Un breve camino al cielo: los santos populares en la Argentina

Por Laura Migale y María de Hoyos

Imagen: Santuario del Gauchito Gil

Los santos populares

Los «santos» objeto de nuestra investigación son un aspecto de las comúnmente denominadas devociones populares que no suelen pertenecer a cultos oficiales aprobados por el estado ni contar con el consentimiento de las religiones tradicionales, sin embargo inspiran tal fervor que en nada cuentan las opiniones institucionales. A veces son producto de la «santificación» de personas comunes que ni siquiera han llevado una vida ejemplar, pero cuya muerte en plena juventud y en terribles circunstancias es la que determina su nuevo status. También son objeto de devoción algunos manosantas y carismáticos, ya fallecidos, que consagraron su vida a los necesitados. Los protagonistas de esta veneración tienen en común que se les adjudican poderes extraordinarios. Son capaces de conceder deseos, hacer milagros, otorgar ayuda y también de castigar cuando no son recompensados. Pueden intervenir y cambiar la suerte de los mortales.

Para la Iglesia Católica una persona es santa cuando ha alcanzado el ejercicio de la virtud en grado heroico o padecido el martirio por la fe, como lo determina una sentencia solemne del Romano Pontífice. Se trata de un largo y minucioso procedimiento exclusivamente reservado a la Santa Sede y que se conoce como canonización. Un elemento fundamental son los milagros hechos por su intercesión y comprobados por la Congregación para la Causa de los Santos integrada por Cardenales, Arzobispos, Obispos y numerosos especialistas que son los que determinarán en primera instancia a los venerables; luego, si se comprueba un milagro, será declarado beato y necesitará dos más para ser considerado un santo; aunque estas exigencias pueden ser eximidas por el Papa.

Pero, por otra parte, existen las canonizaciones populares que Chertudi y Newbery en su libro «La Difunta Correa» (1978) definen como aquellas que tienen por objeto de culto personas que han sido santificadas por el pueblo, es decir, que en el proceso de canonización no ha intervenido la Iglesia Católica como institución. Coluccio, por su parte, considera que

  • «La religiosidad popular, no siempre respetuosa de la ortodoxia romana, suele canonizar de hecho a personas reales e incluso imaginarias, a las que la tradición oral adjudica la realización de verdaderos milagros. La Iglesia, desde luego, reprobó siempre estos hechos…Pero el problema es complejo, lo que frecuentemente se designa como superstición es una auténtica manifestación religiosa».

Para un creyente no existe diferencia entre los santos oficiales de la Iglesia Católica y los canonizados por él mismo. Todas son personas que hacen milagros, que interceden por él, que están cerca de Dios, que reciben ofrendas y a quienes se les hace promesas que hay que cumplir. La devoción se manifiesta de la misma manera: se reza, se toca y se besan las imágenes milagrosas Se realizan peregrinaciones hasta el lugar donde están enterrados los restos, se encienden velas, se llevan flores, se dejan exvotos y se cumplen promesas como subir de rodillas las escaleras del lugar sagrado.

Santuario de Juan Bautista Bairoletto

La diferencia entre el culto que se rinde a los santos oficiales y a los populares reside que el primero se manifiesta a través de reuniones tanto de tipo espiritual como social, se asiste a Misa y se participa de procesiones organizadas. Por su parte, la veneración tributada a los santos populares es más individual que social. Es un culto de promesas, de visitas solitarias al santuario o cementerio donde se encuentra enterrado. En general no presentaban demostraciones colectivas aunque existen días de mayor concurrencia como la fecha de nacimiento o muerte del santo, el Día de Difuntos o, según de quién trate, el día de la Madre o del Niño. Sin embargo, en los últimos años, devociones como la Difunta Correa, el Gauchito Gil y Ceferino Namuncurá tienen fundaciones o asociaciones que administran el santuario y organizan las “fiestas patronales” en combinación con los municipios locales que suelen facilitar infraestructura (albergues, sanitarios, gimnasios, escenarios) además de fomentarlos turísticamente. Estas fiestas incluyen conjuntos musicales, bailes, venta de comidas y recuerdos.

