Ucrania, un año sin visos de solución

Por Beñat Zaldua

Foto: EFE

Esta semana se cumple un año de una guerra que nadie sabe cuándo empezó. En su versión más reciente, arrancó el 24 de febrero de 2022, con el ataque de Vladimir Putin sobre Ucrania. En su versión contemporánea, comenzó en 2014 o, si se quiere, en el encaje mal resuelto del antiguo espacio soviético tras el derrumbe de la década de los 90. En la moderna, podemos retrotraernos a la Segunda Guerra Mundial y la posterior guerra fría, y si queremos recurrir a la historia, cabe acordarse de Napoleón, derrotado por el invierno ruso en 1812 y hasta de la mutua excomulgación del Papa de Roma y el Patriarca de Constantinopla en 1054. En busca de agravios, los argumentarios amenazan con acabar en manos de paleontólogos.

La historia de Rusia y el resto del continente europeo es la de una frustración constante. Y la de una incomprensión descomunal. Se suele atribuir a Winston Churchill la definición del país eslavo como «un acertijo, envuelto en un misterio, dentro de un enigma». Pero suele olvidarse la continuación: «Quizás haya una clave: el interés nacional de Rusia».

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Calificar de ininteligible la actitud rusa es una forma de renunciar a comprender. Los agravios rusos hay que buscarlos en los numerosos incumplimientos occidentales respecto a la ampliación de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) hacia el antiguo espacio postsoviético. El interés nacional que citaba Churchill. Pero hay más. Conviene bucear un poco para, además de los agravios, encontrar las ambiciones que motivan la guerra y que entroncan más con el zarismo que con la Unión Soviética, de la cual Putin reniega.

La visión imperialista rusa que alimenta la acción de Putin considera que Ucrania no tiene derecho a existir de forma autónoma. Ucrania es Rusia, a ojos del Kremlin. Ciertamente, defender la ofensiva rusa desde una posición progresista y respetuosa con los derechos de los pueblos a decidir su propio destino exige un tremendo ejercicio de contorsionismo ideológico. Con todo, de ahí a alimentar la escalada bélica hay un salto que demasiada gente está dando muy fácilmente en Europa.

Transcurrido un año, hagamos un balance parcial. ¿Quién gana y quién pierde? En el frente militar es difícil sacar nada en claro, pero el diagnóstico es más viable en otros ámbitos. El fracaso ruso en muchos de ellos parece inapelable. Siguiendo a Rafael Poch, lo que Putin planteó como una guerra rápida para forzar un cambio de régimen en Kiev y anexionarse el Donbás se ha convertido en una guerra sin final. Esperaba alejar a Ucrania de la esfera de influencia de Europa, pero ahora es candidata al ingreso en la Unión Europea. Quería un vecino débil, y ahora está armado hasta los dientes. Quería mantener a la OTAN lejos de sus fronteras, y Finlandia y Suecia han dado el paso que ni en la guerra fría osaron dar, solicitando su entrada. Esperaba someter a Europa energéticamente, pero un invierno benigno, la quema de carbón –con sus consecuencias climáticas– y el acaparamiento de suministros en detrimento de países más pobres, han permitido salvar los muebles a Bruselas.

¿Significa esto que todo son ganancias al otro lado? Para nada. La guerra es un desastre, en primer lugar, para Ucrania, un país en ruinas, con no se sabe cuántas víctimas, y con sus elementos nacionalistas más amenazantes reforzados y armados. El panorama es desolador.

Qué decir para Europa. Que haya podido encender la calefacción no significa que la situación sea buena. La inflación continúa disparada por los precios de la energía y el alza de las tasas de interés incrementa las hipotecas a miles de ciudadanos. El alza de los precios, además, falsea el supuesto crecimiento del PIB: si yo un año vendo 100 panes a un euro por pieza, tendré 100 euros. Si al siguiente vendo 90 a 1.2 euros, tendré 108, por lo que podré decir que mi PIB creció 8 por ciento, pero en realidad habré producido 10 panes menos.

Además, las más de 10 mil sanciones, lejos de hundir a una Rusia que, pese a vender menos, se está beneficiando de los altos precios de las materias primas –ahora llegan a Europa a través de Turquía y la India–, están castigando la propia economía europea. El gran beneficiario es Estados Unidos, que vende más energía y adonde han comenzado a trasladarse algunas fábricas por los altos precios de la electricidad en el viejo continente, así como las grandes empresas energéticas, que están obteniendo beneficios récord. También, por supuesto, la siempre bien dispuesta industria armamentística.

Pese a estas evidencias, y al drama que supone cada día de guerra, el ardor guerrero sigue poseyendo a los gobernantes europeos. La ocasión era idónea para sacudirse la tutela de un Estados Unidos de capa caída, cuyos intereses geopolíticos cada vez coinciden menos con los europeos, pero ocurre lo contrario. Tras la entrega de los tanques, se pondrá encima de la mesa el envío de aviones de combate, mientras se continúa banalizando la amenaza nuclear.

Visto lo que ha dado de sí este año, resulta difícil imaginar la victoria total de cualquiera de los contendientes en el campo de batalla. Las negociaciones, por lo tanto, deberán abrirse paso en algún momento. Esperemos que no sea sobre un cementerio nuclear.

La Jornada