Un cuento de sobremesa

El grueso de las infancias abusadas son niñas y la mayor parte, entre los 12 y los 17 años. De los agresores, la mayoría son familiares. ¿Cómo es posible naturalizar la pedofilia y banalizarla livianamente en los medios de comunicación? ¿Cómo es posible evadir el sufrimiento de esos pibes que son sometidos a la peor de las vejaciones?

Por Martina Kaniuka

(APe).- Fue en marzo del año 2018. No comenzó en ese momento, pero como toda tragedia, esta larga y penosamente infinita, también tiene su hito fundante en una mesa. La tragedia de la pedofilia y el abuso de menores se sentó a la hora de la cena en la mesa más emblemática del prime time argentino, la mesa de la conductora más famosa y controvertida: la mesa de Mirtha Legrand, donde todos los famosos invitados engullen la cena mientras hace preguntas incómodas cada programa, a excepción de esa noche en la que se hará difícil preguntar e imposible comer.

Natacha Jaitt, modelo y entonces conductora de radio, levantará la voz. Están hablando de las denuncias que gravitan en torno al Club Independiente, que indican que tiene puertas adentro una red de pedofilia que prostituye a los pibes de las inferiores, los más humildes que llegan desde el Interior y viven lejos de sus familias. Intentan interrumpirla y no pueden: desde 1990 viene denunciando casos de pedofilia y asegura que también ha investigado y enlistado una red que se enmaraña hasta Olivos.

Ya hace veinte años, el caso del cura Grassi -condenado a quince años de prisión por el abuso de un menor- y su Fundación Felices Los Niños, con más de veintiún hogares a los que asistían 6.300 niños y niñas para recibir comida, abrigo, educación, techo y formación espiritual, había sacudido en 2002 la opinión pública, o al menos eso parecía. Dieciséis años después y durante casi un año, Natacha Jaitt iniciaba la investigación para la que se dedicó a recabar documentos, capturas de pantalla, mails y muchos elementos que respaldaban su denuncia: existía una red de pedófilos que captaban varones en situación de vulnerabilidad para ser abusados por famosos y empresarios e iba a probarlo. Esa misma lista que había comenzado a desplegar en la mesa ante la incomodidad de los comensales.

Natacha Jaitt apareció muerta. Días antes había avisado en sus redes que posiblemente la mataran. Calificaron su muerte como «sobredosis», después de que hubiera denunciado abiertamente a Leonardo Cohen Arazi, relacionista público de Independiente y al árbitro Martín Bustos, que fueron detenidos por orden del juez Luis Silvio Carzoglio, hoy excarcelados y sin fecha de juicio por la causa que pasó de ser «abuso sexual» a «corrupción de menores».

La larga lista que incluye políticos, periodistas, famosos, influencers y deportistas que Natacha Jaitt advertía están involucrados como partícipes o consumidores quedó en anécdota. La justicia prestó poca atención a su denuncia y, mientras la causa por su muerte sigue abierta, el iPad donde alojaba la información tuvo 21.334 horas de procesamiento y peritaje, contabilizando 96.565 intentos de desbloqueo. Entre los acusados estaba Marcelo Corazza, recientemente detenido a fines de este marzo, cuatro años después de esa noche, por ser presunto miembro de una red de trata y pedofilia. Aparentemente reclutaba menores y mayores de edad en Oberá, Misiones; una de las regiones más empobrecidas de nuestro país donde la mano de obra infantil en los yerbatales es una postal cotidiana; a cambio de mercadería, ropa, zapatillas.

Las palabras «pedofilia» y «trata» volvieron a aparecer otra vez con el caso de Juan Martín Rago, conocido como Jay Mammon, conductor de televisión y radio que fue denunciado por abuso sexual a un menor. Con la causa ya prescrita, el mediático se exilió, desvinculado de su programa: Telefé acordó con el conductor suspender momentáneamente su continuidad, concediéndole el tiempo que considere necesario para «ordenar situaciones de índole personal».

Mientras tanto, en los programas de chimentos de la tarde, Celia Antonini, psicóloga, señaló en Intrusos que: «la pedofilia es «una orientación sexual, entonces los pedófilos pueden relacionarse normalmente, como cualquiera de los otros, pero el deseo sexual está puesto en menores de edad». Roberto Piazza -modisto y presidente de la Fundación contra el abuso sexual infantil- dijo que «debía ponerse en un lugar neutral porque eran dos las vidas destruidas, la de la víctima y la del victimario». Varias «figuras» salieron a hablar de errores, de equivocación y de la importancia de pedir perdón.Todo inoculado desde la caja boba y las redes, directo al interior de cada hogar argentino que sintonizara para escuchar y ver cómo el sometimiento de las infancias, una de las aberraciones cristalizada delito según nuestra ley, era banalizada y reproducida hasta el hartazgo.