Otra diferencia importante es que los santos oficiales son gente que vivió distante en tiempo y espacio, con costumbres y creencias completamente distintas a quienes ahora los veneran y que rara vez conocen quiénes fueron realmente. Ni su vida ni sus obras ni las circunstancias de su muerte. Un ejemplo de esto es que algunos fueron recreados, a veces solo por sus imágenes y se los designó patrones y protectores con poderes conocidos sobre determinados elementos. Así en la Puna jujeña Santiago Apóstol es el patrono de los caballos; San Antonio, de las llamas; San Ramón, de los burros. Por otro lado, Santa Rita se ocupa de los imposibles y San Cayetano de conseguir y conservar el trabajo. En cambio, las personas canonizadas por el pueblo vivieron dentro de su marco geográfico, descienden de alguna familia del lugar, tuvieron los mismos problemas, necesidades y angustias; eran como el hombre común pero diferenciándose por una aureola de santidad adquirida por el sufrimiento de una muerte violenta, por una vida sacrificada o por ser una víctima inocente. En las canonizaciones populares es la gente común quien ha sido testigo de la vida y muerte de la persona a quien honran y le atribuyen milagros.

Un aspecto importante para resaltar es que, para el creyente, no hay contradicción entre creer en un santo popular y continuar siendo un cristiano practicante. Se puede asistir a Misa, bautizar a sus hijos, confesarse, comulgar y honran a sus santos no oficiales junto a las imágenes de Cristo, la Virgen y los santos de la Iglesia.

Tumba de Almita Sibila

Los protagonistas

Muchos no hubieran sospechado nunca que terminarían convertidos en objeto de veneración debido a que tuvieron vidas comunes y fue la circunstancia de la muerte la que determinó su paso a la santidad. En cambio, otros son reverenciados por haber asumido en vida el rol de sanadores, iluminados y guías espirituales. El primer santo popular argentino del que se tenga memoria es de 1830 y se conoce como » El Quemadito» . La historia comienza después de la derrota de Oncativo cuando los unitarios asumen el poder en Catamarca y persiguen a los federales. En esas circunstancias hacen prisionero a José Carrizo y lo acusan de ser espía del Gral. Quiroga.

Se lo arrojó vivo a una hoguera, muriendo quemado. Se supone que este hecho tuvo lugar en el antiguo Camino Real entre Miraflores (Capayán) y Huillapima y allí se erigió una cruz de madera clavada en el tronco de un quebracho que se conoció como «la Cruz del Quemadito». Frente a esta cruz los lugareños rezaban y prendían velas pidiéndole, sobre todo, hallar sus animales (Chertudi y Newbery 1978). A partir de José Carrizo, se ponen de manifiesto dos de los rasgos comunes a esta clase de santos populares. El primero es que la muerte los sorprende en plena juventud y el segundo son sus circunstancias extraordinarias: asesinatos, accidentes o después de un sufrimiento intenso. Las muertes trágicas se consideran signadas con un sello divino. El sufrimiento es un elemento purificador que borra todos los pecados, como a los mártires. La idea de la elevación luego de un profundo padecimiento, no buscado sino sobrevenido y llegado de afuera, lleva implícita la idea de purgatorio. El alma, así purificada, se eleva a la santidad.

Algunos elementos en común entre las personas objeto de devoción nos permiten agruparlos. Una figura recurrente es la mujer, su dolor y la tragedia desencadenada.

