Vos me curás, señora, tenquiu

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Gabriela Cabezón Cámara

Pasó la lluvia y pasaron dos o tres días de horizonte liso y nosotras entre dos fuerzas, el miedo de que nos vieran y las ganas de encontrarnos con otros. Hasta que allá, en ese fondo sin fondo del horizonte, se alzó la tierra como se alzan las olas en una tempestad. No nos sacudió pero tiré fuerte de las riendas y la inercia casi hace vomitar a la carreta esa media Inglaterra que llevábamos. La contuvieron nuestros cuerpos, nos golpeó; no sentimos el impacto en el estupor que nos provocó ese panorama de pampa en erupción: se salió de sí la tierra, subió al cielo en volutas que terminaron unidas, avanzó hacia la carreta y nos cegó. Estábamos tan quietos los tres con nuestros bueyes y caballos que en los breves instantes que siguieron nos devoró como una masa de polvo agujereada por el sonido extraño de los gritos de los pocos pájaros que hay en la pampa, y los ladridos de Estreya, que le hacía frente a la nube marrón desde abajo de las patas de los bueyes helados. Como si los pájaros fueran rayos y las vacas truenos, sonó luego el ruido grave de las pisadas de una manada. Temblamos, todo tembló, y lo que nos había cubierto empezó a caer y nos volvió a tapar otra vez y así hasta que el ruido se hizo ensordecedor y paró de repente: no hubo más pisadas ni ladridos ni graznidos. No escuchábamos nada, no veíamos nada; nos tragó la tierra. Estábamos quietas como la mujer de Lot, pero a esa altura del sudor éramos de barro. Sentíamos el olor a bosta y la respiración agitada de algo que pareció el mundo hasta que el polvo terminó de caer. Nos rodeaban unas mil vacas cimarronas, marrones como casi cada cosa en ese momento, que movían sus pestañas largas y sus colas con algo que no sabíamos si era miedo o amor. Nos cercaban las vacas y los toros, tranquilos ya como si hubieran llegado a casa, como si hubieran encontrado amparo alrededor de nuestra carreta, como si el mero hecho de contener algo, nosotras, Estreya, los bueyes, mi caballito y la carreta, las contuviera a ellas. Nada se movía, apenas el polvo que caía con la lentitud de una atmósfera, y así estuvimos, en la lenta revelación de los lomos pardos de los animales y de la tierra que iba destiñendo el aire mientras caía.

En algún momento se rompió la quietud: la manada se abrió como un mar marrón y dejó pasar a un hombre a caballo que llevaba un corderito en la montura. Dijo que buenas y santas, que qué bueno encontrarse con gentes, que él iba para Tierra Adentro buscando dónde establecerse con su ganado, qué adónde íbamos nosotros, Liz le contestó que también Tierra Adentro y él empezó a reírse y le vimos una cara buena, aniñada, parecía un guachito el hombre que teníamos enfrente pero no, el guacho, por lo menos entonces, no era él; nos explicó, mientras lo acariciaba, que el corderito estaba con él porque había muerto su mamá. Parecía feliz de encontrarse con una inglesa y un chico rubio en el medio de la nada, no paró de hablar y de intentar hacer hablar a Liz para reírse a cada palabra que decía. Tuvo que explicarle Inglaterra, el océano, el barco a vapor, las ganas de cruzar el mundo, ¿y para qué?, para lo mismo que vos, le dijo Liz, para encontrar un lugar donde vivir con mi ganado, ¿y dónde lo tenés vos, señora?, los ojos encantados del gaucho cuando Liz le explicó que parte de sus vacas iban a venir, como ella había venido, en barco, ¿y para qué, si acá tenemos?, para mejorar la raza, claro, porque las vacas inglesas eran mejores como casi todo lo inglés, pero esto último no lo dijo Liz, que tuvo que empezar a explicar por qué era mejor el ganado de su Escocia. Y Escocia también tuvo que explicar, pero no lograría nunca que no le digan inglesa. Rosario, así se llamaba, empezó a aburrirse de tanta explicación, creo yo, porque la cortó a Liz diciéndole que tenía ganas de hacer un asado, que si queríamos. Queríamos, Liz siempre quería asado, así que le contestó que sí, que teníamos wood y habría que sacarles leche a las vacas, me miró, Jo, would you do it?

