Un caso de conciencia

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Leonardo Sciascia

Foto: Vittoriano Rastelli

En un tren que partía de Roma a las ocho de la mañana y llegaba a Maddà siete minutos después de la medianoche, el abogado Vaccagnino pasaba el tiempo del viaje, sistemáticamente, leyendo un periódico, tres revistas y una novela policíaca. Al menos una vez al mes se veía en la obligación de hacer ese viaje y a la ida volvía a estudiar y ordenar los papeles que constituían el motivo de su viaje. De regreso, se entregaba a lecturas mucho más entretenidas.

Pero el periódico, las tres revistas y la novela policíaca eran la medida del viaje, si no había retrasos, desde las ocho hasta la medianoche, con el intervalo de dos comidas: una en el coche-restaurante, la otra en el transbordador. El problema surgía cuando el tren se retrasaba. Acabado el papel impreso, sin poder siquiera dedicarse a mirar la campiña o el mar que atravesaban en medio de una noche amorfa, el sueño comenzaba su asedio y existía el peligro de que, profundamente dormido, fuera a dar a la estación terminal, como ya alguna vez le había ocurrido. Por ello, cuando se producía el retraso, en el tren casi vacío, el abogado se entregaba a la búsqueda de periódicos abandonados por los viajeros y se sentía a salvo cuando hallaba cualquier cosa: diario fascista, revista de modas o de cómics.

Así fue como una noche de verano, en un tren que ya en Catania llevaba cuarenta minutos de retraso y era presumible que alcanzara los ciento veinte antes de llegar a Maddà, el abogado se encontró sumergido en la lectura de la revista semanal «Voi»: moda, casa, actualidad. En primer lugar la hojeó deteniéndose a contemplar las imágenes de una moda que, por lo que dejaba ver del cuerpo de las modelos, era sin duda llena de vivacidad y gracia, pero resultaría indecente para vestir el cuerpo de una esposa, de una hija o de una hermana. No se trataba de que el abogado fuera, ¡por el amor de Dios!, persona de mentalidad estrecha, que no admitiera el curso de la moda también en Maddà. Pero el hecho era que no todos, en Maddà, estaban, como él, capacitados para admirar la gracia femenina desde un punto de vista puramente estético. Y el ver pasar a una mujer vestida de aquella manera (escote profundo y falda cortísima) hubiera provocado, entre los socios del círculo de ciudadanos, un coro de gritos de deseo y de necias consideraciones capaces de obligar al marido, padre o hermano de la mujer a tolerar esa falta de decoro o a comprometerse provocando una violenta reacción.

El semanario era voluminoso, por fortuna. Una vez que hubo llegado a la última, el abogado comenzó a volver las páginas para comenzar la lectura. Abundante publicidad y después: «La conciencia, el alma. Responde el padre Lucchesini.» El abogado se quitó los zapatos, extendió las piernas hacia el asiento de enfrente y comenzó a leer. Y bien pronto experimentó un pequeño sobresalto: «Un caso muy delicado y complejo nos expone una lectora de Maddà. Hace algunos años, en un momento de debilidad, traicioné a mi marido con un hombre que visitaba a menudo nuestra casa, pariente de mi familia y del que siempre, desde que era muy joven, había estado un poco enamorada. Nuestra relación duró alrededor de seis meses, pero aun durante su transcurso yo seguía amando a mi marido y ahora le amo más que antes; la insignificante relación que sostuve con aquel pariente mío ha terminado por entero. Pero sufro por haber engañado a un hombre tan bueno, tan leal y tan fiel, que tan enamorado está de mí. Hay momentos en los que siento el impulso de confesárselo todo, pero me lo impide el miedo de perderle. Soy religiosísima y por ello muchas veces he confesado este remordimiento a varios sacerdotes. Todos, excepto uno (que era peninsular), me han dicho que si mi arrepentimiento es sincero y el amor por mi marido permanece intacto, debo callar. Pero yo continúo sufriendo. Usted, padre, ¿qué consejo puede darme?»

El estado de ánimo que experimentó a continuación el abogado Vaccagnino era de una satisfacción que rayaba en lo exultante. De esa carta hablaría por lo menos durante un mes: en el círculo, en los pasillos de los tribunales, en las reuniones de familia. Centenares de hipótesis para plantear, muchas vidas —de las mujeres, de sus maridos, de los parientes de esas mujeres— pasarían por el cedazo de las más sagaces de las curiosidades, pura y literaria como era la suya; maliciosa, sólo tendente a caricaturizar cualquier hecho, como era la de los otros.