Muchas de ellas fueron víctimas de crímenes pasionales, que murieron en medio de un gran sufrimiento. No es importante cómo fue la vida de Juana Figueroa, lo que marca la diferencia es que murió cruelmente a los 22 años a manos de su marido celoso, en Salta en 1903, y que luego de su deceso fue invocada en busca de milagros. Hechos similares dieron lugar a otras devociones, como La Brasilera, rezadora profesional en los cementerios y velatorios que murió carbonizada el Día de Difuntos al tocar accidentalmente con sus ropas las velas encendidas y prenderse fuego en el cementerio de Tucumán; La Finadita Juanita, en 1960 fue apuñalada por la espalda por un joven que infructuosamente la pretendía; Almita Sivila, fue degollada, su cuerpo violado y descuartizado en Jujuy en 1908; La Telesita, quemada o desaparecida en la segunda mitad del siglo pasado en Santiago del Estero y la cordobesa Ramonita, joven de 20 años, que murió estrangulada por Telésforo Morales, en 1936.

También son consideradas almas milagrosas las de algunos gauchos que tuvieron problemas con la justicia por sus actividades no siempre encuadradas dentro de las leyes pero que tras su muerte la leyenda los transformó en una especie de Robin Hood que repartía lo robado entre los necesitados. Murieron a traición y, muchas veces, su asesinato se vincula a motivaciones políticas, por eso sus tumbas son pintadas con el color del partido al que apoyaban. La mayoría surgió en la etapa histórica de consolidación del Estado nacional, a fines del siglo XIX y principios del XX, en áreas consideradas de frontera. La tradición oral corrige la versión de los delitos cometidos y sobrevaloran, ensalzándolas, las actitudes de ayuda, protección y solidaridad para con los humildes y hasta se llegan a justificar los crímenes, incluyendo el asesinato, como hechos inevitables.

Estos gauchos trascendieron el ámbito local al transformarse en protagonistas de radioteatros, cine, cuentos e historietas. De Corrientes surgieron entre otros el Gaucho Lega, Aparicio Altamirano, Gaucho Antonio María, Turquiña, Curuzú José y el Gauchito Gil. De Mendoza: Gaucho Cubillas y Bairoletto. De Tucumán: Bazán Frías, Mariano Córdoba y El finado Chiliento.

Santuario de Juana Figueroa

Muchos niños forman parte de las devociones populares. Tradicionalmente se considera que los niños han muerto sin haber perdido la inocencia y sus almas, sin juicio, va a sumarse a los ángeles. Por esta razón, en algunos lugares del Noroeste argentino se realiza el Velorio del Angelito y el muertito es vestido con ropa blanca y se le colocan alitas de papel. Si la circunstancia de la muerte es trágica se refuerza la creencia en su santidad. Este es el caso de Pedrito Sangüeso que fue vejado y asesinado a los seis años en 1963 en la provincia de Salta; Pedrito Hallao, abandonado en el cementerio de Tucumán y atacado por hormigas en 1948; los Lucas Hallao mellizos abandonados en el mismo cementerio en la noche de San Lucas; la Almita Perdida, un niño de 3 años que se perdió y murió ahogado y cuyo nombre se ignora. A estos angelitos se les suele pedir por los niños y las ofrendas son juguetes, ropitas, cuadernos escolares, fotos, golosinas.

Otra categoría de santo popular es la integrada por líderes iluminados y carismáticos.

Estos personajes son llamados por Dios, tocados por el poder divino que le ha dado el don de curar el alma y el cuerpo. El arte así adquirido sirve para beneficio del prójimo y aunque suelen ser criticados y perseguidos, sus seguidores transmiten su fama milagrosa de boca en boca y hacen largas colas para tener solo unos minutos en su presencia. El poder de algunos sanadores continúa aún después de su muerte física, es el caso de Pancho Sierra (1891), la Madre María (1928) y el Padre Mario (1992).

Fragmento de «Un breve camino al cielo: los santos populares en la Argentina del fin de milenio», de Laurra Migale y María de Hoyos (eds.); 2006, La antropología y el estudio de la cultura. Fundamentos y antecedentes 1: 113-132. Editorial Biblos, Buenos Aires. Descargar el texto completo