parálisis, sino para entender con mayor claridad la realidad y aplicar las medidas para evitar más catástrofes. El mono sapiente ( Homo sapiens) debe vencer al mono demente ( Homo demens), y esto implica acciones puntuales de quienes tienen conciencia de esta dicotomía.

La Jornada