Entornó los ojos, alzó la cabeza hacia la lámpara, como si quisiera disponer de esa luz para la búsqueda que, con lentitud, similar a una rosa que ha de deshacerse pétalo a pétalo, comenzaba a surgir.

—¿Quién puede ser? —se preguntó entre dientes, susurrando—. ¿Quién habrá podido ser?

Pero rechazaba la posibilidad de sumergirse de inmediato en la búsqueda, por temor a que la identidad de la señora aflorara en seguida de los datos que ofrecía la carta.

Y ese rechazo era hasta tal punto delicioso que el sueño, también de modo delicioso, se le insinuó. Pero el abogado se despabiló de pronto ante la idea de que aún le quedaba por leer la respuesta del padre Lucchesini.

Era evidente que el padre había comenzado a escribir su respuesta con la sangre en el ojo: «¿Un momento de debilidad? ¿Un momento que dura seis meses? ¿Cómo puede ser tan indulgente consigo misma, con su culpa, que considera debilidad de un momento lo que ha sido una traición de seis meses, SEIS MESES, hecha contra la persona de un hombre que, como usted misma dice, es bueno, leal, fiel y enamorado?» Después, por detrás de un «pero», maduraba un racimo de caridades y dulzuras: «Pero si su arrepentimiento es sincero, si su remordimiento sigue vivo y es tenaz su propósito de no caer nunca más en el pecado…» En resumen: «Usted ha pagado y paga su culpa con la pena del remordimiento, no debe ni puede forzarse a confesar a un hombre bueno e ignorante de la situación, como es su marido, a un hombre que ha depositado en usted aquella confianza que acompaña al verdadero amor, una traición cuyo conocimiento le causaría un mal quizá irremediable. En términos abstractos, sólo se puede alabar el impulso de la conciencia para confesar la traición consumada a la persona que ha sido víctima de ella. Pero si esta persona es ajena al hecho y la revelación sólo iba a acarrearle dolor e inquietud, el deber de callar es lo que se impone. Es preciso callar y sufrir. Con buen criterio, con criterio justo, pues, la han aconsejado aquellos sacerdotes que le recomendaran no revelar a su marido la traición. En cuanto a aquel que le ha aconsejado lo contrario, creo que ese consejo imprudente más ha de verse como nacido de un escaso conocimiento del corazón humano que del hecho de que provenga, como dice usted, de un peninsular. Ore usted, de todos modos, ore usted. Y que el callar sea el sacrificio más grande que le es posible realizar, más que una confesión al hombre a quien ha traicionado.»

«Hermosa respuesta —pensó el abogado—, hermosa de verdad. Indignación, caridad, sensatez: lo tiene todo. Es un hombre excepcional este padre Lucchesini.»

Después de un profundo bostezo, encendiendo un cigarrillo, se lanzó contra una especie de gineceo en el que todas las jóvenes y complacientes señoras de Maddà, medrosas, estaban a la espera de que un hombre como él, de rigurosos principios y de aguda inteligencia, descubriera de entre todas ellas a la culpable, a la adúltera.

Reconfortado por ocho horas de sueño y por una gran taza de café, el abogado Vaccagnino mientras se vestía, pensó una vez más en la carta de la señora de Maddà. La había recortado y la guardaba en el maletín, aun cuando sabía que su mujer estaba suscrita a «Voi» y que en el pueblo circularían, por lo menos, un medio centenar de ejemplares de la revista. Y tal vez el punto de partida para la indagación tendría que ser ése precisamente: confeccionar una lista de las señoras del pueblo que estaban suscritas al semanario o que lo compraban en el quiosco cada semana.

Una operación que presentaba pocas dificultades: el dueño del quiosco de diarios y revistas era cliente suyo. El empleado de correos, una vez que estuviera al corriente del asunto, sería capaz de correr durante la noche para abrir las sacas postales. En fin, de todas formas, algunas indicaciones le podría brindar su propia mujer. Y la llamó.

