Tiempos de derrota, tensión, preocupación y esperanza

Por Eric Nepomuceno

El viernes 9 de diciembre tuvo dos momentos nítidos, aunque sólo uno de ellos quedará en la memoria de los brasileños: la derrota en penales y la consecuente eliminación de Brasil en el Mundial de Futbol en Qatar. El otro momento ocurrió cuando el ultraderechista presidente, el desequilibrado Jair Bolsonaro, finalmente, rompió su silencio y, por primera vez desde la derrota frente a Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones presidenciales del 30 de octubre, habló con seguidores debidamente convocados frente al Palacio de la Alvorada, la residencia oficial que él deberá desocupar el 31 de diciembre, su última jornada en el puesto.

La derrota deportiva frente a Croacia impuso un velo gris sobre el país.

Las declaraciones de Bolsonaro al grupo de seguidores fanatizados fueron su respuesta a los aliados que le criticaban por su silencio sepulcral desde la otra derrota, la electoral, y suficientemente confusas para animar a la audiencia y tensionar el ambiente.

Desde los comicios y veladamente instruidos por Bolsonaro y su clan familiar a través de aliados políticos y empresariales, grupos violentos cerraron carreteras en la nación, exigiendo la anulación del resultado de las urnas. Debidamente expulsados por las policías provinciales, otros grupos de fanáticos optaron por concentrarse frente a cuarteles e instalaciones militares, demandando a gritos «intervención federal» para impedir que Lula asuma la presidencia. Son igualmente financiados por empresarios vinculados al todavía mandatario.

Protagonizan escenas entre bizarras y patéticas, como cuando los manifestantes prendieron celulares en la cabeza, apuntando la luz de las pantallas hacia el cielo, y pidiendo la interferencia de extraterrestres para preservar a Jair Bolsonaro en la silla presidencial.

En esas primeras declaraciones del pasado viernes el aún presidente no llegó a tanto. Prefirió dirigirse a los que se mantienen movilizados frente a instalaciones militares, manifestando que son «el pueblo». Agregó: «Quienes deciden para dónde van las fuerzas armadas son ustedes, quienes dictaminan para dónde van la Cámara de Diputados y el Senado también son ustedes». Y expresó que quien decide para dónde irá él, Bolsonaro, «también son ustedes, el pueblo».

Las declaraciones fueron entendidas como una clara incitación a que los manifestantes, que al fin y al cabo no son tantos, se mantengan movilizados y se agiten cada vez más, conforme se acerque la llegada de Lula a la presidencia, el primer día de 2023. También dispararon nuevas alarmas frente al riesgo de actos de violencia de aquí a esa fecha.

Aparte de los movimientos de última hora lanzados por el ultraderechista, el equipo de Lula encargado de la transición descubre a cada día datos más y más alarmantes.

Más que agujeros, hay verdaderos cráteres en los presupuestos destinados para 2023, primer año de la nueva presidencia de Lula, en especial los previstos para educación, salud y medioambiente.

Al mismo tiempo, surgen pruebas de hasta qué punto la corrupción se extendió en los últimos meses, cuando el gobierno liberó «océanos» de dinero público vía el «presupuesto secreto», como se llamó a la entrega de grandes sumas a los aliados de Bolsonaro.

Hay casos que serían risibles si no fuesen tan escandalosos, como una ciudad de 11 mil habitantes que pidió – y recibió– recursos para 12 mil radiografías de dedos de la mano de sus moradores, todo eso en un mes.

Más allá de los casos de corrupción descubiertos, el futuro gobierno enfrenta una ausencia radical de información, en especial sobre temas relacionados con salud, medioambiente y educación.

Se sabe que hay millones de dosis de vacunas contra el covid-19 a punto de caducar, pero nadie sabe dónde están.

Hay otras aberraciones, como el presupuesto destinado a protección contra derrumbes en todos los municipios brasileños en 2023: cien dólares para cada uno.

El peor presidente de la historia de la nación deja un legado coherente: ha sido el peor gobierno de la misma historia.

Lula sabe de la inmensa responsabilidad que tiene por delante: recuperar un país reducido a polvo. Y sabe también de la «oceánica» esperanza que más de la mitad de los brasileños depositó en él.

La mayor esperanza de Jair Bolsonaro es otra: que no le sea impuesto el mismo destino de la golpista boliviana Jeanine Áñez y el ahora ex presidente e igualmente golpista peruano Pedro Castillo.

La cárcel.

La Jornada