Una hoguera de traiciones y ambición

El presidente Milei está distanciado de Victoria Villarruel y Patricia Bullrich, de Macri.

Por: Ricardo Ragendorfer
@Ragendorfer

Foto: Télam

En la película Viridiana –realizada en 1961 por Luis Buñuel–, la protagonista, una novicia a punto de tomar los hábitos en un convento de clausura, visita a su tío, un viejo hacendado que le pagó los estudios. Y en tales circunstancias, él incurre en una fantasía fetichista al pedirle que se disfrace con el vestido de novia que había pertenecido a su difunta cónyuge, antes de narcotizarla a los fines de una violación.

A más de 62 años de su estreno, la casi desconocida referente libertaria del norte de Salta, Griselda Galleguillos, se permitió un involuntario homenaje a Buñuel, al acudir a la Legislatura provincial para jurar como diputada con un detalle que sorprendió a los presentes: lucía un vestido de novia. Y por toda explicación, adujo: «Hoy, oficialmente, me caso con mi gente». ¡Sublime!

Claro que semejante extravagancia no opaca a la de personajillos como Lilia Lemoine, Ramiro Marra y el mismísimo Javier Milei, quien, sin que se le mueva un solo músculo del rostro, asegura que Dios le encomendó la sagrada misión de ser Presidente, además de mantener, en comunicación directa con el Más Allá, un fluido diálogo con su finado perro Conan, y el haberlo clonado para así concebir sus actuales «hijos de cuatro patas». Dicho sea de paso, a tal efecto supo consultar al médico veterinario Daniel Salamone; su especialidad: la clonación de vacas. Pues bien, esta especie de «Doctor Frankenstein» será, a partir del 10 de diciembre, el titular del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet).

De modo que este sujeto se sumará así al elenco gobernante. Una troupe compuesta por outsiders de toda laya: economistas que sueñan con privatizar el mar, adoradores de la última dictadura, nazis volcados al ultraliberalismo, exfuncionarios de pasado sombrío, influencers y simples oportunistas. Ellos, sin ocultar sus disfunciones y predicando el «sufrimiento» que deberá padecer la «gente», a modo de castigo bíblico antes de alcanzar la felicidad, serán los artífices del «cambio» que anhela el 56 por ciento del padrón electoral. Una pesadilla distópica que, por rebasar las fronteras de lo estrictamente político, merecería ser estudiada desde el campo de la sociología psiquiátrica. Y dado su escenario, no es improbable que los futuros historiadores denominen esta etapa como la del «Estado-manicomio».

Por los pronto, lo más atroz del presente es su estructura de chiste.

En tal sentido, bien vale repasar los acontecimientos ocurridos desde el 22 de octubre a la fecha. Este breve lapso basta para detectar sus anomalías.

Ya se sabe que durante la noche de aquel domingo, tras la victoria de Sergio Massa en la primera vuelta, fue rápidamente reconfigurada la estrategia de La Libertad Avanza (LLA) para el balotaje. Pero sin que sus protagonistas imaginaran que ello sería el primer acto de una trama shakesperiana en clave de comedia. Ni que sus efectos, tras el triunfo de Milei en la segunda vuelta, provocarían la crisis inicial de un gobierno que todavía no asumió, atropellando lealtades que parecían indestructibles. En fin, un anticipo más que explícito de las tormentas que vendrán.

Horas antes, en el bunker de Juntos por el Cambio (JxC), una demudada Patricia Bullrich asistía al estrepitoso desplome de su sueño presidencialista.

Ese momento quedó inmortalizado en una foto, donde se la ve abrazada con intenciones de consuelo por su líder, Mauricio Macri, quien, en realidad, había apostado por Milei. Aquella imagen, que incluía los rostros demudados de otras estrellas partidarias, parecía pintada por Francisco Goya.

Ya de noche, el ex presidente miraba afanosamente el reloj. La escena transcurría en su quinta de Acassuso.

A su lado, Milei permanecía en silencio, mientras su hermana Karina (a) «El Jefe», dialogaba con la otrora primera dama, Juliana Awada.