Cuando la señora llegó con un «¿Qué quieres?» impaciente, erizada de rulos y brillante la cara de cremas, el abogado se dispuso, de improviso, a adoptar un tono un tanto despectivo e incluso inquisitorial:

—¿Lees las revistas que compras? —preguntó.

—¿Qué revistas?

—Las de modas.

—Sólo estoy suscrita a «Voi».

—Y las otras las compras en el quiosco.

—Oh, no, las otras me las prestan mis amigas —y la señora creyó que estaba a punto de verse llevada a una de las habituales discusiones acerca de los gastos, las prodigalidades, los dispendios demenciales que, según su marido, eran nudos a los que, un día u otro, les llegaría el peine ordenador.

Pero el abogado no tenía intención de ir a parar a una discusión acerca del balance del presupuesto doméstico.

—«Voi», exactamente: «Voi». ¿La lees?

—Sí que la leo.

—¿También la sección del padre Lucchesini?

—Algunas veces.

—La del último número, ¿la has leído?

—No, no la he leído. ¿Por qué?

—Léela.

—¿Por qué?

—Léela, te digo. Ya lo verás…

Por un momento, la señora no supo si optar por insistir para saber qué había allí de interesante, o por marcharse respondiendo al tono despectivo del marido con el desprecio de no leer la sección o por ceder a la curiosidad de ir a la carrera a leerla. Prevaleció, como es natural, la curiosidad. Pero no quiso dar a su marido la satisfacción de mostrar asombro e interés por aquello que había leído. Por todo lo cual el abogado, que ansiaba observar sus reacciones y arrancarle alguna información, alguna sospecha, después de un buen cuarto de hora de espera infructuosa la llamó.

Pero la voz de la señora llegó desde el lavabo teñida con el tono agudo de la exasperación:

—¿Qué quieres?

Desde el otro lado de la puerta cerrada, el abogado le hizo llegar su pregunta:

—¿La has leído?

—No —respondió con tono seco la señora.

—Eres una perfecta idiota —dijo el abogado. No le cabía duda de que la había leído ya y de que, por uno de esos caprichos que empañaban su felicidad conyugal, no quería darle el gusto de hablar del tema.


Pero tuvo más fortuna en los pasillos del edificio de los tribunales. Y un éxito de campanillas registró más tarde en el círculo. En el tribunal, el hecho de que el abogado Lanzarotta, cincuenta años bien llevados, pero con una mujer de veinticinco, se quitara la toga diez minutos después de haber leído la carta y, demostrando un repentino malestar, pidiera al presidente que aplazase la causa que estaba a punto de ser discutida, fue por todos interpretado en un único y específico sentido. Otro tanto sucedía minutos más tarde con aquella especie de «rigor mortis» que fue observado en el juez Rivera a medida que leía la carta: la devolvió sin decir una sola palabra, encaminándose hacia su despacho con aire de sonámbulo.

En el círculo, todos comentaron las reacciones del abogado Lanzarotta y del juez Rivera. Todos, con maligna compasión, concordaron en que los dos tenían de qué preocuparse. Pero don Luigi Amarú, que era soltero, sin ninguna clase de piedad declaró que en las condiciones de Lanzarotta y Rivera, y sin salirse del grupo de amigos y conocidos, debía haber otros veinte, por lo menos.

—¿Qué condiciones? —preguntó más de uno de los circunstantes.

Don Luigi las estableció del siguiente modo: edad de la mujer entre los veinte y los veinticinco; no fea, poseedora de buena instrucción, como la carta lo evidenciaba; con un pariente de unos cuarenta años, de buena presencia, poseedor de cierto encanto, que frecuentara o hubiera frecuentado la casa; con un marido de buen carácter, tranquilo, no demasiado inteligente.

La unánime aprobación del esquema fue seguida por una inmediata y muy difundida consternación. Aparte de la parvedad de inteligencia, que nadie allí se sentía proclive a dudar de la propia, entre los presentes, en aquellas condiciones, había (alguien hizo la cuenta) nueve personas.

Entre el número de éstos, el primero que demostró haber tomado conciencia de pertenecer a ese grupo, fue el agrimensor Favara.

—Permítame volver a leer esa carta —dijo avanzando con expresión hosca, amenazante, hacia el abogado Vaccagnino.

