Último reporte desde la (vana) micropolítica familiar

En primera persona

Nuestra cronista terminó esta nota y se fue a volantear. Insiste en su tarea micropolítica de cambiar voto a voto para que el resultado del balotaje se incline hacia el lado de la protección de derechos conquistados. Pero con su familia no puede, ni siquiera cuando insiste en que su propia seguridad como lesbiana activista por los Derechos Humanos está amenazada. El voto gorila parece blindado, aunque aun quedan unas pocas horas hasta el resultado final.

Por Camila Alfie

Imagen: Como la primatóloga Jane Goodall comunicándose con gorilas se siente la autora de esta nota, pero sin tanto cariño.

Hace unos años se viralizó el video de Simón, un nene al que un notero le pregunta si le había escrito una cartita a Papá Noel y él respondió: «No, porque mi familia ‘e jurío’», y sale corriendo. Si a mí, ahora, me preguntan si festejaría año nuevo con mi familia, diría: «no, porque mi familia e’ gorila», y huiría a refugiarme en la casa de mi amiga swiftie kukarda a comer polenta. (Igual nunca me invitan porque me ven como una lumpen).

Estos últimos meses tuve la siguiente rutina. Me levanto a las 8am. Hasta las 11 debato en redes con @fedesoldadodeljoker8793 y con Kens Troskos que me acusan de ser una asimilada que banca la «democracia burguesa». Puse un límite un día que me encontré, a las 3:00 AM, discutiendo en un posteo de Natalia Oreiro con una que decía que Soros vendía cremas antiarrugas hechas a base de fetos.

Sin embargo, tengo una barrera infranqueable. La barrera de mi familia, con quienes aún comparto álbumes en la casa de la infancia, anécdotas repetidas hasta el infinito; las mismas heridas y duelos mal procesados. Puedo dialogar con cualquiera, pero con ellos no. Me aterra. Me devasta saber que votan a Milei. La decepción es total. No sienten piedad alguna. Están blindados.

No solo están siendo cómplices de un candidato que sueña con que explote el país y arrastrarnos con él hacia su infierno y su miseria; sino que también le están dando su voto a alguien que me odia y que contribuye, junto a su ejército de orcos, a propiciar discursos de exterminio que me ponen en peligro a mí particularmente, por torta visible y activista por los DDHH y a la sociedad toda, sobre todo a los más vulnerables (con quienes ellos tienen contacto 0, porque viven refugiados en su burbuja de country clubs). La única persona que vota a Massa me dijo que, por favor, lo mantenga en secreto. Como si tuviese que ser secreto votar al único candidato democrático.

Usé todas mis cartas para convencerlos. Me apalanque en el patriotismo (Malvinas), la democracia (¿quizás la valoran?), en el Papa (son católicos), la defensa de la universidad pública -donde todos estudiaron- y en el sentido común. Con el ala adolescente traté de generar un contacto de humanidad explicándoles qué le hacían los milicos a las chicas de su edad secuestradas. (No hubo interés). A una, como haciéndome la tonta, le dije, «¿Vos viste que Bussi dijo que los LGBTIQ somos como los rengos y los ciegos?», esperando cierta indignación. Me respondió: «¡Un espanto! Una afrenta contra los discapacitados!».

Pero, sobre todo, reforcé jurarles que votar a Massa no los hace peronistas, sino defensores de la democracia, de consensos básicos de convivencia. «Si San Martín cruzó los Andes reumático, el domingo pueden hacer ese esfuercito». Prefieren cortarse la mano con la motosierra oxidada antes de meter una boleta justicialista.

Estar tanto entre gorilas me hace sentir como Jane en Tarzán, observándolos desde una distancia prudencial. Hay varios tipos de especímenes, pero todos tienen un gen común: un odio irracional por lo popular y la vocación de destrucción de «los K». Ningún peronista te va a decir que vota peronistas porque odia a los gorilas; ningún trosko te va a decir que vota troskos porque quiere exterminar a los capitalistas. Votan a quienes votan porque apuestan por las construcciones populares, el abuelo conoció el mar por primera vez por Perón, por luchas ganadas en las calles, porque sueñan con mundos más justos.

El gorila núcleo duro intenciona su voto desde el odio, la defensa de sus privilegios (muchos conquistados gracias a movimientos progresistas), la mezquina sospecha del progreso del pueblo y la creencia de que los pobres no son merecedores de nada. Están los de «no hay que dar el pescado, sino la caña de pescar»; el gorila que cree que sabe qué es mejor para los humildes; la gorila de country y ropa de lino; el gorila cool que flashea espiritualidad budista y viaja a la India para reencontrar su centro; el gorila terrateniente de maceta; el gorila de la cómoda dádiva y caridad católica; el gorila elitista de LN+, el gorila de «Coherencia por favor» y estados de whatsapp; el cipayo que prefiere vivir en Madrid lavando platos, pero EN MADRID; el gorila que vacaciona en Disney y cree que tiene sensibilidad social porque le regala zapatillas usadas a la mucama; el gorila ilustrado; el conspiranoico, que cree que el calentamiento global es un invento de Maduro o él cree que es lo mismo «los K, Scioli, Máximo Kirchner, Perón, Evita, Massa, Andrea del Boca y Grabois», en fin. Me rodean todos.

Y lo más doloroso no solo es asimilar que la mitad del país, hoy, elije la aniquilación del otro. Sino aceptar que mi familia coincide con ese grupo. Creen que votan «un cambio» y votan a favor de los vuelos de la muerte. Se me abre un nuevo frente de disputa; uno más hasta el 19, que me exige tomar una decisión en medio del colapso. ¿Qué hago frente a esto? No puede ser gratuito para ellos, este voto-atentado. Me pregunto si con esta nota los estoy exponiendo; no me importa, ellos me están exponiendo a mí, al peligro. Y hablo por mí, porque los otros no les importan. ¿Quizás yo sí? ¿Qué hago? ¿Sigo insistiendo? ¿Finjo demencia? ¿Suelto? ¿Los duelo? ¿No los veo por un tiempo? Lo que sé es que no los voy a poder ver, nunca más, de la misma forma.

17/11/23 P/12