Y fui y ordeñé a una de las cimarronas, que se dejó hacer casi con alivio. De vacas yo sabía bastante, aunque nunca me había detenido especialmente en sus caras. Nos miramos con la cimarrona, subía y bajaba las pestañas en un gesto que yo entendía como de agradecimiento, como si le pesara la leche y la miré más y le vi en esos ojos redondos, sin aristas, en esos ojos buenos de vaca, un abismo, un agujero negro hecho de ganas de pasto, de camino, hasta de campos de girasoles creo que le vi ganas en la pupila y también la intención de lamer a su ternero. Y se puso a lamerlo nomás y yo bajé la vista y volví a ordeñarla y le puse nombre, Curry le puse, y cuando terminé se le prendieron el ternero y Estreya, que poca leche había tenido en la vida y se dio el gustazo hasta que se cansó y se tiró para arriba, las patitas dobladas, la cola refregando el piso de felicidad.

El gaucho, Rosario, volvió a presentarse mientras iba armando la fogata y preparando el asador, se interrumpió, agarró una tripa medio seca, todavía elástica, la llenó con la leche que le di y amamantó al cordero, que se quedó dormido a sus pies, al lado del fuego.

—Se llama Braulio. Es un macho.

Eso saltaba a la vista. Lo que lo tendría confundido a Rosario sería yo, con mi ropa de varón y mi cara imberbe. Y el «Jo» de Liz. No le aclaré nada, lo ayudé a juntar la madera para el fuego y acaricié al cordero mientras Estreya lo olía extrañado. Me había enternecido el gaucho amamantando al guachito. Cuando acomodó todas las ramas, se paró, sacó el facón, agarró a un ternero, le pegó fuerte con una piedra en la cabeza, lo dejó tonto, y lo degolló. El llanto de la vaca nos puso a todos melancólicos. Rosario me conmovió otra vez: después de desollar al ternero se acercó a la vaca, la acarició, le pidió perdón, le dio de comer en la boca unos pastos que traía. La vaca siguió llorando y caminando, cabeceaba a otros terneros. Buscaba al suyo, que estaba ya clavado sobre el fuego. Pensé en los míos, mis cachorros, pero apenas, no podía entonces detenerme ni llorar ni permitir que nada me llevara otra vez a la vida en la tapera: me estaba yendo yo.

Y nos fuimos ya cuatro con Rosario y Estreya y mi Liz, como empecé a decirle por entonces. El gaucho siguió con sus asados y sus tripas de leche y sus guachitos: además del Braulio, adoptó en pocos días una liebre, un cuis y un potrillito. Caminaba Rosario y todos caminaban detrás de él como si él fuera una pata y los bichos sus patitos. Por las noches, antes de extender su poncho cuando llegaba con la sobriedad suficiente o de caerse en cualquier parte cuando no, nos fue contando pedazos de la vida que le habíamos intuido viéndolo hacer: un padre muerto demasiado pronto, la madre sola, siete hermanos, el padrastro feroz como un puma entre gallinas, un puntazo como punto de partida y Rosario cosidito a los diez años yéndose a buscar otra vida menos cruel y entonces, ya con canas en las cejas y rengueando, seguía el pobre buscando quien lo amparara en esa nada: lo amparamos. Se quedó con nosotras, nos cuidó, lo cuidamos, se rió de mi ropa de varón pero entendió, dijo que a él le parecía bien que me vistiera de varón, que era como llevar un facón, que toda mujer debía llevar uno así como todo hombre lo lleva, supimos que hablaba de su madre y que la hubiera preferido barbuda si con eso se quedaba para siempre viuda y él con ella y no esa bestia; otra caña y Rosario pedía más inglés para reírse y Elisa, Elizabeth, le cantaba sus canciones o le contaba cuentos y él se divertía como «si dos monos bailaran minués cabeza abajo». Se despertaba hosco, sick, decía Liz, de hangover, y entonces le ponía whisky al mate y Rosario renacía y le daba las gracias del mismo modo cada día: «Vos me curás, señora, tenquiu».

(De: Las aventuras de la China Iron, 2017)

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