El abogado le entregó el trozo de papel. Favara, arrellanándose en un sillón, se sumergió en la lectura con aquella concentración que, por lo común, dedicaba a los acertijos, los criptogramas y crucigramas. Y así fue como se había percatado del silencio reinante, de la atención divertida o ansiosa de que era objeto.

Porque los solteros, los viudos, los viejos, los afortunados cuya mujer carecía por entero de familia se estaban divirtiendo. Pero en las miradas de quienes se encontraban en las condiciones establecidas por don Luigi brillaba una verdadera y visible ansiedad. Era como si el comportamiento de Favara fuese una suerte de sacrificio que, una vez consumado, les restituiría aquella seguridad que sentían desbaratada.

Por cierto que Favara, tras levantar de aquel trozo de papel una mirada de náufrago, reaccionó de la manera que sus compañeros de penurias, e incluso quienes se divertían, se habían augurado.

—¿Por qué me miráis así? Estas son cosas inventadas, estupideces… Yo jamás he creído en las cartas publicadas en los periódicos. Las inventan los mismos periodistas.

Muchos asintieron.

—Es verdad, tiene razón —pero intercambiaron unos guiños que denotaban compasión.

Pero el doctor Militello, hombre de notorias características pías y viudo desde hacía, cuando menos, treinta años, sin contenerse le contradijo:

—Ah, no, mi querido amigo. Puedo llegar a admitir que los periódicos inventen las cartas, digamos, provocativas. Pero aquí nos hallamos frente a una sección que está a cargo de un sacerdote; y que un sacerdote pueda inventar algo, aunque sea precisamente un caso de conciencia, es una sospecha que me veo en el deber de rechazar como irreverente e injuriosa.

—¿Usted la rechaza? —preguntó Favara con una ironía que apenas acertaba a encubrir la violencia que le bullía dentro—. ¿Y quién es usted?

—¿Cómo quién soy yo? —replicó el doctor mientras gesticulaba como si buscara una identidad que le otorgase el derecho indiscutible de rechazar la sospecha de Favara—. ¿Quién soy yo, me pregunta usted…? ¿Pues quién soy yo? —y giró los ojos para preguntarlo a los demás.

El maestro Nicasio, presidente de la asociación de docentes católicos, acudió al vuelo a socorrer al doctor:

—Es un católico y como tal le asiste el derecho…

—¡Sepulcros blanqueados! —gritó Favara saltando del sillón y, antes de que los ofendidos hubieran tenido el tiempo necesario para reaccionar, hizo una pelotilla con el recorte, lo arrojó contra el piano con una furia y una fuerza que parecía que la quisiera hacer llegar al blanco en que se habían convertido aquellos proyectiles de mortero que se ven en Castel Sant’Angelo, y salió del lugar con paso presuroso.

Se produjo un gran silencio, pero ligero, trémulo de contenida hilaridad. Después el doctor Militello dijo:

—No sabía que la mujer de Favara tuviera parientes.

Se inició así una conversación a tal punto agradable para todos, que sólo fue interrumpida por la intervención del camarero quien, con gran respeto, hizo notar a los señores la hora: las dos de la tarde.


El abogado Vaccagnino encontró que los «spaghetti» no estaban buenos y que su mujer ardía de furia. Comió sin chistar siquiera, porque suya era la culpa, a la vez que intentaba alegrar a la señora con el relato, debidamente coloreado, de las escenas que habían protagonizado Lanzarotta, Rivera y, «dulcis in fundo»[13], Favara.

Pero la señora no dio muestras de apreciar la esencia divertida del relato.

—Bonito sentido de la responsabilidad tenéis vosotros. ¿Y si ocurre una tragedia?

—Oh, qué dices, una tragedia —respondió el abogado—. Aunque ocurriera una tragedia, yo tengo mi conciencia tranquila. Primero, porque se trata de una carta publicada en una revista que leen todos los que saben hacerlo… sean perros o personas…

—Incluso tú —recordó la señora.

—Ha sido una casualidad —puntualizó el marido.

—O sea que yo, que la leo siempre, pertenezco a la categoría de los perros —porque la señora, vete a saber por qué razones, se disponía a hacer estallar una riña.