En eso sonó el timbre. Y Macri enfiló hacia la puerta, segundos antes de que se oyera su voz:

– ¡Acá está la montonera!

–Sí, la que tira bombas en los jardines– completó la recién llegada.

La expresión de Patricia era entre sombría y expectante.

Fue cuando Milei se puso de pie para ir a su encuentro. Entonces, dijo:

–Uh, que mal que estuve. Perdón, perdón, me equivoqué.

–Yo también– contestó ella.

Ambos entonces se fundieron en un largo abrazo. Conmovedor.

Mauricio y Karina sonreían de oreja a oreja.

A los postres llegaron otros ilustres personajes: Cristian Ritondo, Diego Santilli, Néstor Grindetti y Luis Petri.

El acuerdo con el diablo quedó en aquel momento sellado. Entre otros logros, el ex presidente obtuvo seis ministerios para sí –en caso, obviamente, de vencer Milei en el balotaje– y los siguientes nombramientos: Javier Iguacel en YPF, Cristián Ritondo en la jefatura de la Cámara Baja, Guillermo Dietrich en el Ministerio de Transporte, Guido Sandleris al frente del Banco Central, y a la buena de Patricia la endulzaron con un cargo «a designar».

En vista de la dimensión histórica del asunto, los periodistas amigos de La Nación+ no dudaron en bautizar al negociado con un nombre pomposo: el «Pacto de Acassuso».

Hasta horas después de la victoria libertaria del 19 de septiembre, todo funcionó armoniosamente, siendo Macri el héroe de la cuestión. Al fin y al cabo, su hazaña fue haber trasvasado a Milei el grueso de los votos obtenidos por Bullrich cuatro semanas antes.

Su fineza estratégica era resaltada sin disimulo por propios y ajenos. El tipo pasó a ser considerado la reencarnación misma de Maquiavelo.

Pero se trataba de un Maquiavelo fallado. Lo cierto es que él no demoró mucho en comprenderlo.

El 20 de noviembre, durante su última reunión presencial con Milei en el Hotel Libertador, salió con cara de pocos amigos. No era el de siempre.

Luego viajaría a los Emiratos árabes para atender sus responsabilidades en la jefatura de la Fundación FIFA.

Mientras tanto, Bullrich no ocultaba su afán de ser la próxima ministra de Seguridad y Luis «Toto» Caputo –con su nombramiento aún no confirmado– ya se preparaba para adquirir nuevas deudas con el FMI desde el Ministerio de Economía.

El asunto es que ninguno de los dos tenía el visto bueno de Macri para ocupar sillas en el próximo gabinete. También hubo otros nombramientos no debidamente autorizados por él.

¿Aún seguía sintiéndose el gran titiritero de la Nación?

Al mismo tiempo, la incertidumbre también atrapó a la vicepresidenta electa, Victoria Villarruel, quien solía ufanarse de su gran predicamento sobre Milei. Razones no le faltaban.

Ella, que en principio iba a controlar las áreas de Seguridad y Defensa, asimilaba los movimientos de Bullrich como una afrenta a su investidura. Y decidió torcer el asunto con dos acciones: presionar a Milei y dejarse ver ante la opinión pública en sus visitas a los jefes de las fuerzas policiales, como si ya tuviera atributos de mando sobre ellos.

Nada de eso sirvió. Y desde la semana pasada ni se habla con Milei.

Aún así, la designación ministerial de Bullrich le cayó como un baldazo de agua fría.

Pero no a Macri. Porque Bullrich le había adelantado sus negociaciones con Milei durante una llamada que él le hizo desde Dubai.

–¡Te cortaste sola! ¿No habíamos quedado en que absolutamente todos los nombramientos tenían que pasar por mí?

–Vos ya no sos el Presidente. El presidente es Milei. Y él me convocó.

Dicen que el diálogo concluyó con un intercambio de insultos.

En resumidas cuentas, el lazo entre ellos está quebrado. El pobre Macri, además, se alejó de Milei. Y la ruptura de este con Villarruel se torna muy difícil de revertir. Una grieta de locura y ambición, justo antes de que estos seres comiencen a gobernar.

Tiempo Argentino