Esta semana el tema excedió dimensiones locales cuando Tenzin Gyatso, de 87 años, actual Dalai Lama, líder espiritual del Tíbet, fue denunciado y viralizado por pedirle a un niño en cámara que lo bese en la boca y le chupe la lengua durante una ceremonia. Gyatso, que fue premiado en 1989 con el Premio Nobel de la Paz por su «lucha no violenta» contra China, pidió disculpas e intentó justificar sus actos: «Su santidad suele bromear con la gente que conoce de forma inocente y juguetona, incluso en público y ante las cámaras», dijo en el comunicado.

La imagen del niño besado por Gyatso no tardó en viralizarse: memes, chistes, videos, reels y hasta canciones. Todo sirvió para reírse y evadir la situación: cuando mediante el humor algo se visibiliza como «políticamente incorrecto», lo que esconde es algo que, en realidad, socialmente se ha naturalizado.

¿Cómo es posible naturalizar la pedofilia y banalizarla livianamente en los medios de comunicación? ¿Cómo es posible evadir el sufrimiento de esos pibes que son sometidos a la peor de las vejaciones? ¿Cómo puede entenderse e integrarse a la pedofilia en el discurso y en el relato que se construye comunicacionalmente como una forma normal de vinculación sexual? ¿Cómo es posible que se cuestione y revictimice a las niñeces y no se cuestione y problematicen las consecuencias que las negligencias adultas, que no exigen soluciones y estrategias para prevenirlas de experimentar algo tan traumático, ocasionan en sus vidas?

Entre octubre de 2020 y septiembre de 2021, se calcula que, en Argentina, fueron atendidas bajo un programa del Ministerio de Justicia (Programa «Las Víctimas Contra Las Violencias» 2020-2021) 3.219 niñas, niños o adolescentes víctimas de violencia sexual. De ese total, un 77% eran niñas, concentrándose en el rango etario de 12 a 17 años el mayor porcentaje de niñas, niños y adolescentes víctimas de violencia sexual. De los agresores, el 56,5% eran familiares y 17,7% conocidos no familiares, un 36,2% de los casos se daba al interior del hogar y el 3,4% en la vivienda de un familiar. El programa también atendió, en ese periodo, 6.770 víctimas niñas, niños y adolescentes por violencia familiar, del cual 51% eran niñas. Del total de las víctimas, el 65,3% dijo haber sufrido violencia psicológica y el 31,1% violencia física y psicológica.

«La protección contra toda forma de violencia, maltrato y abuso constituye un derecho fundamental garantizado por la Convención sobre los Derechos del Niño. Es responsabilidad del Estado facilitar el acceso a servicios de justicia y organismos especializados de niñez y adolescencia que puedan acompañar a las chicas y chicos que sufren situaciones de maltrato o violencia, y ofrecer herramientas a las familias para promover entornos protectores que las prevengan y protejan», afirmó Olga Isaza, representante adjunta de Unicef; sin embargo, la revictimización de los menores vulnerados está a un clic y a un botón del control remoto de distancia.

¿Será que es el mismo Estado que mantiene a más del 48% de los niños, niñas y adolescentes de la Argentina bajo la línea de pobreza, el que tiene que activar los mecanismos necesarios para impedir que se vulneren las infancias y se sometan a violencia sexual, maltratos y abusos? ¿Será que es el mismo Estado que llena las mesas de BH4 y permite que fumiguen las escuelas a las que asisten el que debe protegerlos?

La sexualidad es un vínculo que supone reciprocidad y no la asimetría y la desigualdad existente entre las niñeces/adolescencia y los adultos. Si una de las personalidades consideradas más influyentes del mundo, premiada con un Premio Nobel de la Paz besa a un niño en cámara y pide disculpas sin ningún tipo de condena. Si a la hora de la cena la televisión transmite programas donde se exponen a las celebridades que consumen trata infantil, la Justicia hace la vista gorda y quedan en libertad sin ningún tipo de castigo. Si el Vaticano con la cantidad de denuncias por pedofilia vigentes sigue sin hacer algo más que pedir perdón; entonces no es de extrañar que puertas adentro, en la intimidad del ámbito doméstico también se reproduzcan las lógicas imperantes de un sistema que -desnudando la realidad que permite que un pibe sea comprado con un par de zapatillas que nunca debió faltarle, para vivir una situación que, marcándolo para siempre, no estaba preparado para vivir- convierte a la pedofilia y el abuso infantil en un cuento de sobremesa.

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