El abogado, que no tenía interés en ello, en cambio, le pidió disculpas y prosiguió:

—Segundo, porque nadie, repito: nadie, ha hecho ni la más mínima de las alusiones a los casos personales de ninguno de esos tres: a) porque, que yo sepa, jamás ha habido ninguna malidicencia acerca de las mujeres de Lanzarotta, Rivera y Favara; b) porque aun en el caso de que la hubiera habido, todos nosotros somos perfectos caballeros y yo lo soy hasta el exceso; c) porque si alguien quiere proclamarse cornudo, es libre de hacerlo, tal como yo soy libre de divertirme…

—Allí está lo bueno del asunto —interrumpió la señora—: lo que tú quieres es divertirte.

Disgustado por haber sido interrumpido en el ardor de establecer subdistinciones, en las que era maestro, el abogado alzó la voz:

—Sí, así es, me quiero divertir… Si tú tienes motivos para decirme que éste es un asunto sobre el cual no tengo derecho a divertirme, dímelo ahora mismo —y ya su aspecto adquiría un matiz de ferocidad.

—Desvergonzado —respondió la señora y corrió a encerrarse en su habitación.

El abogado se arrepintió de inmediato de su última expresión y más aún por haber menoscabado su propia tranquilidad y no tanto por haber ofendido a su mujer. Porque ahora, de aquella frase manaba una antigua historia y de aquella pequeña historia comenzaba a echar brotes y entenebrecerse la inquietud, la duda, la aprensión. La fábula que recordaba era aquella del bando de Guillermo el normando, que ordenaba que todos los cornudos del reino llevaran un capuchón en pico para distinguirse de quienes no lo eran, so pena de una multa de cien onzas; y ocurrió que un marido particularmente respetuoso de las leyes preguntó a su mujer si, en conciencia, debía él o no llevar aquel capuchón en pico; la tal pregunta suscitó muy fieras protestas, porque no había, en verdad, mujer más respetuosa que ella del honor del marido. Pero cuando ese bizarro ciudadano estaba a punto de salir con la cabeza descubierta, la mujer le llamó para aconsejarle que, a fin de no permitir que se soliviantaran las malas lenguas, se pusiera el capuchón.

«¿Qué puede saber un marido?», pensaba el abogado. Toda una literatura de engaños femeninos, de traiciones consumadas por las mujeres con diabólicos recursos, vino a alimentar su sentimiento de autoconmiseración, al que se abandonó con la desesperanza de un ciego (la comparación le centelleó en la mente) que se entrega a reflexionar acerca de su propia desventura. Y de verdad se sentía en unas condiciones de ceguera física, asediado por la compacta oscuridad en la que se ocultaban los años que su mujer había vivido antes de que él la conociera, el tiempo en que la dejaba sola, la libertad de que gozaba, los sentimientos que de verdad experimentaba, las cosas que en realidad pensaba.

«Hay que acudir a la filosofía», se dijo y la halló en la imagen de Marco Aurelio, alta e inmóvil por encima de la fluyente y lúbrica desnudez de Mesalina. Porque, vete tú a saber cómo, tenía la arraigada convicción de que Mesalina había sido la mujer de Marco Aurelio y de que éste se había convertido en filósofo para poder dominarse en la exteriorización de sus desgracias conyugales.


La filosofía aleteó por el círculo durante toda la noche. Estaban presentes también el juez Rivera y el abogado Lanzarotta quienes, evidentemente —se les veía en el color de la cara y en los ojos de mirada perdida e inquieta—, simulaban una serena indiferencia. Por otra parte, muchos eran los que se sentían en la necesidad de ocultar su incomodidad, sus aprensiones y sus miedos. Y también el abogado Vaccagnino, si bien se encontraba, a los ojos de los demás, en la feliz condición de contar entre los parientes de la mujer sólo a un primo que vivía en Detroit, al que jamás se había visto en el pueblo, y una tía monja de clausura.

El agrimensor Favara lo había hecho todo para liberar a los demás de sus preocupaciones: tan pronto como hubo abandonado el círculo, corrió a someter a su esposa a un severo interrogatorio. Según murmuraban las malas lenguas, hasta había apelado a las vías de hecho. Toda vez que la señora negó, con desesperación, haber cometido aquella culpa y haber escrito aquella carta, Favara decidió que quedaba una única cosa por hacer: correr a Milán, entrevistarse con el padre Lucchesini y convencerle de que le permitiera ver la carta en cuestión. Para el caso eventual de que el padre Lucchesini no se convenciera por las buenas, se había metido en el bolsillo un revólver. Motivo por el cual la señora, tan pronto como hubo salido el agrimensor, telefoneó al ingeniero Basicò para pedirle que salvara a su socio y amigo de la catástrofe y el ingeniero, que era un amigo de verdad, corrió hasta el aeropuerto de Catania, calculando que Favara, embarcado en un tren como aseguró el jefe de estación, llegaría a Milán a la mañana siguiente. Pero, a pesar de ser un buen amigo, antes de partir decidió informar al doctor Militello, o sea a todos los socios del círculo, acerca de la delicada y secreta misión que se aprestaba a cumplir.

