Washington, Londres y Tel Aviv, némesis de la ONU

Por José Steinsleger

Uno. Curioso, el joven pregunta al profe de sociales acerca de los requisitos de un Estado para integrar la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Didáctico, el profe cita el artículo 4 del capítulo 2 de la Carta de la ONU, que dice: «Podrán ser miembros todos los estados amantes de la paz que acepten las obligaciones consignadas en la carta […], y capacitados para cumplir dichas obligaciones y se hallen dispuestos a hacerlo».

Dos. El joven deduce: «¿Eso quiere decir que Washington, Londres y Tel Aviv incumplen tales premisas? ¿A causa de qué, Ucrania o Israel tienen derecho a defenderse y Rusia o Palestina no?» Entonces, del portafolio, el profe rescata una entrevista al egipcio Boutros Ghali, secretario general de la ONU durante la guerra de Yugoslavia y el genocidio de Ruanda (1992-96).

–¿Por qué es tan estricto con Saddam Hussein, y no con otros dirigentes que también violan las leyes internacionales, como Netanyahu?

–Si lo que me pregunta es si hay dos pesos o medidas, le digo que sí. No se les mide con el mismo rasero ( El País, Madrid, 21/12/97).

Tres. Hete ahí la inquietud de millares de instituciones educativas, políticas, sociales y personas del orbe entero, que con angustia creciente observan el «primer genocidio transmitido en tiempo real, contra el pueblo palestino», tal como dice uno de los editoriales más valientes de ese periódico (14/1).

Cuatro. En el poco citado panfleto El Estado judío, el fundador del sionismo Teodoro Herzl (1860-1904), escribió: «Para Europa formaríamos allí (en Palestina), parte integrante del baluarte contra Asia, constituiríamos la vanguardia de la cultura en la lucha contra la barbarie. Como Estado neutral (sic), mantendríamos relaciones con toda Europa, que a su vez tendría que garantizar nuestra existencia» (1895).

Cinco. Herzl sostenía que Palestina era una tierra sin pueblo, y los judíos un pueblo sin tierra. Con lo cual, a finales de la Primera Guerra Mundial, en coincidencia (¡vamos!), con el inicio de la explotación del petróleo a gran escala y la rebelión anticolonial de los árabes, Londres rediseñó la cartografía del antiguo Imperio Otomano, y poco a poco se fue erigiendo el baluarte contra la «barbarie asiática» soñado por los sionistas.

Seis. Profecía cumplida. Así lo sintieron personajes como el historiador polaco Benzion Netanyahu (1910-2012), papá del paleobíblico Benjamin. O el ucranio-estadunidense Maurice Blinken (1900-86), jefe del Instituto Palestino Estadunidense que en 1946 persuadió al gobierno de Harry Truman para establecer el Estado de Israel (1948). Y su hijo Donald (1926-2022), embajador en Hungría que presumía de haber instalado la base de operaciones más grande de Europa durante la intervención militar de la OTAN en Bosnia. «Mi modelo a seguir y héroe», declaró Antony Blinken (nieto e hijo de ambos), cuando Joe Biden lo nombró secretario de Estado, a finales de 2020.

Siete. En 1967, el intelectual judío George Steiner (1929-2020), escribió: «Este estado de Israel va a torturar a otros seres humanos. Deberá hacerlo para sobrevivir […]. Y en Israel hay que ser un campo armado, hay que serlo, y armado hasta los dientes. Hay que tener gente encarcelada en condiciones a menudo terribles. Considero esto un precio que yo, no estoy dispuesto a pagar» ( La barbarie de la ignorancia, Ed. Muchnik, 1997, p. 45).

Ocho. El ultranacionalismo judío (o sionista) empezó como el nazifascismo europeo, con ínfulas socialistas, y rápidamente siguió sus pasos: supremacismo racial, expansión militarista, islamofobia y prácticas terroristas solapadas por el «mundo libre». Convirtiéndose, por ende, en la única ideología que salió airosa tras el fin de la llamada guerra fría. Una ideología a la que adhieren el ultraevangelismo paleobíblico de ­Wa­shington y Londres, burlando la milenaria ética del judaísmo, y los anhelos de paz de los restantes 191 estados de la ONU.

Nueve. Con todo, en los primeros decenios de la ONU los pueblos pudieron manifestar su pensamiento en torno al asunto. En noviembre de 1975, por ejemplo, la Asamblea General aprobó la resolución 3379, que equiparó al sionismo con el racismo en general, y con el apartheid sudafricano en particular. Una resolución que Washington y Tel Aviv consiguieron anular en diciembre de 1991.

Diez. El Holocausto de Gaza sólo es posible con el apoyo de las hipócritas «democracias occidentales», interesadas en la «solución final» del pueblo palestino. Botón de muestra: el canciller alemán, Olaf Scholz, quien algo aprendió de un nefasto antecesor en el cargo.

Once. ¿Qué resta de la hermosa Carta de San Francisco (1945), y de la propia ONU (1946)? Sin duda, su «némesis». Voz de la mitología griega que alude a la «venganza divina», o al «castigo fatal que restablece un orden anterior». El orden del reino bíblico-militarista de David, que hoy impulsan Washington, Londres y Tel Aviv: «del Éufrates al Jordán». Habrá que ver si lo consiguen.

La Jornada