En razón de tales hechos, en esos momentos, todos aplicaban la filosofía al caso de Favara, sosteniendo que eran infundadas las sospechas que le habían alterado, aunque esperaban fervientemente que resultaran fundadísimas. Hasta llegaron a proclamar que la carta debía de haber sido enviada por algún espíritu sutil de Maddà: precisamente para lograr que sucediera lo que había sucedido; y que era inimaginable una ligereza tal por parte de una señora.

—Si descubro quién ha sido —dijo el profesor Cozzo— le retorceré el pescuezo, como que hay Dios.

Dado que Cozzo era soltero, todos se asombraron ante sus palabras:

—¿Qué te importa a ti esto?

—Yo sé cuánto me importa —respondió Cozzo mientras con gesto nervioso golpeaba la palma de la mano izquierda con el puño derecho.

Le importaba y no poco: había logrado una cita, la primera, con la señora Nicasio, en un hotel de la ciudad cercana; pero la señora se había excusado, diciendo que no podía, en ese mismísimo día, comunicar a su marido que se marchaba sola a la ciudad, para hacer las compras habituales, porque el maestro se había mostrado durante la comida de ánimo intratable, lleno de malhumores y de suspicacias.

La actitud de Cozzo suscitó una nueva oleada de sospechas, que siguieron siendo contenidas, ocultadas. También reverdecieron las sospechas de Nicasio, que estaba presente, porque le afloraba el recuerdo de aquel baile de carnaval en el que, durante casi toda la noche, su mujer había bailado con Cozzo (después, ya en casa, habían reñido).

En resumen: para algunos fue una larga velada; para otros, demasiado breve.


Como ocurría cada noche, el abogado Zarbo se metió en la cama antes que su mujer. Había tenido un día duro a causa de aquella carta: en el tribunal, en el círculo y, sobre todo, en su interior, sacudido por el resentimiento y la piedad, por el amor y por el rencor. No como los demás. Él sabía, siempre lo había sabido.

Cogió el libro, lo abrió en la página señalada. Leyó varias, pero entre su vista y su entendimiento había caído algo así como una catarata, la mente disgregada por el dolor. Cuando alzó los ojos del libro se espantó casi al ver a su mujer desnuda, con los brazos en alto, la cabeza envuelta en el camisón que estaba poniéndose. Y le pareció el mejor de los momentos para preguntarle, con voz incolora, con tono calmo:

—¿Por qué le has escrito al padre Lucchesini? La cara de ella pareció emerger de un desgarrón de la ropa, helada en una mueca de extravío, de miedo. Casi gritó:

—¿Quién te lo ha dicho?

—Nadie. He comprendido de inmediato que esa carta tenía que ser tuya.

—¿Por qué? ¿Cómo?

—Porque lo sabía.

La mujer cayó de rodillas, hundió la cara en el borde de la cama, como para sofocar el grito:

—¡Lo sabías! ¡Lo sabías! —y así permaneció mientras la sacudían sollozos silenciosos.

Él comenzó a hablarle de su amor y de su pena y la miraba con tierno desprecio, con piedad entremezclada de deseo y vergüenza. Y cuando las cosas que decía llegaron al llanto, a las lágrimas, se acercó a ella para alzarla, para atraerla hacia sí.

Pero en cuanto sus manos la tocaron, la mujer se irguió con un movimiento brusco. En sus ojos y en su boca reía una risa maligna, fría, inmóvil. Tendió hacia él una mano cerrada en puño y, como si quisiera vaciarle los ojos, hizo saltar el índice y el meñique. Histérico y lacerado, le salió de la boca el grito del cabrón:

—Beeee… beeeee…

(De: El mar de color de vino, 1981. Traducción: Ana Coldar)